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Reseña de Probotector, por Elmer Ruddenskjrik

Reseña de Probotector, por Elmer Ruddenskjrik

No recuerdo el año exactamente, pero sé que yo era un niño, en torno a los ocho o nueve años, así que seguramente fue en el mismo año de su estreno en Europa, 1990, cuando mi padre, a quien le debo agradecimiento eterno por satisfacer durante décadas mi hambre de videojuegos, me compró mi primera consola real y, si lo pienso bien, quizá la mejor que he tenido nunca: la Nintendo NES. Y con ella, para tener con qué estrenarla, el juego de Konami, Probotector.

Recuerdo que tuve que elegir uno de los juegos de la vitrina de la nueva sección dedicada a videojuegos de aquella tienda (creo que era el Alcampo). ¿Por qué elegí Probotector? Por su flamante portada.

Esta imagen, que me retraía a una admiración subliminal por espectaculares producciones de animación con robots tripulados que en, algún momento, siendo aún más pequeño, habríamos visto en casa en VHS de alquiler (o quizá en la serie de Mazinger Z, por la tele), fue la que me decidió de inmediato. Los videojuegos que conocía hasta entonces solo eran máquinas recreativas (alucinantes, eso sí) a las que jugaba cinco minutos en algún bar del barrio, y mi imaginación y ansiedad ante lo que me podía deparar tener una máquina de videojuegos en mi propia casa me tenía frenético, extasiado. Esas sensaciones las recuerdo muy bien.

Pero la verdadera sorpresa, aparte del placer de ver desenvueltos la consola y el juego y oler y tocar todo ese material fabricado en plástico de gran calidad, fue meter el cartucho en la consola y, una vez encendida, ver cómo era el juego.

Por entonces no me fijaba en los nombres de los juegos que jugaba casi en trance en los bares, pero lo reconocí enseguida: ¡era una versión distinta del Contra! Un título de disparos en el que dos tíos avanzaban pegando tiros a soldados enemigos y máquinas mientras saltaban para evitar precipicios y disparos. Fuera de la región PAL, el juego conservaba dichos personajes, con una cierta reducción de calidad gráfica respecto a la recreativa.

Además de la referencia a Alien, en esta portada podéis ver que los protas son prácticamente Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone en sus papeles como Dutch en Depredador y John Rambo en la saga Acorralado, respectivamente.

 

Yo mismo y mis hermanas pasamos horas y horas jugando, tanto solos como a dobles, al Probotector. Era una delicia utilizar el juego, que con el cómodo y sencillo mando de la NES se controlaba con total intuición, permitiéndonos desarrollar nuestra creciente conciencia como jugadores en el desafío perfectamente graduado de cada nivel, hasta el punto de que esta experiencia nos entrenó para el resto de nuestras vidas en la adaptación instantánea al uso del control de cualquier otro videojuego.

Además de uno de los mejor estilizados apartados gráficos de aquella consola, Probotector nos dejaba alucinados con unas composiciones musicales que, a pesar de su simple instrumentación electrónica, se nos antojaban trepidantes, épicas y estimulantes. No es exagerado decir que con Probotector nos sentimos los protas, por primera vez, de una auténtica película gracias a todos los elementos técnicos y jugables que Konami puso a nuestra disposición, en un alarde de genialidad con el que el pobre subnormal de David Cage, desarrollador de películas interactivas con guiones petarderos, solo puede soñar en largas pesadillas impregnadas de sudores fríos de frustración.

Lo más alucinante para nosotros era descubrir la manera en que, según avanzábamos por el juego de manera progresiva, llegando más y más lejos cada vez antes de consumir las tres continuaciones, todo en él se volvía no solo más hostil y complejo en cuanto a las rutinas de los enemigos, sino también en su banda sonora y en el diseño de los escenarios. Los detallados paisajes naturales del principio iban dando paso poco a poco a entornos cada vez más desolados y modificados por una mano experta en industria pesada, y todo ello hasta llegar al espeluznante nivel final.

En él, un inquietante escenario de apagados colores morados y texturas orgánicas nos enfrentaba a una especie de Critters voladores que eran escupidos por gigantescas CABEZAS DE ALIEN CON CUERNOS. La música presagiaba en tonos lentos un final trágico en cualquier momento, para, en un cambio repentino, volverse enfática sin perder su aire lúgubre. Pero lo mejor era el enemigo final. Nada mejor para unos niños de unos ochooy siete años, como éramos mis hermanas y yo, que terminar nuestro primer videojuego enfrentándonos a un enorme corazón hinchado y palpitante que nos lanzaba, desde repugnantes huevos, arañas clavadas al ser parásito abrazacaras de las películas Alien. Creo firmemente que esa experiencia nos hizo crecer en creatividad, imaginación y sensibilidad de una manera que había subestimado hasta recordarla ahora mismo….

Probotector fue nuestro bautizo con los videojuegos y, como muchas otras obras maestras, uno de esos a los que juego de manera periódica en cualquier lugar gracias a la magia de la emulación en ordenador y móvil. Por ello, es uno de los que más satisfecho estoy de recomendar aquí a cualquiera que le gusten los videojuegos de verdad, pues no necesitará gastarse un duro para poder disfrutarlo todo lo que quiera.

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Elmer Ruddenskjrik