Este relato, que se encuentra recopilado en el libro “Los Malos Están Aquí”, es uno de los relacionados con el mundo de la novela “Elangel Pulois: el detective y el monstruo”.

Empecé a escribirlo como reflejo de un sueño terrorífico que tuve una noche, y aunque pensaba dejarlo como un pequeño relato de tres o cuatro páginas, de alguna forma una cosa llevó a la otra, y acabó convertido en uno de mis relatos más largos.

Además de la lectura y la descarga gratuita que encontrareís en esta entrada, os dejo con el enlace de la lectura maratoniana que hice de este relato. Pensé que tardaría como mucho veinte minutos, leyéndolos, pero al final se me alargó por algo más de una hora.

No me queda mucho más por decir, solo espero que sepáis disfrutarlo, pulperos.

Y ahora… ¡que comience la función!

Audiorrelato

Relato EL LEGADO

por Elmer Ruddenskjrik

Lo habían descubierto esa noche, cuando unos espantosos gritos que sonaban parecidos a la voz de su madre atrajeron a las niñas de diez y seis años primero hasta la pequeña salita, y luego, con mucho reparo, hasta la entrada del dormitorio. La mayor apretó su oreja derecha contra la madera de la puerta cerrada, a través de la cual los continuos rugidos y esporádicos alaridos retumbaban y se difuminaban como por una pantalla a través de la que muchas voces corearan al unísono. Apartó la cara, no muy segura, con el ceño fruncido. Se habían despertado muy asustadas pensando que a su madre le estaba pasando algo malo. Pero esa voz no sonaba como la de alguien en algún apuro. Más bien parecía enfadada. No era eso exactamente, pero no se le ocurría otra palabra para describirlo.

—¡¿Es mamá?! —le preguntó su pequeña hermana, mientras ella miraba con fijeza la puerta, como intentando imaginar la visión de su madre en su cama, más allá—. ¡¿Qué le pasa?!

—No lo sé, aparta un poco, voy a abrir, a ver…

—¡No! —le gritó su hermanita, poniendo ambas manos sobre la suya, que ya envolvía el pomo.

—¡Voy a ver! —le susurró ella, queriendo hacerle ver que quería ser sigilosa y su grito no ayudaba—. ¡Échate hacia atrás…!

La pequeña niña retrocedió los pocos pasos que había hasta la pared tras ella, con las manos entrelazadas ante su pecho. La mayor empezó a girar el pomo muy despacio, haciéndolo crujir imperceptiblemente por debajo de la gutural voz de la habitación.

La cerradura se liberó, y empujó un poco la puerta tirando por el pomo de ella hacia arriba, esperando poder evitar el chirriar de las bisagras. Ante sí, en el suelo, una forma geométrica de la luz procedente de la salita iba estirándose deformando sus límites, al tiempo que los alaridos cesaban y los rugidos se volvían contenidos, como si la voz padeciera de pánico escénico. Sentía que algo malo emanaba de ahí dentro. No era el olor, ni tampoco esos sonidos que tenían que proceder de su madre… Era algo que trascendía lo físico, los sentidos mismos… pero que le puso toda la piel de gallina, e hizo a la raíz de su corto cabello negro erizársele como si de todo ello le tirara una mano invisible.

Al alzar la mirada más allá del cambiante trapecio de luz que crecía hasta las patas de la cama, se encontró con una oscuridad absoluta entre la que centelleaban inmóviles dos puntos plateados, muy juntos, y que reflejaban directamente la escasa luz que había entrado con ella en la habitación. Sintió una verdadera confusión, y el metal del pomo de la puerta, resbaladizo y frío, empapándose del sudor de la palma de su mano, antes de comprender que estaba mirando a unos ojos que escudriñaban los suyos. Lo que creyó que era una sordera repentina, descubrió que no era otra cosa que una pausa para (quizá) coger aire la cosa dueña de esa mirada de luz, y al momento soltar un estentóreo grito, parecido a una tos interminable. Al temblar del repentino espanto parpadeó varias veces, segura de que le salpicaban la cara microscópicas gotitas de saliva que viajaban con el mismo rugido. Y cuando quiso mirar de nuevo hacia las luces en la oscuridad, descubrió que de entre la penumbra gradual que llevaba hasta la luz en el suelo asomaba una mueca espantosa rodeada de la alborotada melena de su madre, y que avanzaba empujada por los brazos que se estiraban y retorcían sobre el suelo, como si andara a cuatro patas, bajando de la cama hacia ella. La mueca se parecía al rostro de su madre, pero los ojos refulgían de una luz pálida, y los labios se le habían estrechado hasta volverse imperceptibles al estirársele las comisuras de la boca casi hasta las orejas. Llevaba abiertas las mandíbulas, lo bastante como para hacerla sentir en peligro ante lo que era un inminente y seguro mordisco, y entre los dientes (blancos y normales, aunque de repente demasiado numerosos) se debatía una larga y retorcida lengua morada y afilada, con violento frenesí. Todo ello lo vio como a cámara lenta, mientras la garganta de la cosa emitía un silbante bufido que subía de intensidad durante su carga a boca abierta. Ya había bajado de la cama y se descubría bajo la luz sin dejar por ello de avanzar con esa avidez que delataba el denso rastro de saliva que iba derramándosele de la barbilla.

—¡NARA! —la llamó a voz en grito su pequeña hermanita, a sus espaldas, que apenas podía hacer más que imaginar qué estaría viendo su hermana para quedarse allí, petrificada, agarrada a la puerta.

El grito de su hermana la sacó del estupor del horror y retrocedió de un salto tirando de la puerta, justo cuando el rostro de enorme boca transmutaba su silbido en un agudo y burbujeante rugido. La puerta se cerró con un estruendo que asustó a su hermanita, haciéndola soltar otro grito, y al golpe le siguió un seco tamborilear y arrastrar de los dedos de su madre, al otro lado, arañando y palpando, quizá a tientas, en la total oscuridad.

Se dio media vuelta, sin ser capaz de ver nada, con los ojos como platos, aún con la imagen de esa espantosa mueca hambrienta grabada en las retinas. Su propia cara, pálida, con la mirada perdida, asustó aún más a su hermanita, que apretaba el rostro, enrojecido, mientras gruesos lagrimones recorrían sus mejillas.

— Nara, ¡¿qué pasaaa?! —gimió con un hilo de voz, aún apretándose las manos sobre el pecho.

—Cali…  —empezó a decir, susurrando con tono neutro—. ¡Mamá es un monstruo!

 

***

 

A la noche siguiente, su madre se encontraba viendo la televisión, cabeceando, medio dormida. Nara se encontraba sentada en el extremo opuesto del mismo sofá, observándola con el rabillo del ojo, manteniendo la mirada en la pantalla, sin escuchar el rumor casi inaudible del volumen reducido. Le había dicho a la pequeña Cali que se quedara en su habitación, con la puerta bien cerrada, ya que al parecer su madre en “estado monstruo” no recordaba cómo abrir.

—¡Mamá! —la llamó, para sacarla de la duermevela—. ¿No quieres irte a la cama?

—¿Por qué me asustas así? —protestó ella, desperezándose un poco, y mirándola con los ojos entornados—. Estoy muy bien aquí, ¡pon lo que quieras, en la tele…!

—No lo digo por eso… —protestó Nara, volviéndose a mirarla, ansiosa, mientras su madre se acomodaba de nuevo y enterraba la cara entre los brazos, apoyados en el reposabrazos del sofá.

Echó un vistazo a la ventana. La fachada del edificio de enfrente estaba desapareciendo a medida que el crepúsculo moría. No sabía si volvería a pasar, pero, por si acaso, quería tener a su madre en su habitación y con la puerta cerrada. ¡Se estaba quedando dormida en el sofá!

—¡Nara! —la espantó la pequeña Cali con su grave susurro, asomándose desde la esquina del pasillo que llevaba a las habitaciones de ambas—. ¡¿Qué pasa?! ¡Tengo miedo!

Nara la miró alargando un brazo y agitándolo un par de veces, como si intentara espantar a un perro. Cali mostró su fastidio torciendo el morro, aunque seguía asustada.

—¡Cali! ¡Que te vayas a tu cuarto! —rugió Nara en voz baja, con los ojos muy abiertos.

Un ronco gorjeo tras ella la hizo ponerse en pie en cuclillas y avanzar hacia su hermanita con los brazos extendidos. Durante ese pequeño instante, Cali pudo ver a su madre recostada en el sofá, con la cabeza sobre los antebrazos, rugiendo, y cómo de pronto levantó su rostro, agitando su suelta melena al volverse directamente hacia ella, mirándola con fijeza.

—¡Mamá! —gritó al tiempo que Nara la alcanzaba y empezaba a empujarla por el pasillo de camino a su cuarto. De pronto su hermana mayor parecía muy fuerte, llevándola casi en volandas, levantándola desde las axilas—. ¿¡Dónde estaba mamá!?

—¡Esa era mamá! —le contestó Nara soltándola ya dentro de la habitación de Cali y cerrando tras ella la puerta—. ¡Calla, no hagas ruido!

Cali la obedeció, aunque no dejaba de lagrimear y esnifar por la nariz; estaba siendo bastante valiente.

—¡¿Mamá es un monstruo?! —insistió, susurrando.

—¡Ya te lo expliqué ayer, Cali! ¡Calla un poco! ¡Quiero escuchar qué hace…!

El ser en que se había convertido su madre golpeaba levemente la puerta, como buscando una grieta por la que colarse. Con lentitud, con parsimonia, sin dejar de rugir y soltar algún alarido ahogado. Nara percibió cómo dejaba de lado su puerta para empezar a gatear de vuelta a la salita. Y más allá. ¿Se dirigía a su habitación?

—¿Qué hace? —le preguntó Cali, sobresaltándola.

—¡No lo sé! —le espetó en un seco susurro, no por enfado, si no de la tensión. La miró, la pequeña seguía llorando en silencio—. Cali, no sé qué pasa, pero sólo podemos guardarnos de mamá y asegurarnos de que no se va a ningún sitio, porque…

El sonido de una serie de golpes y lo que parecían arañazos la hizo callarse. También Cali miraba hacia más allá de la puerta, asombrada y asustada.

—¡Suena como cuando nuestro gato gordo se arrastraba por su puertecita de la entrada! —exclamó la pequeña, mirando a su hermana con los ojos muy abiertos, incrédula.

Y no era para menos, porque el obeso gato había muerto de viejo hacía tres años, y además lo que sonaba como si se arrastrara a trompicones por debajo de la puerta de entrada, lo hacía con una furia y una fuerza que no correspondían a ningún animal de ese tamaño, por supuesto… ¡Su madre estaba intentando salir de la casa por la portilla del gato!

—¡NO! —gritó, y abrió la puerta casi dándole a Cali con ella para salir corriendo.

Cuando llegó hasta la esquina y se volvió hacia la salita, pudo ver cómo al fondo, en la parte baja de la puerta que daba a la calle, el camisón de su madre aleteaba con frenesí mientras sus piernas se zarandeaban y sus rodillas y pantorrillas golpeaban los bordes de la gatera, agrietándola. No comprendía cómo había conseguido meterse hasta la cintura, pero no perdió tiempo en cuestionarse y se lanzó hacia ella, desesperada por impedir que saliera. Justo cuando ya estaba llegando, se tiró de rodillas dejándose resbalar con su propio camisón por el liso suelo, con las manos delante para cogerla de los tobillos, pero sus pies desnudos se agitaban con violencia y le hicieron daño en las muñecas. Su madre se liberó, y sus pies se escurrieron más allá de la gatera. Con un fuerte bufido, como si de hecho interpretara a un gato, Nara la oyó gatear hacia algún lado de la calle, a la derecha, y nada más.

La puertecilla batiente de la gatera se balanceaba con un suave chirrido, como si se burlara con una risa contenida… de ella.

 

***

 

Nara y Cali pasaron la noche juntas, en el sofá de la casa, con la tele encendida pero sin ver nada en concreto. Cali no entendía lo que pasaba, y de hecho hasta parecía sentirse lo bastante aliviada y segura (de saber que no había en ese momento ningún monstruo en casa) como para haberse quedado dormida con la cabecita sobre el muslo izquierdo de su hermana. Nara no era capaz de dormirse, estaba muerta de miedo, pensando en lo que podría estar haciendo su madre convertida en monstruo muerto de hambre. No sabía hasta qué punto era peligrosa, pero sí sabía (porque así lo había sentido la noche anterior, cuando la miró a la cara mientras avanzaba hacia ella sin reconocerla como nada más que un trozo de carne) que su madre estaría buscando algo vivo que comerse. Había salido a cazar.

Estaba cambiando entre los cuatro canales que recibía su televisor, entre programas de venta telefónica, series trasnochadas, documentales y una peli vieja de terror. No era capaz de escuchar ni ver nada de lo que emitían, sólo pulsaba los botones del mando a distancia, pasando de un canal a otro cada poco, como un acto mecánico con el que ser capaz de asirse a una realidad que se le escapaba entre los dedos como lo habían hecho los pies de su “madre monstruo”.

Habían pasado cuatro horas y dieciséis minutos desde que su madre se había escabullido. Nara miraba cada poco el reloj de la pared, pareciéndole como un látigo en los ojos el sacudirse del segundero cada vez que lo hacía. Estaba en un estado de irrealidad, segura de que el tiempo que estaba pasando ahí sentada, en su casa, era caduco, y sintiéndose como si nunca le hubiera pertenecido esa tranquilidad que había venido dando por supuesta. Sabía que, de un momento a otro, quizá al segundo siguiente, todo daría al fin un vuelco, y se acabaría la vida que ella conocía.

Con un sobresalto que la sacudió entera, despertando incluso a Cali, Nara escuchó voces que llegaban desde cierta distancia por la calle. Eran muchas personas alborotadas, asustadas y enfadadas al mismo tiempo. Y los rugidos del monstruo de su madre casi ahogaban el gentío. Rugía con furia y quizá dolor, con una desesperación que Nara no habría sido capaz de imaginar.

—¡¿Qué pasa, Nara?! —le preguntó Cali, frotándose la cara e incorporándose en el sofá.

Nara se puso enseguida en pie, sin escuchar a Cali, y se volvió a la derecha, mirando la puerta que daba la calle. Mirando hacia la gatera. Las voces y el rugido se aproximaban. Su madre volvía a casa. ¡Y la perseguían! De pronto la portezuela de la gatera se sacudió con tal fuerza hacia el interior que amenazó con saltar de su fijación superior: el brazo derecho de su madre se sacudía con furia, buscando asirse a cualquier cosa, apoyándose enseguida contra la superficie de la puerta, y empujando hacia dentro su horrible cara de boca estirajada, con los cabellos apretándose contra su hombro, que parecía en ese mismo momento dislocado, o como mínimo extraordinariamente contorsionado. Le sangraba con profusión la frente, y le faltaba un ojo, como si se lo hubieran apuñalado o apedreado algunos de los vecinos que ya gritaban con claridad toda clase de improperios hacia la criatura.

Nara sintió un doloroso pinchazo de amor verdadero y de compasión desesperada hacia su madre, que se debatía y apretaba de una manera sobrenatural por la pequeña gatera, y ya se acercaba a ella para ayudarla a entrar en la casa y protegerla de sus perseguidores. Pero se detuvo en seco. Su madre, en estado monstruo, había terminado de forcejear en la puerta, y se arrastraba hacia delante haciendo pasar al fin por la gatera sus piernas. Y con su único ojo sano, la miraba. Abrió la boca, bufándole más de una forma seductora que amenazante, como una serpiente, mostrándole la punta ensangrentada de su antinatural lengua alargada y morada. Toda su barbilla y finos labios estaban manchados de oscura sangre que no parecía suya. Nara retrocedió de inmediato, con la luz del ojo de su madre mirándola con fijeza, mientras se impulsaba sobre las manos y pataleaba con frenesí, haciendo resbalar los pies.

Esa falta de tracción permitió a Nara tomar ventaja y llegar hasta Cali, que se había puesto en pie, mirándolo pasar todo con estupor y lágrimas por la cara. La levantó por debajo de los hombros para llevársela, mientras escuchaba que la muchedumbre rugía en la puerta de entrada y la golpeaba con rabia… con ansias de venganza. Querían entrar para matar al monstruo de su madre. Gritaban desgañitados que querían su cabeza, que había que matar al monstruo. Que lo quemaran, pedían cada vez más.

Nara volvió al cuarto de Cali, tiró a la pequeña sobre la cama y cerró de nuevo la puerta. Su madre, esta vez, comenzó a golpearla con fuerza. Nara, aterrorizada, agarraba la manija y tiraba de ella hacia arriba, para asegurarse de que no se abriera por las vibraciones o de pura casualidad ante los manotazos rabiosos del monstruo al otro lado.

—¡Déjala entrar! ¡La persiguen! —le gritaba Cali.

Nara miraba a Cali, apretada de rodillas contra la pared, sobre su colchón. La miraba con los ojos muy abiertos, y llenos de lágrimas que la hacían verla como a través de un cristal derretido. No la escuchaba, sólo podía pensar en sujetar la puerta.

Se oyó el sonido de cristales rotos, como si la ventana de la salita se hubiera hecho añicos. Nara creyó que los vecinos entraban por ahí, y deseaba que así fuera. Quería que las salvaran de su madre caníbal. Pero no se escuchaba a nadie caminando por la casa, y los gritos de la muchedumbre se habían vuelto más contenidos y esporádicos. Y comprendió lo que pasaba. El olor, la luz por debajo de la puerta… Le habían lanzado fuego a la casa. Y su madre, ajena o inconsciente, seguía imparable zarandeando la hoja de la puerta, rugiendo y bufando, chillando de vez en cuando con desesperación depredadora, mientras un incendio las estaba cercando a las tres.

—¡Cali! ¡Tenemos que salir! ¡Por la ventana! —gritó.

—¡¿Y mamá qué?! —protestó con la cara roja y apretada su hermanita.

—¡Mamá es un monstruo, Cali! —le respondió con decisión, llorando sin medida—. ¡Hay fuego en la casa! ¡Abre la ventana y sal!

La pequeña Cali obedeció, moviéndose muy despacio, sin embargo. Le costaba ver con la expresión de auténtica pena y miedo que le achinaba los ojos y las lágrimas que se le acumulaban en ellos antes de precipitarse como grandes goteras. Empezó a forcejear con la manija de la ventana, que le quedaba un poco alta y apenas llegaba de puntillas. Nara quería ayudarla a abrirla, pero los golpes de su madre impactaban de manera aleatoria sobre el picaporte de la puerta, y lograría hacer saltar la cerradura si ella la soltaba.

—¡Cali, salta y agarra el pomo! —la animó.

Cali obedeció, y al segundo saltito logró asir la manija y hacerla ceder con su propio peso. Tiró con cuidado de la hoja de la ventana hacia sí.

—¡Sal Cali! ¡Salta!

—¡Nara, no llego!

—¡Pon las manos en el marco y salta como si te fueras a apoyar sobre ellas!

—¡¡No puedo!!

Nara no se atrevía a soltar la puerta hasta que su hermana se hubiera ido, pero al ver que Cali no era capaz de salir, soltó el pomo y corrió hacia ella, cogiéndola con ambas manos por el trasero e izándola así por encima de la ventana. Cali quedó de rodillas un momento sobre el marco, mientras se reorientaba para ir a dejar caer los pies por el lado de fuera. Y, más allá de Nara, que la ayudaba a darse la vuelta, vio que la puerta se abría. Primero se movió el picaporte, soltándose la simple cerradura. Y luego la puerta se abrió con violencia. Y una figura oscura, una sombra recortada contra la brillante luz de las llamas de más atrás, se arrastró hacia Nara por allí abajo.

—¡Mamá! —quiso llamar Cali a su madre, y a la vez avisar a su hermana mayor.

Nara no se había vuelto, pero sabía lo que pasaba. Empujó y al tiempo sujetó a la pequeña Cali para dejarla llegar al suelo de la calle con delicadeza, aunque haciéndola golpearse ligeramente los codos con la repisa. Cali, aturdida por el dolor, hizo pie pero trastabilló al querer retroceder, cayendo sentada al suelo. Nara gritó, y la vio poner una cara de dolor que nunca le había visto. Apretaba los dientes y gruñía, pareciendo más enfadada que otra cosa. Y a duras penas comprendió que intentaba soltarse de su madre, liberarse de lo que fuera que le estaba haciendo; seguía oyéndola rugir con voz ahogada, y hacer además un sonido como de sorber, mientras Nara se agitaba.

—¡Nara!

—¡Vete, Cali! ¡No te acerques! —la alertó, casi incapaz de hablar.

Nara sentía el mordisco fuerte y profundo de los dientes de su madre en el gemelo izquierdo. Intentaba que la soltara pero su mandíbula no cedía, y además la tenía agarrada del tobillo derecho. No creía que se pudiera soltar. Sentía que si tiraba se le llevaría la mitad de la pantorrilla en carne. Notaba cómo su madre chupaba la sangre de la herida, con verdadera ansia y placer. Iba a morir con ella.

—¡Nara, toma!

Abrió los ojos, pese a que la mirada le estallaba en luces blancas del extremo dolor. Su hermanita acercaba hacia ella, entre sus pequeñas manos temblorosas, una puntiaguda piedra del camino.

—¡Para mamá! —le dijo con algo de tristeza en la voz.

Nara no se lo pensó dos veces, cogió la piedra con su mano izquierda y la dirigió con fuerza contra la coronilla del monstruo de su madre. Gritó de dolor y rabia, al notar cómo los dientes de su madre le desgarraban el gemelo con el golpe. Pero insistió, desesperada por vivir, mientras el fuego lamía ya las paredes del pasillo que llevaba a esa habitación. Golpeó una vez tras otra, con el gemelo ardiendo de dolor, y su madre soltando bufidos cada vez más ahogados al recibir pedradas en la cabeza. Escupía la sangre, en lugar de seguir aspirándola, y eso la animó a seguir apedreándola, hasta que sintió que ya aflojaba su mordisco, y aun así golpeó dos veces más. Y al sentirse libre, sin mirar ni por un segundo al monstruo de su madre, se dejó caer sobre el borde de la ventana para arrastrarse fuera.

Pese a no tener fuerza para ello, Cali intentó recogerla con los brazos abiertos para evitarle aterrizar de cabeza en el suelo, y ambas cayeron, una al lado de la otra. Nara no esperó un segundo y empezó a arrastrarse sobre un brazo y su pierna sana, mientras con el otro hacía incorporarse a la pequeña y la hacía seguirla.

—¡Nara! ¡¡Tienes sangre!!

—Tengo sangre sí, ¡vámonos de aquí!

—¡La casa! —protestó Cali, mirando atrás. De su habitación, una brillante luz naranja relampagueaba mientras se alejaban.

— Ya no hay casa, Cali —repuso Nara sin volverse.

 

***

 

—Me da igual lo que te ordenara, Nara… Te has equivocado esta vez… ¡La has cagado! —le espetó el tipo acercando su cara a la suya y escupiéndole su aliento a caramelos de fresa. Estaba exultante.

—Para ti es como si fuera navidad, ¿ein? —le respondió ella poniendo los ojos en blanco. El tipo sonreía y no paraba de sacudirse con el dedo índice la ancha corbata negra sobre su camisa blanca. Se paseaba ante ellas dos haciendo salpicar aquí y allá los charquitos de meados y agua de lluvia repartidos por el callejón—. Llevas esperando esto mucho tiempo, ¿ein?

—Eres tan perspicaz, zorrita… Es que siempre has sido tan lista… No me puedo creer… —empezó a decir, inclinándose ante ellas como si hablara a unas niñas pequeñas— que siendo taaaan lista hayas acabado metiéndote en este lío, y a tu hermanita contigo…

—No hay lío… hemos hecho el trabajo —dijo Cali mirándole con verdadero odio. Nunca le había gustado ese tipo, y no era capaz de mostrarse tan indolente como Nara.

—Estos cinco hombres y yo, hemos ido a buscaros por orden directa del jefe, chiquitina, así que algún lío habrá, ¿no te parece?

—Por eso hemos accedido a venir, para aclararlo todo….

—¡Que han accedido! —el tipo se empezó a reír a carcajadas de una manera histriónica y bastante insoportable, mirando a algunos de los hombres que escoltaban a las hermanas, como buscando complicidad. Todos estaban serios como esfinges—. ¡Pues permitidme, princesas, que os agradezca el favor de habernos acompañado de tan buena gana!

El hombre estaba volviéndose tan insoportable que incluso Nara estaba empezando a sentir la tentación de matarle de inmediato, aunque corriera el riesgo perder la vida, o la de su hermana, en el enfrentamiento contra el resto de matones que las rodeaban. No entendía qué habrían hecho mal o habrían dejado de hacer bien para tener que aguantar tantas tonterías. Pero la puerta trasera del lujoso restaurante se abrió al fin, y salió su jefe. Solo, sin guardaespaldas. Llevaba la chaqueta de su traje morado abierta, como si hubiera estado disfrutando hasta ese momento de una velada informal, y sobre la negra camisa de botones de debajo se zarandeaba una larga corbata roja. Detuvo sus brillantes zapatos negros en mitad de un charco, sin cuidado ninguno.

Nara y Cali inclinaron un poco y muy rápido la cabeza, a lo que respondió su jefe con un lento asentir. Luego dirigió su único ojo izquierdo hacia el tipejo insoportable, que de repente parecía inquieto.

—¿Qué son esas voces? ¿Esto es lo que entiendes cuando digo “con discreción”?

—Señor Mitsune, sí, sí, o sea, no, nadie se ha podido enterar de que las hemos traído. Estaban solas, además, y…

—¿Y te montas un monólogo a gritos detrás del restaurante donde suelo cenar?

Toyosu Mitsune mantenía dirigida hacia él su grotesca cara, desfigurada en su lado derecho por aquella larga cicatriz vertical hacia la que parecían estar siempre estirándose el resto de sus facciones. Era una herida ya sanada, y corrían rumores de que se la había hecho el día que apareció la nave marciana sobre la ciudad, ocho meses antes… Pero esas eran historias que Toyosu Mitsune no se había molestado en aclarar con nadie.

Una vez que logró callar a su subordinado con la dura mirada de su único ojo, Mitsune se volvió a mirar a las hermanas. Primero a Cali, y luego a Nara, quien sabía que era la mayor y la de la voz cantante. La menor le miraba con una expresión dura que contrastaba graciosamente con sus facciones regordetas y algo infantiles, los ojos negros centelleando de desafío contenido entre el flequillo rubio de su cabello recogido en coleta: sabía que era una subordinada. Su hermana tenía una expresión neutra, y miraba tanto al mafioso japonés como a su lacayo graciosillo sacudiendo su corta melena negra cortada a capas; no lo mostraba, pero había disfrutado mucho con la escenita de reprimenda. Las dos vestían igualmente de negro, con pantalones vaqueros elásticos ceñidos, chaquetas que imitaban el estilo motorista, sin adornos ni remaches, y botas también negras que parecían de trabajo. Siempre iban vestidas igual, y él suponía que para ellas era como un uniforme…

—Habéis matado a Tsunori Nimarada. El sobrino de un viejo amigo mío. ¿Tenéis idea de las explicaciones que tendré que dar? ¿De los favores que me voy a pasar la vida haciendo?

—Usted quería que diéramos con el tipo que usurpaba su mercado y nos lo cargáramos… —dijo Cali con el ceño fruncido e inclinando la frente.

—Sí, y eso fue lo que hicimos… —la apoyó Nara, tras mirarla un momento y ponerle una mano en el hombro—. No le preguntamos su nombre, ni le pedimos referencias, y no creo que él se imaginara para quién trabajábamos… Así que… sin duda todo esto ha sido un malentendido, ¿no?

Mitsune miró a ambas moviendo su ojo de una a otra repetidas veces. La bajita y corpulenta Cali parecía desear aplastarles el cráneo a todos, y la delgaducha Nara se movía y hablaba como si de hecho estuviera perdonándoles la vida. Esa actitud suya le había llamado la atención desde la primera vez que la vio, pero ahora mismo no le hacía ni puñetera gracia.

—Es posible que me exijan las cabezas de las dos, cuando se sepa lo que ha pasado…

—No es asunto mío, porque no sé nada de rollos entre japoneses… —empezó a decir Cali, casi en un áspero susurro y mirando fijamente la espantosa cara de locura de Mitsune—, pero lo que está claro es que, aunque usted no sabía quién le andaba jodiendo, él sí que lo sabía. De hecho, al contrario de lo que piensa mi hermana, yo creo que sí sabía que trabajábamos para usted. Y parecía no dar crédito. Ahora comprendo que tenía miedo, pero sin duda no podía creerse que usted se hubiera dado cuenta, o incluso que tuviera el valor de mandar a nadie a matarle. Quizá todo esto no represente un malentendido sin más, sino el hecho de que debería usted replantearse a quién llama “amigo”…

—¡Cállate! —le gritó el japonés, apretando su lado útil de la cara en una mueca de furia. Su rostro entero era la forma pura de un grotesco rugido, si es que eso era posible—. ¡No admito que una zorra obesa me diga lo que debo pensar! ¡¿Por qué no os hago matar ahora mismo, gorda?! ¡¿Por qué no pongo la linda cabeza de tu hermana sobre tus manos y luego te pego un tiro?!

Cali no dijo nada, pero sus hombros parecieron ensancharse diez centímetros mientras se le hinchaba el pecho y se le enrojecía el pálido rostro.

—No lo hará, señor, porque somos lo mejor y más inteligente que tiene ahora… —expuso Nara volviendo a poner una mano en el hombro de Cali, a su lado—. La nueva policía del Triunvirato tiene a todo el mundo contra las cuerdas, y sus hombres —Nara deslizó una fugaz mirada al tipejo insoportable, que permanecía a la izquierda de Toyosu, a prudente distancia— no son ni los más listos ni los más valientes. Mátenos, si quiere, pero tardará en dar con recursos de nuestro nivel, y difícilmente podrá volver a solucionar problemas como el del sobrino de su… “amigo”.

—Sí, hablas bien, puta —dijo de inmediato Mitsune, pero enfrentando aún la mirada de su ojo con la de Cali, quien seguía colorada de furia—. Pero tampoco hace tanto que os conozco, y me da la impresión de que vuestra lealtad pende de un hilo.

—Eso es porque está acostumbrado a la lealtad mediante el miedo… Se ha rodeado de cobardes y mediocres que no tienen cabida en el nuevo orden de las cosas, es decir, se ha acostumbrado a tener que trabajar con lo que queda del extinto mundo del hampa de esta ciudad… —insistió en seguir hablando Nara, sin mostrar afección alguna por el insulto, atrayendo al fin la atención de Mitsune—. Nosotras necesitamos esto. Porque se nos da bien, y pocos pueden pagarlo. No somos avariciosas. Puede que suene extraño, pero nos gusta la seguridad de una relación laboral duradera, así que… ¿no hay manera de recuperar la calma? Y lo digo por todos…

Cali miró a Nara a los ojos al sentir que su mano le apretaba varias veces el hombro derecho. Entendió que era mejor retener toda su hostilidad, pero la verdad es que no sentía respeto por ninguno de esos hombres. Cali no creía como su hermana en que debieran ser un engranaje en ningún mecanismo. Cali creía que podían ganarse la vida solas. De hecho, ¡Cali quería ser una justiciera! Como se contaba antes sobre el desaparecido Rostro De La Locura… o del infame detective Elangel Pulois. Pero Nara era pragmática, y había decidido que era más fácil ofrecer sus peculiares servicios como mercenarias que intentar hacerse un nombre por sí mismas en una ciudad donde el control y seguridad aumentaban cada día. Y Cali… siempre acababa haciendo lo que Nara decía.

De modo que Cali se relajó, y su color pálido natural le volvió a la cara, aunque a cambio empezó a morderse el labio inferior, de frustración…

—Vale, nos calmamos —repuso Mitsune, pero sin parecer en absoluto calmado—. Sois unas putas impertinentes, ¡las dos! No mucho tiempo atrás ya os habría mandado ejecutar sólo por vuestros modales. Pero como dice la hermana mayor, no tengo nada mejor —esto lo dijo Mitsune mirando de soslayo a su lacayo, el “monologuista”—. Pero a cambio de pasaros este puto lío que me habéis montado, me vais a arreglar otro asunto…

—Mientras pague, seguimos siendo sus empleadas —expuso Nara abriendo las palmas hacia él.

—Esta mierda se la iba a encargar a Elangel Pulois y su puto monstruo, pero parece que ahora se cree un detective de verdad, y ya no se dedica a esto… ¡Ya ni siquiera tiene monstruo, el inútil! —nadie se fijó, pero a Cali una expresión de emoción le había cruzado por un segundo los ojos—. Necesito que os carguéis al jefe de gabinete de la campaña del candidato a alcalde Wise.

—No suena complicado… —dijo Nara para expresar su conformidad.

—Porque no es complicado… —la interrumpió Mitsune—, sino lo siguiente. El jefe de gabinete es un estirado jovencito llamado Kyle Avatar. No sólo dirige la campaña política usando toda la logística del Triunvirato, sino que además es el lugarteniente directo del señor Wise dentro de esa organización. Así que dudo mucho que lo tengáis fácil. Aparte de estar escoltado por la policía del Triunvirato, es muy probable que él mismo sea un tipo peligroso. Elangel Pulois me dijo que Avatar, cuando él le conoció, era un hombre mucho mayor de lo que yo le expuse, así que es posible que el tío ande usando a señuelos con su misma identidad. Ahora no sé qué creer, pero que yo sepa, Kyle Avatar es el hombre que os estoy describiendo.

—¿Tan complicado cree que es de matar? —insistió Nara. Miró a Cali un momento, agradeciendo que se hubiera calmado tan rápido.

—Sí, lo creo, y ese no es el único problema. Le quiero fuera del mapa, pero no quiero que su muerte me apunte a mí. Intento pasar por un hombre respetable hasta que sea capaz de acabar con las pretensiones de control del candidato Wise y su Triunvirato, y no quiero convertirme en objeto ni de sus investigaciones ni de alguna clase de sucia venganza de su nueva policía subcontratada.

—Nosotras investigaremos y eliminaremos a ese tal Avatar. Le demostraremos que somos confiables, señor —Nara inclinó levemente la cabeza, como cuando le saludaron al principio.

Cali sólo se le quedó mirando. Sin dejar de morderse levemente el labio inferior.

 

***

 

—Esto no me parece bien, Nara —dijo Cali revolviéndose en el asiento del acompañante del sedán negro, mirando por su ventanilla hacia la entrada del viejo edificio de tres plantas.

La instalación era una vieja estación de bomberos que había permanecido años abandonada hasta que el Triunvirato se había apropiado de ella el mes anterior, al parecer aportando una generosa donación a la administración pública inmobiliaria actual. Kyle Avatar había hecho del edificio una especie de segundo ayuntamiento, no sólo concentrando allí todas las tareas administrativas que el Triunvirato ofrecía como nueva compañía pública, también permitía durante todo el día el paso de los ciudadanos para realizar consultas e interactuar con las nuevas tecnologías que el candidato Wise prometía para la ciudad si salía elegido alcalde durante las próximas elecciones.

Aquel lugar, por lo que habían podido averiguar, lo dirigía Kyle Avatar, mientras que el candidato, que todo el mundo conocía simplemente como “señor Wise”, no parecía salir nunca del recién inaugurado semi rascacielos cerca del centro (aún en reconstrucción) de la ciudad. Avatar era un joven de unos 22 años, rubio, pero con el pelo rapado y lampiño, de ojos azules, muy apuesto, y que normalmente vestía ajustado uniforme negro de corte militar, al estilo de la policía del Triunvirato, pero sin protección. No había manera de saber nada de su pasado relacionando su nombre con su descripción, no se sabía nada de él antes de que el Triunvirato se diera a conocer, inmediatamente después de los derrumbes en el centro por la aparición de la nave alienígena. La única pista, de todos modos, que ponía en duda su verdadera identidad, era la mencionada por Mitsune: el hecho de que el detective Elangel Pulois lo hubiera descrito como un hombre mucho mayor, de cabello y barba ya blancos.

—Pero si ayer estabas emocionada, diciendo “¡Un trabajo que era para Elangel Pulois! ¡Un trabajo que era para Elangel Pulois! ¡Vamos a ser como él!” —le contestó Nara, aún con las dos manos (enguantadas en mitones negros para conducir) sobre el volante—. ¿Qué te pasa ahora? Queda una hora para que cierren el centro, sólo está el objetivo y seis policías de vigilancia del Triunvirato.

—No sé… Es como la sensación de Mitsune. Es decir, estos tipos van de que… van a limpiar la ciudad, pero… ¿no sientes que no son trigo limpio? ¿No sientes el peligro?

—¿La sensación de Mitsune? Cali, no sé de qué hablas…

—Pues por cómo habla del Triunvirato, les tiene miedo. Y creo que más del que reconoce. Creo que él intuye no sólo que serían capaces de intentar matarle… ¡el cree que lo conseguirían!

—Cali, aquí las asesinas somos tú y yo… Esta gente son una secta de burócratas y técnicos, ¡el Triunvirato es casi como una asociación de beneficencia! Sus polis privados seguramente son cabezahuecas de gimnasio a los que les han comido el tarro con su propaganda, o como mucho mercenarios de tercera categoría… Incluso sus armas parecen de juguete, Cali, tan pequeñas y como de plástico…

—Da igual, olvídalo —quiso terminar Cali, meneando una mano hacia atrás, mientras veía a los últimos de los empleados oficinistas del centro cruzar las puertas nuevas de cristal, despidiéndose con cordialidad de los vigilantes enmascarados y en posición de firmes del interior—. Entramos como acordamos, ¿no?

—Sí, nos acercamos como dos inocentes ciudadanas, y pasamos, a cara descubierta. Matamos a todos. Cuando terminemos echaré un vistazo por si tuvieran algún sistema oculto de cámaras…

—A simple vista no había…

—No las va a haber, te digo yo que esta gente es inofensiva —sentenció Nara, con cierto desprecio—. Mitsune tiene que tener miedo, pero no del Triunvirato. Si acaba mal será por sus propios hombres.

—Creo que esos eran los últimos, Nara —avisó Cali.

—Sí, los veo. Venga, que empiece la fiesta —Nara comprobó la recámara de su compacta pistola de nueve disparos, y le atornilló el silenciador. Y acto seguido abrió su puerta.

Cali esperó a que su hermana ya terminara de rodear el morro del coche para salir también. Ella ya llevaba su propia arma apretada contra el cuerpo dentro de la ajustada chaqueta. Cruzaron la calle de doble sentido y empezaron a subir los siete escalones hacia las puertas automáticas de cristal blindado. El par de vigilantes enmascarados volvieron sus negras miradas opacas hacia ellas. Ambas fingían una conversación trivial, sonriendo y gesticulando, mientras se les acercaban. Se apresuraron a cruzar las puertas y alzar uno de ellos una mano mientras se le oía prevenirlas, con voz ahogada bajo su máscara.

—¡Señoritas, el Centro Ciudadano del Triunvirato ha cerrado sus puertas al público hace una hora!

Cali se había adelantado a Nara, y cuando los dos guardias se le interpusieron, se hizo a un lado y desde varios escalones por debajo Nara les soltó dos silenciosos disparos. Uno para cada cabeza.

—¡Vamos bien! Coge a ese, y adentro —le dijo Nara, mientras cogía del brazo al de su izquierda y al tiempo le disparaba de nuevo a la cabeza y al corazón. Hizo lo mismo con el otro, mientras Cali lo arrastraba con mucho menos esfuerzo—. Ayúdame un poco, guapa.

Cali estiró su brazo derecho para coger por debajo de un hombro al otro guardia, y con facilidad se lo quitó a Nara. Los pasó dentro del edificio y los apartó junto a una recepción del lado derecho de la entrada.

— Te lo dije… ¡Aficionados! —le susurró Nara a Cali, palmeándole el trasero mientras ella ponía un cuerpo sobre el otro, como si se abrazaran—. ¡Quedan cuatro, deben estar arriba, esperando a Avatar!

Cali al fin sacó su arma, también con silenciador. Cruzaron el corredor hasta el centro del edificio, y empezaron a subir con todo sigilo las escaleras centrales. El despacho de Avatar estaba en el segundo piso. Aquella era la única salida, la única manera de bajar; la barra para emergencias del viejo cuartel de bomberos se había retirado, y cerrado su espacio en el suelo de todas las plantas. Con toda atención hacia la accesibilidad de la ciudadanía, las escaleras habían sido remodeladas para ensancharlas y proveerlas de un avanzado sistema de carriles para transportar sillas de ruedas. Cali y Nara nunca habían visto nada como eso, y, concentradas como estaban, no comprendieron en ese momento el cometido del voluminoso artilugio.

El segundo piso también había sido remodelado por completo, y todo eran unas oficinas separadas en cuatro grandes grupos por tabiques de cristal. Ambas se acercaron hasta el nivel del piso echándose sobre los peldaños, y asomando apenas sus miradas por encima del último. Las mesas y sillas que abarrotaban los departamentos les impedían comprobar la posición de los guardias en ese momento.

Cali miró a Nara esperando sus instrucciones. Ella tomaba las decisiones operativas. Le indicó con un par de gestos que se adelantaría a mirar. Cali asintió, y esperó, con el arma en su diestra. Vio a su hermana moverse a cuatro patas con su delgado cuerpo por encima de los últimos escalones y luego más allá, por el suelo. Por un momento la atacó el amargo recuerdo de cuando perdieron su casa, siendo niñas…  y de la forma oscura, desgarbada y siniestra que a veces corría hacia ella desde rincones oscuros en sus recurrentes pesadillas, con ojos que brillaban entre cabello enmarañado… Se frotó la chata nariz y los ojos intentando quitárselo de la mente. Lo consiguió a medias, pero centró de nuevo su atención en Nara.

Mirándola desde las escaleras, vio cómo rodeaba la pared de cristal por el lado derecho del departamento y se asomaba por los lados y por encima del escritorio más cercano. Se volvió hacia ella, y le hizo gestos de que avanzara hacia el lado izquierdo de las oficinas. Cali se movió arrastrándose con rapidez, evitando golpear en el suelo con el metal del arma, hasta que se pudo parapetar tras otra mesa, al extremo contrario de la oficina. Se asomó, pero sólo vio a un guardia de pie, frente al despacho de Kyle Avatar. Cali interrogó a Nara con un gesto sobre la posición de los tres guardias que faltaban. Ella le contestó con rápidas gesticulaciones que debían estar dentro del despacho, con Avatar. Tenía que ser así, pensó Cali… No había otro lugar en el piso donde pudieran estar ocultos a la vista, salvo los baños y un par de cuartos que eran un almacén de archivos y un trastero para el servicio de limpieza.

Nara le insistió en que se encargara del agente, en silencio. Cali se empezó a mover con completo sigilo, evitando entrar en contacto visual. Cuando estuvo lo bastante cerca, a unos cinco metros, se puso en pie al tiempo que disparaba contra la frente de la máscara del policía mercenario. Cali lo alcanzó a toda velocidad antes de que cayera de costado al suelo, evitando que hiciera ruido alguno. Lo dejó en el suelo con cuidado y lo arrastró para alejarlo un poco del despacho, y permitirles maniobrar a ambas en su entrada. Para cuando se volvió y avanzó hacia la puerta del despacho, esperaba encontrarse a Nara junto a la puerta, pero no estaba. Se giró hacia el escritorio al otro lado del departamento, donde la había visto por última vez. Allí estaba.

Nara la miraba. Cali creyó por un momento que le sonreía como una idiota, quizá mostrándole orgullo, pero se le erizó la nuca, y un sudor frío como de bajada brusca de la tensión la recorrió por entero. Nara tenía la boca estirada de una manera grotesca hacia las orejas, y los ojos le brillaban entre los mechones negros de su cabellera. Cali, inmóvil, miraba al monstruo de Nara, inmóvil, pero que ya empezaba a bufar, con cada vez más fuerza, al ritmo de su respiración acelerada. De pronto empezó a gritar.

—¡¿Qué es eso?! —dijo una voz ahogada dentro del despacho.

La puerta se abrió, y dos guardias salieron apuntando a Cali con sus pequeñas pistolas estandarizadas, de aspecto como de juguete.

—¡No se mueva, señorita! —le gritó uno de ellos desde el interior de su máscara, mientras el otro la rodeaba moviéndose hacia la izquierda.

—¡Es Sansa! ¡Está muerto! —exclamó, al llegar hasta el cuerpo de su compañero—. Suelta el arma… ¡Suéltala!

Cali dejó que el tipo le golpeara en la mano e hiciera que se le cayera la pistola, aún en shock como se encontraba. ¿Dónde estaba Nara? Ya no la veía…

—¡Joder, parece ida! ¿Será una yonki? —exclamó el primer guardia, que aún la apuntaba—. ¿Mandan a una zorra drogata a atacarnos?

Tan pronto como dijo eso, Nara apareció gateando tras una mesa y se lanzó sobre él, cerrando su grotesca mandíbula transformada sobre el cuello y parte del trapecio izquierdo del hombre. Su lengua, ahora larguísima y morada, aleteaba entre sus dientes y lamía la sangre de los mordiscos que no paraba de propinarle. El tipo disparó un par de veces al suelo, cayendo a trompicones con ella encima, los dos pataleando y zarandeándose, rodando por el suelo como si trataran de violarse mutuamente de la manera más dolorosa.

Cali espabiló: aprovechando la oportunidad de que el segundo agente apuntó hacia la pelea su arma, le sacudió una poderosa patada baja en el muslo, haciéndolo caer de rodillas, y luego un puñetazo a la altura de la mandíbula con tal fuerza que lanzó al hombre contra la mesa más próxima, derribado.

—Mátela. Vamos, mátelas a las dos.

Kyle Avatar, desde el interior del despacho, había dicho eso, mirándola a ella directamente mientras recuperaba del suelo la pistola y la disparaba contra él. Se apartó a un lado, esquivando los dos disparos que ella hacía, y el último guardia salió del despacho a toda velocidad, abriendo fuego con su pequeña pistola a la vez. Se tirotearon mutuamente, sin llegar a darse, Cali en retirada, escondiéndose tras las mesas, el agente obviando la agonía de su compañero con el monstruo de Nara, y descargando su arma mientras la seguía. Cali oía a Nara bufar y sorber, mientras se comía al hombre, que gritaba cada vez con menos fuerza, agotado y desangrado. No quería perderla. Estaba llorando. ¿Cómo iban a salir las dos de allí?

—¿Qué es eso? ¡Mátelo! —oyó que decía Avatar. Cali asomó un ojo por encima de la mesa. Parecía mirar al monstruo en que se había convertido Nara, y le pedía al guardia que la ejecutara—. ¡Vamos, mátelo!

—¡A la orden, señor! —respondió ahogadamente el policía del Triunvirato, retrocediendo unos pasos hasta cerca del despacho y apuntando hacia la lucha en el suelo.

Cali se apoyó sobre la mesa y descargó su arma contra el agente a discreción, alcanzándole en el brazo derecho sólo con uno de sus tres últimos disparos. Al guardia se le cayó el arma, y Cali salió corriendo hacia él, aprovechando que estaba desarmado. El hombre tuvo reflejos y extrajo su porra corta de madera de su cinturón, usando la mano izquierda. Intentó detener la salvaje carga de Cali haciéndola caer hacia su cabeza según se le acercaba, pero subestimó en gran medida los reflejos y fuerza de la pequeña mujer. Cali desvió el golpe con su antebrazo derecho al tiempo que giraba las caderas y dirigía su prieto y denso puño izquierdo directamente contra el centro de la careta del guardia. No sólo le impactó con el terrible puñetazo, sino que con la carrera le aplastó la cabeza contra la mampara de cristal que separaba detrás otro departamento, haciéndola saltar en mil pedazos con gran estruendo y a él caer más allá, quién sabía si inconsciente o muerto. Cali oyó un desesperado grito tras ella.

Al volverse, Nara la miraba en cuclillas sobre el guardia que se había estado comiendo, que aún pataleaba con languidez, como si se resistiera a morir. Le estaba gritando a ella, mientras hacía aletear la lengua morada de un lado al otro de la ensanchadísima boca, los brillantes ojos examinando los suyos y al tiempo vigilando con rapidez el más mínimo de sus movimientos.

—¡Nara! ¡No lo hagas! ¡Soy Cali, Nara! ¡SOY CALI! —le gritaba cada vez más fuerte, mientras retrocedía sobre el cristal reventado, hacia las mesas de ese lado.

Cali pudo ver que Kyle Avatar se asomaba de nuevo desde la puerta de su despacho, y sintió un nuevo acceso de surrealista pánico: el hombre no parecía asustado en absoluto, de hecho contemplaba lo que ocurría con una curiosidad metódica. Era absurdo, pero se sentía manipulada, de alguna manera. Como un ratoncito al que sueltan en un laberinto. ¡No comprendía nada!

—¡¿Qué está pasando, joder?! —le gritó Cali a Avatar, quien se acercaba al soldado moribundo, mientras ella retrocedía entre las mesas, seguida con lentitud por el monstruo reptante de Nara.

—Aguante un poco, soldado —le susurró Avatar al hombre herido en el cuello y el hombro, agachándose a examinarle—. Ya vienen los refuerzos, se pondrá bien —y dirigiéndose a Cali, alzando la voz—. ¡Es usted quién parece conocerla, señorita! ¡Pero… si quiere una respuesta… yo diría que está buscando el pedazo de carne más suculento!

Cali pensó que la broma era justa. El tipo no tenía nada que ver con lo que le pasaba a Nara; se mostraba impasible porque era un psicópata, ¡como ellas mismas! Aquello era un asunto estrictamente familiar. Cali decidió no retroceder más. No quería hacerle daño a Nara, pero si ese monstruo pensaba que se dejaría comer… Se puso en posición de guardia, con los puños en alto.

—¡Nara! ¡No deberías hacerlo! —el monstruo de Nara pareció dudar un segundo, como si recordara o sintiera toda la fuerza que la bajita y ancha Cali tenía. Pero aun así cogió impulso—. ¡NARA!

El grito de Cali fue como una señal, y Nara saltó hacia ella con las manos por delante y la boca totalmente abierta, buscando caer en su cuello o pecho. Pese a la rapidez del monstruo, Cali supo retroceder un paso y soltarle un brutal puñetazo ascendente que hizo al monstruo de Nara cerrar la mandíbula con un violento chasquido, y dársele la vuelta a todo el cuerpo cuando la cabeza le salió lanzada de vuelta hacia arriba y hacia atrás. Nara cayó de espaldas, pero se volteó con lentitud sobre su nuca, pareciendo que el cuello se le había vuelto de goma. Quedó, al final, tumbada boca abajo en el suelo, con abundante sangre oscura saliéndosele de la boca. Cali permaneció inmóvil, bastante asustada tanto del monstruo como de haberle hecho demasiado daño. Nara alzó su cara hacia ella.

Toda su ancha boca antinatural borboteaba de sangre casi negra. La lengua morada colgaba de apenas unos hilos de carne, que no debían ser más que unas venas o arterias. Nara sacudía la mandíbula inferior como si sintiera el dolor de la lengua y quisiera sacudírselo.

—¡Oh, joder! ¡Nara! —gimió Cali, con nuevas lágrimas empañándole la vista. Quería acercarse a abrazarla o mirarle la grotesca herida, pero Nara estaba saliendo de su aturdimiento, y ya le bufaba de nuevo, escupiendo mucha sangre—. ¡Nara, ya vale! ¡TE DESANGRAS, PUTA IMBÉCIL!

Cali empezó a tirar de las mesas más cercanas y a empujarlas para impedirle a Nara acercársele. El monstruo que era su hermana se debatía esquivándolas y avanzando a rastras sobre ellas, sin perder de vista a su presa, pero dudando de volverla a atacar…

Sonaron varios pasos que venían desde las escaleras. Cali miró hacia allí, y aparecieron repartiéndose por el piso varios policías privados más, acompañados de un extraño hombre con un casco blanco, redondo, lleno de pequeños orificios agrupados en una forma cuadrada en la parte de la cara. Caminaba con rapidez, dejando atrás al turbado y precavido equipo de guardias, sacudiendo su oscura y larga levita cerrada, moviendo las manos cubiertas por guantes negros con decisión al son de sus pasos. Los orificios de su extraña careta estaban dirigidos hacia ellas.

—¡No las mate, Señor Stojkheim! —le gritaba Kyle Avatar, mientras le observaba rodear, al otro lado de los cristales, los departamentos—. ¡El señor Wise las querría vivas! ¡¿Me oye?!

—Claro —le respondió el tipo de la máscara, deteniéndose a un lado de ellas dos, tras una mampara de cristal. Su voz sonaba extraña. Como si procediera de una megafonía electrónica estridente, y omnipresente—. Yo lo oigo todo.

Cali le miraba, asustada, desconcertada, sin dejar de luchar contra Nara con las mesas, buscando evitar el conflicto directo con ella. No quería hacerle más daño. Y entonces el cristal ante el hombre del casco blanco estalló como por arte de magia, y a ello le siguió un intenso zumbido en sus oídos que hizo desaparecer todos los demás sonidos. Ni siquiera pudo Cali oír los diminutos pedazos del vidrio sobre el suelo. El zumbido parecía tirar de sus tímpanos hacia afuera, como si se los fuera a arrancar de cuajo una poderosa ventosa. Se tapó las orejas con las palmas, sin que ello sirviera de nada, y cayó de rodillas primero, y luego de espaldas, dolorida como pocas veces en su vida. Se empujó con las piernas para alejarse más de Nara, que también caía atolondrada desde encima de las mesas, sacudiéndose con la lengua aún colgando, y manoteándose la cabeza, aquejada del mismo sufrimiento que Cali.

No oía nada. Pero sabía que gritaba, y sabía que su hermana también. Veía la sangre acumulada en su paladar salir disparada como si fuera un spray de difusión, siguiendo la dirección de sus seguros y poderosos gritos de dolor. Cali apenas podía ni pensar, con ese zumbido. El hombre del casco blanco se acercó hasta ellas, y se inclinó sobre el monstruo de Nara, como examinándola. Nara intentó morderle una de sus manos enguantadas, al sentir que la tocaba en el hombro, y él esquivó por muy poco el mordisco. Se puso en pie y apretó los puños. Parecía contrariado. E inclinó su cabeza sobre el cuerpo de Nara, y Cali vio que ella se retorcía, como si el hombre soltara sobre ella más de ese grito sin voz. Su hermana mayor se retorcía convulsa y acabó arqueando la espalda de una manera imposible, tirada de costado en el suelo como estaba, su grotesca cara de monstruo vuelta hacia Cali.

Nara apretó los dientes de su boca asesina y terminó por arrancarse la lengua. Los ojos brillantes se le velaron, volviéndose blancos. Cerró los ojos, y al momento los globos oculares se le escurrieron de las cuencas, gelatinosos y blandos, como derretidos, sin que sus párpados pudieran contenerlos. Cali no podía oír nada más que el zumbido, pero su mente le hacía oír el grito de su hermana, y sonaba con su voz. Su voz humana, no la monstruosa.

Aún aturdida se puso en pie y cargó contra el hombre del casco. Le soltó una violenta patada al pecho que lo tumbó de espaldas. Los guardias de más atrás empezaron a disparar contra ella. Como no oía los disparos y apenas sentía nada que no fuera el dolor de la cabeza, recibió dos disparos en el brazo y otro en el hombro de su lado derecho, pero sin inmutarse. Se acercó a Nara y la zarandeó. Parecía inconsciente, o muerta.

—¡Nara! ¡Nara, hay que irse! ¡Vamos! —Cali decía esto, mejor dicho lo balbuceaba, incapaz de escucharse a sí misma.

Cali no lo pudo ver, pero el hombre del casco, desde el suelo, dirigió su careta de orificios hacia ella y volvió a atacar. Cali esta vez estaba segura de que moriría. Se dejó caer de lado junto a Nara, sintiéndose como si hubiera recibido un martillazo en la cabeza. Los huesos de brazos y piernas parecían vibrarle desde la médula, y los órganos se le removían como si fueran a salírsele vomitados o disparados en una grotesca diarrea. Cali gritó, sin oírse. Rompió en un grito estentóreo, mientras se arrastraba sin ser capaz de oírse ni de abrir los ojos, del intenso dolor que sentía. Pero gritó a pleno pulmón, contra el suelo, ante su cara. Se sintió un poco mejor, con fuerzas para moverse. ¡Y las aprovechó!

Cogió aire de una sola vez y rompió a gritar de nuevo, mientras se ponía en pie y salía corriendo de frente sin saber hacia dónde iba. Con la ayuda de los disparos que intentaban acabar con ella, embistió y rompió la mampara de cristal con la que se topó de frente, cubriéndose la cabeza con los antebrazos, y siguió corriendo sin dejar de gritar hasta que atravesó también el frágil ventanal de la fachada, cayendo desde ese segundo piso hacia la calle. Sintió durante apenas un segundo el vértigo de la caída libre, y el alivio del cese de la presión en todo su cuerpo. Y antes de poder pensarlo, se estampó contra el asfalto, de costado, con los brazos aún cubriéndole la cara.

El hombre del casco blanco se asomó a mirarla desde el filo del ventanal roto. No se movía.

—Le dije que no las matara —le dijo Kyle Avatar, asomándose a mirarla también, a su lado.

—Usted está vivo, ¿no? Es lo que importa —se defendió el del casco, con su estridente voz.

—¿Qué le pasa? —Avatar miró el perfil del casco, intentando imaginarse su expresión—. ¿Arrepentido?

—En absoluto —hizo un gesto leve hacia la chica, en la calle, con su mano derecha—. Es la primera persona que se me ha resistido…

—Tampoco lo suficiente —afirmó Avatar, volviéndola a mirar—. Pero podrían haber sido una buena adición a nuestras fuerzas, si hubiéramos tenido la ocasión de capturarlas vivas… De hablar con ellas… Usted podía reducirlas sin eliminarlas y las ha radiado hasta la muerte…

—Usted y su preocupación por la gente… ¡Por sus hombres! Eso le traerá problemas, Avatar —despreció, meneando la mano izquierda por encima de su hombro.

—El Triunvirato busca hacer del mundo un lugar mejor, Señor Stojkheim —repuso con severidad Kyle Avatar, volviéndose a mirarle. El aludido volvió su cara de pequeños orificios hacia él—. ¿Usted qué busca?

Y le dejó tras el breve ejercicio de retórica, reuniéndose con los guardias de más atrás para supervisar el transporte de los heridos. Una vez solo, Rob Stojkheim se volvió a mirar por un momento a la joven Cali, tirada a un metro de la acera, en la carretera.

—¿Qué busco? —hizo crujir para sí un susurro electrónico—. Una voz que me plazca escuchar… Nada más.

 

***

 

Para cuando los guardias empezaron a salir del edificio, prestos a recoger de la calle el cuerpo de Cali, se encontraron con que la chica ya no estaba. Apenas un rastro de sangre se difuminaba unos metros, como si ella hubiera sido capaz de ponerse en pie e irse apresuradamente.

—¿Ha visto esto? —preguntó Stojkheim, poniéndose en cuclillas en el sitio donde la chica había caído. El asfalto estaba ligeramente agrietado en algunos lugares, además de sucio de sangre—. Ha sobrevivido.

Avatar se acercó a buen paso al oír el anuncio de la voz de megafonía de su compañero.

—No es tan difícil sobrevivir a esa altura… —dijo, alzando la vista hacia el segundo piso de las oficinas del centro.

—No, pero sí ser capaz de irse uno por su propio pie, ¿no cree?

—Examinarán el cuerpo de la otra, quizá eso nos dé alguna pista sobre sus capacidades… Parecían muy unidas, posiblemente sean familia.

—Si es así —empezó a decir Stojkheim tras ponerse en pie y sacudirse las manos enguantadas, como dando todo el asunto por concluido, y dirigiendo su cara de orificios directamente hacia Kyle Avatar—, significa que el Triunvirato no será nunca un concepto positivo para esa chica…

 

***

 

Cali no había perdido el conocimiento al caer contra el suelo. Sintió un dolor penetrante en codos y rodillas, y en la cadera y buena parte de la espalda, y el esternón, pero si había permanecido inmóvil en el suelo fue de puro aturdimiento, y del mismo dolor. Un dolor tan pesado que ni la dejaba moverse. Se había sentido como si la enorme esfera que era la Tierra la estuviera aplastando con su peso sobre sí misma, y apenas podía expandir sus pulmones para poder respirar. Poco a poco el dolor pesado fue apagándose, y recuperó el control de su cuerpo. Había empezado a arrastrarse a cuatro patas sobre el asfalto, pero enseguida se incorporó para acercarse cojeando a la fachada del centro del Triunvirato y apoyarse en él para poder seguir avanzando.

Cali lloraba. Tanto del intenso dolor como por todo lo vivido. La repentina transformación de Nara. Su lucha contra ella. El hombre de la cabeza altavoz. Los ojos de Nara, reventados. No entendía cómo podía haberse jodido todo tan deprisa…

Pensó que Nara debía tener la misma edad que su madre cuando también se había convertido en monstruo. ¿Significaba eso que ella también se volvería un monstruo, una noche, llegada a cierta edad? Aún le quedaban al menos cuatro años para comprobarlo…

¿Qué iba a hacer? Se sentía perdida sin Nara. Su hermana mayor era lo único que tenía. La única persona en quien confiaba. No volvería con Mitsune. Hacerlo sería además una segura condena de muerte, visto el resultado del asalto de esa noche. Iría a uno de los pisos secretos que Nara y ella tenían preparados por si necesitaban ocultarse. Antes que nada necesitaba recuperarse. Y rearmarse.

 

***

 

Cali se desnudó con bastante esfuerzo. Descubrió con miedo que tenía agujeros de bala en el brazo y hombro derechos. Tres disparos. Necesitaba sacarse los balazos, pero no sabía si podría hacerlo sola. Como un remedio temporal, se selló los orificios con apósitos y esparadrapo, y pese al intenso dolor de las heridas, decidió lavarse entera con agua tibia usando una esponja.

Ahí, inmóvil frente el espejo del lavabo, con su melena rubia suelta y la cara apretada en un gesto de pucheros que no hacía desde niña, estuvo llorando durante cerca de una hora. Cuando se cansó, permaneció con la cara sucia de lágrimas secas, inmóvil, otros veinte minutos. Al fin, abrió de nuevo el agua, se frotó la cara y salió del baño, casi tiritando.

Sentía frío, pero un calor intenso y doloroso donde las heridas de bala. No quería ir a un hospital, por razones obvias. Si lo hacía, unos u otros darían con ella, y fin de su historia. Miró en el espejo del armario del dormitorio su rotundo físico. Era bajita y ancha, pero más que nada una masa de músculos, pese a sus buenas formas redondeadas. Estaba hecha para sobrevivir. Mucho había aprendido de Nara. Quizá no pudiera hacer las cosas como ella las haría, pero saldría adelante, aunque fuera base de partir mandíbulas.

Primero necesitaba un médico, alguien que le sacara las balas de esas heridas. Se sentó en la cama, y luego se dejó tumbar, hecha polvo. Se durmió antes de poder pensar en nada más.

Se despertó unas horas después, de madrugada, bastante antes del amanecer. Estaba sudando. Había tenido sueños retorcidos y extraños. Pesadillas donde se mezclaban horrores del pasado con los recién vividos. Y una obsesión que resplandecía en mitad de todo con la fuerza de un grito por megafonía que pronunciaba dos palabras: Elangel Pulois.

Mitsune había insinuado que el hombre no era ya lo que se contaba de él por las calles. Podía ser cierto, o podía no serlo. Pero sí sabía que el detective tenía un colega médico que le hacía las veces de curandero personal. Un tipo que tenía su propia clínica privada, para gente como ella, que no quería pasarse por un lugar público. Era una locura. Era posible que el hombre ni siquiera ejerciera ya de médico, pero era una conexión (algo forzada pero plausible) con el mítico e infame detective privado. ¿Sería verdad que ya no tenía a su monstruo? ¿Alguna vez habría existido realmente un monstruo?

Cali sentía un impulso agridulce. El de la libertad, por estar sola y no tener nada más que perder que la propia vida, y el de la venganza, por la muerte forzosa de su hermana a manos del Triunvirato. El nombre de Elangel Pulois siempre había sido más un mito que otra cosa, una serie de interrogantes cuyas respuestas variaban según las bocas que los respondieran. Al menos era una persona real, ¡el mismo Mitsune decía haber hablado con él!

Cali se acercó a la estrecha ventana del dormitorio del apartamento. La ciudad contaminaba con una apagada luz verdosa el techo de nubes que la cubría. Parecía que un hedor radiactivo se desprendía y condensaba en el aire. Se decidió y empezó a vestirse con su acostumbrada ropa negra, cuidando de no tocarse mucho los sencillos vendajes sobre las heridas de los disparos.

Sabía que se agarraba a una esperanza que más bien era sólo ilusión. Pero no tenía nada más. Intentaría dar con la consulta de Thomas Hardman, el amigo de Elangel Pulois.

Y a partir de ahí… que pasara lo que tuviera que pasar.

FIN

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El Legado

Dos niñas deben enfrentarse a un terrorífico descubrimiento: por las noches, su madre se transforma en un ávido monstruo. Pero eso, es sólo el principio…

 

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