La originalidad es lo que más destaca en los relatos y novelas de Daniel Canals. La capacidad de sorprender al lector con giros de la trama que te hacen sentir verdadero vértigo. ¡Fuga Maligna, no os podéis perder este relato!

María Larralde

 

Y ahora… ¡que comience la función!

Fuga maligna

Parte I: Invocando a Belcebú

Estoy tumbado en la litera, en la penumbra de la media noche. Las volutas del humo de mi cigarrillo, se me antojan como un espíritu cambiante. En el suelo de la estancia, la escasa luz de la luna llena que penetra por el ventanuco, es suficiente para iluminar el pentagrama que he dibujado con un trozo de yeso. No necesito mucho más.

En mi mente febril tengo la luna, el pentagrama y el espíritu del muerto. Ahora solo falta la psicofonía adecuada y lo más importante, la invocación. Una rata empieza a chillar acompasada y entonces lanzo el maleficio:

—¡Yo, el maestro negro, conjuro la presencia del Maligno! ¡Oh poderoso Satanás, Rey de las Tinieblas Profundas, acude a la llamada de tu fiel servidor!

De repente, la escasa luz disminuye al cubrirse, la radiante luna, con unas inmensas nubes negras preñadas de tormenta. El cielo empieza a descargar un intenso granizo en toda el área de la prisión, provocando muchos daños materiales. Caen bolas de hielo del tamaño de un puño. Los relámpagos y los truenos van acompañados de intensas descargas eléctricas convirtiéndose en la única y arrítmica iluminación.

Unos minutos más tarde, se enciende el círculo dibujado, con un fuego azulado. Mi dueño está a punto de aparecer. Por la pequeña ventana, asoma un escarabajo dorado que empieza a descender por la pared en dirección a las llamas. Es el momento esperado, así que me incorporo y clavo ambas rodillas en el suelo.

El escarabajo no duda en entrar, de pleno, en el interior del fuego y justo en el centro del dibujo empieza a metamorfosearse en un macho cabrío, apoyado en sus dos patas traseras. Un colgante rodea su cuello, con el pentagrama mágico representado en él.

Sin mirarlo directamente, hago mi petición:

— ¡Amo del Averno, libérame de estas cadenas que me oprimen! Tienes mi alma a tu disposición en pago por ello…

Suena un trueno, que hace temblar todo el edificio. Aparece ante mi visión un pergamino escrito con letras adamascadas. Es el contrato que debo firmar tras la invocación, es inevitable. Araño mi muñeca en el metal de la litera y una púa oxidada se encarga del resto; un chorro de sangre brota hacia la palma de mi mano. Presiono el documento, que desaparece al instante. El macho también.

Sé con seguridad, que en algún lugar de mi cuerpo acaba de aparecer una marca en forma de media luna, de color negro. Es la señal del Diablo. Me he ligado a la condenación eterna y ahora mi condición de brujo se ha completado. Siempre me quedará la duda de si hubiera dado este paso en el caso de no haber sido apresado, pero en esta ocasión me va la vida en ello. Estoy condenado a muerte.

Tras marcharse mi Señor, me incorporo avanzando hacia la salida. La tormenta también ha desaparecido y mis cadenas han caído al suelo. Un olor a metal quemado se desprende de los goznes de la puerta. Salgo al exterior diluyéndome en la noche. Nada ni nadie me detiene.

Ha llegado la hora de que aquellas mujeres perversas, las que provocaron mi encierro y mi desgracia, paguen por ello. Por ese motivo he vendido el alma a Satán, para lograr mi venganza.

Parte II: La síntesis del mal

Llegué a la ciudad en pleno invierno. Las calles estaban sucias y llenas de desperdicios mezclados con la nieve que presentaba un color negro, innatural. Alternaba mi oficio de buhonero con el de médium, habilidad que heredé de mi abuela. Mediante una rudimentaria tabla de la ouija podía visualizar los espíritus de los difuntos y recabar información del Más Allá previo pago por ello, por supuesto.

Me instalé en una habitación destartalada, en el barrio más humilde y empecé a desarrollar mi actividad tras poner varios anuncios en los periódicos locales. La brujería estaba prohibida, pero la nigromancia no. Se practicaba, sobre todo, entre la alta sociedad.

Una noche, recibí la visita de la señora de Vermont, la cual me causó una profunda inquietud por el tipo de servicio que requería. Lo normal es que las personas que me visitaban preguntasen, sentimentalmente, por sus difuntos. Como mucho, consultaban a nivel práctico para saber dónde estaban ciertos documentos o si existía algún dinero oculto que no hubiese aflorado. El caso más extraño que había recibido fue el de una anciana apenada por la reciente muerte de su gato en un atropello. La pobre, solo quería conocer si el minino estaba en el Cielo.

Pero la señora Vermont, mujer fría y adinerada, no quería un servicio normal:

—Maestro, necesito que me haga un favor muy especial —empezó diciendo, mientras depositaba una bolsa repleta de monedas de oro en mi destartalada mesa.

—Ud. dirá señora. Estoy completamente a su disposición.

—Iré al grano. Necesito que conjure a un espíritu maligno… para asesinar a la señorita Anna Marjory.

Aún y estando acostumbrado a las peticiones extravagantes, aquella las superaba a todas, aunque la codicia al ver la bolsa pudo con mis reticencias.

—Dígame solo una cosa señora Vermont, ¿qué motivo tiene para ello? —pregunté.

—Tendrá otra bolsa como esa una vez haya terminado el trabajo. En lo que respecta al resto del asunto, no es de su incumbencia. Le estoy pagando espléndidamente solo por ese motivo, la discreción, y cuanto menos sepa mejor.

Acordamos perpetrar el crimen a la semana siguiente y se marchó. No es que me hiciera mucha gracia ese trabajo, pero tras concluirlo podría retirarme cómodamente durante una buena temporada, o eso pensé en aquel momento.

Lo realmente extraño sucedió al día siguiente. La señorita Marjory, una conocida heredera de la alta sociedad, vino a la consulta. No la reconocí hasta que se quitó el velo que cubría su espléndida y bella juventud. También fue al grano:

—Maestro necesito un trabajo muy especial y debe realizarse con mucha discreción.

—Señorita, ese tipo de faenas tienen una tarifa muy elevada. Pueden ser llegar a ser muy peligrosas —añadí.

Sacó una bolsa repleta de monedas y la lanzó sobre la mesa. Mi codicia volvió a descartar cualquier peligro inminente.

—Quiero que invoque un espíritu maligno y… asesine a la señora Vermont. El trabajo es por encargo de un importante caballero de la ciudad, que no desea mostrar su identidad.

—Tiene que ser una persona muy prestigiosa, si la envía a Ud. personalmente. ¿Qué relación tiene con él, si puede saberse?

—Solo haga lo que le pido y no me pregunte nada más. Cuando aparezca el cadáver de la Vermont, será recompensado de nuevo. Le voy a traer un arcón repleto de monedas como estas.

Acepté. No sabía muy bien cómo resolver aquella decisión pero mi lado oscuro pudo sobre mi conciencia. Algo me hizo sospechar que la señorita Marjory podría ser la amante del acaudalado y prestigioso señor Vermont.

Fui a la mansión Vermont, para familiarizarme con el lugar y allí los pude contemplar a los tres, paseando por los jardines exteriores. «Menudo trío infernal», pensé. Uno de los criados, que regresaba de algún encargo, me sorprendió con los anteojos mirando hacia la finca y me echó sin contemplaciones.

A la semana siguiente, el señor Vermont apareció muerto en su propiedad. Su cadáver estaba rígido como una piedra y con su pelo moreno, completamente de color blanco. El doctor, tras los pertinentes exámenes dictaminó la causa de la muerte por un colapso. Algo le había aterrorizado tanto, que le provocó un ataque fulminante.

Decidí poner tierra por en medio, aquello no era responsabilidad mía. Pertreché lo necesario en un carruaje y salí en dirección a las afueras. No contemplé que podrían estar vigilándome como así fue. Al llegar a la primera aldea del extrarradio de la ciudad, fui detenido por la guardia y tras comprobar mi identidad, me condujeron a la prisión acusado de brujería y asesinato. Alguien me había delatado de forma anónima.

Tras un corto y sumarísimo juicio, en el que tomaron como pruebas la declaración del criado, la inusual posesión de dinero y el intento de fuga, fui condenado a perder la cabeza en la guillotina, al amanecer.

Parte III: La venganza

Mientras me dirijo hacia la mansión, miles de preguntas azotan mi cabeza «¿Quién, y cómo había asesinado al Sr. Vermont?, ¿por qué ambas damas, si podía llamarlas así, me habían involucrado en aquel asunto?, ¿quién se beneficiaba realmente de todo aquello?»

Tengo a las dos atadas y desnudas, enfrente de mí. Después de amordazarlas y arrancarles la ropa con un cuchillo, no he podido evitar una inmensa carcajada. Las dos presentan unas marcas muy definidas en sus cuerpos. La Vermont, debajo del pecho derecho y Marjory en una de sus nalgas. Una media luna negra.

Todas mis respuestas han sido contestadas, mi nuevo amo y señor debe estar carcajeándose en este momento, en las profundidades del Infierno.  

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