Las aventuras del taciturno cyborg Dorian Stark continúan en la nueva entrega que nos brinda su creador, Alexis Brito Delgado.

En esta ocasión, el mercenario biomecánico, a punto de cumplir una nueva misión, se deja arrastrar, como viene siendo habitual, por las secuencias de disonantes tiempos de su pasado…

¡Esperamos que lo disfrutéis, pulperos!

HOLOGRAMAS

Alexis Brito Delgado

 

I’m not

Crawling around

Looking for a friend.

I’m not

Thinking the big I am.

I’m not

Down on the ground

Looking for a cure.

I’m not

Saying that I’m the man.

-Gary Numan

 

Hay otras cosas que tienen primacía. Los huesos descarnados de la existencia con los que todo hombre nace; ni siquiera tengo eso.

-Philip K. Dick

 

A veces pienso que mi auténtica personalidad, que yacía escondida bajo un manto de fría displicencia, emergió a la superficie después de la primera bioperación. Gracias a los injertos descubrí lo que era el odio y el resentimiento, el deseo de exterminar a aquellos que se interponen delante de mi camino, independientemente de su condición, sea humana o no. A raíz de aquello, nunca volví a sentirme en paz conmigo mismo, había perdido demasiado como para aceptarlo.  

-Dorian Stark

 

La megalópolis que se extendía hasta el infinito ennegrecía el paisaje devastado por la contaminación industrial. Los rascacielos cubrían su entorno creando una jungla de acero veteada por la lluvia constante, que resbalaba sobre los anuncios publicitarios tridimensionales instalados en las fachadas de los edificios. Stark sacó un maletín del maletero del BMW. Con manos expertas, montó el rifle y ajustó la mira telescópica de cincuenta aumentos.

La lluvia arreció con fuerza, empapándolo de la cabeza a los pies, deslizándose por la gabardina de cuero que lo cubría hasta los tobillos. Era inmune al frío; un francotirador no experimenta emociones, su entorno forma parte de su fisonomía. Cansado, se aproximó al borde de la azotea y empuñó el Máuser 750 con ambas manos. La charla mantenida hacía unas horas con el comandante Aries regresó a su memoria:

 

—Buenas tardes, sargento.

La fingida cordialidad de su superior le causó asco.

—Buenos tardes, mi comandante.           

—Ha surgido una operación de última hora —explicó—. ¿Se encuentra usted con energías para realizarla?

La ironía de Aries fue palpable:

—Sí, señor.

Había sufrido una noche colmada de horribles pesadillas; debía distraerse de alguna forma. Los remordimientos de conciencia le eran imposibles de asimilar. El comandante continuó:

—Debe eliminar a John Downer, Stark. ¿Lo conoce usted?

Una impresión de inquietud lo invadió.

—Tengo entendido que es un ingeniero genético que trabaja para la Corporación Manoora, señor.

El comandante se mostró satisfecho:

—Efectivamente, sargento. Tendrá los datos de su objetivo en su apartamento. Cuando finalice la misión envíeme un informe lo antes posible.

El agente ejecutor asintió, apático; no le quedaban fuerzas para contradecir a su superior.

—De acuerdo, señor.

 

Con los hombros tensos, introdujo el cargador en la recámara y eligió los ángulos de tiro. La Schneider lo había convertido en un vegetal. Actuaba como un ordenancista de la peor especie; apenas le importaban las consecuencias morales de sus actos. Downer era humano; no se trataba de uno de sus objetivos habituales: terroristas cibernéticos que atentaban contra civiles inocentes. Dorian odiaba exterminar a sus semejantes. Aunque fuera un bioconstruido, se consideraba humano; aún le restaban un cuarenta y ocho por ciento de órganos naturales.

Un calambre lo hizo estremecer; la necesidad de drogarse invadía su cuerpo. Llevaba demasiado tiempo consumiendo anfetaminas. Stark ingirió tres pastillas; los estimulantes prendieron su anatomía y tranquilizaron sus aprensiones más íntimas. Otra miserable operación; tarde o temprano terminarían volándole la cabeza o, peor aún, una deflagración lo haría saltar en pedazos, arrancándole la escasa humanidad que conservaba.

Durante unos segundos imaginó que avanzaba al bioquirófano, viendo pasar sobre sí el techo del pasillo del hospital, conducido por androides auxiliares, que lo dejarían a merced de los neuroingenieros. La imagen le dio ganas de vomitar; la bilis pastosa se agolpó en su garganta, ahogándolo. Llevaba dos semanas sin digerir nada sólido; los injertos habían modificado su fisiología. Tenía mucho en común con las máquinas que tanto despreciaba. Deprimido, apretó el Máuser con fuerza, a punto de destrozar la culata adaptable de carbono y enfocó con sus pupilas fotoeléctricas el otro lado de la avenida.

 

*

 

En dirección sudeste, entre la polución petroquímica, Stark distinguió la Nueva Ópera de Sídney. Las bóvedas orgánicas quedaban empequeñecidas por las inmensas torres de oficinas que la circundaban. La construcción había perdido su belleza desde hacía siglos; las cúpulas erosionadas eran la prueba evidente de ello. Otra muestra de la decadencia que corrompía el presente.

«Jørn Utzon se debía sentir orgulloso de su obra», pensó con acidez. «El Gobierno australiano no hizo nada por evitar la degradación de su máximo estandarte.»

Levantó la cabeza. Los carriles luminosos de la aereoautopista refulgían como luciérnagas, recorridos por miles de deslizadores en movimiento. Un zumbido le hizo desviar la atención del tránsito avasallador; un magnetotrén se deslizó bajo su posición, torció hacia el ala izquierda del rascacielos y se perdió en la oscuridad de la noche temprana. Stark apuntó a la entrada del Hotel Shangri-La; las líneas del teleobjetivo danzaron ante sus ojos y formaron una cruz mortífera. Miró el Omega de pulsera: 20:07; su objetivo estaba a punto de salir al exterior. ¿Por qué sus superiores querían ver muerto a aquel hombre? Las dudas corroían su espíritu; tenía la impresión de estar obrando de manera equivocada. Últimamente se encontraba demasiado emotivo; cosa que jamás le hubiera sucedido en el pasado.

«Me he vuelto un sentimental», reflexionó con acidez. «Las anfetas me han dejado para el arrastre.»

Sabía que debía separar lo personal de lo profesional, pero no lograba evitar la animadversión que le punzaba el corazón. La idea de asesinar a sangre fría a John Downer, sin un motivo justificable, le producía náuseas. Si fracasaba, o si desobedecía las órdenes, conocía el resultado de antemano: Consejo de Guerra, degradación militar, paredón de fusilamiento, doce balas de mercurio y tiro de gracia en la nuca.

Una escolta aparcó ante las dobles puertas de fibra de vidrio. El agente ejecutor analizó la escena: un Subaru último modelo con cuatro agentes vestidos de paisano, dos tanquetas de combate Nissan con cristales semiopacos que no le permitieron ver a los pasajeros, y una limusina Honda blindada, de fabricación franco-japonesa. Una corriente de electricidad le recorrió los nervios; estaba en notable inferioridad numérica. En el dossier que recibió del Servicio de Inteligencia no se especificaba nada de una comitiva de protección. Irritado, entrecerró los ojos grises.

Aquella misión era una locura; no podía enfrentarse a tantos hombres sin una unidad de combate bajo su mando. Por enésima vez, quiso destruir a sus superiores; detestaba poner en juego su vida. Al parecer, los intereses de la Schneider eran más importantes que un simple sargento de la Orden de los Centinelas.

«¿Qué puedo hacer?», pensó. «Si me localizan seré hombre muerto.»

Lamentó no haber tenido la oportunidad de preparar su equipo: un Máuser 750, dos W-PPK, y cuatro cápsulas de trinitrotolueno no eran armamento suficiente para enfrentarse a sus enemigos. Además, debía tener en cuenta otro detalle fundamental: sus ropas carecían de sistema de camuflaje; los soldados de Downer podrían seguir su rastro utilizando escáneres termográficos.

Su objetivo cruzó la calle y se acercó a la limusina, donde un chofer lo esperaba, uniformado con un traje oscuro.

Stark dudó; el índice se le crispó sobre el gatillo. La idea de ser cazado no le agradaba en absoluto; nunca se acostumbraría a los riesgos que implicaba su profesión. Involuntariamente, un espasmo producido por los efectos secundarios de las pastillas le contrajo el dedo. La bala rebotó contra la ventanilla de la limusina. De inmediato, la escolta desenfundó las armas automáticas. Downer se arrojó al suelo, aterrado, buscando refugio.

Aturdido, Dorian intentó reaccionar. Aquel error imperdonable merecía la peor de las muertes.

«¡Maldito idiota!», pensó lleno de rabia contra sí mismo. «¡Acabas de delatar tu posición!»

Un soldado rastreó su entorno. Otro se echó al hombro un lanzacohetes AT-30. El misil antipersonal avanzó en su dirección a trescientos metros por segundo, dispuesto a aniquilarlo. Por suerte, sus reflejos perfeccionados biónicamente tomaron el control, e hicieron que saltara a un lado en el último segundo. El deslizador voló en pedazos; la onda expansiva lo levantó del suelo y lo arrojó a diez metros de distancia. Su cuerpo abolló un condensador eléctrico. El impacto le arrancó un grito de angustia, antes de que se desplomara de frente.

Stark sacudió la cabeza e ignoró el dolor de su costado derecho. Debía tener alguna costilla rota; esperaba que no le hubiera traspasado el pulmón. Las llamas se elevaban a su alrededor y desdibujaban la azotea llena de escombros calcinados. El hedor del hierro quemado le hizo tener una arcada. Con los ojos enrojecidos por el humo, reptó entre los restos del BMW, acercándose a la salida de emergencia. Sabía que sus oponentes iban detrás de su rastro. No descansarían hasta conseguir su cabeza; escapar era una prioridad primordial.

De una patada, arrancó la puerta de los goznes y pasó al interior del rascacielos, con una W-PPK en la mano. El alemán preparó una cápsula. El explosivo magnético era una trampa mortal; el primero que bajara por las escaleras sería un cadáver. Una rociada de plomo segó sus huellas. Cuatro agentes descendieron del Subaru; el fuego irradió los cañones de las Glock. La caza comenzaba…

 

*

 

Stark aferró la barandilla; bajaba los escalones de cuatro en cuatro, con una expresión demoníaca en el rostro. A su espalda, escuchó el alarido de uno de sus rivales; el perímetro electromagnético de la cápsula lo había abrasado. Los agentes lo maldijeron con grandes voces. Dorian esbozó una sonrisa torcida.

«Adelante, bastardos», pensó. «No moriré solo.»

Una descarga le lamió la mejilla. Stark se pegó a la pared y esquivó los proyectiles. Segundos más tarde, emergió entre las sombras y agotó el tambor; sus balas picotearon las escaleras. De un salto, llegó a un rellano; a su diestra se abría un pasillo. De manera instintiva recargó el arma; después desfiló por el corredor y sacó del arnés de nailon otra pistola.

No era la primera vez que pasaba por aquella experiencia; de hecho, doce años atrás estuvo a punto de morir por el impacto de un misil. Cuando despertó en la clínica era un bioconstruido. No volvió a ser la misma persona, los implantes dividieron su humanidad y lo acercaron a la hibridación absoluta.

Exhausto, se detuvo un momento, para ingerir un puñado de anfetaminas. El costado le ardía; parecía que tenía una barra al rojo vivo pegada a la piel. Afortunadamente, las placas de blindaje de la trinchera resistieron la detonación; de lo contrario, habría estado perdido. Tres siluetas aparecieron al fondo del pasillo. Stark se ocultó detrás de una esquina, sorteando la andanada que acribilló las paredes. Uno de ellos aulló, victorioso:

—¡Ya es nuestro!

Aquella frase fue su epitafio. Un estampido le taladró el cráneo y esparció su cerebro contra sus compañeros.

—¡Matadlo!

Un agente elevó el lanzacohetes. Stark se anticipó a su enemigo; descerrajó la puerta que tenía en frente a balazos y entró en la vivienda. El misil estalló detrás de su espalda; la onda expansiva lo proyectó hacia el salón del hogar, haciéndolo derribar un sofá. Rodó sobre sí para apagar el uniforme en llamas, con los dientes apretados. El sufrimiento era insoportable; su cara quedó cubierta de ampollas. Tenía quemaduras de segundo grado, como mínimo.

Su campo visual abarcó a una familia musulmana —hombre, mujer y dos niños—, que lo contempló aterrorizada, sorprendida por la intrusión que había violado su hogar. Stark gritó con voz ronca:

—¡Al suelo!

Una granada rodó dentro del apartamento; el alemán le propinó una patada y la devolvió a sus adversarios. Un chillido acompañó a su acción:

—¡Mierda!

El estampido de fósforo despidió una bola de fuego; un soldado bramó con el cuerpo inflamado y corrió como un loco, hasta convertirse en una momia ennegrecida.

—¡Fuera de aquí! —ordenó—. ¡Rápido!

A empujones, metió a la familia dentro de la cocina. Uno de los críos lloraba; sin querer, le había partido el brazo. El esposo le dio un puñetazo en la mandíbula.

—¡Cabrón! —exclamó en su propio idioma.

Stark lo dejó inconsciente de un golpe.

«Has tenido suerte, amigo», pensó. «Cualquier otro te hubiera liquidado.»

Olvidó a los musulmanes; tenía cosas más importantes por las que preocuparse y buscó al último agente con la W-PPK alzada. Un inesperado silencio cubrió la vivienda. Sus afilados sentidos estudiaron el ambiente que lo rodeaba. El soldado superviviente había huido; estaba solo en aquellos momentos. Entonces, un foco envolvió su figura; las Nissan flotaban detrás de las ventanas, preparadas para abrir fuego.  

 

*

 

Sin pensarlo, rompió los cristales y saltó al exterior del edificio. Su miembro biónico aferró la escalera de emergencia de la fachada; el tirón estuvo cerca de dislocarle el brazo, mientras la infinitud se abría bajo sus pies. Las alturas lo marearon; una corriente de aire le hizo perder el equilibrio, desplomándose en la pasarela inferior. La adrenalina lo incorporó; el corazón le bombeaba aceleradamente y silenció el fragor de los motores gemelos de las tanquetas.

Una Nissan descendió en su dirección; los proyectiles levantaron violentas chispas. Stark avanzó hacia el piso inferior, agachando la cabeza, con una cápsula de trinitrotolueno en la diestra. La mina magnética trazó un semicírculo y se pegó a la torreta de la Nissan, el único punto débil del monstruo metálico. El estallido lo dejó sordo durante unos instantes; serpientes eléctricas bañaron el fuselaje del vehículo y electrocutaron a sus ocupantes. La tanqueta giró de modo incontrolado, herida de muerte, y se hundió en el abismo. Frenético, continuó su carrera hacia el nivel de la calle; no tenía tiempo de disfrutar de su pequeña victoria.

La segunda Nissan se abalanzó sobre él; una bala le dio en la pierna y le perforó el muslo de parte a parte. Stark volvió a gritar. Nunca logró soportar el dolor de los injertos biónicos; prefería ser herido en cualquier órgano natural, aunque ello supusiera una pérdida irreparable de su porcentaje humano. Sudaba; se encontraba enervado, al límite de su resistencia. Había sufrido múltiples lesiones; la idea de abandonar le pasó por la mente.

«No quiero caer en manos de Downer», reflexionó. «Si me cogen vivo me torturarán hasta la muerte.»

Como si hubiera adivinado sus pensamientos, la voz del piloto sonó a través de un altavoz, reverberando entre pulsaciones de estática:

—¡Suelte el arma! —gruñó—. ¡Prometemos no hacerle ningún daño!

El magnetotrén apareció a lo lejos; los faros del vehículo alumbraron el lateral del rascacielos, propagando el silbido de los vagones en suspensión. El alemán esbozó una mueca macabra.

—¡Nunca!

Tomando impulso con la zurda, brincó por encima de la barandilla y atravesó el aire sobrecargado de ozono. El vacío lo circundó; sus piernas chocaron contra el techo del vagón, abollando la superficie de acero laminado. Tres cuchillas cibernéticas emergieron de su puño, clavándolas hasta los nudillos, sujetándolo al vehículo en movimiento.

El magnetotrén volaba a enorme velocidad, surcando los cielos ensombrecidos. La tanqueta siguió su rastro; implacable, persiguiendo al transporte público, ganando terreno por segundos. Con un terrible esfuerzo de voluntad, abrió el techo con las garras y aterrizó dentro del vagón. Los escasos pasajeros se pusieron en pie, espantados, apartándose de su figura ensangrentada, y retrocedieron al otro extremo del transporte público. Stark disparó hacia arriba.

—¡Largo! —masculló—. ¡Fuera de aquí!

No tuvo que repetir sus palabras; unas veinte personas salieron en estampida y desaparecieron de su vista. Recargó la W-PPK. Había llegado a un punto sin retorno; sólo quería  llevarse por delante a todos los rivales que pudiera. Morir le traía sin cuidado.

Con estrépito, la Nissan atravesó la parte trasera del vagón, desgarrando las paredes metálicas. Utilizando las reservas de energía que le restaban, Stark trepó por la carrocería del vehículo, impulsado por una locura asesina. El agente ejecutor arrancó la escotilla de salida con las cuchillas y vació el cargador de la pistola en el interior de la tanqueta. Los proyectiles cruzados causaron una carnicería; sus enemigos lanzaron bramidos agónicos. Al momento, quitó el seguro de una cápsula, echándola dentro de la cabina para redondear el trabajo. Cuando se disponía a saltar para ponerse a salvo, resbaló y de pronto se desvaneció en el abismo. La calle ascendió; el estómago le subió a la garganta. Las luces de la megalópolis bañaron sus facciones distorsionadas por el pánico. Su miserable existencia había terminado…

 

*

 

Sobresaltado, Dorian volvió a la realidad, con el cuerpo bañado por un sudor frío. Intentó quitarse el casco, pero tenía las manos fuertemente atadas. Tuvo que esperar a que el psicólogo soltara las correas. El hombre puntualizó con malicia:

—Ha fracasado en el test de evaluación, Stark.

Su respuesta fue cortante:

—Ya lo sé.

Se puso en pie, frotándose las muñecas, e intentó librarse de los efectos residuales del holograma que aún le punzaba el cerebro. Despreciaba la alta tecnología; prefería la antigua galería de tiro antes que pasar por aquella basura. Instintivamente, se acarició el rostro. Las heridas fueron demasiado reales; tenía la sensación de tener la cara llena de quemaduras.

Los fluorescentes del techo le lastimaron las pupilas. Se puso las gafas de sol para evitar el blanco cegador; no le gustaban los lugares tan iluminados. El hombre tomó asiento detrás de una mesa de titanio. Estudiando la pantalla de un Sony, corroboró los datos ofrecidos por la máquina. Una expresión de desagrado llenó sus facciones.

—Desprecio a sus superiores, depresión constante, cobardía ante el enemigo, conducta temeraria, baja forma física… ¿Tiene algo que alegar al respecto, sargento?

El agente ejecutor no se molestó en ocultar su repugnancia.

—Me encantaría verlo a usted en mi lugar, Lindemann.

El psicólogo enrojeció de rabia.

—¡Esto es un asunto serio, Stark!

Este sintió ganas de romperle el cuello.

—Para usted es fácil criticar mi trabajo —acotó—. En la retaguardia todo es diferente, ¿verdad?

Lindemann entornó los ojillos porcinos con crueldad.

—Daré parte de su insubordinación al comandante Aries —masculló—. No necesitamos a individuos como usted en el departamento. No se librará de esta, se lo prometo.

Stark se encogió de hombros.

—Haga lo que quiera, Lindemann.

La voz del psicólogo destiló veneno:

—Desde ahora, hasta nueva orden, queda fuera de servicio. Sería una locura asignarle a un pelotón de la Orden de los Centinelas. Con razón pierde al setenta por ciento de sus efectivos durante las operaciones de exterminio.

La declaración le resultó indiferente.

—Me parece estupendo.

Lindemann siguió adelante:

—Además, lo enviaré a una clínica de reposo; los narcóticos empiezan a pasarle factura. Usted aprovecha la excusa de los injertos mecánicos para drogarse con total impunidad.

Dorian fue sarcástico:

—Debería tomar unas cuantas anfetaminas, Lindemann. Despejarían su puerca mentalidad de burócrata.  

El psicólogo estaba al borde de la apoplejía.

—¡Salga de mi oficina, Stark!

Stark se incorporó con una lentitud poco menos que insultante. Los ojos le brillaban llenos de odio. La presencia de Lindemann le producía aversión. Se alejó con sus pensamientos del despacho insonorizado.

«Es la primera vez que me sancionan», meditó. «Tarde o temprano tenía que suceder.»

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Hologramas, de Alexis Brito Delgado

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