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El caso de un hombre lobo. PETRONIO, Satiricón, Barcelona, Orbis, 1991. Traducción de Manuel C. Díaz y Díaz

El caso de un hombre lobo. PETRONIO, Satiricón, Barcelona, Orbis, 1991. Traducción de Manuel C. Díaz y Díaz

El horror sobrenatural en la literatura

La poesía es siempre la primera expresión literaria de los pueblos, y es en ella donde encontraremos la irrupción de lo sobrenatural en los escritos de la antigüedad. Es bastante curioso, sin embargo, que la mayoría de los ejemplos de la literatura clásica estén en prosa, tales como el caso del hombre lobo relatado por Petronio. 

H.P Lovecraft

El caso de un hombre lobo por Petronio

Trimalción se volvió a Nicerote y le dijo:


“Solías ser más animado en la mesa; no entiendo por qué estás ahora tan callado y no sueltas prenda. Por que me veas contento, por favor, cuéntanos lo que te sucedió”.
Nicerote, satisfecho de la afabilidad de su amigo, contestó:


“En los tiempos en que todavía era esclavo, vivíamos en la Calle Estrecha; ahora es el palacio de Gavila. Allí, lo quisieron los dioses, me enamoré de la señora de
Terencio, el cantinero: teníais que conocer a Melisa la de Tarento, un precioso
conjunto de curvas. Pero yo, por Hércules que no la buscaba por su cuerpo o por el
placer, sino más bien porque era delicada. Si alguna vez le pedí algo, nunca me lo
negó; ganaba ella un as, yo tenía medio; yo metía todo en su bolsillo y nunca resulté engañado. Su marido falleció en su casa de campo. Por eso a través de escudos y grebas me moví y me removí buscando cómo llegar hasta ella: que en las ocasiones se dejan ver los amigos.
“Casualmente mi amo había ido a Capua para terminar de despachar unos depósitos ya agotados. Encontrando así una ocasión, persuado yo a un huésped que teníamos para que vaya conmigo hasta el quinto miliario. Era un soldado fuerte como el infierno. Nos largamos más o menos al canto del gallo: la luna lucía como si fuera mediodía. Llegamos en medio de los sepulcros: mi hombre se puso a hacer sus necesidades junto a unas tumbas; seguí yo canturreando y fui contando las lápidas.
Después miré hacia mi compañero; se estaba desvistiendo y poniendo todos sus
vestidos junto al camino. Yo tenía el resuello en la punta de la nariz; me quedé
clavado como un muerto. Él meó alrededor de sus vestidos, y de repente se convirtió en lobo. No creáis que estoy bromeando; nadie tiene suficientes riquezas para hacerme decir una cosa por otra. Pero lo que os estaba contando, después que se convirtió en lobo, comenzó a otilar y huyó al bosque. Yo al principio no sabía dónde me encontraba; después me acerqué a recoger sus vestidos; pero se habían hecho de piedra. ¡Quién moriría de miedo con más motivo que yo! Sin embargo, tiré de espada, y llamando a todos los diablos, atravesé las sombras hasta llegar a la casa de campo de mi amiga. Entré como una oruga, perdía el alma a borbotones, el sudor me chorreaba por el espinazo, mis ojos estaban apagados; apenas pude rehacerme.


Mi Melisa se asombró de que anduviera de camino a tales horas, y me dijo:


“Si hubieras venido antes nos habrías podido ayudar: un lobo entró en la finca y a
todos los animales les sacó la sangre como si fuera un matachín. Sin embargo no se rió de nosotros, aunque logró escapar, pues un criado nuestro con una lanza le
atravesó el cuello”.
“Al oír esto, no conseguí pegar ojo, sino que al amanecer eché a correr hacia casa
como el cantinero desplumado. Y cuando llegué al sitio en que los vestidos se habían hecho de piedra, no encontré más que manchas de sangre. Pues bien, cuando llegué a casa, mi soldado estaba tumbado en la cama como un buey, y un médico le curaba el cuello. Caí en la cuenta de que era un hombre-lobo, con lo que ya no pude pasar bocado a su lado, ni así me matase. Allá lo que otros opinen de esto: yo, si miento, así se vuelvan contra mí vuestros genios.


Nos quedamos todos pasmados.


“Con todos los respetos a lo que has relatado -dijo Trimalción-, podéis creerme cómo se me han puesto los pelos de punta. Porque sé que Nicerote no cuenta tonterías…”
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(PETRONIO, Satiricón, Barcelona, Orbis, 1991. 
Traducción de Manuel C. Díaz y Díaz)

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María Larralde