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Ambición de gloria, por Rubén Mesías

Ambición de gloria, por Rubén Mesías

Ya es de noche, y la lluvia empieza a azotar  la calle.

Al principio, como lagrimeando y con lentitud.

Después con  ímpetu, con ganas de llegar a la meta como los atletas de una carrera.

Ahora las gotas caen rápidas como escupidas por una ametralladora mojándolo todo: los postes de luz,  las fachadas,  las veredas, la tierra que ocupa el lugar donde debería estar el pavimento.

Pronto las calles se volverán acequias, o  si se quiere lagunas con  grandes orillas de barro, no solo por obra de la lluvia, sino también de las tuberías que evacúa el agua recién empozada.

Pero   la lluvia sigue oprimiendo los techos machacándolos como las teclas de una vieja Olivetti.

La gente se asoma a sus ventanas, algunos para observar la lluvia, otros  se envuelven en ponchos de plástico con lampas en mano para cavar zanjas por donde pueda discurrir el agua recién caída del cielo.

Todo eso puede parecer dramático, pero es cosa que siempre se da cuando las nubes se aglomeran en el cielo para oscurecer los días del verano convirtiendo las casas de aquí abajo en verdaderos hornos.

Mañana las calles amanecerán embarradas, y los sectores de la ciudad quedarán aislados. Y la gente se quejará del abandono en que se encuentran, y los periodistas tendrán trabajo propalando las quejas de una urbe caduca, siempre en crisis.

Desde aquí opino que hacer eso me parece inútil , como esos objetos que conforman el paisaje de este cubículo: dos televisores malogrados, una computadora desconectada de la Red, un Smartphone sin batería,  y encima no me gustan para nada las canciones que actualmente pasan las estaciones de radio.

Por suerte,  vivo en una casa relativamente moderna que puede aguantar la lluvia mucho mejor que las casas de mis vecinos.

Puede que las paredes se mojen y se cubran de moho, pero el techo  no se caerá como les ha sucedido a otras, mucho más vetustas,  en esta misma cuadra, y el moho puede limpiarse aunque olerlo demasiado cerca puede resultar dañino.

Y lo mejor de todo es que mi casco de realidad virtual se encuentra con la batería cargada, y por ende dispuesto a ser utilizado para combatir el aburrimiento que me invade en medio de esta noche de lluvia.

Y aunque el objeto del cual se apoderan mis manos ansiosas no tiene  precisamente la forma de un casco pues no está pensado  para protegerse la cabeza; más bien, por su tamaño y función me hace pensar en un antifaz, pero en uno bastante grande y ultramoderno pues tiene un par de visores dispuestos a la altura de mis ojos.

Ahora tengo el casco muy bien abrochado a mi cabeza, y precisamente para que la diversión empiece debo empezar a girar la testa de tal modo que la sensación de realidad se avengan bien con los escenarios que se empiezan a generar ante mis ojos como el escenario de una vieja película.

La partida empieza, y soy partícipe de ella.

Todo me parece real, me miró a mí mismo, y me veo llevando un uniforme francés, y rodeado de soldados franceses que se apiñan en torno mío, son mis camaradas, los comparsas que el Juego sitúa ahí para fabricar su simulacro.

El cielo es gris, y está lleno de nubarrones que parecen ensuciarlo a cada rato pues nunca terminan de esfumarse por completo.

El paisaje es triste, deprimente en general, pero por lo menos no llueve; y no pelearemos encima del fango.

Unos biplanos veloces y rechonchos, que ostentan unas cruces negras en los costados del fuselaje, sobrevuelan nuestras trincheras sin disparar un tiro, tan sólo reconocen la posición y se ganan unos cuantos disparos de parte de los infantes que estaban  mirando la tierra de nadie.

Pese a  que también dispongo de un fusil  no creo conveniente imitar a esos miedosos que abren fuego por puro instinto.

Estamos aquí para dar cuenta de nuestros enemigos, ¿ para qué otra cosa estamos aquí?, pero  todavía no es el momento indicado para iniciar la matanza.

Debemos esperar que los alemanes empiecen a mandar sus oleadas de hombres contra nuestra posición, de ese modo el juego  parecerá   más divertido.

La artillería alemana ruge, el espacio silba y sus proyectiles estallan por doquier produciendo algunos derrumbes en la sinuosa línea de trincheras que nos alberga.

Algunos soldados mojan sus entrepiernas con sus propios orines. Es su manera privada de proclamar su miedo a la muerte que se avecina para ellos.

En eso los alemanes aparecen, surgen de sus trincheras como topos ansiosos, se mueven con nerviosismo, con furia, arengados por sus oficiales en ese idioma gutural que hablan entre ellos

Las ametralladoras aguardan para escupir sus balas a mansalva y empezar a segar vidas jóvenes.

De repente una voz, emerge de mi costado para decirme; es el servidor del nido de ametralladoras más cercano.

—¿ Te gusta matar?—me dice como sabiendo de antemano mi respuesta.

Estoy en medio de una guerra, el asesinato ahí es lícito y un guerrero no es otra cosa que una especie de asesino ávido de colectar almas, y por lo mismo me parece extraño toparme con un tipo que parece leerme la mente y encima es pacifista.

La respuesta es obvia, pero le contesto con otra pregunta.

— ¿ Por qué me quieres saberlo?—interrogo con un tono de desconfianza en la voz.

— A mí no me gusta lo que hago, realmente no odio a esos hombres que se corren hacía aquí, por más que les hayan ordenado matarnos. Te cedo mi lugar si quieres ser su asesino.

El ofrecimiento es inesperado, y lo considero feliz. Me cuelgo el fusil al hombre, y empuño mi nuevo instrumento de destrucción.

Mi ojo observa la tierra de nadie, el cañón de la ametralladora aguarda también montado sobre el trípode desde el cual domina la tierra de nadie.

La artillería resuena una y otra vez, como si quisiera destruir los límites del mundo que conocemos. Los alemanes están cada vez más cerca, veo sus uniformes sucios, sus funcionales cascos de acero protegiendo sus cabezas, portan sus maúseres  con las bayonetas caladas,  listas para el cuerpo a cuerpo.

La orden de abrir fuego se da, y la función empieza. La ametralladora principia a temblar,  y las ráfagas cubren la tierra de nadie, entonces los casquillos de las balas se desparraman sobre el suelo de la trinchera. Se acaba una cinta de munición, mi auxiliar coloca otra, y la máquina asesina sigue escupiendo fuego.

Desplazo el cañón de izquierda a derecha y viceversa. Los alemanes mueren, sus cadáveres se apiñan sobre aquel suelo agujereado de cráteres.

Conforme voy matando hombres, los guarismos se acumulan y gano puntos, pero no me siento satisfecho aún. Esto es demasiado mecánico y poco emocionante.

Quizá sea adecuado cambiar de escenario, el Juego provee esa opción también.

Mi mano se toca la sien, y un relámpago se produce como marcando la transición a otra época.

Vuelvo a estar en una  trinchera, pero no hay ametralladoras, ni aviones surcando el cielo  y los hombres visten uniformes grises, tienen la cara muy sucia cubierta de barbas y llevan quepís o sombreros sobre la cabeza, amén de portar mosquetones en vez de rifles de repetición.

Todos contemplan la nube de polvo que levantan las botas de los soldados vestidos de azul que avanzan resueltamente hacia nosotros. Sus oficiales los arengan con las espadas desenvainadas, y todos siguen a los valientes abanderados que marchan adelante.

La muchedumbre azul  devora la distancia pero su avance se ve ralentizado por obra de un gigantesco  cráter que aparece en su camino; de manera estúpida los oficiales que conducen a esa tropa deciden descender por una de sus laderas  en vez de rodearlo para proseguir su ataque.

Pero cuando quieres salir del cráter subiendo la ladera opuesta a la que usaron para descender no pueden hacerlo. La cuesta está demasiado empinada y ellos son muchos y aquella oleada humana se ve obligada a retroceder para apiñarse dentro de aquel agujero.

Los grises rodean las orillas del cráter y ven a la multitud de uniformes azules bullir allí dentro como un grotesco organismo viviente que no se parece en nada a los seres que pueblan este planeta. Visto desde arriba parece una especie monstruo policefalo, una aberración biológica que me siento obligado a aniquilar de algún modo.

El instinto me dice que ganaré millones de puntos por hacer lo que mi instinto de jugador me indica.

La soldadesca gris se echa los fusiles a la cara para hacer fuego, y dar muerte a los individuos que componen aquel cuerpo inmenso que se retuerce y grita cuando uno de sus miembros cae abatido.

Yo haré algo distinto, pues ya me cansé de matar de lejos; por eso desenfundó mi cuchillo de caza y saltó dentro del hueco en un alarde de valentía que me gana la admiración de quienes lo contemplan.

Ellos se conforman con practicar el tiro al blanco, pero yo ansío algo más peligroso.

Estoy dispuesto a enfrentar al monstruo, a disminuir su fuerza poco a poco con la punta de mi cuchillo,  pues estoy ávido de puntos porque ellos me sirven para edificar mi apoteosis, mi propia cuota de gloria dentro del Juego que me gusta jugar .

Rubén Mesías Cornejo.

Chiclayo ( Perú) 13 de marzo de 2017

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María Larralde