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Audiorrelato y texto de Tesoro, por Elmer Ruddenskjrik

Audiorrelato y texto de Tesoro, por Elmer Ruddenskjrik

Como cada viernes de cada semana, sin falta, salió de la casita que tan providencialmente se encontraba alejada de las cabañas de cabreros y borregueros que eran sus vecinos condales. Aún no despuntaba el sol en aquella jornada de primeros de enero, sólo se vaticinaba su llegada por el leve clarear sobre las lomas lejanas del Este, de las cuales tenía una vista casi cenital, al avanzar por la ladera verde salpicada de roca viva de la montaña a cuyo pie vivía. Al Oeste, aún inmersa en un mar de oscuridad oleosa del que parecían salir a flote las partes aún encendidas del alumbrado público, la gran ciudad, al final de una larga caída de la vista por encima de colinas y laderas de los picos circundantes, más bajos.

Al día siguiente, como tenía costumbre, bajaría a su acostumbrada cuneta de la carretera principal para vender, si algún ciudadano turista a bien lo tuviera, una de sus cuidadas obras pictóricas, imágenes que ejercían una extraordinaria atracción en aquellas personas que sólo podían concebir el llegar a admirar su propia gran ciudad desde ese mirador; pues lo que él les traía representado tan pronto con toda fidelidad, otras veces con una curiosa distorsión fruto de su propia imaginación, no era otra cosa que los inhóspitos e inalcanzables paisajes que eran los aledaños de su morada, allí en el pie del techo de la Tierra. Lugares a los que la mayoría de los habitantes de la ciudad no considerarían practicable la manera que se le ofreciera de alcanzar, como no fuera con su vehículo puesto como una prenda más de ropa hasta llegar a su destino y acaso, si así lo mereciera el paisaje, quitárselo de encima para ver el mundo con sus propios ojos, sin vidrios interponiendo suciedad o brillos en su mirar.

En ese mismo momento, con el pretexto supuesto de ultimar uno de sus cuadros, cargaba con su enorme maleta continente de pinceles y pequeños lienzos. Era más un detalle disuasorio visual que una verdadera necesidad, pues no se dedicaba a pintar en absoluto los viernes… pero no quería despertar la curiosidad de alguno de sus solitarios vecinos que por un casual acertara a seguirle con su afilada y chismosa mirada, preguntándose a dónde habría de dirigirse “el artista”. Caminaba un buen rato subiendo un poco la ladera, hasta que la proliferación de enormes rocas surgiendo del frondoso prado verde era tal, y cada macizo de ellas de tal tamaño, que ya podía sentirse a salvo de lejanos e inadvertidos “espiadores”.

Con ese cuidado ya perdido, pudo dejar de moverse con la lentitud más que atribuida a su avanzada edad, y empezar a correr a gran velocidad esquivando y trepando y saltando de unos a otros macizos de rocaje vivo, hasta verse rodeado de pura piedra por todas partes. Allí donde más abajo el granito se presentaba redondeado por un desgaste natural de miles de años de viento salvaje, por algún motivo desconocido, en esas alturas silenciosas, el suelo-muro de la montaña se recortaba en cada vez más abundantes y complicadas formas afiladas: en alargadas estalagmitas curvas y grises que semejaban las infectas garras cenicientas de una gigantesca criatura amorfa, de configuración primordial: una masa de coraza calcárea se le antojaba, que por efecto de la confusa distancia entre los relieves de rocas parecía respirar pausadamente al observarlo todo durante varios segundos seguidos, mientras sus pezuñas convexas parecían estar cerrándose para rascarse la piel o atrapar todo cuanto entre ellas hubiera, que en ese momento era tan sólo su propia persona escabulléndose y arrastrándose por entre sus filos.

Y así, pasados varios recodos y resaltos, llegó, como cientos de veces antes, hasta la estrecha boca de perfecto grito mudo en forma de letra “o”. El aliento gélido de su oscuridad le recibió como si suspirara aliviado ante la presencia del hombre. “El artista” metió la mano por debajo de la solapa de su gruesa cartera, sin liberar los correajes de cuero para abrirla, sólo contorsionando el brazo para rebuscar por dentro. Sacó una linterna larga como dos puños, plateada, a la que hizo girar el cabezal hasta que su bombilla se encendió. El sol le bautizó en ese mismo momento desde el horizonte, como activado por su propia mano, pese a la descomunal distancia. Ese extraño momento le hizo pensar en de qué manera estaba gestando con sus propias acciones un verdadero “nuevo amanecer” para el hombre… Dirigió el invisible rayo de luz de su linterna hacia el interior hambriento de la cueva y, comprimiéndose un poco en sí mismo, pasó sin dificultad por la perfecta circunferencia de entrada, hundiéndose en la ceguera con la que el brillo diurno matinal del mundo exterior hacía ornamentales sus ojos, aún con los rayos artificiales de luz en su diestra.

Pese a llegar hasta esas alturas bien abrigado desde casa por las bajas temperaturas de la madrugada (y bastante acalorado por la rápida y dura subida), el frío, inerte, sin movimiento, que simulaba ondular desde el fondo de la gruta, le hacía levantarse por acto reflejo el cuello de su chaqueta, abrocharse las cremalleras y apretar los músculos. El aire enrarecido tanto en temperatura como en total ausencia de olor a piedra o tierra o humedad, o a cualquier otra cosa, en realidad, le hacía sentir un fuerte rechazo al lugar, apenas entrar. La oscuridad, combatida con un fino rayo de luz naranja, del que a cada segundo parecía siempre que se desvanecían una cantidad de luxes preciosos que evidenciaban la próxima muerte de las baterías… El silencio: nada del rumor del viento o del agua que gotea o fluye invisible tras la roca o por las diminutas estribaciones de los rincones, ni la más mínima reverberación de sus propios pasos, que parecían quedar acallados tan pronto empezaba su somero arrastrar por el suelo, como si la roca fuera un aislante acústico…

Todo lo que era natural de la gruta le era antinatural a su instinto, y la costumbre no se lo había domesticado lo suficiente como para hacérselo menos extraño en aquella (esperaba) última incursión. Una vez más recorría, con la precaución de un pequeño insecto en la madriguera de una tarántula, con la premura del allanador que considera mejor irse antes de que llegue el inquilino, la larga y serpenteante antesala, que no sabía decidir si era excavada o natural, en esa parte. Las tinieblas se cerraban amenazantes, y sentía, a cada paso que daba rasgándolas ante sí con la linterna, cómo se recomponían sobre él, dejando resbalar por todo su cuerpo en movimiento sus infinitos e insidiosos dedos ansiosos.

Al rato el paso se abrió considerablemente, pero no lo suficiente… Parecía no ser capaz nunca de recordar a qué distancia se ensanchaba, y eso era una desventaja a la hora de no sentirse impresionado desagradablemente cada vez que llegaba allí, pues lo que aparecía recortado en largas y truncadas sombras que les conferían la ilusión de la vida animada, no era otra cosa que dos esfinges de extraño concepto. Se detuvo, siempre lo hacía, a examinarlas extasiado y horrorizado. Esculpidas en la roca, en perfiles enfrentados desde ambos lados del paso, unas criaturas bípedas fingían sostener la boca de la bóveda que seguía más allá. Una de sus piernas, presumiblemente hundida en la piedra de la montaña; la otra, sosteniendo su medio cuerpo en el saludo al visitante, doblada en sus dos juegos de codos o rodillas, alardeando de retorcida flexibilidad y nudosa potencia hasta su apoyo en el suelo, una suerte de pie rematado por cuatro anchas pezuñas, dispuestas a pares delantero y trasero. Decir que esa era la segunda de sus piernas era un suponer por la posición y su uso: manteniendo erguidas a las criaturas representadas; pero era cierto que las extremidades superiores eran del mismo tipo y tamaño: tres brazos (o piernas, no sabría decirlo), cada uno con el mismo número de rechonchas pezuñas romas clavadas en la piedra del techo en representación (suponía, por esa postura que sugería algún tipo de esfuerzo) de que mantenían abierta la gruta. Entre las extremidades, la mitad visible de su cuerpo, presumiblemente ovalado, orientado hacia el incursor; y sin tener claro si fielmente representado o degradado por el paso del tiempo o la incapacidad del escultor (algo poco probable, visto el detalle del conjunto en sendas estatuas), se arremolinaban incontables cilios o tentáculos de variados tamaños y longitudes, tan pronto en racimos como en desgranadas unidades alrededor de una deformada concavidad que parecía cerrada a costuras apretadas que en verdad eran una especie de incisivos y muelas dispuestos en formación vertical, apretados unos contra otros sin que mediara nada parecido a labios entre ellos, durante prácticamente todo lo que era de largo el eje mayor de la elipse que era el ser… No quería ni pensar en cómo fuera esa suerte de boca abierta para cualquiera de sus funciones, ni tan siquiera imaginar que la movieran para ejercer algún tipo de habla. Cada vez que pasaba por ahí se pasaba varios segundos vigilando las estatuas, las sombras que creaba su linterna haciendo parecer que los miles de tentáculos se zarandeaban justo cuando iba a dejar de mirarlos, y que las deformadas muelas de la repugnante boca vertical temblaban ansiosas, casi como si se contuvieran, con fastidio, de abrirse desmesuradamente y cerrarse sobre él.

Criaturas sin ojos ni ningún otro órgano visible, parecían hechas, a su criterio, para el único fin de devorar sin pensar. Pero el estudio de su biología no le traía allí desde que por mera coincidencia descubriera la gruta, pues de todos modos, salvo esa muestra de arte, no había allí dentro vestigio alguno de su existencia, ni extraños huesos ni desgastadas huellas, nada… Él sólo estaba allí para llevarse lo último de aquel extraño mineral metálico labrado en cilindros de quince centímetros, que tan caro le retribuían los del laboratorio privado de diseño armamentístico de la ciudad a cambio de concederle a él su anonimato, intimidad y exclusividad respecto a la facilitación de ese producto. Llevaba años extrayendo cantidades de esa sólida sustancia de color añil, siempre lustrosa pese al tiempo y el polvo, y calculaba que con lo cargado esa última vez ya habría terminado de vaciar la secreta despensa. Le llevaría apenas unos minutos llenar el espacio de su cartera de arte reservado a las barras de no más de un dedo de grosor. Mientras las guardaba a puñados, se forzaba a evitar dirigir el haz de la linterna hacia las estatuas, allí, a unos diez metros de distancia, seguro como estaba de oír un precavido arrastrar de pezuñas y el crujir de la pétrea piel al tornarse viva. Pero se dijo que era sólo imaginación, y se apresuró a terminar de limpiar de cilindros añiles el suelo frío de la cueva. Se incorporó y dio media vuelta sin mirar atrás en ningún momento, pese a que sentía la vigilancia de las esfinges tras él mientras se alejaba, sugestionado por la idea de estar llevándose lo último del extraño y tan preciado tesoro con que había dado por pura casualidad tanto tiempo atrás…

Finalmente alcanzó la estrecha salida de la montaña, y con alivio y goce sintió retornar a su oído y piel el viento cálido por un sol que avanzaba perezoso y libre hacia el mediodía. Bastante animado, se entusiasmó pensando en el último pago que recibiría de manos de su enlace del laboratorio mientras seguía fingiendo vivir de sus cuadros delante del mirador turístico, junto a la carretera, donde se hacía el canje. Un rumor lejano y grave fue llegando a sus oídos conforme descendía del laberinto de roca milenaria, y, ceñudo, apresuró el paso.

Al quedar su periferia libre, volvió a tener su acostumbrada vista del Este y Oeste infinitos. El rumor directamente llevó su mirada hacia el fondo del abismo, más allá de las casas de sus vecinos, más allá del mirador… hasta la ciudad. De ahí venía ese zumbido. Había humo en la parte industrial de la ciudad. Sobre un conjunto de edificios aplastados giraba una gigantesca esfera lustrada de color añil. La esfera sostenía ese intenso rumor vibrante mientras giraba y giraba desplazándose y arrasando la ciudad. De pronto pareció detenerse en seco, acallándose su extraña voz. El añil lustrado estalló en pedazos por todas partes sobre la ciudad, los afilados fragmentos partiendo por la mitad edificios enteros o segando las calzadas de las calles más grandes, y de entre lo que quedaba de la bola se retorcía furioso algo que se antojaba discerniente de su situación, en una primordial medida… Algo pardusco y húmedo, gigantesco, que se desplazó del interior de la esfera hacia lo que quedaba de la ciudad más con desdeñosa intención de destrucción que con inconsciente descuidado…

“El artista” quedó tan estático de alma y cuerpo como cualquiera de sus obras al reconocer, saliendo de entre los enormes fragmentos añiles, a la criatura representada en las estatuas de la cueva.

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Tesoro

Un hombre sigue con su acostumbrada y fructífera rutina, que desembocará en una inesperada revelación…

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Elmer Ruddenskjrik