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Formarás parte del mundo, por Elmer Ruddenskjrik

Formarás parte del mundo, por Elmer Ruddenskjrik

Había oído historias durante años. Las versiones podían variar, pero tenían algo en común: se decía que el mundo funcionaba a vapor.

Obviamente, ella siempre había pensado que sería una forma de hablar. Recordaba cómo habían cambiado las cosas desde que era pequeña. Cómo habían empezado a construirse las líneas de ferrocarril en las inmediaciones de la granja de su abuelo “el cazador”, y cómo el corrupto poblacho de Sandswood había empezado a montar líneas de telégrafo, electricidad e ingenios mecánicos movidos por complicados engranajes para atraer a la gente civilizada a las tiendas y droguerías, y a los viciosos a los prostíbulos.

Ella, que había crecido alejada de aquello, criada en costumbres propias aún de los viejos colonos (como había sido su abuelo), había ido comprobando aquellos cambios como transformaciones abruptas cada vez que acompañaba a su viejo abuelo para vender el botín de pieles curtidas acumuladas durante todo un año.

Al principio de todo, habían coincidido con una improvisada feria al aire libre, montada en un extremo de la calle principal que recorría Sandswood de lado a lado, en la que un cantamañanas con un megáfono de cartón alardeaba con artificial entusiasmo sobre las maravillas que la mecánica y la electricidad habían extendido ya por el resto del país: la misma información para todos, al mismo tiempo; luz eterna para las noches, que las haría tan disfrutables como el día, y más seguras para las damas; las comodidades de un mundo mecanizado, que permitirían a todo hijo de vecino sentarse y dejar que la llamada “mecánica del hogar” hiciera las tareas de la casa y le sirviera el café por las mañanas.

Ella no sabía si había habido alguna vez algo de verdad en todo aquello, pero discrepaba bastante con lo poco que había visto por sus propios ojos y reflejado en los periódicos de la localidad que compraba su abuelo en sus ocasionales visitas a la localidad. La información que llegaba desde todas partes del mundo y que transcribían en aquellas páginas no eran más que terribles desastres o violentos sucesos. De hecho, en aquellas mismas páginas se intuía, por la cantidad de crímenes cometidos tras el ocaso o en las madrugadas, que la luz eléctrica sólo había hecho más practicable la noche para toda clase de miserables. Al mismo tiempo, su abuelo y ella habían ido viendo cómo la gente del pueblo era más pálida y enfermiza en cada esporádico viaje a Sandswood. Las personas se movían con ademanes temblorosos, casi nerviosos, en posturas algo encorvadas, mientras que unas marcadas ojeras se dibujaban en torno a los ojos de aquellas caras inexpresivas y flácidas.

—No me gusta nada lo que está pasando —le había comentado el tendero de la vieja armería a su abuelo, en su penúltimo viaje a la localidad—. Hay unos locos con túnicas que vienen cada fin de semana llevándose a gente.

—¿Cómo, por la fuerza? —Había preguntado su abuelo.

—No, la verdad. La gente se va voluntariamente. Es como una religión. La gente está cambiando a Cristo, sin solución de continuidad, por esta otra mierda, que no sé lo que es. Los de las túnicas van murmurando a coro “formarás parte del mundo, formarás parte del mundo” —el tendero utilizó en ese momento una voz gutural algo burlona mientras ponía los ojos casi en blanco—, y no sé qué rollos les contarán a todos, pero se van con ellos en tandas de una decena, más o menos.

—Se van con ellos… —había murmurado su abuelo, apoyado sobre el mostrador, con el montón de pieles a un lado—. Bueno, que recen a quien quieran, ¿no?

—Es que la gente vuelve muy rara, no sé. ¿No los viste por la calle? La gente, que vuelve hecha polvo.

—Creo que lo que deberían hacer es cortar los cables de la luz. Esas malditas cosas no dejan dormir a la gente. Y esos, amigo mío, son los estragos del insomnio —había acabado por desechar su abuelo, golpeando la mesa con los nudillos levemente—. Venga, págame que ya nos vamos.

Cuando volvieron al año siguiente para vender las pieles y comprar con el dinero los avituallamientos, su abuelo y ella se encontraron con que la armería estaba cerrada. Parecía desahuciada.

—¿Pero qué…? ¡Me cago en todo! ¿Y ahora qué hacemos? —Había empezado a exaltarse su abuelo, mirándola y señalando el lugar. Estaba completamente incrédulo—. ¿Qué le habrá pasado a Will, para cerrar así?

—Ejem, abuelo… —le había llamado ella la atención, ajustándose la casaca abierta alrededor de la cintura, y echando la mano derecha sobre las cachas de su viejo revólver.

Al volverse el anciano de larga cabellera y espesa barba blancos, vio que varios ciudadanos les rodeaban, la mayoría caras conocidas con las que ninguno de los dos había intercambiado nada más que meros saludos cordiales… No parecían amenazadores, pero se les acercaban desde varias direcciones, algo extraño a aquellas horas del mediodía, cuando todo el mundo debería estar comiendo o tomándose el vermut del aperitivo, como mucho. Los pasos que daban eran sincrónicos, pese a no producirse al mismo tiempo, casi como si su movimiento hubiera sido escrupulosamente coreografiado.

—¿Qué quieren, caballeros? —preguntó su abuelo, acercándose a buen paso hasta el carromato y tirando de la culata de su fiel rifle hasta sacarlo entero y empuñarlo con ambas manos.

Uno de los hombres se le acercó alargando sus temblorosos brazos, aún con la cara inexpresiva y los ojos vacíos de emociones. Ella gritó tratando de alertar, pero su abuelo ya había lanzado contra el pecho del hombre la culata del arma, con tal fuerza que lo hizo caer de espaldas y levantar las piernas rectas en el aire. Otros dos se apresuraron y agarraron a su abuelo, y ella, sin pensarlo, desenfundó de inmediato y disparó contra ellos. Las balas hicieron saltar chispas a sus cuerpos al atravesar ropa y piel, y rebotaron contra el pecho y la cara de su abuelo. Muerto al instante, los ciudadanos de Sandswood lo soltaron y avanzaron hacia ella. Confusa, retrocedió disparando sin acierto contra aquellos hombres, mirando el cadáver de su abuelo entre lágrimas de miedo y auténtico dolor por la inesperada pérdida.

Enseguida, fuertes dedos atenazaron sus muñecas, y el arma se le cayó de la mano debilitada. Tiraron de ella sin esfuerzo, entre dos, llevándola casi en volandas mientras sus botas se clavaban de puntas y talones en la tierra seca de la calle principal. Lloraba y gritaba, súplicas, insultos y amenazas.

Pronto llegaron al otro extremo, y allí esperaban los hombres de las túnicas. En formación alrededor de un extraño carro a vapor, los cinco encapuchados ya esperaban con su gutural pero algo cantarina voz rezando de manera pausada e ininterrumpida: “formarás parte del mundo, formarás parte del mundo…”

Sin dejar de canturrear, ni descubrir sus rostros ocultos en sombras que muy probablemente no les permitirían ver con claridad, abrieron las compuertas metálicas y pesadas de aquel voluminoso vehículo y dejaron que aquellos hombres impávidos la empujaran al interior, lanzándola con la fuerza suficiente como para que los de las túnicas pardas pudieran cerrar la puerta sin peligro de que le diera tiempo a tratar de salir.

El carro no tardó en ponerse en marcha, después de soltar una serie de silbidos de alta presión desde la parte delantera. Nadie respondió a sus golpes y gritos a lo largo del vacío y oscuro compartimento, ni siquiera para tratar de hacerla desistir. Al final, se cansó ella sola y acabó sentada contra uno de los lados, apretándose con las piernas contra el lateral para evitar que los ocasionales bandeos del vehículo la zarandearan. Se había mareado, y si no había vomitado era porque hacía mucho desde su almuerzo y aún no había comido otra cosa. Notó que, aunque no podía verlo, el suelo debía estar sucio de vómitos secos y otras sustancias quizá más desagradables. Respiraba con los puños de las mangas de su larga casaca apretados contra la nariz y la boca, buscando evitar el olor y el sabor de aquellas emanaciones rancias.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero se sobresaltó cuando el aparato dejó de moverse. El silencio se hizo, y la repentina ausencia del constante rumor y silbidos del motor de vapor hizo que sus oídos tardaran un poco en reconocer de nuevo el coro constante y poco apasionado de aquella especie de monjes. Se movían por distintos lados en el exterior del carro de vapor, y al menos dos hacia las puertas de la parte trasera. Se abrieron de par en par y violentamente. Como sombras contra un deslumbrante lienzo, vio que subían a por ella. Trató de retroceder, pero se le habían dormido las piernas, y no les costó cogerla de los brazos, cada uno por un lado, e izarla para obligarla a salir. Las manos enguantadas de los encapuchados se le clavaban en torno a la carne como si estuvieran compuestas de puro hueso. La impresión le puso los pelos de punta, y se agitó para tratar de zafarse en el momento justo de salir del vehículo de vapor. Consiguió darle un codazo en la cara al monje de su izquierda, lo suficiente como para hacerle echar atrás la cabeza y que se le cayera la capucha. El dolor del golpe con el codo la paralizó: había sido como propinárselo a una pared de piedra.

El golpe no había conseguido lo que esperaba, de todos modos, que era que aquel tipo la soltara. Sólo se había inclinado hacia atrás, sin perder un ápice de la fuerza de sus dedos huesudos en torno a su brazo. Cuando el monje se irguió, inclinándose hacia ella, el espanto le recorrió toda la piel como rápidas hormigas en marabunta. Una maraña mecánica de cobre brillante se agitaba asomando desde el cuello de la capucha retirada. Resortes se sacudían, pequeños muelles se tensaban y contraían, diminutos engranajes giraban encajando con otros de mayor y menor tamaño, y de todo aquello había en tal número y encadenado en tal complejidad, que era imposible desentrañar a simple vista el objetivo de todo ese mecanismo. Sólo una parte tenía sentido para ella: donde estaría la frente de una cara, un tubo trufado de multitud de diminutas protuberancias giraba con lentitud haciendo saltar y vibrar un tupido peine de pequeñas láminas metálicas.

Su abuelo tenía en la cabaña una pequeña caja musical con la que ella había pasado algunas horas muertas durante su infancia, girando la sencilla manivela, sujeta con dos dedos, para poder escuchar al diminuto e ingenioso aparato reproducir la música en un proceso que a ella siempre le había parecido auténtica magia. Al ir creciendo y asumiendo las tareas propias del trabajo que les permitía a ambos sobrevivir en aquella cabaña, ella había perdido el interés por el aparato, pero siempre había permanecido latente en su memoria como parte de algo mágico y hermoso, como una muestra de su sencilla capacidad de maravilla ante la alegría de disfrutar de los sentidos.

Aquello, en cambio era todo lo contrario. Aquel cilindro giraba y resonaba como la cajita musical de su infancia, pero en lugar de melodía era el absurdo soniquete de “formarás parte del mundo” lo que resonaba en el brillante peine de metal. El horror de aquel despropósito le hizo perder el control de las piernas, y el cuerpo dueño de aquella absurda cabeza mecánica tiró de ella para sacarla al fin del vehículo.

A su alrededor, una ciudad se agitaba con distintos ritmos propios de relojes que señalan cada uno horas muy distintas. Las fachadas de las casas estaban recorridas de patitas como las de los telégrafos que se agitaban solas sobre cintas de goma que se movían con la fuerza de tornos tirados por largas cadenas. Engranajes encajaban por todos sitios, en las paredes, tras las ventanas, asomando entre las tejas de las casas, y girando a distintas velocidades, según su función y lugar en los circuitos mecánicos que unían todo, haciendo indistinguible saber dónde terminaban unos y dónde empezaban otros. Algunas personas pálidas y bien vestidas, de miradas tan vacías como las de los ciudadanos de Sandswood, se volvían a mirarla a ella, sostenida por los monjes, y un hálito irracional de esperanza la embargó. Cogió aire para pedirles auxilio, pero pronto algunos continuaron su camino, indiferentes, mientras los que miraban lo hacían como si no tuvieran nada mejor que hacer.

Sus ojos se acostumbraron mejor a la brillante luz naranja de las farolas, que lo bañaba todo desde distintas alturas en postes y desde las fachadas de las paredes, y fue cuando lo pudo distinguir. Muchas de aquellas personas no llevaban ropa, o prescindían de las prendas inferiores, mostrando postes que se sacudían imitando el movimiento de las piernas con el efecto de delgados tubos de presión de agua y muelles. Otras personas tenían las pieles de las caras podridas, y bajo ellas se intuían, tras huecos armazones, que una maraña de engranajes chirriaba y golpeteaba. Una espesa atmósfera a carne podrida recorría toda la calle, la pestilencia la tenía al borde del desmayo mientras los monjes la arrastraban a buen paso. Pronto vio, entre la niebla de la conmoción, que había más muñecos de engranajes que personas caminando por las calles. Auténticos autómatas se paseaban junto a los supuestos ciudadanos, ya fuera vestidos como cualquier caballero o dama, con sombrero y toda clase de complementos, ya fuera desnudos, como inertes armazones de muestras para tiendas de ropa… sólo que con movimiento propio. Todos iban de aquí para allá, como si tuvieran cosas que hacer, sitios a dónde ir…. Vidas que vivir, en definitiva.

Los monjes la dirigieron hacia una gran entrada en una plaza, que descendía bajo las calles de aquella abigarrada población. Una vaharada de sofocante calor la golpeó de inmediato. El olor mejoraba, desde luego. El aire pestilente de la carne muerta era sustituido por el del vapor del agua, pero hacía tanto calor que los ojos le volvían a llorar. Todo estaba oscuro, y los pasillos, en los que resonaban huecos los pasos metálicos de sus dos celadores, eran cada vez más calientes y agobiantes. La arrastraron hacia un recodo y la luz volvió a sus ojos. Con sorpresa, descubrió la calidez de la luz propia de una fogata, y sin querer recordó las noches en las jornadas de caza con su abuelo, en el bosque, o la tranquilidad del hogar durante los inviernos, medio dormida en el suelo, ante la chimenea. El oscuro pasillo se abrió ante su avance, y el calor se volvió del todo insoportable.

“Formarás parte del mundo, formarás parte del mundo”, seguían resonando los dos monjes a cada lado. Ante ellos, una monstruosa maquinaria nacía desde lo alto de aquella gran cueva excavada con forma de cúpula. En lo alto, enormes respiradores dejaban escapar largas lenguas de llamaradas. Aquella caldera gigante rugía de manera ensordecedora, hasta el punto de que ella no podía oír sus propios gritos. Bajo la hinchada caldera, y dejando escapar agudos silbidos de vapor de alta presión, una suerte de insecto mecánico sacudía multitud de patas o brazos, según se mirara, para manejar y regular las ruedas, cadenas y resortes que le eran propios, cambiándolos de sitio de manera constante, y guiándolos en cada nuevo cambio, como si los ajustara en todo momento para atender a distintas tareas. Los monjes, tan incapaces de oír sus gritos como ella misma, la tendieron en una mesa provista de correajes metálicos ajustados a la silueta humana.

Los correajes se cerraron de manera automática en torno a sus tobillos, muñecas y cuello tras ser recorrida la mesa por una breve vibración. Acto seguido, mientras los monjes mecánicos se retiraban, dos de los gigantescos y nerviosos brazos del mecanismo bajo la caldera se inclinaron sobre sus piernas y, con una precisión propia de reloj, abrieron la carne desde debajo de las rodillas y hasta cerca de los tobillos con un dedo brillante, dorado y afilado. A continuación los dedos se replegaron, y desde la que sería la palma de aquellas manos mecánicas afloraron dos diminutos ingenios. Ella, incapaz de mover la cabeza para verse los cortes de las piernas, pudo brevemente ver de qué se trataban. Parecían pequeñas cajitas de música como la que ella había hecho sonar de pequeña, pero sin manivelas, y doradas en lugar del color de la plata. Se agitaban con el giro de diminutas piezas redondeadas, y no pudo verlas con mayor detalle. Los grandes brazos de las calderas los acercaron a cada una de las heridas de sus piernas, y los dejaron caer encima.

Estalló en gritos y sollozos de dolor. Los pequeños mecanismos, del tamaño de un ojo humano, se hundieron bajo su carne, abriéndola con el fluir natural de sus cadenas de engranajes. Empezaron a carcomer el hueso, triturándolo y desechándolo hacia fuera junto a la sangre, restos de carne, piel y músculos, que se consideraban meros residuos, y ocuparon el lugar que les correspondía dentro de sus piernas. Para ese momento, ella hacía rato que se había desmayado de puro dolor, así que no vio cómo las manos gigantes de la caldera proveían de nuevas piezas gemelas a las primeras, para continuar la labor. Cada mecanismo trabajaba destruyendo la carne y el hueso y uniendo sus circuitos de engranajes a los ya instalados en el cuerpo de la mujer, expulsando con lentitud pero eficacia todo resto orgánico. La precisión era tal, que la piel era lo único que permanecía intacto, mientras los pequeños engranajes iban rellenando y sustituyendo a la mujer en sus extremidades inferiores por completo, de pies a caderas.

Para cuando se despertó, sintiendo frío y picor en el bajo vientre, su debilidad era tal que apenas pudo abrir los párpados durante un par de segundos. Tuvo tiempo de ver que los brazos de la caldera gigante se volvían a tender hacia ella, antes de perder el conocimiento para siempre, desangrada.

Las piezas mecánicas continuaron uniéndose en su avance hacia la parte superior de su tórax. Los engranajes eran pequeños, precisos y con posibilidades de movimiento prácticamente ilimitadas.

Seis horas después de haber muerto, volvió a abrir los ojos, sus párpados replegados por la acción de diminutas cadenas enganchadas bajo la piel.  Su nueva mente, compuesta de rodillos de metal, varas flexibles, pequeños engranajes y delgadas cadenas, se hizo consciente con una idea fija: formaba parte del mundo.

Formarás parte del mundo

La Revolución Industrial transforma el mundo inexorablemente…

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Elmer Ruddenskjrik