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El ágape, por Rubén Mesías Cornejo

El ágape, por Rubén Mesías Cornejo

No sé qué me sucede hoy, una punzada en el pecho detiene la marcha de mi corazón y de mi quehacer.
Mi cuerpo se derrumba sobre el suelo, como si una bala perdida por ahí me hubiera herido.
Ahora me parece estar levitando en una especie de cielo.
Me siento ligera, ingrávida como los astronautas en medio del cosmos, como los espíritus en trance de abandonar sus cuerpos.
¿Estaré muerta?

No lo sé, pero siento que ahora mi cuerpo es distinto, que tengo alas, que puedo desplegarlas aquí, a pesar de que pareciera estar dentro de esta caja ardiente.
Enfoco mi mirada hacia abajo, y veo el cubículo de cemento donde mis hijos y yo nos guarecemos de las inclemencias del sol, del acoso persistente de la lluvia.
Veo sus paredes cuarteadas, cubiertas de amplias máculas de moho verde que prosperan sobre aquellas superficies color crema como si quisieran erradicarlo del cosmos. Es el vestigio de la última lluvia que cayó por aquí, y ninguno de mis hijos se ha tomado el trabajo de limpiar la pared, pese al mal olor que empieza a despedir.
refrigerium
Abajo también están mis cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres; son de tez cobriza y el pelo lacio como su padre, el finado Torcuato; y les impuse nombres de santos, los varones se llaman Pedro y Pablo, las mujeres Magdalena e Inés, son casi contemporáneos pues no se llevan muchos años entre ellos, y el causante de eso fue el insaciable Torcuato, ahora me acuerdo que Inés, la mayor de mis hijas, me dijo que me recordaba en un perpetuo estado de gravidez.
Los cuatro hermanos miran con sus ojos idos un cuerpo tendido sobre el sofá, tiene los ojos cerrados y la cabeza apoyada sobre un grueso almohadón, y debajo de las arrugas del cuello se extiende un tosco vestido de tirantes que cubre sus senos gordos y caídos. Está descalza, y las uñas de sus pies dan fe del descuido que siempre padeció aquella parte de su cuerpo.
Es el cuerpo de una mujer vieja, con unos sesenta años o setenta años encima.
Es el cuerpo que acabo de abandonar, junto con todas esas servidumbres que le correspondían por ser una madre abnegada, más jodida que Caín después de matar a Abel.
Ahora no tendré que prepararles el desayuno, ni la comida y menos la cena a este cuarteto de locos que Torcuato me dejo como herencia cuando se fue a vivir con otra mujer que lo atendiera mejor de lo que yo pudiera hacerlo.
Mis hijos, los locos, me rodean, me miran, me tocan, como queriendo volverme a la vida, pero de tanto tocarme se dan cuenta que sus manoseos no conseguirán despertarme jamás.
Desde arriba esbozó una sonrisa como dando gracias a la muerte por no estar ahí más.
Pasan los minutos y los locos tienen hambre, entonces se dan cuenta que no podrán saciarla si permanecen ahí, rodeando el cadáver de una madre que ya no puede proveerlos de nada por su condición inerte.
Inés toma la iniciativa y se dirige a la cocina para buscar platos y cuchillos, cuando lo encuentra lo empuña para después dirigirle una mirada ávida al cadáver recostado sobre el mueble.
Pedro y Pablo entienden el mensaje y despojan de su vestidura al cadáver; mi otra hija, Magdalena recibe los utensilios que su hermana le entrega, y los distribuye entre sus hermanos para que corten la carne y empiecen a comer.
El hambre debe ser saciada, y el único alimento disponible es mi propia carne.
Chiclayo ( Perú) 5 de marzo de 2017.
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María Larralde