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Camaleones

Camaleones

Detesto francamente los ruidos, pues creo que su sola irrupción es capaz de desencadenar las peores catástrofes imaginables. Sé que resulta difícil evitarlos pues no controlo el origen de todas sus fuentes potenciales, además algunas de ellas se encuentras fuera del espacio acotado al que otorgo el nombre de “ hogar” ; sin embargo hago lo posible para que dentro de mi territorio los ruidos fuertes se produzcan en menor medida.
Pero el viento se ha empeñado en contrariar mis propósitos, no sé si conscientemente o fruto de un simple capricho existencial, porque aunque ustedes crean que estoy loco,creo que el viento tiene voluntad, y pensamiento propio. Lo sé porque me he dado cuenta de que pretende invadir el espacio que ocupo yo y todas las cosas que me dan sustancia y definen mi personalidad.

 

El viento me ha declarado la guerra, y su esfuerzo me consta pues se da en cada portazo que estremece el ambiente es una batalla ganada; el preludio de una pesadilla que francamente me desquicia y me induce a temerle a todo lo que está aquí dentro, hasta que el ruido se acalla, y el silencio vuelve; aunque siempre tengo la sensación que algo extraño ha quedado ahí, mimetizado en el ambiente como si una plaga de camaleones invisibles se hubiera introducido subrepticiamente; luego me convierto en detective pero no encuentro absolutamente nada más que los acostumbrados bichos domésticos que acompañan al homo sapiens en su travesía doméstica : es decir arañas y cucarachas.
El asedio del viento es paciente, y pasó los días meditando formas de evitar que las puertas se abran repentinamente, y todos mis métodos fracasan estrepitosamente mermando mi ánimo, pero es difícil apartarse de la rutina y continuo haciendo lo mismo para mantener la cordura y creerme que sigo en la brega.
Un día las cuatro puertas de mi habitáculo se abrieron al unísono, y cuatro ráfagas de viento entraron impetuosamente y coparon todo el espacio que he intentado defender infructuosamente durante todo este tiempo. El ruido que hicieron al cerrarse fue colosal y tan estruendoso que mi cabeza entró en órbita y pude ver cosas que no había visto antes.
Ahora sé que no estoy solo; que, en realidad, jamás lo estuve, ellos estuvieron esperando ese momento para abrir todos los diques de mi locura ; me encuentro rodeado por cuatro formas de aspecto gelatinoso y contorneados por una serie de pequeños cilios palpitantes.
Su cuerpo es irregular y cambiante, como láminas de agua al compás de la marea, son demonios del viento gestados a base de música y miedo, semillas infernales crecidas en el campo de la desazón.
Ninguna es distinta de la otra, tan sólo son un nauseabundo horror multiplicado por cuatro, que ahora se yerguen y se aproximan lentamente , con sus torpes masas despojadas de su disfraz mimético , y con la misma avidez por devorarme y darle fin a mis inmediatos pavores.
Rubén Mesías Cornejo
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María Larralde