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Audiorrelato y texto de la versión íntegra de “El Día de los Muertos”, por Elmer Ruddenskjrik

Audiorrelato y texto de la versión íntegra de “El Día de los Muertos”, por Elmer Ruddenskjrik

Hace unas semanas publicamos aquí mismo este relato, en una versión que no tuve más remedio que mutilar ligeramente para que ocupara menos de mil palabras y pudiera aceptarse dentro de las bases de un concurso. Hoy, lo republicamos en su versión íntegra, y acompañado de su versión en audiorrelato. ¡Esperamos que sepáis disfrutarlo, pulperos!

Y ahora… ¡que comience la función!

Tlalimikistli, así se llama el lugar. Es un pueblo abandonado hace más de un siglo, oculto entre la espesura del bosque que rodea las faldas de la Montaña de Fuego, un volcán en activo en el municipio de Colima.

Tenía dudas acerca de la idea de desplazarme a este recóndito lugar de México para pasar a la siguiente fase de nuestra especial línea de investigación: estaba convencido de que trabajaríamos mejor, más cómodos y seguros, en algunas de las zonas con características parecidas que nuestros investigadores habían detectado al norte de Noruega y al extremo oeste de Alaska, y ya me había hecho a la idea de trabajar en unas limpias y silenciosas instalaciones aclimatadas, con la posibilidad de salir de vez en cuando al silencioso y frío exterior para dar paseos en solitario y desconectar de las largas jornadas de trabajo.

En cambio, la decisión de la directiva de nuestra compañía fue inapelable: de hecho, hacía ya varios meses que se había ordenado la construcción de las instalaciones y el montaje de los equipos, y solo quedaba que nosotros, el equipo científico, se trasladara al lugar.

En el momento en que me bajé del camión en el que nos trajeron, descubrí sin ninguna sorpresa que el sitio era exactamente como me lo imaginaba. No me había molestado en leerme el informe sobre el lugar, ni había visto imágenes, pero no había sido distinto de la idea que me había hecho: una pequeña localidad compuesta de pequeñas casas de fachadas desconchadas o derrumbadas, la mayoría mostrando la amalgama de irregulares piezas de piedra con las que habían sido levantadas. Me satisfizo descubrir que, a pesar de la cercanía y frondosidad del bosque que lo rodeaba, el silencio era tan absoluto como esperaba que lo hubiera sido en las zonas frías. Quizá incluso más, pues aquí no corre el viento que sería de esperar en las llanuras de Alaska o de los territorios montañosos de Noruega. Y debo reconocer que, las oquedades abiertas a la oscuridad y el silencio de las puertas y ventanas me prometían unas agradables perspectivas de tranquilidad durante mi acostumbrado deambular, fuera de las horas de investigación.

Durante un tiempo todo fue sobre ruedas: las instalaciones eran tan eficientes y limpias como siempre, y realmente aquella zona era la más fértil que podíamos haber hallado, quizá en todo el planeta: los niveles de energía de la masa bioeléctrica generada por la conciencia de la raza humana eran los más intensos que se habían detectado, y era perfecta para ser cosechada por mis relés neuronales. El objetivo de todo el proyecto, pese a su complicación técnica, era sencillo: el desarrollo de una inteligencia artificial capaz de establecer redes de comunicación telepática entre los seres humanos, y, quizá, desarrollar la telequinesis como producto industrial.

Los motivos por los que solo podíamos hacer esto en lugares tan exclusivos eran claros: se requería una zona en la que los seres humanos hubieran puesto en convergencia sus conciencias, utilizando ritos o maniobras de culto para depositar una gran carga psíquica, tanto de naturaleza emocional como intelectual. Conceptos que, ordinariamente, son considerados por la comunidad científica mundial como algo etéreo e insustancial, pero que yo he sabido cuantificar y demostrar. Mis superiores se habían encargado de estudiar a fondo, con los detectores que he desarrollado, los lugares en los que más fuerte es o ha sido la creencia o la voluntad humana, y, contra todo pronóstico, ninguno tenía que ver con el emplazamiento de ninguna de las religiones más conocidas, multitudinarias y milenarias: todos ellos eran rincones olvidados, en los que pequeños pueblos o tribus habían rendido culto a algún dios ya desconocido, o por donde se creía que, antiguamente, había rondado alguna criatura mitológica.

Mientras me paseaba alguna que otra vez por el pequeño y silencioso Tlalimikistli, había reflexionado sobre aquello. Lo curioso que era el hecho de que las creencias más aceptadas apenas generaran una energía psíquica útil para el desarrollo de nuestro proyecto; casi como si la gente no creyera de verdad en aquello en lo que dice creer, actualmente…

Tras un par de meses de trabajo, llegó la noche del 31 de octubre, y muchos de los trabajadores y miembros del equipo de investigación montaron una pequeña fiesta para celebrar el Halloween propio de nuestro país. Yo decidí seguir trabajando con los relés neuronales, cosechando más energía psíquica. A pesar de que hacía más de cien años que nadie vivía en el pueblo bajo el que se habían montado estas instalaciones, la energía psíquica parecía haber ido aumentando durante la última semana, y el proyecto había avanzado a grandes pasos, permitiéndonos generar un pequeño campo psíquico de un metro de diámetro, con el que nos era posible intercambiar información de manera telepática con el ordenador que dirigía el proyecto.

Mientras todos celebraban el inminente Día de los Muertos del 1 de noviembre, como se conoce en este país, yo estaba experimentando con el ordenador, comunicándome con él, cuando me pareció que me hablaba con mi propia voz.

—¡Hombressss! —me dije a mí mismo, sin usar la boca. Mi voz era mía, pero sonaba distinta. Resbaladiza, gutural, ronca y monótona—. Por fin habéis vuelto al redil… Solo vosotros podíais ser más torpes e ingenuos que cualquier perro… ¡Habéis vuelto! ¡Y yo con vosotros!

Como un impulso impropio de mí, pero sabiendo que quería saber más de todo aquello, eché mano del regulador de energía psíquica y lo aumenté de golpe, casi hasta el máximo. Mi cuerpo empezó a hincharse al mismo tiempo, como si los mandos estuvieran conectados a mi forma física. Las ropas se rasgaron, y con un frenesí propio del clímax del sexo, descubrí cómo crecía en estatura y envergadura. Alrededor de mi cuello se reprodujeron por decenas mis propios testículos, como formando un collar, y mis brazos y piernas se vieron duplicados en una cantidad que no me molesté en calcular. Mis órganos internos afloraron, pasando a recubrir mi cuerpo, y alrededor de todos ellos crecía una maraña indivisible de largo y recio vello, con un denso olor como de genitales sudorosos. En lugar de horrorizarme, me maravillé, y el poder que sentía me excitaba sobremanera.

Enseguida salí de la sala del ordenador, no sin dificultad. Mi nuevo tamaño me obligaba a apretarme y retorcerme de manera algo dolorosa para pasar por las pequeñas puertas de tamaño humano, pero lo logré. Con un creciente sentimiento de furia y deseo, me dirigí a la sala comedor donde todos estaban celebrando la noche de Halloween. Irrumpí echando la puerta abajo, ocupando con mi deformado y flexible cuerpo toda la entrada. También era la única salida, así que, todos ellos, mis compañeros de trabajo y los demás operarios, empezaron a gritar y a saltar unos sobre otros para alejarse lo máximo posible de mí; aplastándose contra la mesa de la bebida y la comida de la fiesta, tirándolo todo y golpeándose unos a otros como una pequeña ola de carne enloquecida.

—¡Hola! —me oí decir alegremente, aunque usando aún aquella voz áspera y terrible, parecida al rumor del volcán—. ¡Cuánto tiempo, ingenuos! Os había echado tanto de menos… ¡Gracias por volver con Kakasbal!

Y tras decir esto, me vi arrojado contra ellos, sobre ellos, envolviéndolos a todos con mis múltiples brazos, pateándolos con todas mis piernas. Ninguno se escapaba de mi abrazo, y los restregué con sumo placer contra los órganos exteriorizados de todo mi cuerpo. Sus cuerpos reventaban, sus escuálidos miembros se retorcían y partían como astillas. Pero yo los abrazaba con más y más ganas, emitiendo un grave ronroneo de intenso placer. La masa de testículos que rodeaba mi cuello se agitó por entero, como si deseara arrojar su producción, pero sin encontrar por dónde hacerlo.

Al fin los solté, dejando que se derrumbaran como una pelota de carne, ropa y órganos despanzurrados, todo ello impregnado en sangre. Pero no era suficiente. Algunos habían sobrevivido, y se lamentaban en deliciosos gritos de agonía, incapaces de moverse, de abrirse camino entre la argamasa de cuerpos que les aplastaba. Arrojé una mirada roja como el fuego sobre los cadáveres.

—Despertaos ahora, en la víspera del Día de los Muertos —les dije a los cadáveres.

Y me obedecieron. Se agitaron y arrastraron sobre aquellos que agonizaban para devorarlos vivos.

Estos muertos vivientes se hincharán y pudrirán, pero avanzarán conmigo más allá de Tlalimikistli. Y mañana, el mundo amanecerá en el verdadero Día de los Muertos.

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El día de los muertos

Un investigador explora límites normalmente imposibles de alcanzar, estableciendo una inesperada conexión con algo antiguo…

 

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Elmer Ruddenskjrik