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El señor del antifaz

El señor del antifaz

Dedicado a María Larralde.   Era joven, pues se encontraba en la edad en que se deja de ser niño y se empieza el camino hacia la adultez, en pocas palabras era un adolescente; y su cara, a horcajadas entre la juventud y la niñez me fascinaba por pureza de sus facciones inmaculadas, por la tersura de su piel blanquísima y lechosa, sin duda aquel chiquillo que me contemplaba con ojos asustados, era una de las mejores presas que mis agentes habían conseguido secuestrar, pues era dueño de uno de esos rostros cuya belleza me instigaba a desfigurarlos como yo lo estoy.

Antes de continuar me describiré un poco, y diré que mi tez es oscura, y que soy feo, horrible para los cánones estéticos de mis prójimos: pues la mitad de mi c
abeza carece de pelo, y sobre el resto prospera una maleza de cabellos ralos y raquíticos, tengo la piel mustia, como quemada; mi nariz no existe fue arrancada por orden de un hombre cruel que también me quitó una de mis manos, y desde las comisuras de mi boca se extienden las marcas de unos costurones que llegan hasta el límite de las orejas, y sobre mis ojos se extiende una especie de antifaz con dos agujeros donde encajan perfectamente mis globos oculares.   Con mi ser henchido de orgullo por el miedo que le estaba inspirando a aquel crío me acerqué un poco más, tal como haría un comprador de esclavos a punto de hacer una adquisición el instinto me dice que esta vez conseguiré lo que me propongo: crear un verdadero monstruo a mi imagen y semejanza, pero debo obrar con más inteligencia que antes para que esto suceda y pueda sentirme orgulloso de mi condición de hacedor. Ordenó que amarren al chiquillo a la silla donde está sentado, y saco mi mano izquierda del saco donde la tenía oculta para que los ojos del muchacho contemplen las garras de la pinza que ahora me sirve para coger los objetos , y la acercó a su cara como prefigurándole la senda sangrienta que pronto mancillará su blancura.



Sé que el miedo es necesario para el proceso, pero a veces su impronta es fugaz, y esta vez tenga que aplicar un poco de violencia para espolear su odio hacia los demás, hacia todo lo que rodea. Y por eso lo golpeó con odio extremo, sin motivo alguno para que sepa que el mundo lo execra solo por el hecho de tener esa cara tan bonita que ya no lo será tanto. Escucho su llanto, sus gimoteos, pero lo digo que no lloré, que sea fuerte, porque lo peor vendrá después. Solo entonces sacó el cuchillo de su funda, y la hago brillar un rato delante de sus ojos llenos de odio y de miedo hacia mí, el monstruo torturador. El chiquillo no sabe cuál será el destino final de aquel filo siniestro que brilla, puede que los hunda en sus ojos hasta reventarlos, que le corte las orejas o que…

No quiero que adivine nada, y me prive del placer de sorprenderle con mi arte sangriento, por eso hago que le sostengan el mentón mientras el filo de mi cuchillo empieza a dibujarle una sonrisa eterna a ambos de la boca, la sangre mana de aquellas heridas como si fuera las aguas de un rio fuera de cauce, el chico grita y se retuerce de dolor porque la piel le arde intensamente mientras contemplo lo que acabo de hacer en su cara. —Piensa que el dolor pasará, piensa en que ahora eres fuerte porque lo has superado todo y eres distinto del resto. Piensa en que puedes devolverlo al mundo todo el daño que te ha causado, piensas en que te he apartado de ese estúpido rebaño para que seas la encarnación del caos. Te educaré en esa senda, y tu vida tendrá sentido más allá de las heridas que hoy te hecho, hijo mío.   Mi hechura no me contesta, todavía es demasiado tierno, y han transcurrido solo unos pocos minutos desde su nacimiento, el hecho es que ha vuelto a nacer, es mí criatura y por ende le impondré un nombre sin importarme cuál haya tenido antes de su secuestro, la sonrisa que he colocado en su cara me sugiere uno: le llamaré “ Guasón”

Rubén Mesías Cornejo

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María Larralde