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Audiorrelatos: Delirio de una noche de otoño y El Ritual por María Larralde

Audiorrelatos: Delirio de una noche de otoño y El Ritual por María Larralde

Delirio de una noche de otoño

María Larralde

Un cabrón, en forma de un hombre común, le entrega,
sentado sobre una vieja cama, su gran verga.
¡Su viejo falo como anatema sobresale!
La mujer se le muestra dispuesta aunque atontada,
se posa sin pudor sobre el diablo, anestesiada,
en su abdomen atezado y tan abominable.

Ocho brujas viejas en rancias sillas, sentadas,
ofician frías el aquelarre acomodadas.
El demonio de placer en la cama gemía,
se va hundiendo con gesto retorcido y vulgar,
en aquella mujer que se le impone al lograr
engullir su muy malsana y gorda anomalía.

Con la innoble herramienta en su profundo interior,
el marón berrea con estruendoso furor.
Poco a poco se funde con el sucio colchón
mientras la osada arrodillada exuda sus fluidos.
El cabrito desaparece lanzando aullidos
dejando a la bella lista para el pelotón.

Un gran terremoto el pavimento abre engullendo
a las ocho brujas que sus sillas van plegando.
Las viejas la contemplan con un odio feroz.
La elegida les devuelve lasciva mirada
ya que se siente por el muy libertino amada.
Y la última nigromante le arrea una coz.

De estos modos el aquelarre se ha terminado.
La mujer, envuelta en sudor, siente su costado
dolorido, su sexo mancillado. Su vientre,
agitado por la nueva simiente fecunda,
rechaza al engendro que se abre paso a la vida.
Reniega del Anticristo carroñero y buitre.

Pero ya no hay salida, Él la ha regado por dentro,
su engendro se abre paso en este mundo tan nuestro.
Delirio de una noche de otoño, un simple sueño
de una mujer simple, traerá el fin de los tiempos
mientras las hojas caen como copos cobrizos.
Jamás hubo obra tan triunfal con tan poco empeño.

EL RITUAL

Achaparrado, agreste y de casas coloreadas con azuladas paredes; de ocres fachadas, o verde olivo militar, de portadas encaladas de un blanco puro; de calles rectilíneas, en una cuadrícula casi perfecta en medio de la nada silenciosa, al pie de unas colinas que fueron montañas. Montañas peladas que encierran, en sus brunas profundidades, no solo tesoros minerales sino que atesoran antiguas leyendas que con el sucesivo devenir de los años fueron transformado a los habitantes de la zona hasta convertirlos en lacayos de un temor recóndito. Así era Naica, mi pueblo natal.

Pero para mí, ya no hay presente, ni vida. Y ese recuerdo de las calles sencillas y polvorientas queda muy alejado ya de mi imperturbable quietud. Porque ahora estoy aquí encerrada y cautiva para toda la eternidad. Mi desesperación es inútil pues nadie sabrá nunca dónde me hallo y solo me queda el recuerdo. Recordar me mantiene despierta dentro de este lugar frío, oscuro, donde nada se escucha, donde no hay sentidos, donde solo hay vacío espectral, profundo, lívido, insondable.

Solo puedo repetirme mi historia para saber que fui, ¡que fui algún día!, que algún día remoto, estuve viva en un cuerpo de mujer:

“La diosa luna, mostró su cara oculta a ciertas pérfidas mujeres que, escondidas bajo la tierra, sintieron una profunda y ancestral llamada que llevaban siglos esperando sentir. Así supieron que la selenita tenía nuevos planes para los hombres de la Tierra. Sin poder resistirse a la alineación de los astros y, a sabiendas de las catástrofes que iba a provocar, ese año, en la noche de los muertos, apareció, grande, blanca, resplandeciente y sin rostro. Fue la última y definitiva noche.

Las malvadas mujeres, ocultas en las minas, esperaban pacientes aquel candor frío en el cénit para iluminar el arcaico ritual que en Naica, como cada noche de muertos, cumplían. Pero esta vez era diferente. Fue diferente.

La fábula que contaba mi abuela era tan terrorífica y completamente aceptada por la población de Naica y de los pueblos aledaños que las mujeres no deseaban engendrar hembras en nuestro pueblo, y cuando sucedía, las enviaban con familiares de aldeas aledañas para que pudieran sobrevivir. A veces, cuando eran mujeres valientes, ellas mismas se marchaban, dejándolo todo atrás.

Contaba mi venerada abuela, Ariché, que fue quién a mí me crió, que México es una tierra cuyos pobladores están muy unidos a sus tradiciones y que no se puede vivir sin cumplir los rituales. Así, cuando mi madre nos visitaba, Ariché aprovechaba para contar la triste historia de las brujas de Naica, pueblo del que tuve que huir por nacer mujer. Quería consolidar mi temor, quería asegurarse de que no volvería a ese lugar jamás.

Contaba que, saliendo de las minas, aquellas mujeres de otro mundo, venidas quizás de la luna en remotos tiempos, y tomando cuerpo humano pero manteniendo su espíritu lunar, buscaban niñas con las que alimentar su sed de sangre y carne, y con las que perpetuar una raza de seres de otro mundo escondidos en las profundidades de la tierra. Las “brujas”, disponiendo de una base corporal donde enraizar las almas de sus congéneres, corrían raudas al interior de la cueva, con la niña robada, y jamás se volvía a saber nada de ella. Con un cuerpecito blando entre sus garras, aquellas monstruosidades venidas del más allá intentaban perpetuar una raza extinta de la que ellas eran sus últimas representantes en todo el Universo.

Cuando el ceremonial, desconocido para los hombres, era completado, obtenían un aglomerado de carne, plomo y selenita, aderezado con sangre humana de niña inmaculada. Extraían el alma inocente y la atrapaban en un cristal de la sima profunda de la montaña caliente. En ese mejunje de carne y minerales inyectaban a los espíritus que, acechantes y deseosos de vida, salían flotando como bolas de fuego apagado, solamente ese día, atraídos por su madre luna y por su gravedad imantada. Y, así, daban vida a una nueva monstruosidad que se unía a las mal llamadas “brujas”. Una cada año, siempre, una cada año durante siglos.

Todos los habitantes sabían que en el interior de la tierra, esa noche, se realizaba el ritual. Y todos creían que estaban a salvo tras esa noche peculiar y única marcada en negro en el calendario de cada hogar.

Para ese día todas las niñas salían del pueblo. Pero mi mamá me quería más, y me alejó del horror para siempre, para asegurarse, por si acaso. Llevándome con mi abuelita, una mujer sabia que quiso que fuera una niña feliz. Y así fue. Pero crecí, y aunque las advertencias de mi madre fueron muchas, y aunque mi abuela me miró con solemne resignación volví, entrada en la adolescencia, creída de que ya el peligro no se cernía sobre mí.

¡Pero cuán equivocada estaba mi mala percepción de descreída niña insolente! Pues no imaginaba lo que sucedió. Y es que aquellas brujas raptaron a todos los habitantes, mujeres, hombres y niños. Todos. Porque la luna mostró su cara oculta aquella última noche de octubre ya que aquellos seres lunares, o espíritus del más allá, no podían esperar más dentro de las minas.

Yo no sabía, nadie sabía, que los cristales de las minas contenían a aquellos espíritus esperando un cuerpo. Tampoco nadie sabía que las almas humanas eran depositadas en su lugar y se perdían para siempre.

Pero los hombres, en su afán de conocimiento y su avaricia mercantil y científica, habían abierto al mundo nuestras minas de cristales y se negociaba con ellos, con su belleza y su peculiar brillo. Cristales donde habitaban los espíritus de aquellos venidos de las profundidades del oscuro Universo.”

Estos son mis recuerdos, recuerdos que cada segundo me repito para no olvidar que fui humana, pero siento que mis pensamientos se están fundiendo con los minerales en la oscuridad de la sima de cristales. Pronto me diluiré en el interior de la montaña para toda la eternidad.

 

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María Larralde