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ATRAPADA EN UN MUNDO VIRTUAL

ATRAPADA EN UN MUNDO VIRTUAL

DE JAVIER SERMANZ

¿ERES HÉROE O BESTIA?

Si tu vida en pareja ha perdido la salsa que debe tener; si tu relación se viene al traste y ves que, ella o él, ya no se ríe con tus absurdas bromas y gracias; te brindamos con este relato la oportunidad de salvar esa decadente relación. ¿Quieres saber cómo?

Lee este este relato, será mejor que ir a psicólogo, al terapeuta de pareja o al cura. Garantizamos que esta experiencia os unirá más que nunca… Descargas en PDF o EPUB. Mira que os lo ponemos facil, malditos.

Y ahora… ¡Que comience la virtual función!

1

Clavado, como cada día a las ocho menos veinte de la tarde, entraba por la puerta de mi casa, tras una aburrida jornada de trabajo en el jardín de la urbanización. Por suerte trabajaba cerca de mi piso; salía puntualmente a las siete y media. Los diez minutos restantes era lo que tardaba en llegar, incluyendo el posible tráfico que pudiera encontrar. En el trabajo anterior como camarero de una cafetería me tiraba casi una hora para cruzar la ciudad y llegar a mi hogar. Había sido una bendición encontrar este puesto de jardinero en una empresa de mantenimiento tan cerca de donde vivía; parece que no pero ese tiempo ahorrado me permitía disfrutar más tiempo de la compañía de mi novia, con la cual había alquilado un pisito hacía unos meses.

—Hola, cariño, ya estoy en casa —anuncié mi llegada como era costumbre mientras me dirigía al salón donde me esperaba ella.

La hallé un día más repantigada en el sofá, apática, con pinta de llevar allí unas cuantas horas, con la vista fijada en la holopantalla de su móvil. Apenas sí levantó la frente para que la besara. No recuerdo cuándo fue la última vez que le besé los labios. Si trataba de hacerlo ella encontraba siempre la manera de esquivarme sin que pareciera evidente. A menudo me quedaba con la sensación desapacible de que no le gustaban mis besos. Al final me conformé con aplicar mi boca de forma rápida en su frente para no hallar rechazo.

Por toda respuesta obtuve un sonido inarticulado que podría haber significado cualquier cosa. Solo despegó la vista de la pantalla para recordarme con la mirada que me estaba interponiendo en su campo de visión.

—¿Qué tal el día? —le pregunté, de nuevo movido por la fuerza de la costumbre. Éramos casi organismos automatizados dentro de aquellas cuatro paredes donde el silencio opresivo aleteaba sus negras alas en el vacío del salón—. ¿Qué has hecho hoy?

Me senté a su lado y sin esperar respuesta me incliné sobre la mesita para coger mi Tablet-H. Disponía de unos minutos antes de empezar a preparar la cena. Quería ponerme al día con las novedades ocurridas en la Web de Héroe o Bestia, mi lugar de juego virtual favorito. Cuando me era posible me echaba alguna partida que otra, aunque últimamente cada vez era con más frecuencia porque la relación con Marjory se había estancado y ello me daba mucho tiempo libre que antes ocupábamos en diversas actividades.

Me apenaba pensarlo pero parecíamos dos personas solas en compañía, cada uno abstraído en su mundo virtual sin intercambiar ni una sola palabra durante minutos, incluso durante horas. Lo máximo que nos llegábamos a decir era algún comentario sin importancia acerca de esto o aquello que habíamos visto en las redes sociales, aunque la verdad es que ninguno de los dos prestaba la mínima atención al otro y la mayoría de las veces la cosa se quedaba en un leve asentimiento de cabeza o un comentario del tipo «¡Oh!»«¡Ah!»

No sabía cuándo habíamos acabado en esa situación, pero hacía tiempo que esa forma de relación se había instalado en nuestras vidas. Yo no estaba demasiado conforme y trataba de entablar algún tipo de conversación, pero me daba perfecta cuenta de que estaba perdiendo el tiempo y eso me sumía en estado de ansiedad y frustración que me empujaba sin quererlo a refugiarme en aquel juego virtual. La barrera que se abría entre nosotros no paraba de crecer, igual que la angustia que me poseía al ver que estaba perdiendo a mi chica sin ni siquiera ser yo el responsable.

¿O simplemente era que le había dejado de gustar y yo buscaba todo tipo de explicaciones, culpando a las redes sociales de nuestro distanciamiento? No, no estaba dispuesto a reconocer esa posibilidad.

Cada día, al llegar a casa, me invadía esa desagradable sensación y yo la apartaba centrando mi atención en lo que se había convertido casi en mi único mundo a pesar mío.

Héroe o Bestia, o HOB, como lo llamábamos los aficionados al juego, había sido la revolución de los últimos tiempos en cuestión de videojuegos. Se trataba de un tipo de consola virtual de inmersión total que transportaba la mente a un mundo programado, donde las bestias eran la especie dominante y los humanos luchaban para sobrevivir. Era un juego de guerra hiperrealista, salvaje y cruel, que todo lo que sucedía y las sensaciones experimentadas se sentían tan reales que no había manera de diferenciarlas del mundo real. A veces se pasaba tanto miedo o tanto dolor que te dejaba una profunda huella. Pero justamente eso, lo impactante que era, era lo que más atractivo lo hacía y por lo que había cogido tanta fama en todo el mundo.

Antes de que encendiera la holotableta, Marjory me sorprendió con una pregunta:

—Cariño, ¿tú me quieres?

La pregunta y el tono ausente con que la pronunció me dejaron muy sorprendido. ¿Sería eso? ¿Su desgana se debía a que pensaba que ya no la quería?

Solté de golpe la holotableta y me acerqué a ella con la intención de abrazarla para que sintiera mi calor.

—Claro que te quiero. —Le dije con el mayor amor que pude reunir en mi voz—. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Algo va mal?

Si había algo, quería saberlo. Quizás se trataba de otro y no sabía cómo decirme que ya no quería continuar conmigo. A lo mejor había dedicado demasiado tiempo a HOB y era yo el que había propiciado esta situación. Todo tipo de cosas me cruzaron por la cabeza, llenándome de miedo y preocupación.

—¿Hay otro, es eso? —Le pregunté aterrado.

Marjory negó enérgicamente, con gesto de ofendida.

—¡No!

—¿Entonces? —No sabía qué pensar, aquello era tan extraño y me había cogido tan de sopetón que me puse a temblar estremecido.

La mera posibilidad de perder a mi novia me causaba un pavor irracional, nublaba mi juicio con oscuras sombras de locura.

—Solo quiero saber si me sigues queriendo como antes —insistió. Un surco de preocupación marcaba sus facciones.

—Mi amor por ti no ha disminuido un ápice.

La estrujé entre mis brazos. Su cuerpo estaba laxo como el de una muñeca. No se apartó cuando le besé los labios; permaneció con indolente pasividad. Su repentino comportamiento me tenía asustado, había dejado el móvil sobre el sofá y sus ojos me miraban con un brillo extraño.

—¿De verdad? —Había incomprensión y duda en su voz.

—Me estas, asustando, ¿qué ocurre, Marsh?

Utilizaba ese apelativo en el pasado, antes de que la monotonía se impusiera en nuestras vidas. Con ello quería demostrarle que aún seguía queriendo a esa chica aventurera y divertida que había conocido y de la que me había enamorado.

Marjory se encogió de hombros, su rostro adoptó una expresión compungida. Sus ojos parecían mirar a través de mí hacia un lugar muy lejano, como si hubiera perdido algo y quisiera recuperarlo.

—Es que es todo tan aburrido —musitó, mordiéndose el labio inferior con ese gesto apático que mostraba en los últimos meses—. ¿Si estuviera en un grave peligro, harías algo para salvarme?

La pregunta me dejó desconcertado. ¿Qué se supone que debía contestar a eso?

—¡Pues, claro, mi amor! —contesté con vehemente sentimiento.

—¿Correrías un peligro de muerte para salvar mi vida? —volvió a preguntar como si estuviera tratando de sopesar algún extraño pensamiento que se hubiera instalado en su mente.

La duda me hirió como un cuchillo cortante.

—Sí, pero, ¿por qué tendría que pasar eso?

De repente un miedo helado me recorrió la espalda. Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Es que te ha pasado algo? ¿Alguien te ha atacado? —la voz salía estrangulada de la garganta ante la posibilidad de una violación. El temor dio paso a la furia.

—No se trata de eso —me tranquilizó. El corazón martilleaba mi pecho. Al oír esas palabras mi pulso se suavizó un poco—. Todo es tan monótono, nunca nos pasa nada emocionante. Todos los días son iguales, me gustaría que nos ocurriera algo diferente, que corriéramos un gran peligro los dos y que tú me salvaras.

Su tono estaba impregnado por la melancolía, por un lánguido deseo de romper el aburrimiento que la embargaba. Su boca suspiraba mientras expresaba su pesar.

—¿Quieres que hagamos un viaje? —Se me ocurrió preguntar—. Las Cataratas de Iguazú estuvieron geniales, no digas que aquello no fue divertido. Y cuando viajamos a Brasil, ¿no fue emocionante y peligroso visitar las favelas de Sao Paulo?

Marjory volvió a suspirar, sus pestañas se abrían y cerraban manifestando su hastío. Se encogió en el sofá, juntando los brazos en una pose evocadora; su lenguaje corporal me indicaba que todo aquello no había sido suficiente.

—De eso hace mucho —entonó con un mohín de coquetería. Puso morritos como cuando quería conseguir algo al principio de conocerlos.

Ese gesto me arrancó un deseo irrefrenable de tomarla y de hacerle el amor.

—Cariño, yo por ti haría lo que fuera, arriesgaría mi vida si fuera necesario. Dime qué quieres que hagamos y lo haremos.

Estaba dispuesto a complacerla del modo que fuera. Su sonrisa era lo más importante para mí. Verla feliz y risueña, llena de vida y energía, no todo el día postrada en el sofá, marchita, con la cara pegada a la pantalla del dispositivo.

Mis palabras parecieron surtir efecto, algo de color regresó a sus mejillas pálidas, como si un toque de colorete hubiera tintado su piel.

—Es que no lo sé. Solo sé que tengo ganas de aventuras, de salir de aquí y hacer algo fuera de lo normal —expresó su deseo con aire soñador, mirando de nuevo al infinito.

Quería complacerla, pero el reto me torturaba. Antes de que se instalara la normalidad habíamos hecho de todo: viajes por todo el mundo, puénting, escalamos montañas y hasta se había tirado en paracaídas. No se me ocurría qué otra cosa más peligrosa y emocionante podríamos hacer como no fuera meternos en una banda de narcos o algo por el estilo. Pero eso sería jugarse el cuello estúpidamente y no creo que fuera eso lo que quería.

Entonces una idea iluminó mi mente. ¡Claro! ¿Por qué no lo había pesando antes? ¡Seré idiota! Me dije. Lo que estaba tratando de decirme es que quería tener un hijo conmigo, que había llegado el momento. Me di un golpe en la frente, reprochándome mi escasa falta de comprensión.

—Quieres tener un bebé —afirmé con ilusión, sonriente, como si hubiera hecho un grandísimo descubrimiento—. ¡Oh, March, no sé qué decirte! ¡Estoy tan contento!

Apliqué mis labios contra los suyos con fuerza, apretándola contra mí más fuerte aún. Quería decirle que sí, que estaba dispuesto a afrontar esa nueva etapa, que podía contar completamente conmigo para ello, que no la defraudaría. La tumbé sobre el sofá para hacerle el amor apasionadamente.

—¡Qué tonto eres! —Se rio, zafándose de mis besos y apartando mi cuerpo con brusquedad, dando al traste con el romanticismo del momento—. No se trata de eso…

—Entonces, ¿de qué? —repliqué, enojado.

No es que deseara con todo mi corazón tener un hijo. Lo había pensado en alguna ocasión pero siempre llegaba a la conclusión de que era pronto y de que no dependía enteramente de mí; ella ya se encargaría cuando creyera llegado el momento de tenerlo. Sin embargo sentí un poco de decepción cuando ella lo negó con tanta frivolidad, como si hubiera dicho una idiotez. La verdad es que su reacción me hirió el corazón. En el fondo la amaba y me dolía que se riera de mí de esa manera.

—No lo sé —respondió con un principio de ausencia, lo que indicaba que volvía a su estado letárgico. Segundos después ya estaba inmersa en el móvil como si la conversación no hubiera tenido lugar.

Pese a todo, yo me quedé turbado y con ganas de hacer realidad sus anhelos. Pero, ¿qué podía hacer para complacerla?

No tuve que pensar demasiado para encontrar la respuesta. Lo que ella pedía era como protagonizar su propia película de aventuras. Eso era imposible que sucediese en este mundo…pero no en el mundo virtual: le prepararía una partida inolvidable de Héroe o Bestia. La sumergiría en un ambiente de terror y misterio, haría que se estremeciese, que experimentara enormes peligros en los que su vida corriera trances de muerte. Y, entonces yo la salvaría, la rescataría de las bestias y le haría sentir el amor en brazos de su rescatador. Todo eso podía conseguirse con el juego de realidad virtual de inmersión total. Su mente sería transportada al mundo de HOB, su personalidad de la Tierra dejaría de ser consciente durante un tiempo para encarnar el personaje que iba a configurar para ella y podría experimentar todo aquello que con tanto deseo ansiaba.

—¡Sí, le prepararé una partida inolvidable! —Me felicité en el coche, de vuelta a casa tras el trabajo.

Había tenido todo el día para urdir mi idea. Todo estaría preparado para el fin de semana. Entonces jugaríamos la partida de nuestra vida. Después de eso, pensé complacido por mi ocurrencia, nunca más volvería a decir que su vida era monótona.

Si en aquel día hubiera sabido el desenlace de los acontecimientos posteriores, quizás no me hubiera planteado jugar a Héroe o Bestia.

—¡Hola, cariño, ya estoy en casa! —recité como siempre, pero esta vez con especial énfasis, como si por el cambio en la entonación le estuviera anunciando mis intenciones.

Marjory me recibió con la misma indiferencia de costumbre. “Cuando escuches lo que he planeado, verás cómo te cambia la cara” pensé para mis adentros, con una sonrisa grabada en la cara.

—He pensado en lo que dijiste ayer —empecé a decirle para captar su interés.

—¿Ah, sí? —contestó algo intrigada pero sin abandonar esa pasividad, como si no acabara de creérselo.

La encaré hacia mí con entusiasmo, quería contagiarla, hacer que vibrara con mi idea como había vibrado yo.

—Te propongo jugar una partida al juego de guerra virtual de Héroe o Bestia. —Le solté sin más, dando por supuesto que accedería emocionada en cuanto lo oyera.

—Sabes que detesto los videojuegos. —Me respondió, cortante, arrugando la expresión como si le estuviera haciendo perder el tiempo.

Yo no me desanimé. Volví a la carga sin dejar que cogiera el móvil.

—Este juego no es como los demás —afirmé con rotundidad, abriendo mis ojos para que leyera la emoción en ellos.

—¿Héroe o Bestia? —preguntó con desgana—. ¿No es ese juego del que todos hablan? Tú sueles ir con tus amigotes a jugar alguna que otra vez, ¿verdad?

—Sí —Mi sonrisa se ensanchó.

—No me interesa jugar a los monstruitos —comentó con acento helado, como si me echara un jarrón de agua fría sobre la cabeza.

—Pero si no sabes de qué va —No me dejé vencer tan fácilmente. Estaba seguro de que le gustaría si lo probaba.

—Como todos los videojuegos, va de matar cosas.

—Ya, pero éste es diferente. Dejamos de ser nosotros y podemos ser otra persona. ¿Te imaginas? Correríamos aventuras como tú quieres, lucharíamos contra los enemigos y yo te podría rescatar. ¿No es eso lo que querías?

—Dicho así suena muy fácil —argumentó ella, sin acabar de fiarse—, pero, ¿cómo se consigue eso?

—¿De verdad no sabes de qué va? —Me parecía increíble que, a esas alturas, cuando no se hablaba de otra cosa, ella todavía no supiera de qué trataba el juego.

—He oído cosas, pero me parecen demasiado fantásticas —desdeñó con un mal gesto lo relativo al tema.

—Es verdad, todo es verdad —traté de convencerla, pero su falta de interés empezaba a minar mis ganas. 

Sin embargo, algo había cambiado en su postura. Me di cuenta de que estaba más receptiva que antes. Había abierto un ojo un poco más de la cuenta, observándome con curiosidad.

—Bien, explícame —bufó con impaciencia, simulando molestia. Pero en el fondo estaba intrigada, lo notaba.

—Es algo increíble. Verás, es una consola de realidad virtual de inmersión total, ¿sabes lo que es eso? —Ella asintió con enfado, quería que fuera al grano—. Pues bien, te conectas a un personaje preconfigurado por ti y de golpe tu mente ya no está aquí y está dentro del personaje. A partir de ahí puedes manejarlo como si fueras tú.

—¿Y qué pasa con mi cuerpo? ¿Se queda aquí? —La comisura de su boca se torció en una mueca divertida. Empezaba a atraerle el asunto.

—Exacto, ¿no te parece excitante? —La animé. Ya la tenía medio ganada.

—Si es así como dices, sí. —Sus ojos destellaron como un relámpago al imaginarse las posibilidades que le estaba mostrando—. Suena bien.

Aquello era todo un triunfo. ¡Había conseguido atraer el interés de Marsh por primera vez en mucho tiempo! Una profunda agitación me sacudió desde lo más profundo. Me sentí feliz y contento de poder compartir con ella algo que me gustaba sin que mostrara la poca disposición de siempre.

—¡Te va a gustar, ya lo verás! —Le prometí entre un montón de besos y abrazos a los que ella fingió negarse, sin ser capaz de ocultar su naciente excitación.

Marjory me miró con una intensidad que hacía tiempo que no veía. Por unos segundos tuve un recuerdo de los primeros días, cuando me miraba de aquella manera. El fuego se avivó en mi interior. La promesa del cambió me proporcionó renovadas esperanzas sobre nosotros, quizá era algo así lo que necesitábamos para salir de la monotonía y unir más nuestros lazos.

Con esta experiencia, estaba seguro, caería rendida en mis brazos. No podía fallar, peligro, aventuras y un rescate glorioso, todo lo que ella quería y mucho más. No solo sería una partida, sería un viaje extra dimensional a otro cuerpo. Yo ya lo había vivido y era algo turbador a la vez que fantástico, era impresionante e increíble sentirte otro, moverte e interaccionar en otro mundo que era igual de real que lo es este para nosotros; ahora solo faltaba que lo sintiera ella, seguro que le encantaría.

—Déjamelo todo a mí —Le pedí para mantener el misterio hasta el último instante. La miré con una sonrisa picarona—: Entonces, ¿tenemos una cita para este sábado?

Marsh me devolvió la sonrisa, cargando su mirada de ardiente deseo.

—¡Tenemos una cita!

Y se abalanzó sobre mí por primera vez en meses con una fogosidad que me dejó desarmado. Caí bajo su embrujo saboreando cada instante de pasión como si fuera el primero.

2

La franquicia de HOB tenía salones virtuales en casi todas las ciudades importantes del planeta. Al principio pensé en llevarla a uno que había en una ciudad cercana, para que se asombrara con la tecnología de sus pantallas holográficas gigantes que desplegaban en ellos, para que se empapara del ambiente de juego, con los seguidores y toda la parafernalia. La verdad es que el juego se había hecho muy popular y los amantes incondicionales surgían a millares. Era impresionante ver el ambiente de los salones, algo parecido a aquellas convenciones de videojuegos del pasado pero solo con la temática de Héroe o Bestia. Igual que pasaba con el juego virtual, cuando entrabas en un salón de juego era como adentrarse en el mundo de Hob; la Tierra dejaba de importar, como si no hubiera existido nunca y la única realidad fuera la que tenías delante de tus ojos.

Sin embargo, después de mucho meditar, pensé que sería más íntimo si jugábamos en casa, no quería que sus prejuicios hacia los seguidores de Hob le hicieran cambiar de idea una vez estuviéramos allí. Podía ser un choque muy grande toparse con cientos de personas caracterizadas en los personajes del juego virtual. Algunos llegaban a extremos inauditos y se mutilaban partes del cuerpo para asemejarse a sus personajes, sobre todo en el caso de los que jugaban en el bando de las bestias.

La compañía que comercializaba Héroe o Bestia, Media Games, dueña de la franquicia y de la consola virtual que había logrado semejante avance en el campo de los videojuegos, llamada Virtual Kit, ofrecía un servicio de alquiler a particulares que no podían permitirse su desorbitado precio. Un departamento de mensajería de la propia empresa traía y retiraba la consola y el precio era muy asequible. Así que el sábado al mediodía se presentó el mensajero con el Virtual Kit en la puerta de mi casa.

Algunos adeptos lo llamaban el Medallón de Theos, nombre con el que designaban al dios de los humanos en Hob. Bahal era el nombre del dios Bestia, el que había creado al Homo Bestiae, una especie superior que pretendía erradicar al Hombre de aquel mundo virtual.

La transacción económica se hacía por adelantado con tarjeta de crédito u otra forma de pago electrónico. Los había que incluso tenían una cuenta con la financiera de la compañía; el grado de obsesión de muchos podía ser hasta extremos inimaginables. La fianza que exigían era de locura, por si alguien decidía romperla de frustración al perder una partida. Lo más increíble de todo era que los de Media Games tenían un servicio de seguridad con poderes del gobierno para actuar casi como una fuerza militar. ¡Si se te ocurría no entregar la consola pasado el plazo, reza para que no se presentaran a por ella!

—¡Cariño, ya está aquí! —anuncié a gritos como si se tratara del nacimiento de una criatura.

—A ver, a ver —corrió Marsh a mi encuentro, enfervorecida. Me encantaba verla así de animada.

A lo largo de la semana el cambio operado en ella fue definitivo. De ser casi una ameba pegada a un dispositivo electrónico, ahora se asemejaba a un ser humano que vivía conmigo en la misma casa, que me respondía con más de un monosílabo y que mostraba emociones más allá de su mundo particular. Estaba eufórico por el cambio y rogaba para que durase.

Le había contado durante la semana los pormenores del juego de manera sencilla. El mundo virtual era la Tierra dentro de cien millones de años. Se llamaba Gaia. Tenía un solo continente, llamado Nueva Pangea. La humanidad se había extinguido a causa de un desastre natural causado por un supervolcán. Muchísimo después, cuando se estaba recobrando de la catástrofe y estaba empezando a prosperar la Segunda Humanidad, entonces apareció Bahal, la Bestia, que mutó con Magia su cuerpo de hombre para convertirlo en el de una nueva especie superior. El Homo-Bestiae se apoderó de Nueva Pangea y condenó al Hombre a una nueva era de extinción. Tan solo un pequeño número de humanos resistía en una franja de tierra, llamada Hob, luchando a muerte contra las bestias por su supervivencia.

El juego era así de fácil; eliges el bando, Héroe o Bestia y luchas por ganar la supremacía. 

Luego estaba la Magia, la energía solidificada del interior de la tierra, que daba poder de mutación a las bestias o servía para fabricar armas de defensa a la Segunda Humanidad. Se suponía que la máxima autoridad religiosa, el Theógono, defendía la pureza del cuerpo y condenaba el uso de la Magia para fines mutágenos como hizo Bahal. Las bestias creían que con la Magia podían convertirse en dioses, por esa razón luchaban por apoderarse de los yacimientos y eliminar cualquier competencia. Esta ideología te permitía elegir entre Héroe o Bestia, según quisieras proteger a la humanidad o adquirir poder para aplastar a todos tus enemigos.

Marsh encontró fascinante el trasfondo y en varias ocasiones trató de sonsacarme qué había preparado para la sorpresa del sábado. Pero yo no estaba dispuesto a desvelar un detalle para que fuera detrás de mí todos los días. ¡Dios cómo me gustaba esa sensación!

Desempaquetamos las consolas con manos temblorosas, atenazados por la emoción. No era la primera vez para mí que veía un Medallón, pero valía la pena el destello de los ojos de mi novia, que parecía una niña pequeña con su primer regalo.

La verdad es que no podía creer lo entregada que estaba y el interés que demostraba con todo aquello. Poco después me arrepentiría de haberla metido en aquella descalabrada aventura.

—Se coloca así—le indiqué, colgando de su cuello la consola con forma de medallón. Noté como temblaba su pecho de emoción. A continuación, extraje unas gafas de cristal oscuro, tan opaco que no permitía la visión del otro lado, y se las coloqué con mimo sobre el puente de la nariz—. Esto es el reproductor virtual, de aquí sale un impulso eléctrico que conecta la consola con tu cerebro y transporta tu mente al mundo virtual.

Marsh se estremeció.

—¡Qué pasada! —Emitió una risilla nerviosa—: ¿vamos a jugar ya?

Su impaciencia se manifestaba a través de todos los poros de su piel, en el desmesurado brillo de su mirada, en la tensión del cuerpo y en su pose anhelante.

—¿Quieres saltar ahora? —le hice sufrir con un retraso innecesario—. ¿No prefieres esperar a la tarde?

Lo tenía todo preparado desde la noche anterior. Los fines de semana no trabajo y eso me dejaba el viernes tarde-noche para realizar los preparativos pertinentes, abrirle una cuenta, preparar el trasfondo de los personajes, insertar la misión y fijar el salto a falta del pago de la partida, que no resultó muy costoso. Lo hice cuando ella se durmió, no deseaba quitarle ni una pizca de expectación. Quería que la experiencia fuera del todo inolvidable.

—Me has creado mucha intriga con el juego, ¿por qué tenemos que esperar si podemos hacerlo ahora? —contestó Marsh, acelerando la entonación a causa de la excitación.

Yo deseaba jugar tanto como ella o más. El hecho de hacerlo juntos hacía que mi corazón se desbocase. La sangre golpeaba fuertemente mis sienes.

—Vayamos a la habitación y pongámonos cómodos—le dije de manera incitadora mientras la cogía de la mano y la conducía allí. Podía sentir su pulso intenso batiendo contra la mía.

—¿No me vas a dar ninguna pista de lo que nos espera? —me dijo, empleando una voz traviesa al tiempo que caracoleaba su dedo índice sobre mi pecho para debilitar mis defensas con su caricia malintencionada.

—Ponte cómoda—me resistí, desviando el tema.

Marsh se tumbó sobre la cama, suspirando por la ansiedad; su respiración era agitada y jadeante. Trataba de serenar su estado relajando los brazos a los lados del cuerpo.

—¿Nerviosa? —pregunté con una maliciosa sonrisa.

Todavía no había empezado el juego y ya estábamos disfrutando de lo lindo. Las cosas volvían a ser como antes. Aquel pensamiento me hizo sentir feliz.

—Un poco, la verdad—contestó, conteniendo la respiración, aunque su pecho no paraba de moverse—. Eso de abandonar el cuerpo y meterte en otro me suena un poco raro y perturbador.

Mientras ella hablaba, yo estaba terminando de sincronizar las consolas con el salto programado y cerrando la operación económica.

—No tienes nada de qué preocuparte, una vez pulses el botón de «Salto» no notarás la diferencia entre estar aquí o allí —la tranquilicé con tono suave, dedicándole una caricia afectuosa en la cara—. ¿Te he dicho lo contento que estoy por jugar contigo una partida?

—Yo también cariño, te agradezco que te hayas tomado tantas molestias por mí.

Había llegado el momento, nos colocamos las gafas reproductoras, respiramos hondo al unísono y le pedí que contáramos atrás desde tres antes de apretar el botón.

—Te quiero, Oswald…

Enter.

3

—¡Apártate, apestoso Mascotte! —La manaza del homosaurio me empujó sin compasión contra la pared. Mi cuerpo dio un topetazo contra la roca y resonó con un golpe seco. Una oleada de dolor cegó mi vista por unos instantes.

Teratos era un déspota, cruel como todas las bestias. A los hombres nos trataban como basura, sin la menor consideración a nuestro estado. Si vivíamos o si moríamos les era indiferente. Se divertían infligiéndonos las peores de las torturas, para, en la mayoría de casos, devorarnos a placer en cualquier momento. Si caías en poder de una Bestia, sabías que tenías los días contados hasta que te llegaba el horrendo fin.

Eso mismo me había pasado a mí, que fui hecho prisionero por las fuerzas de choque del homosaurio, cuando realizaron una incursión en las tierras de Turk desde El-Istán.

Las bestias se habían apoderado de Nueva Pangea, proliferaban sin parar y estaban llevando a la Segunda humanidad de nuevo a la extinción. No había nada que hacer para frenar su avance, pese a nuestros denodados esfuerzos por combatirlas, nos habían confinado en una estrecha franja de terreno a lo largo del Río Medíter, a la cual nosotros llamábamos la Tierra de Hob, y con frecuencia sufríamos ataques que debilitaban nuestras fuerzas.

Cada día éramos menos y ellas más; esta certeza nos sumía en una suerte de trance desesperado que había convertido nuestras vidas en un infierno sin esperanza.

El homosaurio Teratos, un híbrido enfermizo entre el hombre y los saurios, trabajaba para el Dwergo Archimedeath, otra raza de bestias de las múltiples que asolaban Gaia. Los Dwergos eran los más inteligentes, se dedicaban a la invención de armamento sofisticado y a la ingeniería genética. Por esa razón eran los más odiados entre los Bestiae. Debían aislarse en impenetrables reductos para protegerse de sus enemigos, quienes aspiraban a robarles sus armas y a esclavizarlos como hacían con el Hombre. Aunque en realidad, a excepción de los Dwergos, todas las bestias se odiaban entre sí y luchaban a muerte por obtener el poder sobre los demás. Las alianzas duraban poco y las traiciones aparecían al mínimo cambio de interés en sus objetivos.

Teratos me había llevado prisionero a Fort Nôus para que sirviera como Mascotte al Dwergo Archimedeath. Nos llamaban de ese irónico modo para expresar el desprecio que sentían hacia la especie humana, de la que habían evolucionado para convertirse en seres salvajes, sin conciencia ni moral. Otros como yo habían sufrido la misma suerte, obligados a golpes a servir todos los caprichos de sus amos, para los que no significábamos más que el orgullo de poseernos. Las bestias podían llegar a matarse entre sí por la pertenencia de Mascottes.

Mi vida en Fort Nôus se tornó una pesadilla. Nos utilizaban para toda clase de inmundas tareas, limpiar sus heces, que dejan en cualquier lugar para que las retiráramos mientras se regodeaban de nuestras aprensiones; preparar sus mesas con la carne de nuestros semejantes, a quienes nos forzaban a matar como simple ganado para servirlo en sus platos. Luego nos obligaban a presenciar cómo engullían con placer orgiástico esos abominables alimentos y se deshacían en risas cuando nos tiraban a los pies los restos repelados para que comiéramos.

Al principio nos negábamos, pero el hambre nos carcomía y al final teníamos que echar mano de esos repulsivos restos entre arcadas. La alternativa era comer las sobras que dejaban las crías del homosaurio, que cada cierto tiempo desovaba una ingente cantidad de nuevos individuos, incrementando así la población de Fort Nôus. Archimedeath necesitaba gran cantidad de guerreros para proteger su reducto de los continuos ataques de sus enemigos. Desde la muerte acaecida a su anterior comandante, el Ogro Skullies, se había vuelto más exigente y paranoico con la seguridad.

A las crías recién salidas del cascarón las alimentaban con formínidos muertos, pues estos insectoides eran una raza infrahumana que en ocasiones se desmandaba y se revolvía contra sus criadores. Las crías corrían un peligro de muerte si intentaban devorar a un formínido vivo, cuando no se mataban entre ellas por mera cuestión de selección natural. A las bestias no les importaba la muerte, solo el poder de avasallar a los demás, de aplastar a sus contrarios hasta dominar Nueva Pangea.

Muchos Bestiae criaban rebaños de formínidos por su versatilidad: eran muy belicosos cuando los soltaban en el campo de batalla; no conocían el miedo porque básicamente eran insectos con forma antropoide, sin conciencia propia;  trabajaban magníficamente en grupo y servían de alimento a las bestias, aunque no eran el bocado más apetecido. 

Nosotros éramos su alimento preferido.

Los formínidos eran repugnantes, se cebaban con toda la carroña que encontraban, incluidas las heces que nosotros retirábamos, y luego nosotros debíamos comernos a esas asquerosidades sin no queríamos morir de hambre. 

No solamente sufríamos el maltrato de las bestias, también estábamos expuestos al peligro de ser atacados por los formínidos, implacables asesinos, o a que nos entregaran a sus crías por puro entretenimiento. Se regocijaban de una forma morbosa al escuchar nuestros alaridos de dolor. Nuestro calvario no tenía fin y muy a menudo los cautivos se quitaban la vida antes que vivir en aquellas inhumanas condiciones.

Archimedeath era diferente a los homosaurios de Teratos, su talante era más intelectual, siempre interesado en sus inventos. Nos dispensaba un trato distante pero no tan cruel. Nos manteníamos con vida porque era expreso deseo suyo que sus subordinados nos conservaran enteros para que mantuviéramos limpio su hogar y para experimentar sus avances genéticos con nosotros.

Teratos no aprobaba su línea de investigación, sin embargo, se sometía a él por temor, el único sentimiento con que se podía doblegar a una Bestia. La mente de Archimedeath era brillante y muy superior a la de cualquier Bestiae. Los dwergos no eran tenidos completamente por bestias, se decía de ellos que habían sido descendientes del primer discípulo de Bahal, el primer hombre que consiguió metamorfosearse en Bestia mediante la Magia. Dwerg no consiguió sus objetivos y sus creaciones distaban a medio camino entre el Hombre y la Bestia, no como los demás discípulos de Bahal, que sí consiguieron resultados óptimos y dieron lugar a diversas rasas bestiales. Llamaban a los dwergos peyorativamente Homo-Nanis por su baja estatura en comparación con los otros miembros de su especie y por su tremendo parecido al Homo Sapiens, al que odiaban por encima de todas las cosas.

El Dwergo Archimedeath era muy temido en Nueva Pangea, traficaba con las terribles armas que fabricaba, pero siempre se reservaba las más poderosas para él como medida preventiva. Muchos Bestiae aspiraban a usurpar su puesto, pero ninguno lo había conseguido hasta el momento. También era odiado por sus teorías evolutivas, las cuales excluían al resto de bestias.

El dwergo proclamaba la superioridad de su raza y en sus experimentos buscaba la manera de convertirse en dios sin pasar por el proceso de Metamorfosis por el que pasó Bahal. Según su método, era imprescindible transformar el cuerpo humano en un híbrido animalesco por medio de la Magia hasta adquirir el poder de la divinidad. Archimedeath pretendía lograr que el aspecto de los dwergos no se mutara en una horripilante Bestia y conservara esa esencia humana que tanto detestaban el resto de congéneres.

De vez en cuando, uno de nosotros era seleccionado para alguna clase de prueba. Entre forcejeos y gritos de pavor se lo llevaban al área de laboratorios y nunca más volvíamos a saber de él. Nos aterrorizaba pensar qué horribles y atroces cosas podían hacer allí adentro. Ninguno de nosotros se atrevía a pasar por allí, evitábamos todo contacto con esa zona, nos entraban escalofríos cuando teníamos que acercarnos, nuestra imaginación se poblaba de horrores informes y oscuros pensamientos.

Solo a las mujeres se les permitía acceder al recinto. El dwergo sentía una perversa atracción hacia las hembras humanas, de las que gustaba rodearse para no me atrevo a expresar qué impensable finalidad. Rara vez se las veía por otras partes del fuerte, a no ser que fueran acompañadas del mismo Archimedeath o de alguno de los otros dwergos de su equipo. Las que lográbamos entrever tenían la mirada ausente y las facciones contraídas por el padecimiento de haber atravesado insoportables penalidades. Caminaban como autómatas y la mayoría de veces las conducían empujadas por correas como si fueran bellos animales de compañía.

Aborrecía el uso que hacían de ellas. Maldecía en voz baja cada vez que contemplaba impotente este trato vejatorio, soñando con rebelarme y poner fin a la situación. ¿Pero qué podía hacer yo?

4

Todo cambió un día que trajeron una partida nueva de Mascottes hembra al fuerte. No teníamos ni idea dónde las habían capturado, pero su llegada causó un amplio revuelo entre la población humana que servía en el reducto. Las observamos con misericordia, apiadándonos de su infausto destino. Apretamos los dientes de la rabia, pero enseguida tuvimos que apartar la mirada de ellas si no queríamos esperar un severo castigo.

En el último instante una de ellas me miró de soslayo. Nuestras miradas se cruzaron apenas unos instantes, pero bastaron para que una cegadora corriente de deseo me embargara con frenesí. Era una joven muchacha, de esbelto talle y generosos pechos, con unas caderas voluptuosas. La habían desnudado, como al resto, y su piel lechosa brillaba con fuertes fulgores de vitalidad. Sus facciones delicadas no estaban contraídas por el miedo y tanto su boca carnosa como sus ojos radiantes, mostraban un claro desafío hacia sus capturadores.

Sentí desfallecer mi corazón cuando se las llevaron adentro, más allá de la zona permitida a los Mascottes.

—¿Habéis visto a la muchacha de piel blanca? —susurré a mis compañeros, entonando esas palabras como en medio de una ensoñación.

Por unos instantes me había olvidado de dónde estábamos y cuál era nuestra situación.

—Correrá el mismo destino que las demás, olvídala—me aconsejó con tremendo fatalismo Frêre Robinson, un monje lupercano de la Hermandad del Equinodonte.

El lupercano una vez había sido un robusto guerrero, defensor de aquella especie animal, pero ahora era un remedo de hombre, escuálido por las privaciones a las que nos sometían. Yo solo llevaba preso unos meses y todavía no había sentido los estragos del cautiverio. En mi interior aún conservaba esa llama que me incitaba a la rebelión.

Todos y cada uno con los que había compartido mis deseos de fuga me habían disuadido de ello. Su espíritu combativo estaba muerto. Pero no el mío, que se había reavivado como una intensa hoguera al atisbar a esa hermosa muchacha que había cruzado su mirada desafiante con la mía, prendiendo los rescoldos de mi alma y encendiendo mi interior.

—No puedo hacer eso—murmuré sin ser oído, mientras volvíamos a nuestras tareas, abatidos por la desgracia que se cernía sobre esas pobres mujeres.

Ese día nos tocaba a Jonas, un sacerdote theosiano, y a mí, atender el cubil de los homosaurios, limpiarlo de inmundicia y atender a las crías, que ya hacía unos meses que habían roto el cascarón y empezaban a ser unos monstruos de nuestro tamaño. Les entregábamos formínidos malheridos para que ejercitaran sus facultades agresivas. La arriesgada labor de herir a los formínidos recaía también en nosotros, quienes nos jugábamos la vida en cada ocasión porque solo nos daban una ridícula lanza contra unos seres enormes, feroces, cuya piel quitinosa era tan dura como nuestras armaduras.

Mientras nos encaminábamos hacia el nido de los formínidos para extraer dos piezas del rebaño, no pude apartar de mi mente la imagen de la hermosa muchacha, el brillo de sus ojos, como un lucero desafiando la oscuridad que ensombrecía a las demás. Las bestias pasaban por nuestro lado y nos dirigían miradas de desprecio, provocando que mis ganas de escapar de ese lugar crecieran hasta enloquecerme.

—Mataría a ese malnacido—farfullé con furia contenida cuando me crucé con Teratos, quien seguía nuestros pasos a cierta distancia para vigilar lo que hacíamos. Era muy celoso respecto de su desove.

—Calla, si te escucha nos matarán a los dos—me reprimió con temor el theosiano. Sus ojos hinchados escudriñaban en todas direcciones, salidos de órbita, buscando a su posible asesino entre las sombras del corredor.

¡A qué estado deplorable nos habían reducido! 

Los formínidos por regla general eran mansos, trabajaban como una comunidad organizada y obedecían las órdenes de un individuo, que transmitía telepáticamente las órdenes a los demás. Carecían de cuerdas vocales con las que comunicarse, con lo que hacían más aterrador si cabe cuando atacaban en completo silencio. Solo se escuchaba el baquetear de sus cuatro patas al desplazarse.

Un homosaurio se ocupaba de vigilar el rebaño. Su boca reptilesca abarrotada de colmillos sopló un silbato de infrasonidos y al momento los formínidos acudieron a su presencia como llamados por una orden superior.

—Venga, sarnosos sapiens, decidios ya de una vez—nos increpó el homosaurio desde las alturas. Era un espécimen de más de dos metros, con el cuerpo recubierto de retículas blancas, verdes y amarillas. Sus ojos fríos nos atravesaban con gélido odio.

Aunque era un ejercicio rutinario, no estaba exento de peligrosidad; cualquier formínido era tres veces más voluminoso que nosotros, casi tanto como un perro-oso. Además de sus espolones, poseían unas mandíbulas descomunales que podían partir en dos a una persona. Temblamos unos momentos antes de pinchar con las puntas de nuestras lanzas a dos formínidos elegidos al azar. Tras un pitido inaudible del silbato, el resto volvió a formar el grueso rebaño. Los dos que habíamos herido se pusieron agresivos y tuvimos que ensañarnos con denuedo para reducir su combatividad.

Medio muertos como estaban, aún conservaban toda su capacidad destructora. Sus fauces aserradas se abrían y cerraban en potentes chasquidos al mismo tiempo que sus miembros anteriores, semejantes a brazos humanos, se extendían hacia nosotros con sus afilados espolones.

Los condujimos  a duras penas hasta el cubil donde las crías esperaban emitiendo una especie de silbidos que taladraban los tímpanos. El bullicio era ensordecedor y zahiriente, nos desconcertaba. Debíamos extremar al máximo las precauciones si no queríamos acabar formando parte de su comida.

Con los últimos empujones aproximamos a los formínidos a sus hambrientas presas, quienes saltaban sobre ellos a decenas, abriendo sus hocicos dentudos y clavando garras y colmillos sobre las víctimas. Sin un solo quejido, solo espasmos y convulsiones, los cuerpos humanoides de los formínidos crujieron ominosamente al ser mordidos sus miembros quitinosos por mil sitios a la vez. Pugnaron instintivamente por desembarazarse de sus desesperados atacantes, los cuales los cubrían por entero. Uno de ellos capturó a una cría con sus tenazas y la cortó prácticamente por la mitad, dejando atrapada a su víctima después de muerto; y al otro aún le dio tiempo de ensartar a varias crías con sus mortíferos espolones antes de perecer.

Mientras tanto los colmillos seguían mordiendo los cuerpos inertes de los formínidos. Ese sonido era insoportable y nos llenaba de aprensión. El ansia devoradora de los homosurios en fase de desarrollo causaba asombro y pavor a partes iguales.

De repente una de las crías se abalanzó sobre Jonas, hundiendo sus agudos colmillos en el hombro con la intención de arrancarle el brazo. Instintivamente, el theosiano se debatió. Sus reflejos de soldado entraron en acción y antes de darse cuenta la lanza había atravesado de parte a parte a la cría de homosurio, la cual se retorció sobre el suelo repleto de excrecencias y sangre antes de expirar.

Con un rugido ensordecedor, apareció su progenitor, Teratos.

—¡Miserable sapiens! ¿Qué has hecho, has osado dar muerte a mi progenie? —bramó, con los ojos encendidos por la furia.

Su inmensa mole se cernió como una nube de tormenta sobre el theosiano, quien, encogido de miedo, vio abatirse la muerte sobre él. Teratos le asestó un mazazo con su cola espinosa rematada por gruesas puntas. El golpe lo dejó tendido en el suelo, moribundo, en un charco de sangre. Seguidamente, el homosaurio lo alzó para descuartizarlo con furibundos tirones, ofreció sus miembros sangrantes a sus crías, y, en medio de los atroces alaridos del theosiano, le arrancó las vísceras y las repartió entre una muchedumbre de hocicos que clamaban por su porción. Lo que quedaba de él voló por los aires y se perdió en la vorágine.

Horrorizado, reculé unos pasos hacia atrás.

—¡Tú! —Se dirigió a mí el homosurio, con su escamoso pecho verdoso resollando agitado. Su desprecio podía fulminarme como un rayo—: ¡Vuelve a tu puesto!

Me incliné sumisamente aunque en mi interior bullía la rabia. Debía abandonar aquel lugar de pesadilla como fuera. Si mis compañeros cautivos preferían permanecer en tal infierno era elección suya, yo no iba a quedarme a que me asesinaran como si fuera un cordero en el matadero con la incertidumbre de cuándo llegará el momento fatal. Y además, debía llevarme conmigo a aquella mujer de piel blanca; las demás parecían compartir esa misma lasitud impasible ante su destino que el resto de hombres. Su  actitud retadora y el brillo intenso de su mirada manifestaban que tenía la misma ansia de libertad que yo.

Juntos escaparíamos de ese espantoso lugar, era una promesa.

5

Los días posteriores viví obsesionado por la belleza de piel pálida. Aquellos ojos vivaces y seductores habían renovado mi fortaleza interior, colmándome de toda clase de anhelos. Sabía que no debía, pero no podía borrar su cuerpo desnudo de mi mente. La visión de sus curvas me había hechizado, solo pensaba en volverla a ver, aunque eso supusiera un peligro mortal para ambos.

La fuerza de su imagen me dotó de una energía que nunca había experimentado, sentía que podía afrontar todas las dificultades que nos deparasen y salir victorioso de ellas. Pasaba el tiempo fraguando un plan que nos permitiera huir de allí, buscando la ocasión de volverla a ver e ideando un modo de poder acercarme a ella sin ser castigado. Sabía que tarde o temprano Archimedeath o cualquiera de sus dwergos la pasearían de un collar, desnuda y expuesta a sus miradas lascivas, para su goce personal. Entonces trataría de hablar con ella, le mostraría mi disposición y le transmitiría mis planes de huida, juntos.

Parecía imposible de realizar, una completa locura, pero a eso y mucho más me impelía lo que se había despertado en mí. Preferiría morir con ella de mi mano que vivir la miserable existencia que las bestias nos reservaban. Esa vana esperanza me mantenía alerta, con un hálito de vida que me devolvió el coraje y el brío necesarios para seguir adelante.

La fuerza de la costumbre nos había grabado los hábitos cotidianos de Fort Nôus. Sabíamos muchos más detalles de su forma de operar de lo que nuestros captores imaginaban. Nos creían tan débiles, tan insignificantes, que no podían concebir que alguno de nosotros estuviera pergeñando una huida. Ese alguien era yo.

Me las apañé para encontrar recovecos en los que burlar a las bestias que circulaban por el fuerte. Conocía casi todos sus pasillos y por deducción, dibujaba en mi mente a dónde conducían otros que nos estaban vedados. Fingía que estaba muy concentrado en mi tarea, pero en realidad vigilaba atentamente todos sus movimientos, sin dejar escapar el más mínimo detalle. Anoté mentalmente sus turnos de guardia, sus relevos, sus horas de descanso y, lo más importante, sus comidas; a las bestias les gustaba comer a todas horas, eran voraces y de apetito inextinguible, lo que muchas ocasiones les enzarzaba en violentas trifulcas que Teratos tenía que aplacar con contundencia.

Solo me faltaba una cosa por saber, qué se cocía en el interior del área de laboratorios. Confiaba en que aquella desconocida con la que pretendía escapar me revelase los suficientes detalles para pulir los últimos ángulos de mi plan. Debía de apañármelas para conversar con ella si quería que la cosa funcionase.

Cada día sin verla era una agonía. Me asaltaban toda clase de inseguridades acerca de su destino: ¿La habrían asesinado? ¿Habría servido para algún oscuro y degenerado experimento? ¿Estaría bien? Eran muchas las preguntas y no poseer explicación alguna me esta matando por dentro. No sabía cuánto tiempo podría durar así sin perder la cabeza y cometer algún desvarío.

Pero al final mi espera tuvo su fruto. ¡Allí estaba! ¡Sí, era ella! Tan hermosa, tan deseable. Tal y como imaginaba, Archimedeath la llevaba de paseo por su casa como a un animal de desfile. Su belleza fuera de lo ordinario la había convertido en su favorita, lo notaba por cómo la miraban sus ojos. Había cierto deseo animal en ellos. No quise imaginar más, desterré todo pensamiento y pasé a la acción. Aunque por dentro la rabia me consumía.

El hecho de que el dwergo la hubiera hecho su favorita era positivo para mis planes. Archimedeath se mostraba mucho más tolerante con la presencia de los Mascottes y podría acercarme a ella sin ser reprendido. En algún momento se distraería con otra cosa, yo estaría al acecho, y entonces aprovecharía para decirle unas palabras.

Comencé a sudar por la excitación. Los seguí a una distancia prudencial, vigilando que ningún homosaurio pusiera su vista sobre mí. Nos mantenían bajo una férrea vigilancia, pero cuando se entregaban a sus comilonas, bajaban la guardia. Era fácil despistarlos siempre y cuando te hallasen estuvieras trabajando. En los últimos días me había convertido en un maestro del disimulo, yendo de aquí para allá, menesteroso, como si tuviera mil tareas que cumplir. Pronto me di cuenta que no llamaba la atención.

Fort Nôus era una mole de piedra tallada en la montaña, sin ventanas, ni puertas al exterior o cualquier otra cosa que no fuera roca maciza. El interior era umbrío, fétido y sobrecargado de humores. La visión de las bestias era más penetrante que la nuestra, así que no precisaban tanta iluminación como nosotros. Eso jugaba a mi favor y en su contra, pues me permitía amagarme en las densas sombras sin ser visto. No obstante, tampoco me hacía muchas ilusiones respecto a mi libertad porque su olfato era igual de acerado que su vista. Podían detectarme, aunque estuviera en la negrura absoluta.

Disponía de un tiempo antes de que mi guardián comenzara a preguntarse dónde estaba metido. Si no quería que me castigara debía encontrar rápido el momento de hablar con la chica.

Los seguí sumido en un mutismo total, tan silencioso como mi sombra. No podía apartar mis ojos de su figura desnuda. Su carne se agitaba de forma abrasadora al caminar, desdeñosa y altiva, tras su amo. Al atravesar algún punto de luz, vislumbraba cómo sus ojos ardían de frío despecho, acompañados de un rictus severo y amotinado. El deseo que sentía hacia ella era tan fuerte que me producía vértigo y tenía que inspirar hondo para calmar la excitación. Si tenía algo de suerte el dwergo la dejaría en su salón, postrada a los pies del estrado, y luego se olvidaría de ella para atender otros asuntos.

Pero ese día no conseguí mi objetivo. El dwergo se limitó a pasearla como si estuviera familiarizándola con el entorno, para que se aclimatara a su nuevo hogar. Aunque nada en ella evidenciaba que fuera a claudicar. Su rebeldía transpiraba por su piel lechosa; su mirada insumisa le provocaba a cada paso, forcejeando con la cadena, ponderando la fuerza del monstruo que la tenía cautiva. Si él la obligaba a avanzar con un brusco tirón, sus facciones adoptaban un atractivo desprecio que me arrebataba el ánimo.

Esa noche fue la primera que dormí profundamente, ajeno a cuanto me rodeaba, mecido por la embriagadora imagen de la muchacha. Fui transportado en alas de la excitación a un sensual mundo onírico de deliciosas sensaciones, que aún revolotearon unos instantes a mi alrededor, remisas a desvanecerse, cuando el rudo golpe del homosaurio me devolvió a este plano.

—¡A trabajar! —ordenó con la crudeza habitual. El grito no solo era para mí.

Alentado por esa calidez que me había invadido, emprendí con redoblados ánimos la jornada de tormentos que me esperaba. El mero hecho de haberla visto el día anterior y de saber que se encontraba bien, había renovado la llama de la esperanza que alimentaba mi espíritu. Recé a Theos para que ese día me permitiera un encuentro furtivo con ella.

Hasta pasados unos días no volvía a verla, y cuando lo hice, no fue en circunstancias muy propicias. Una de las mujeres había salido sin autorización del laboratorio en un infructuoso intento de huída. La desesperación la había impelido a ello. En un acceso de locura, inducida por el pánico, había atacado a un dwergo con un fragmento de cristal y había aprovechado la confusión para huir por el pasillo, sin rumbo alguno y completamente desorientada. El eco de sus gritos resonó por todas partes, generando una alarma que puso a todo el mundo en alerta.

Yo aproveché para eludir a mis guardianes y me dirigí derecho a la zona prohibida, confiando en que el revuelo me permitiría burlar a los guardias, que irían de aquí para allá, como locos, para atrapar a la fugitiva. No me equivoqué. Los homosaurios corrían apresurados, temerosos del castigo que les aguardaba si no daban pronto con ella.

El fuerte era un espacio gigantesco que empequeñecía la más grande de las construcciones del Hombre. Para cuando pude llegar al lugar del incidente, ya habían apresado a la mujer, quien se debatía histérica en los brazos escamosos de sus captores. Habían reunido al resto de prisioneras en el pasillo. Sabía lo que iba a suceder a continuación: iban a dar una muestra ejemplarizante de lo les aguardaba a quienes desobedecían, contrariaban o intentaban huir. No iba ser agradable.

Entre las mujeres estaba la belleza de piel pálida. Sentí que tuviera que presenciar semejante escena, pero no tenía manera de evitar que sucediera. Me limité a deslizarme entre las sombras para situarme lo más cerca posible de ella. Cuando el horror empezase, quizá podría despistar su atención hacia mi voz y ahorrarle el sufrimiento. Ningún guardia repararía en nuestra conversación, aunque eso sí, tendría que ser rápida y sucinta.

Teratos apareció atravesando las puertas del laboratorio junto a Archimedeath. Su rostro inhumano mostraba un perverso regocijo. En cambio, el dwergo, lucía una expresión apesadumbrada por tener que sacrificar a una Mascotte hembra. El homosaurio se dirigió a un subordinado:

—Muéstrales las consecuencias de desobedecer —ordenó, lacónico, sin borrar su cruel sonrisa de los inexistentes labios de su hocico de reptil.

En ese momento me coloqué justo detrás de la muchacha. Tenía todos los músculos en tensión; en parte por la emoción de hablar con ella por primera vez, por oír su voz, en parte por el peligro que entrañaba mi atrevimiento. Era un sentimiento muy fuerte el que me arrastraba a arriesgar la vida de ese modo. Si lograba hablar con ella, aunque solo fuera una palabra y lograra saber su nombre, moriría con la sonrisa más feliz.

—No mires, cierra los ojos y procura no girarte o nos delataras a los dos, ¿lo entiendes? —le susurré al oído, como la caricia del viento ululante por entre el follaje.

El contexto no era el idóneo, pero tenía que conformarme con lo que tenía, saborear cada instante como si fuera un sueño que se termina.

La chica se puso rígida de repente pero atendió a mis demandas sin exaltarse. Pude notar la tensión agarrotando su cuerpo y también la nota de intriga que desprendió su postura. Ladeó ligeramente la cabeza hacia mí, mostrándome su adorable perfil.

—¿Cómo te llamas? —me atreví a preguntar. El deseo de conocer su nombre era más fuerte que todo lo demás.

—Marcia —susurró, apenas un hálito. 

Ambos nos estremecimos como el tallo de las espigas bajo el ímpetu de la tormenta. El calor abrasador acudió a mí al tenerla tan cerca. Tuve que reprimir con todas mis fuerzas el impulso de acariciar su cuerpo, de notar la tersura de su piel.

Entretanto, la macabra escena de castigo estaba teniendo lugar. La mujer que se había intentado fugar prorrumpió en sonoros alaridos cuando los guardias se abalanzaron sobre ella y comenzaron a desgarrar su piel. El resto de mujeres se sumaron a los gritos de la primera, pero estos eran de espanto. Los dwergos del laboratorio habían salido con recipientes de peltre en sus manos, exhibiendo aciagas expresiones en sus rostros medio humanos. Sus desmesuradas cabezas de pellejo violáceo destellaban a la luz de las antorchas. La escena estaba perfectamente iluminada para que todas fueran testigos de escarmiento.

Marcia levantó un párpado y una fugaz visión de horror se coló en su retina.

—¡Por Theos! —musitó, presa del pánico.

—No mires —le exhorté, confiado de que mi voz no destacaría—. Escucha, me llamo Osvaldo, no sé cómo, pero te sacaré de este sitio. Si confías en mí saldremos ilesos de ésta, ¿de acuerdo?

Marcia asintió con un leve movimiento de la cabeza. Sentí una oleada de fortaleza que inundaba su espíritu. Su figura desnuda se irguió desafiando la terrorífica escena de su alrededor.

Los dwergos, ufanos, aplicaban sus recipientes de peltre contra los cortes infligidos por los homosaurios. Bebían la sangre de la mujer con una malévola fruición, saboreando cada trago con expresiones de éxtasis. Paulatinamente, el cuerpo de la desdichada víctima se tornaba lívido conforme la sangre abandonaba su cuerpo junto con su vida.

Pero el suplicio no acababa allí. Antes de que sobreviniera la muerte los dwergos se retiraron y dejaron a la exangüe mujer a merced de los homosaurios, quienes entre rugidos se prepararon para darse un banquete con su carne.

Algunas mujeres se desmayaron como consecuencia del impacto. El resto llegaron al paroxismo del terror y parecieron enloquecer en medio de desquiciados chillidos, tratando de huir, revolviéndose en los brazos de sus aprehensores, mientras estos las obligaban a contemplar el espeluznante suceso. Sus risas malvadas se sumaban al caótico escenario.

Aproveché el griterío ensordecedor para arrimarme un poco más a Marcia para aplicar mis labios a su oreja. Noté otro estremecimiento por parte de ella. No era de desagrado.

—Dentro de unos días me reuniré contigo para explicarte mi plan. Debes conquistar al dwergo para que te conceda más libertad. Te desea. ¿Podrás hacerlo? —se me agotaba el tiempo. Los homosaurios ya habían dado cuenta de la mujer y estaban tirando sus despojos al suelo para que los recogiéramos nosotros.

Marcia se envaró con orgullo.

—Me he dado cuenta—replicó con soberbia. El asco que le causaba el monstruo sabía ocultarlo de maravilla.

—Bien, abre bien los ojos, observa todo lo que hace dentro del laboratorio y cuando te dé un respiro me las apañaré para ponerme en contacto contigo. ¿Has entendido?

—Sé lo que tengo que hacer—contestó sin abandonar su desafiante pose, impertérrita ante la atrocidad que se desarrollaba frente a ella.

—Ahora tengo que dejarte, me alegro de haber charlado contigo, Marcia. —Le dije, apartándome suavemente. Por toda respuesta recibí indiferencia.

Como si nada, me dejé caer justo cuando los guardias conducían de nuevo a las aterrorizadas mujeres al interior del laboratorio.

—¡Tú! —me llamó Teratos—: limpia esta basura y llévatela de aquí. Si tu estómago no es capaz de comer este apetecible bocado, dáselo a mi prole, que empiecen a apreciar cómo sabe un sapiens.

6

El primer contacto con la muchacha me había hecho enloquecer de deseo. Por fin sabía su nombre: Marcia, como el mes de la incipiente primavera, cuando los campos empiezan a florecer tras el crudo invierno. Así me sentía yo, como un brote que renace de un yerto paraje. Su voz era dulce y melodiosa, una brisa calurosa en un gélido amanecer, que envuelve y reconforta al que ha soportado las inclemencias de la noche.

Durante el resto del día me vi embargado por significativos descubrimientos que en su momento me habían pasado desapercibidos por lo dantesco de la situación: la sedosidad de sus cabellos, espesos y oscuros, que pude sentir contra mi cuerpo; la embriagadora fragancia de su piel, tersa y pulida como el mármol, dimanando salvajes oleadas de un sensual aroma que se había prendido a mi olfato, obnubilando toda razón.

Aunque fuera un suicidio, ahora estaba más resuelto que nunca a emprender la fuga. Ella, con su alma luchadora, se había mostrado de acuerdo; ya nada me podría apartar de mi objetivo.

Los días hasta que tuvo lugar el siguiente encuentro se me hicieron inacabables, una tortura mucho peor que el de aquellas despiadadas bestias. Lo tenía todo atado, solo me faltaba concretar con Marcia una última cosa. A nosotros no nos permitían portar cualquier objeto que pudiera ser susceptible de convertirse en un arma. Las lanzas para los formínidos y las palas para recoger los excrementos y otras inmundicias nos las quitaban en cuanto terminábamos la faena. Tampoco teníamos acceso a cuchillos u otros cubiertos para comer, nos las teníamos que apañar con dientes y manos o con alguna esquirla de roca en el mejor de los casos.

Para que la huída tuviera un mínimo de éxito debíamos hacernos con un arma. Una espada sería insuficiente, necesitaba algo de más potencia, como esas pistolas de Magia Negra de los guardias o una de aquellas misteriosas armas que portaban los dwergos. Ese sería el cometido de Marcia,  propiciar el descuido para que yo pudiera apoderarme de alguna de ellas. Imaginaba que dentro del laboratorio los dwergos reunirían una infinidad de prototipos para vender al mejor portor; si tenía suerte quizás podría conseguir un modelo de última generación. 

Se rumoreaba entre la guardia que Archimedeath había fabricado una nueva pistola con Magia Roja, diez veces más potente que las de Magia Negra. Las pistolas Ray-Brand funcionaban con piedra de Magia, lanzaban una bola de fuego capaz de consumir un cuerpo en cuestión de instantes. Supuestamente la Magia Roja era un cristal de Magia que disparaba un rayo de potencia devastadora. No obstante, esto era un secreto guardado en el mayor de los hermetismos y la información se basaba en suposiciones. Los dwergos eran muy reservados respecto de sus inventos, ni siquiera los compartían con sus comandantes de mayor confianza, como el homosaurio Teratos.

Confiaba en que Marcia consiguiese nublar la razón de Archimedeath tal y como había hecho con la mía. Robar un arma era impensable, pero conseguir que un dwergo la llevara encima por pura jactancia, excitado por los encantos de su cautiva, era algo que estaba a nuestro alcance.

Todo mi plan se basaba en la certeza de que la exuberante muchacha que me había robado el corazón lograra embaucar a uno de esos degenerados dwergos. De lo contrario, estábamos condenados. Aunque morir juntos no era tan mala alternativa.

Después de muchas intentonas infructuosas, por fin hallé el momento de reunirme con Marcia. Mi corazón latió desbocado cuando estuvo cerca de ella. A juzgar por su agitación, Marcia sentía lo mismo. Había actuado con astucia y una increíble sangre fría. Sabía que algunas zonas nos eran vedadas y había conseguido que Archimedeath la exhibiera delante de nuestra vista. Tuve que contemplar con inmensa cólera como el dwergo la paseaba con ostentación delante nuestro para atormentarnos y minar nuestra moral. La muchacha se contoneaba como una fiera salvaje, exhibiendo su cuerpo desnudo con descaro para inflamar sus sentidos. Pero era yo quien sufría el peor castigo, viéndola de esa manera para su amo. La ira se adueñaba de mi razón y me empujaba a actos violentos. Solo la cordura lograba frenar aquel impulso homicida que me arrastraba al desastre por culpa de los celos.

No podía soportar la idea de que Marcia dedicara sus afectos a aquel monstruo para conseguir su confianza y le permitiera mayor libertad. No sabía que era más doloroso, que la paseara con el collar o sin él. Tenía el corazón desgarrado por la congoja. Si después de todo, esa muchacha que había absorbido mi ser me dejaba en la estacada, mi alma se rompería en mil pedazos. 

¡Pero no antes de haber puesto fin a la repugnante vida de aquel engendro!

En un recodo del pasillo, Marcia se retrasó, aprovechando que el dwergo estaba enfrascado en una conversación con uno de sus científicos. Le tapé la boca con suavidad y la atraje hasta mí. El roce de los cuerpos produjo un estallido de sensaciones desatadas.

—¡Shhh! —Le susurré al oído—. Tenemos solo unos instantes, escucha con atención.

Estábamos arrebujados tras un pilar de piedra; la oscuridad nos protegía. Una lágrima saltó de sus ojos a mi mejilla. El roce fue abrasador.

—¡Oh, Osvaldo, tienes que sacarme de aquí! —sollozó, derrumbándose sobre mi pecho—. Esas bestias hacen cosas terribles, terribles.

Toda su fachada imperturbable, su desafío, frío y distante, se había venido abajo a causa de lo que había visto tras las luctuosas puertas del laboratorio. La conmoción había acudido a ella como un látigo al sentirse libre de aquella tensión, aunque solo fueran unos momentos. Lo suficiente para que el llanto aflorara a sus ojos.

La así fuertemente de los hombros.

—Aguanta, pronto seremos libres —refrené sus lágrimas, que me estaban costando una quemazón inaguantable—. Necesito que me contestes a una pregunta, no pienses en otra cosa. Mi voz era perentoria, se nos acababa el tiempo—: ¿están fabricando algún tipo de arma nueva? ¿Has oído algo?

Marcia dudó unos instantes eternos.

—Sí, hablan de Magia Roja, pero no sé más. Siempre me mantienen alejada —contestó azorada con voz temblorosa.

Los rumores eran ciertos. La esperanza se asentó en mi interior como un ancla; las probabilidades de escapar ilesos aumentaban considerablemente ante esa noticia.

—Bien, debes de convencer a Archimedeath de que te la muestre, inventa cualquier pretexto para que la lleve encima cuando te exhiba por aquí.

—Imposible, ese animal es impasible como la piedra. Finge que cae ante mis encantos, pero solo lo hace para humillarme más tarde. —La voz de la muchacha estaba impregnada de sufrimiento; su ánimo desfallecía al evocar lo que fuera que había presenciado en aquel lugar de horror.

La reconforté con un abrazo, mitigando los temblores de su cuerpo frágil con la determinación del mío.

—Entonces fíjate en los demás. Seguro que alguno te observa con deseo cuando él no está atento. A ése debes seducir. Consigue que crea que lo prefieres a él y pídele que te paseé como un conquistador. Yo me ocuparé del resto. ¿Podrás hacerlo…?

Estuve a punto de añadir: “Amor mío”.

Antes de que ella pudiera contestar se escucho la voz atronadora de Archimedeath.

—¡Mascotte! ¿Dónde te has metido? —Había una nota de cruel disfrute en esa llamada, como si estuviera jugando a un perverso juego del escondite con ella.

Marcia se sobrecogió ante la maldad implícita de su voz.

—Debo ir.

Y me dejó en el círculo de oscuridad como si hubiera estado hablando con una presencia concebida por mi imaginación.

Un guardia se percató de nuestra reunión clandestina. Debió ver a la muchacha abandonar el lugar y después me descubrió a mí.

—¡Sapiens inmundo! ¿Qué hacías hablando con la Mascotte hembra? —Me increpó, poseído por una súbita cólera.

Marcia había vuelto a los brazos de su señor como una esclava solícita y sumisa. El dwergo giró su desmesurada cabezota hacía mi dirección y luego clavó sus ojos rabiosos en ella, estupefacto, como si la traición de la muchacha le hubiera herido en el orgullo.

Nos estaba completamente prohibido comunicarnos con las mujeres. El castigo podía ser la muerte. Con un escalofrío se me paralizó la respiración. Pensé que me había llegado la hora. Por lo menos moriría feliz, satisfecho por haber hablado con ella una última vez.

—Castigad su atrevimiento —solicitó Archimedeath, realizando un gesto de desgana. No quería revelar su turbación, pero se notaba que realizaba grandes esfuerzos por mantener la compostura.

Instantes después aparecieron un puñado de guardias que la emprendieron a golpes conmigo, descargando toda su saña sobre mi cuerpo. El dwergo se quedó a contemplar con avieso regocijo cómo ejecutaban mi castigo mientras con su mano deforme obligaba a su mascota a observar la escena. Su rostro jalonado de lágrimas fue la última imagen que vi antes de que la oscuridad me engullera.

7

La paliza que me propinaron fue tan brutal que perdí el conocimiento. Durante varios días me debatí entre la vida y la muerte sin que ninguno de mis compañeros pudiera hacer nada por mí. En estos casos las bestias te dejaban tirado como a un fardo en cualquier lugar y si el desenlace era la muerte, acababas pasto de ellas o de los formínidos. A duras penas logré sobrevivir, el resultado fue un cuerpo contusionado, con varias costillas rotas, el brazo derecho inútil y una pierna fracturada por varios sitios.

En cuanto recobré el sentido me obligaron a volver a mi trabajo sin que mis heridas les importaran un bledo. Si continuaba con vida o no dependía de mi aguante físico y mi obstinación por vivir. Lejos de desanimarme, aquello me fortaleció aún más y recrudeció mi determinación a continuar con mi plan. Me pregunté qué habría sido de Marcia. ¿La habría asesinado en represalia por aquello?

Un sacerdote theosiano llamado Midas me entablilló lo mejor que pudo la pierna y me vendó el torso para que por lo menos pudiera moverme lo más mínimo; de lo contrario era hombre muerto. Durante unos días intensificaron la vigilancia entorno a mí, pinchándome de vez en cuando para su diversión. A las bestias les gustaba vernos sufrir, alimentaba sus desalmados instintos. Sin embargo pronto se aburrieron y poco a poco dejaron de acosarme, viendo que yo resistía con entereza sus torturas y cumplía como uno más mis deberes.

Aunque el suplicio era indecible. Cada movimiento me costaba una lacerante descarga de dolor. Me arrastraba dificultosamente y cumplir cada jornada con el trabajo asignado era todo un reto. Llegó un momento en que el dolor y yo nos hicimos compañeros y aprendimos a convivir, ignorándonos el uno al otro. Así fue más fácil sobrellevar aquella penosa situación.

Mientras tanto mi mente me atormentaba con la idea de no volver a ver a Marcia, cuya imagen me ayudaba a dar un paso más. Si no hubiera sido por la esperanza que ella representaba, me habría abandonado a la muerte. Escapar junto a ella me infundía las fuerzas necesarias para continuar a pesar del sufrimiento.

El paso de los días ayudó a que ella, por su parte, consolidara su parte del plan. No debió ser fácil ganarse la confianza de aquellos seres, sin embargo un tiempo después volvía verla paseando con ostentación al lado de su señor. Solo tuve un breve vislumbre de ella, pero fue suficiente para percibir el cambio operado en su actitud. Una aureola de salvaje determinación gobernaba sus ademanes, realzados por la fiereza de una mirada implacable.

No me cupo duda, había realizado su papel a la perfección y por fin estaba dando sus frutos. Archimedeath exhibía ensoberbecido sus dos propiedades, la Mascotte hembra y su temible pistola pendiendo de su cintura. Su mirada cargada de vanidad viajaba en alas del orgullo, escudriñando su alrededor con gesto grandilocuente. Se sentía satisfecho de sí mismo.

El odio me poseyó.

—¡Cómo disfrutaría aplastando tu asquerosa cabeza! —murmuré con los dientes apretados de la rabia, aguardando el momento de arrebatarle sus preciados tesoros.

Con dolor o sin él, el momento de escapar estaba próximo. Tardaría meses en recobrarme al cien por cien y para entonces puede que fuera demasiado tarde. Allí dentro nunca se sabía, no podía darse nada por descontado. En cualquier instante podías perecer en manos de un formínido o simplemente devorado por una bestia hambrienta.

Además, la impaciencia corroía mi interior como un millar de gusanos. Debía actuar en cuanto se presentase la oportunidad. Un presentimiento me decía que sería más pronto de lo que me pensaba. Todo en la actitud de Marcia anunciaba que ella estaba lista, solo esperaba al momento propicio en el que yo entrara en acción.

Y así fue.

Al día siguiente me dejé ver por ella para que supiera que estaba vivo y que me hallaba preparado. Un imperceptible suspiro de alivio salió expelido de sus labios carnosos. Pude percibir cómo se estremecía todo su cuerpo. Con un destello en la mirada me comunicó que aguardaba el momento con la misma ansiedad que yo. Asintiendo ligeramente con la cabeza, ambos sellamos nuestro pacto de manera tácita. Ya no habría vuelta atrás.

Había recuperado la movilidad del brazo derecho, que tan necesario me iba a ser. La pierna y las costillas eran otro asunto. Renqueaba en medio de oleadas de dolor y respirar constituía un suplicio, pero si me adueñaba del arma dwerga carecería de importancia. Si los rumores eran atinados, y todo apuntaba a que sí, la potencia de fuego de aquella arma nos jugaría la baza definitiva.

O eso esperaba.

La ocasión que esperaba se produjo al cabo de unos días. No era infrecuente que otros dwergos trasladaran a las mujeres de un lugar a otro, o que disfrutaran de su compañía mientras permanecían ociosos en el fuerte. Era una imagen cotidiana que formaba parte de la normalidad del quehacer diario. Incluso para la mayoría de nosotros pasaba desapercibido. Pero no para mí, que estaba atento a cualquier movimiento para perpetrar mi fuga con aquella muchacha por la que había perdido el juicio.

Marcia apareció por uno de los corredores de costumbre, haciendo carantoñas a un dwergo que no era Archimedeath. Comprobé que llevaba su arma en el costado. Con una sonrisa de hiena me arrastré hacia un lugar en sombras y aguardé a que pasaran. El dwergo estaba absorto en las gracias de la chica y no vio cómo le hacía una señal a su acompañante. Ella, de repente fría como la escarcha, se abalanzó encima de su presa, empujándola con todas sus fuerzas hacia mí. Con un gesto de sorpresa, el dwergo trastabilló y estuvo a punto de caer.

En ese instante me aproximé por detrás y le robé el arma al descuido. Sin perder un instante apunté hacia su enorme cabeza de color violeta y disparé. De la extraña pistola salió expelido un rayo intenso, de un rojo centelleante, el cual, con un apagado crepitar le reventó el cráneo y esparció su masa gris por todas partes, salpicándonos a los dos. El dwergo no tuvo tiempo de emitir sonido alguno, se desplomó muerto al instante sobre el suelo.

Sorprendidos por la fuerza del arma, nos quedamos unos momentos paralizados. El destelló rojizo había iluminado el ambiente como un relámpago. Las voces de alarma no se hicieron esperar. No temí al peligro; con ella a mi lado me sentía invencible.

—¡Vamos! —Aferré su mano y emprendí la huida hacia la zona de desechos, donde se acumulaban las carcasas vacías de los formínidos para su recogida, después de que las crías habían dado cuenta de ellos. 

La quitina era demasiado dura para sus incipientes colmillos pero aprovechable en todo caso para los formínidos, quienes la diluían con sus ácidos y después la ingerían como un alimento más.

—¿Qué vamos a hacer? —musitó Marcia al tiempo que giraba frenéticamente la cabeza para descubrir a los primeros perseguidores.

Los chillidos de alarma resonaban por todos los rincones. Un homosaurio salió a nuestro encuentro con las fauces abiertas, dispuesto a cazarnos. Un disparo de aquella formidable arma lo achicharró en el sitio, convirtiéndolo en una masa humante. Emití un grito de triunfo.

—Nos dirigiremos a los niveles inferiores, cerca del nido de las crías, allí nos ocultaremos en los exoesqueletos de los formínidos. —Le expliqué el plan sin dejar de avanzar. La pierna retrasaba nuestra marcha, pero con el desconcierto que se había creado confiaba en que llegaríamos a nuestro destino sin impedimentos.

—¿Estás seguro? —Su tono estaba lleno de aprensión, pero su mano se agarraba con fuerza a la mía.

—Confía en mí.

Dos guardias más aparecieron por el corredor con sus armas preparadas, los dos empuñaban pistolas Ray-Brand de Magia Negra. Uno de ellos efectuó un disparo y la bola de fuego pasó muy cerca de nosotros. Marcia emitió un gemido de dolor al ser alcanzada por un rescoldo. Se sacudió con bruscos manotazos sin perder el paso. 

—¿Estás herida?

—No es nada —contestó con entereza.

Antes de que volvieran a disparar, me anticipé y descargué los rayos de Magia Roja sobre los homosaurios. Fueron alcanzados a una velocidad vertiginosa. Cayeron sobre el terreno y nos dejaron el paso limpio para continuar.

—¡Esta arma es magnífica! —grité de júbilo al reducir a otro guardia que se interpuso en el camino. 

Íbamos dejando un reguero de cadáveres a nuestro avance, lo que conduciría a nuestros perseguidores de forma rápida hacia nosotros, pero confiaba poder despistarles al llegar a los nidos. Daba por supuesto que se dedicarían a defender a las crías y descuidarían el vertedero, nuestro lugar de destino.

No andaba desencaminado, los chillidos se desviaron a la derecha cuando nosotros tomamos la otra bifurcación. Conocía a la perfección esos túneles, había pasado innumerables horas allí abajo, alimentando a las crías y recogiendo sus despojos para retirarlos a la zona de desechos. Cuando el bullicio se apagó por la distancia, respiramos aliviados.

—Todo va a salir bien. —Le dije, mirando sus ojos con ternura. Ella se limitó a asentir, efectuando un alarde de serenidad.

Tuvimos que dar un amplio rodeo para alejar a los homosaurios. El olor a descomposición me indicó que estábamos próximos a nuestro destino. Los chillidos coléricos de los guardias que nos buscaban expresaban su frustración al no hallarnos donde suponían. Nunca adivinarían a dónde nos dirigíamos. El éxito de nuestra empresa estaba garantizado. 

Motivado por el triunfo, apreté más la mano de Marcia. Su aliento en mi nuca resultaba muy incitante.

Al llegar a la zona de desechos nos frenamos de golpe, sacudidos por una bofetada de penetrante hedor. Un respingo sacudió a mi acompañante cuando vislumbró una asquerosa amalgama de carcasas vacías frente a ella. Algunos de los restos todavía rezumaban viscoso icor de aspecto nauseabundo. Tapándose la boca con la mano, Marcia reprimió una arcada.

—¿Ahí nos tenemos que meter? —preguntó con asco, contemplando horrorizada el lugar.

—No nos queda más remedio si queremos salir de aquí. —Le dije con resignación, tratando de aparentar normalidad.

Cuanto más cerca nos hallábamos, más insoportable era el olor a descomposición. Marcia sufrió una violenta arcada y vomitó del impacto causado por el escenario. Yo ya estaba curtido por cuantas veces había realizado la desagradable tarea de conducir allí los despojos. Más adelante, otro grupo de trabajo se encargaba de transportar la carga hasta el vertedero, donde los formínidos se ocupaban de ellos.

—Pronto estaremos libres. —Le aseguré para disipar sus aprensiones.

—No sé si podré. —Se lamentó.

La pegué a mí y la conduje hasta el cúmulo de formínidos devorados. Un amasijo informe de cáscaras con leves rastros de haber tenido forma antropomórfica alguna vez: un torso abierto por aquí, un vientre vacío allí, porciones de patas y brazos con parecido al de los hombres, algún rostro inhumano fijando su mirada vidriosa en nosotros; un conjunto de lo más aterrador.

—No podemos perder más tiempo. Tarde o temprano inspeccionarán esta área. El olor de los despojos burlara sus olfatos. —La conminé, forzándola a adentrarse entre los restos, que comenzaron a crujir nada más poner un pie en ellos.

El rostro de Marcia se contrajo de asco, miraba con repulsión a su alrededor, como si en cualquier momento uno de aquellos cadáveres destrozados fuera a ponerse en movimiento para tragarla. Comprendí sus temores y me apiadé de ella, aunque en el fondo aplaudía su fortaleza. Al menos no había caído desmayada. Aunque quizá hubiera sido mejor para ella.

Hallamos el recipiente idóneo para albergarnos a los dos. Un vientre abultado de gran tamaño y con sustancia en su interior.

—Traga aire. —Le indique mientras la abrazaba y me aprestaba a introducirnos dentro de la viscosa masa. 

En unos instantes sentimos cómo la humedad cubría nuestros cuerpos mientras nos acoplábamos en el seno del formínido. Nuestros corazones palpitaban como caballos desbocados. Marcia se apretujó contra mí y no movió un solo músculo del cuerpo.

—Aguanta un poco más. —Le susurré, acariciando su pelo empapado para sosegarla, sin que me importase cuán repelente podía llegar a ser el tacto de aquella materia descompuesta.

No sé cuanto tiempo permanecimos abrazados dentro de aquella cosa, pero para mí fue como fundirnos en una burbuja, ajenos a todo, donde lo único que importaba era nuestro íntimo contacto. Probablemente nos debimos dormir profundamente; los nervios nos habían dejado extenuados y al final el sopor se superpuso a lo demás.

Una brusca sacudida nos sacó del sueño. Estaban trasladando los despojos al vertedero.

—Tranquila, dentro de poco estaremos libres —susurré a su oído, deseando contagiar todo lo que yo sentía—. Ahora agárrate fuerte.

Los formínidos de transporte se encargaban de la recogida, guiados por humanos y supervisados por los guardias. Eran de tamaño superior, no tan parecidos al hombre, pero con gran fuerza para ese tipo de tareas. Estábamos en lo más delicado del asunto, si nos deslizábamos por accidente hasta el suelo y nos sorprendían, sería el final de nuestra escapada.

Todo se desarrollo como deseábamos. Un seco impacto nos anunció que nos habían tirado al fondo del vertedero. Dimos sacudidas y sufrimos golpes hasta que la inercia se detuvo. Unas magulladuras más no significaban nada en comparación con nuestra libertad. Aguardamos un tiempo prudencial antes de salir de nuestro escondrijo. Ante nosotros, en una gruta oscura y apestosa, toneladas de quitina se acumulaban por todas partes.

A partir de allí solo teníamos que tomar uno de los túneles que conducían al exterior.

—¡Lo has conseguido, me has salvado de esos monstruos! —exclamó Marcia, loca de alegría. Acto seguido me besó en la boca con un ardor apasionado.

No podía creer mi fortuna, había arriesgado la vida para rescatar a mi amada de un peligroso atolladero y habíamos salido enteros de la aventura. ¿Qué más se podía pedir?

Game Over

¡Felicidades, has completado tu misión!

Subes un Nivel por Arma Especial.

Puntos ganados: 55.000

¡Prueba con el siguiente Nivel!

8

¡Vaya, no ha estado nada mal! ¡He subido dos niveles con esta partida! —hablé en voz alta, pletórico por los resultados. Me giré hacia mi chica—: ¿Y tú qué tal?

—¡Oh, Oswald, ha sido increíble! —declaró Marsh tras recuperar la conciencia en este mundo. Quitándose las gafas reproductoras se echó sobre mí, exaltada, dejando aflorar todas sus emociones—: ¡Ha sido una de las mejores experiencias de mi vida!

Se notaba que estaba igual de excitada que complacida, cosa que me enorgulleció y me hizo sentir lleno. Era una gozada verla así después de tanta apatía y cara mustia.

—Entonces, ¿te ha gustado?

—¿Gustado? Gustado, no, mejor: ¡esto es justo lo que yo quería! —Volvió a besarme con el fervor que Marcia me había besado en Hob—. ¡Gracias, Oswald!

—Sabes que haría cualquier cosa por ti, me hace feliz verte contenta, Marsh, te quiero con locura.

—Me lo has demostrado en el juego, Oswald, ha sido perfecto. ¡Yo también te quiero! —su cara brillaba con un brillo vehemente—. Pero no ha sido suficiente, quiero más.

—Claro, cariño, podemos jugar todas las partidas que quieras—contesté sonriente. ¡Por fin volvían a ser las cosas como antes!—. Hemos escapado de nuestros captores, pero todavía tenemos que llegar hasta lugar seguro…no va a ser fácil, ¡Pero va a ser muy emocionante, te lo prometo!

—No, no me entiendes —respondió con pesadumbre—: no quiero volver a ser una chica, quiero ser una Bestia, sentirme poderosa, no como el personaje femenino. Allí dentro me he sentido frágil, vulnerable, indefensa, he pasado horrores inimaginables. No puedes imaginar lo que he visto en los laboratorios, drenan a las mujeres poco a poco, sorben su sangre como vampiros, hasta dejarlas vacías. Entonces las embalsaman con un compuesto azucarado, como si fueran fruta confitada, y se las comen después a pedacitos como una golosina. ¡Son verdaderos monstruos!

Su mirada cambió súbitamente para cobrar un fulgor asesino.

—¡Se merecen la muerte, los mataría a todos ellos, a todos!

La voz emanaba un hondo rencor por el sufrimiento que había sufrido.

—Lo siento, no lo sabía. Nos preguntábamos qué ocurría allí dentro pero no sospechábamos una atrocidad así. —Me disculpé, sintiéndome mal por ella—. ¿Crees que me he pasado con la dureza del trasfondo?

A partir de las instrucciones configuradas el programa hacía todo lo demás. Siempre quedaba un espacio para lo imprevisible, era uno de los atractivos del juego, lo que lo hacía tan real. Para mí había sido una verdadera agonía en algunos momentos, imagino que para ella también, o incluso mucho peor.

—No, está bien—lo dejó pasar sin conceder demasiada importancia a ese aspecto. Parecía abstraída en otras ideas.

—¿Os violaban? Veía cómo os miraban esos cerdos. —No era un detalle relevante pero me podía la curiosidad malsana.

Marsh no se violentó, incluso esbozó una leve sonrisa.

—No era nada sexual —explicó casualmente, como una anécdota divertida—, los dwergos veían en nosotras a un animal bonito, igual que a nosotros nos gustan los gatos y los perros.

—Exceptuando el hecho de que os comían —añadí con tono siniestro.

—Bueno, nosotros también nos comemos a nuestros animales. —Con esa excusa tan trivial parecía que estaba justificando a las bestias. Parecía que encajaría bien en su nuevo rol.

—¿Estás decidida a ser una Bestia? ¿Y que va a ser de Marcia? ¿La vas a dejar sin más, abandonada después de lo que hemos pasado? 

—Eso no me preocupa. Ya habrá alguien que quiera su papel. Esta vez quiero ser un personaje fuerte, que venza a sus enemigos, que los aplaste, en lugar de tener que huir aterrorizada y pasar un asco tremendo para escapar. Quiero ser Bestia—concluyó con rotundidad.

Por la forma en que hablaba supe que no cambiaría de opinión. En sus ojos se había encendido una chispa que me recordó por unos instantes a la altiva y desafiante Marcia de Hob. La rodeaba un aura de determinación que antes no tenía y eso la hacía todavía más atractiva a mis ojos. La deseé fervientemente.

En los días sucesivos iba a producirse un giro en los acontecimientos que haría que me lamentara para siempre.

Al día siguiente Marsh tenía turno en el hospital. En lugar de llegar a la hora de siempre, se retrasó más tiempo de lo debido. No me preocupó, pensé que habría habido alguna urgencia de última hora, un accidente grave o algo similar. No imaginaba que mi desgracia comenzaba ese día.

—¡Cariño, ya he llegado! —Se anunció con tanta efusividad que por unos instantes me dio la impresión de que se habían invertido los papeles.

—¿Complicaciones en el hospital? —pregunté mientras ella se acercaba y me besaba con ánimo inusual. Su energía me arrolló como un tornado.

—¿Te acuerdas de Trevor, el de la ambulancia? Pues resulta que él también juega a Héroe o Bestia. —Ignoró mi pregunta para ocuparse del tema que le interesaba—: he mantenido una interesante charla con él, por eso me he retrasado.

—Ah —entoné, sorprendido. No sentí celos, solo curiosidad—. ¿Y de qué habéis hablado?

Marjory emitió un hondo suspiro antes de continuar, como si lo que fuese a decir fuera de una gran trascendencia.

—¿Has oído hablar de la Sociedad Virtual? Me ha explicado quiénes son y lo que hacen. Estoy muy interesada en conocerlos.

—¿La Sociedad Virtual? ¡No hablarás en serio! ¿Esos frikis? —No pude contener mi desacuerdo cuando oí que quería relacionarse con esa panda de chiflados—. Son unos yonquis de los videojuegos.

—No será para tanto. —Me contradijo con esa mirada obstinada—. Lo he decidido, el fin de semana iré a hacerles una visita a su sede.

—¡Estás loca! —Mis intentos por disuadirla no servirían de nada—. Sí que te ha afectado el juego.

—Va a ser genial —me aseguró ella con una brillante sonrisa.

9

La Sociedad Virtual era muy conocida en los círculos de juego de Héroe o Bestia, era un grupo de personas que tenía fama de muy radicales. Estaban por todo el mundo. Se creían que el plano de juego tenía vida propia como si fuera un universo paralelo, que allí la vida se desarrollaba de manera independiente, al margen del código fuente de los programadores, para forjar su propio destino. Eran unos locos que se autodenominaban Guerreros Virtuales y su desafección por lo que ocurría en la Tierra era tal, que llegaban a extremos impensables para estar siempre conectados a la consola y no volver jamás a la realidad. Les habían puesto el mote de Tecnoadictos por esa razón.

Me aterrorizaba que a Marjory se le hubiera pasado por la cabeza, ni tan siquiera, querer conocerlos, y mucho menos ir a hacerles una visita. Nada bueno podía salir de eso, como poco después pude comprobar

Durante toda la semana hasta el sábado, Marsh no paró de hacer especulaciones sobre lo que se iba a encontrar. Yo traté de presentarle el peor de los escenarios, advirtiéndole que era terreno peligroso, pero no quiso escuchar una palabra de lo que decía; estaba como poseída por el ansia de jugar. Había oído de otras personas a las que les había pasado algo similar, pero nunca imaginé que mi novia fuera a ser una de ellas. Mi única esperanza era que cuando los conociese, entrara en razón y se olvidara de aquella locura.

Llegó el sábado. A las seis de la mañana Marsh ya esta lista para partir hacia Albuquerque, ciudad donde la Sociedad Virtual tenía una sede. Durante el trayecto no paró de hablar; nunca la había visto así de nerviosa. Parecía que iba a realizar un viaje a Marte, aunque, bien mirado, no difería mucho.

—Aquí es. —Salió del coche antes de que se hubiera detenido. Parecía empujada por una poderosa atracción, como si un gigantesco imán tirara de ella.

Yo no tenía ni idea de qué iba a encontrar en ese edificio destartalado, pero ella estaba muy confiada. No prestó la más mínima atención al mal aspecto que presentaba, lo descuidado que estaba y la basura que se acumulaba por todas partes. El lugar me produjo un escalofrío. Quise echarme atrás pero Marsh se había adelantado a toda prisa y se dirigía a la entrada. No me quedó más remedio que seguirla y rezar para que todo saliera bien sin poder apartar un mal presentimiento de mi mente.

Antes de que llagara al portal salieron al paso dos tipos vestidos con chaquetones verdes de tres cuartos, tipo guerrera, sin distintivos. Tecnoadictos. Presentaban un aspecto desaseado, estaban flacos como perros y con la cara demacrada, como si pasaran hambre. No me gustaron nada, la sensación de peligro se acentuó en mi interior.

—Todavía estamos a tiempo de volver. —Fue mi último intento desesperado, pero ella no aflojó el paso y se acercó a los tipos con una sonrisa.

—Virtual Kit. —Se limitó a decir uno de ellos, de barba desgreñada y ojeras. Su manera de anunciar el producto recordaba a los camellos ofreciendo su mercancía.

—¿Sois de la Sociedad Virtual? —Les abordó Marsh, sin asomo de temor.

Los tipos no reaccionaron con desconfianza.

—¿Vienes buscando un salto sin barreras? —preguntó el otro individuo con tono sombrío.

Me imagino que se refería a las restricciones de seguridad que tenían de fábrica las consolas; todas estaban programadas para que el salto no durara más de diez horas. Llegado a ese punto, se apagaban y traían de vuelta al jugador. Una de las cosas por las que la Sociedad Virtual era conocida era porque hackeaban las consolas para saltarse el límite de tiempo y jugar cuanto quisieran. Seguramente por esa razón tenían esa pinta tan lamentable. Se decía que se intubaban a goteros para alimentar el cuerpo mientras su mente jugaba en Hob. Era terrorífica esa idea. Un sudor frío comenzó a empapar mi frente y espalda.

—Me he dado cuenta que HOB es mi vida, quiero formar parte de vuestro club—afirmó Marsh con una rotundidad que me dejó pasmado.

No se había expresado así en los días anteriores. Me pregunté con un estremecimiento cuándo había llegado a esa decisión y por qué no había contado conmigo para tomarla. De repente sentí que estaba fuera de su vida.

—Hay otros Gameclubs menos radicales, podemos visitarlos para que puedas contrastar. —La tomé del brazo con tono de ruego para que entrara en razón.

—No, déjame. —Me apartó con un seco codazo.

—Por aquí. —La invitaron a entrar los dos flacuchos, mostrando el camino con un gesto de su mano. Esbozaron lúgubres sonrisas, como una funesta advertencia de que nos adentrábamos a un dominio desconocido.

Debo admitir que emanada de ellos una energía que en absoluto concordaba con su aspecto. Había un cierto salvajismo envolviendo sus cuerpos.

Tras un tramo de escaleras abarrotadas de basura entramos en un apartamento que estaba casi a oscuras. El silencio era tan denso como la gelatina. Aparecieron tres personajes igual de desastrados que los otros dos. Se dirigieron a uno que vestía un chándal Adidas, sucio y descolorido.

—La chica quiere entrar en la Sociedad Virtual —habló el de las ojeras pronunciadas. Había una nota de orgullo en la voz.

El del chándal nos inspeccionó detenidamente de arriba abajo antes de hablar.

—¿Por qué querrías hacer algo así, lo has pensado bien?

Aquello sonó como una siniestra advertencia. Sentí un escalofrío por la forma en que pronunció esas palabras, como si fuera a pasar algo irreparable.

Marjory no se pensó la respuesta.

—Sí.

Su frialdad me dejó pasmado; estaba desconocida.

—Está bien, pasa, te mostraré tu nuevo hogar —contestó el del chándal con un encogimiento de hombros.

—¿Ya está? ¿Así de sencillo? —salté de repente, con todas las alarmas disparadas. ¡Ni siquiera le habían preguntado el nombre!

—¿Cómo quieres que sea?  —me dijo, con total indiferencia, escrutando mis ojos con desinterés, como si yo no representara nada allí.

La verdad era que sabía bien poco de la Sociedad Virtual, casi todo lo que había oído eran rumores y conjeturas. No tenía otro modo de conocer la verdad más que viendo lo que tenían que enseñar. Una punzada de preocupación me atravesó el cuerpo; normalmente ese era el método de reclutamiento de las sectas, muchas facilidades para entrar y luego toda su oposición para que salieras. Temí por Marjory.

—Sígueme. ¿Qué te ha empujado a venir, quieres ser un Guerrero Virtual? —Le preguntó con voz afable a mi novia al tiempo que abría una puerta que conducía a otra estancia. 

—Algo así. Quiero ser Bestia. —Se expresó ella con contundencia, dejando translucir su ansiedad.

—Has venido al sitio indicado. —Nos indicó que guardáramos silencio—. Os voy a enseñar la sala de saltos, aquí es donde nuestros cuerpos reposan mientras nuestra mente viaja a luchar a HOB.

Cuando cruzamos al otro lado lo que vi me robó un respingo. La respiración se congeló en mis pulmones y el corazón por poco se me sale del pecho. El olor a rancio era tan insoportable como el que habíamos sufrido en el interior putrefacto del formínido. Tumbados en cuatro camastros roñosos, vislumbré en un ambiente de penumbras a otras tantas personas sobre cuyos pechos descansaba el Medallón de Theos, conectadas a él por medio de las gafas reproductoras. Estaban intubados, con goteros y con bolsas para los residuos corporales. Respiraban con ritmo acompasado como si estuvieran dormidos o inconscientes. 

—¿Cuánto tiempo llevan así? —pregunté en un murmullo conmocionado.

—Algunos, semanas, otros, meses—señaló vagamente el tecnoadicto que llevaba la voz cantante—. De vez en cuando regresan para recargar las energías de sus cuerpos terrestres y luego parten de nuevo en otra misión.

Era una imagen tremenda de ver por lo impactante. A Marsh no pareció afectarle, lo observó todo con una morbosa fascinación que no comprendí. Todo mi cuerpo se estremeció al pensar que ella quería acabar así. Hasta que no me formé la visión completa, no me hice una idea de cuánto me repugnaba esta idea. Y lo peor es que no podía hacer nada para convencerla de lo contrario.

—Este sitio me da grima, vayámonos de aquí —cuchicheé con insistencia al oído de Marsh.

—No, espera un poco más. —Me ignoró ella, siguiendo al tipo como si estuviera hipnotizada.

Regresamos a la sala de espera y nos sentamos en unos sofás desvencijados, con cojines de otros sofás y algún muelle salido. Estaba claro que las preocupaciones de esa gente solo eran las del juego virtual. Eran una panda de fanáticos a los que mi novia quería unirse. Se había vuelto completamente loca. Tenía que hacer algo, pero a juzgar por las actitudes de aquellos chiflados, si intentaba sacarla de allí a la fuerza, seguro que se pondrían violentos.

Si ella decidía quedarse voluntariamente, no había nada que yo pudiera hacer salvo lamentarme.

—¿Cuáles son las condiciones para ser uno de los vuestros? —preguntó Marjory sin preámbulos.

—Sí, eso, ¿hay que pagar? —quise tomar el control de la situación para remarcar que no estaba de acuerdo, pero me daba cuenta de que allí pintaba bien poco. Un terrible desasosiego me embargó.

—En la Sociedad Virtual los guerreros entran y salen cuando lo desean, solo exigimos una cosa: que la puntuación obtenida sea para nosotros. Con el valor de los puntos gestionamos todas las actividades de la asociación —explicó el del chándal Adidas.

La política comercial de Media Games era sencilla: puntos igual a dinero. Ese era uno de los motivos por los que se había hecho tan popular. Todo el mundo aspiraba a ganar mucho dinero e incluso a hacerse jugador profesional.

—Acepto —decidió Marsh con un temblor ansioso. El tema del dinero y todo lo demás no le importaba, solo estaba obsesionada con jugar.

Enseguida me di cuenta que el volumen de dinero que manejaban les permitía vivir enteramente para HOB. Era sobrecogedor un modo de vida semejante, ¡y mi novia se estaba metiendo de lleno en él, quería ser una tecnoadicta como ellos! Algo en mi alma se estaba partiendo en un millón de pedazos.

—Nos alegra tenerte con nosotros, procuraremos que cumplas tus objetivos en Hob; con esa intención se fundó la Sociedad Virtual. No tendrás que preocuparte por repostar en la Tierra, podrás luchar durante largos periodos de tiempo y completar tus misiones sin dificultades—. Aquellas palabras de bienvenida acababan de separar a mi novia de mí como una sentencia de muerte. Me sentí desolado.

Los ojos de Marsh resplandecieron con intensidad.

—Eso es lo que más deseo en el mundo, no me interesa otra cosa. Tengo grandes planes, solo necesito un poco de ayuda—. Su voz sonaba anhelante; no parecía la misma.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer, por favor, piénsalo por un momento? —Casi le suplicaba que no lo hiciera.

—Nunca lo he estado tanto .—Dedicó una mirada resuelta a los demás—: Estoy preparada para dejar este mundo.

—¿Y qué va a ser de nosotros en HOB? ¿Vas a matarnos? —balbucí con voz lastimera.

—No tienes por qué meterte. —Me cortó con voz seca.

10

—Suerte, cariño. —e despedí de Marsh con voz ahogada antes de que desapareciera por la puerta de la sala de saltos.

Me dedicó una sonrisa dominada por una mirada ausente, como si estuviera en otro sitio; sabía cuál. Tuve la desosegadora impresión de que la llevaban a quirófano para practicarle una delicada operación a vida o muerte.

En el mismo instante que se cerró la puerta, apartándola de mí, mi cerebro se puso a trabajar a toda velocidad. Por lo que sabía de sus intenciones, ya como Bestia, pretendía truncar un intercambio entre un enviado del Theógono y el comandante del Dwergo Archimedeath, Teratos, para apoderarse de un prototipo de Magia Roja, los planos de fabricación del arma, con sus especificaciones, y el cristal de Magia que ofrecían como moneda de cambio. Si lograba su propósito y se hacía con todo ello, no solo mis oportunidades de completar la fuga con Marcia correrían peligro, sino que las consecuencias para toda Nueva Pangea podrían ser catastróficas si una nueva Bestia con semejante armamento, y la capacidad de producir más, irrumpía en el campo de juego.

Debía impedirlo a toda costa si quería evitar que ocurrieran ambas cosas.

—¿Alquiláis consolas para jugar partidas de HOB, verdad? —Le pregunté con tono perentorio al tecnoadicto de las ojeras y la barba desgreñada.

Asintió con gesto quedo. A continuación me indicó que le siguiera a otra dependencia de ese destartalado piso. Allí tenían un par de consolas. Había una persona conectada, echada sobre un colchón mugriento en el suelo. Experimenté un segundo de repulsión pero enseguida recobré la firmeza, no era momento para los escrúpulos.

Resultó que aquella gente sabía un montón de programación, hackeo y otros conocimientos sobre ordenadores. Me ayudaron a configurar una misión a toda velocidad y me aseguraron que podían conseguir que el personaje de Marcia fuera manejado por una IA para que continuara la partida a mi lado. No quise saber cómo lo hacían pero me bastó para tranquilizarme, era absolutamente esencial para mí que ella consiguiera ponerse totalmente a salvo. Todavía albergaba esperanzas de que Marjory volviera a ocupar su personaje de nuevo.

Sin pérdida de tiempo me eché sobre otro colchón y me coloqué las gafas reproductoras. Me acuciaba un poderoso sentimiento de urgencia.

Enter.

***

El fulgor de un sol abrasador nos deslumbró al salir al exterior. Nos tomamos unos momentos para recuperar el aliento tras la vertiginosa carrera a través de los túneles empleados por los formínidos. Aunque apestábamos a causa de la sustancia pegajosa que con la que estábamos embadurnados, sabíamos que sus olfatos no tardarían en dar con nuestra pista. Los habíamos despistado durante un tiempo, pero todavía estábamos en las cercanías de Fort Nôus, y por lo tanto, expuestos a ser descubiertos por cualquier otra Bestia.

—No nos demoremos—insté a Marcia a continuar. No había soltado su mano en todo el trayecto; su agitada respiración me daba alas para volar como un pajarillo por la espesa tiniebla de los túneles.

Marcia había escuchado al dwergo hablar de un intercambio de armas por cristal de Magia en algún lugar de las proximidades del fuerte. Teratos iba a encargarse de llevarlo a cabo. 

Según ella pudo saber el dwergo había llegado a un acuerdo con el sumo sacerdote de la Segunda Humanidad. El actual Theógono era más abierto que el anterior a una colaboración entre Hombre y Bestia, lo que había hecho posible el entendimiento con Archimedeath, quien por otro lado estaba dispuesto a compartir el gran continente con los humanos aunque fueran enemigos mortales, siempre y cuando ambos lucharan contra el resto de bestias y se respetaran entre sí.

El caso era que ambos se necesitaban mutuamente, los theosianos poseían cristal de Magia pero no sabían cómo darle aplicaciones armamentísticas y los dwergos lo necesitaban para fabricar armas más poderosas con las que hacer frente a sus múltiples enemigos. De esta forma se había llegado a un pacto para que las dos partes salieran beneficiadas.

Después que tuviera lugar el intercambio, nosotros nos uniríamos a la comitiva del Theógono y lograríamos ponernos a salvo de nuestros perseguidores. Regresaríamos a nuestro hogar del Medíter y viviríamos la nueva vida juntos que anhelábamos. Solo debíamos dar con ese lugar, el plan no podía fallar. Hasta la fecha todo había salido según lo planeado, ¿por qué tendría que cambiar?

El arma de Magia Roja que portaba me confería la suficiente seguridad para hacer frente a cualquier amenaza que se nos presentara.

Por fortuna, mi conocimiento de la zona era más o menos aceptable. Conocía esa parte de El-Istán de haberla estudiado en los mapas para algunas misiones de contención. Gracias a los detalles que Marcia había logrado obtener me hacía una ligera idea de dónde se produciría el intercambio. Después de todo era el lugar más lógico.

Así que nos encaminamos hacia allí con premura pero sin descuidar la cautela. El terreno era muy accidentado y eso nos proporcionaba una gran ventaja para pasar inadvertidos.

—No me equivocaba, mira, allí están. —Señalé hacia un punto por debajo de nosotros, en el cauce seco de una torrentera.

Marcia pegó su cuerpo contra el mío para escrutar en la distancia. Mi corazón se disparó.

Entre las paredes pedregosas de un desfiladero, dos grupos permanecían frente a frente, en medio de un ambiente de tensión. Tras la incursión que el anterior lugarteniente de Archimedeath realizó en Yerosh, raptando a cientos de inocentes ciudadanos y sembrando la muerte en la ciudad, el clima de desconfianza había deteriorado las relaciones. Este intercambio venía a restablecer la normalidad de alguna manera, aunque el resentimiento era notable por parte de los lupercanos enviados por el Theógono.

—Todo acabará en unos instantes y pronto seremos libres. —Le aseguré tras reconocer la gigantesca figura del comandante de los Panteras Negras, Otto Verlinger, envuelto en la oscura piel de felino. 

Verlinger era uno de los hombres de confianza del Theógono, había demostrado su valía en la Batalla del Abismo Rojo, tomando el fuerte dwergo que se disputaban numerosas facciones y logrando una heroica victoria para el sumo sacerdote. Su presencia allí me inspiró tranquilidad.

Teratos, el comandante de Archimedeath se mostraba reacio a acercarse para efectuar el intercambio. Levantaba su cabeza reptilesca como sí olfateara algún peligro a su alrededor. Sus homosaurios se mostraban igual de nerviosos, aferraban sus armas con fuerza y emitían gruñidos al aire seco del desfiladero.

De pronto, el mismo presentimiento de peligro se apoderó de mí instantes antes de que tuviera lugar el ataque. Se produjo por sorpresa, cogiendo desprevenidos a ambos grupos. Un tercer oponente apareció en escena.

Cerca de una treintena de bestias surgieron de entre las rocas del desfiladero y abrieron fuego con sus fusiles de Magia Negra contra todo el que estaba allí abajo, sin distinción de bando. Las bolas de fuego, seguidas por sus espesas estelas de humo pegajoso, atravesaron el aire como una lluvia de meteoritos. Sus rugidos eran atronadores, hacían retumbar el entorno y provocaban desprendimientos de pequeñas piedras. 

Antes de que pudieran reaccionar y ponerse a cubierto, más de media docena de objetivos fueron alcanzados. Las víctimas se retorcieron por el suelo entre alaridos de dolor, mientras el fuego crepitaba y consumía sus cuerpos.

El comandante Verlinger y Teratos se miraron respectivamente unos instantes antes de ordenar a los suyos que se replegaran. Habían caído en una trampa mortal, tendida por un atacante desconocido. Les disparaban desde todos los ángulos, el fuego era tan intenso que el desfiladero se convirtió en un horno. Si no hacían algo pronto, todos morirían y mis esperanzas de libertad se desvanecerían igual que el humo de la Magia Negra.

Escudriñé a mi alrededor buscando al líder de los atacantes. Desde donde estábamos escondidos disfrutábamos de una relativa seguridad, lo que me permitía estudiar la situación sin la presión a la que estaban sometidos los de abajo.

—¿Qué está pasando? —Me preguntó Marcia, desconcertada por el súbito giro de los acontecimientos.

—Alguien quiere desbaratar el trato y apropiarse del cargamento.

—¿Qué vamos a hacer, qué va a pasar ahora? —La voz de mi compañera expresaba su temor a ser capturada de nuevo.

—No lo sé, pero dispongo de esta arma y pienso utilizarla para defender a los míos —afirmé con tono sombrío mientras presentaba la pistola de Magia Roja como un augurio de muerte.

Los lupercanos se habían escudado tras un afloramiento rocoso al borde del camino, pero seguían expuestos al fuego enemigo, que no cesaba un instante. Más y más bolas de fuego surcaban los espacios, cubriendo el ambiente de un humo acre que disminuía su visión. Se estrellaban con violentos estallidos sobre las rocas del afloramiento, haciendo que el fuego lamiera la piedra a su alrededor. Dos de ellos cayeron arrasados por las llamas y un tercero sufrió graves quemaduras que lo dejaron incapacitado para la lucha.

El fuego originado por la Magia Negra no se apagaba hasta consumirse, si eras alcanzado por él, normalmente morías después de horribles dolores. Solo la suerte podía librarte de su abrasadora envoltura.

El comandante Verlinger y sus hombres no habían dudado en devolver el fuego con sus pistolas Ray-Brand, de menor calibre, pero suficientes para defenderse de los insidiosos atacantes. Las pequeñas bolas de fuego que exhalaban las pistolas volaban al encuentro de las que les lanzaban sus enemigos, chocando en mitad del recorrido y repartiendo una lluvia de rescoldos incandescentes que siseaban hasta perderse por el suelo.

Sin perder un instante, Teratos abrió el cofre que contenía el prototipo de Magia Roja y comenzó a disparar en todas direcciones con una rabia incontenible. Los rayos rojos del arma hendieron el aire con secos zumbidos y restallaron al encontrase con la roca. Un atacante rodó por la pendiente, alcanzado por un rayo. La Bestia llegó sin vida al suelo del cañón con una hendidura que perforaba su pecho como si le hubieran arrancado parte de su cuerpo.

La potencia del arma de Magia Roja era devastadora, pronto nuevas víctimas murieron de la misma forma en medio del caos que se había originado en el lugar. Los rayos de un intenso rojo atravesaban las nubes de humo de las armas de Magia Negra, que se condensaban a media altura y formaban un impenetrable dosel. Las bolas de fuego aportaban destellantes resplandores al frenético conjunto, causando que el ruido fuera mayor.

Al cabo de unos instantes el fragor del combate se paralizó de golpe por la falta de visión y el total desconcierto. Todas las partes disparaban a ciegas y era más el tumulto que la efectividad de los disparos.

—Entregad la pistola de Magia Roja y todo lo demás y acabaremos con esto—vociferó una voz desde arriba.

—¡Ni lo sueñes! —Fue la respuesta de Teratos.

—Tendrás que venir a por ello. —Le respaldó el comandante Verlinger.

Como resultado se produjo un nuevo intercambio de disparos y más víctimas en ambos grupos. En muchos lugares el fuego de Magia Negra seguía ardiendo y la temperatura era insoportable para los combatientes que se hallaban atrapados allí. No podían moverse ni retroceder porque los achicharraban desde arriba sin misericordia.

Su situación era desesperada, pero el misterioso atacante no contaba con mi presencia. O al menos así lo creía yo. Hasta el momento nos habíamos mantenido a salvo de la contienda. La seguridad de Marcia era lo principal para mí. 

—Voy a dejarte aquí por un rato, si queremos escapar debo ayudar a Verlinger. —Le dije.

—No me separaré de ti —contestó ella con obstinación. No había temor en su voz. El brillo de sus ojos indicaba que si conseguía un arma no vacilaría en combatir a mi lado.

—Bien, sígueme —respondí, encendido por una oleada de orgullo.

Nos ocultamos de roca en roca, con sigilo, acercándonos al grupo de atacantes parapetados en las alturas del desfiladero. Mi objetivo era neutralizar al jefe, del que todavía no tenía una imagen. Mientras unos y otros intercambiaban atronadoras ráfagas, nosotros nos desplazamos hasta una posición que me permitió descubrir al cabecilla del grupo. Marcia iba tan pegada a mí que empañaba mi nuca con su delicioso aliento. Su mano caliente me aportaba redobladas fuerzas para afrontar el peligro.

El jefe de los atacantes era una Bestia de raza desconocida para mí. Tenía una cabeza de hiena, pero de cuello para abajo era peludo como un piteco y sus pies acababan en afilados espolones. Su espalda corcoveaba ligeramente sobre unos hombros anchos y fornidos; pese a no ser demasiado alto, desprendía una fiereza que denotaba un alto grado de peligrosidad. Fuera cual fuera la raza bestial a la que pertenecía, era un individuo a temer.

A la distancia a la que me encontraba no tenía un blanco claro y tampoco podía acercarme más sin correr riesgo de ser descubierto. Efectuar un disparo desde allí requeriría una puntería que no tenía, por lo tanto debía dejarlo a la suerte. Decidí aprovechar el jaleo imperante para abatir a unos cuantos de los suyos antes de encargarme del jefe. Quizás así lograba  situarme en mejor posición.

—Voy a disparar a esos bastardos —previne a Marcia para que se preparara para moverse con rapidez si se presentaba la ocasión.

Una vez hubiera comenzado a disparar, causaría la confusión necesaria para que los de abajo tomaran una ligera ventaja. O eso pensaba. Elegí un blanco y esperé a que Teratos descargara su arma. Intentaría que sus restallidos y los míos se mezclaran. Cuando un rayo rojo zumbó hacia las rocas, accioné el resorte de disparo. Se produjo un relampagueo rojizo. La Bestia fue alcanzada de lleno y potencia del rayo la empujó contra una roca, aplastándola contra ella como si se tratara de un insecto.

—¡Bien hecho! —Me felicitó con una tierna caricia mi acompañante mientras gozaba del terrible impacto. 

Por tres veces pude abatir a mis contrincantes antes de ser descubierto. Con perplejidad, por unos momentos detuvieron el ataque, presas del pánico al comprobar que había dos armas de Magia Roja en escena. Aproveché la pausa para correr a toda velocidad hasta otro punto y protegerme tras él. Marcia se apretó cuanto pudo contra mí; agradecí su contacto al tiempo que le besé brevemente los labios. En medio de aquel peligro ese beso me supo embriagador como el más dulce de los elixires.

En el desfiladero se escucharon voces de entusiasmo por la ayuda recibida. Los disparos se incrementaron por parte de ambos grupos, rellenando el aire con infinidad de estelas negruzcas. Pareció que una tormenta de fuego se abatía sobre los atacantes. Muchas bestias fueron devoradas por las llamas, algunas salieron expelidas como llameantes cometas hasta estrellarse contra el suelo. 

Mientras tanto yo proporcionaba un intenso fuego de apoyo, tiñendo de rojo el resto del escenario. Varias bolas de fuego pasaron muy cerca de nosotros, intentaban abatirme desesperadamente. Las llamas a nuestro alrededor subieron la temperatura hasta bañarnos en sudor. El humo nos hacía toser y nuestros ojos lagrimeaban doloridos. Pasamos a otra roca por entre la densa humareda y desde allí alcé la mano y comencé a disparar al azar en la dirección que había provenido el fuego. Mi  poderosa arma de Magia Roja alcanzó a varios enemigos tras repetidas ráfagas.

Las bestias que habían tendido la emboscada no se esperaban mi aparición, se hallaban aterradas a causa de la mortífera arma que portaba. El fuego de la Magia Negra había prendido en hierbajos y matojos, obligándolas a moverse incesantemente para evitar morir quemadas, lo que hacía más difícil obtener un blanco claro.

Su líder rugió la orden de bajar al lecho del desfiladero. Cuatro bestias tocaron suelo y comenzaron a disparar contra los que tenían más cerca. Un lupercano sufrió un impacto y un homosaurio otro. El prototipo de Magia Roja de Teratos emitió un restallido y una de aquellas bestias fue alcanzada; el comandante Verlinger se encargó de la siguiente y yo realicé los dos disparos restantes, convirtiendo a las bestias en despojos humeantes. Estaban acabadas.

El extraña Bestia con cara de hiena se enfureció al ver cómo sus planes se torcían de repente. Su ventaja había desaparecido y de depredador había pasado a presa. Ordenó la retirada de sus tropas con bramidos de cólera, emitiendo fulminantes miradas en mi dirección. Por unos instantes fugaces me asaltó una extraña sensación de familiaridad, como si ya nos conociéramos de antes, pero ello no refrenó mis ganas de matarla.

—Todavía no he terminado contigo —articulé lentamente para que pudiera leer mis labios al mismo tiempo que le apuntaba con la pistola dwerga.

Además de una dolida decepción que parecía arrastrada de un inexplicable trato anterior, pude vislumbrar el terror en sus ojos instantes antes de disparar. Solo la agilidad simiesca de su cuerpo la salvó de ser destrozada por mi arma de Magia Roja, pero el rayo candente le rozó el hombro y le abrió una gran brecha en su hirsuto pelo. Profiriendo espantosos alaridos de dolor, la criatura quimérica desapareció de la cima del cañón a toda velocidad, seguida de cerca por sus bestias, quienes huían tras ella mordidas por el pavor.

El homosaurio abortó el intercambio y salió en persecución de aquel nuevo enemigo que había intentado disputarle el puesto a su señor. Pronto, el lecho del torrente se despejó del humo espeso producido por la Magia Negra y los maltrechos hombres del comandante Verlinger aparecieron entre los últimos retazos.

Nos acercamos a los lupercanos cuyos rostros tiznados y sudorosos nos recibieron con mezcla de asombro y alegría. 

—Hemos escapado de Fort Nôus y me he traído este juguetito conmigo. —Le dije con una gran sonrisa al comandante, alardeando con enorme satisfacción de mi pistola de Magia Roja. Con un movimiento imperceptible atraje a Marcia hacia mí en un arrebato de posesividad.

—Celebro que lo hayáis conseguido, vuestra aparición ha sido de lo más oportuna, amigo mío. —Me recibió con un fuerte abrazo, expresando su profundo estupor ante lo que había ocurrido. Debíamos ofrecer una estampa lamentable, el lupercano se desprendió de su capa de piel de pantera y la puso sobre los hombros de Marcia con gesto caballeresco—: Cubríos, mi señora.

Aquella Bestia había arruinado el intercambio y casi los había matado a todos, pero por fortuna yo estaba allí para impedirlo. Theos sabía si volvería a haber otro trato con los dwergos. Sin embargo no todo se había perdido, al fin y al cabo todavía conservaban el cristal de Magia y yo poseía la pistola de Magia Roja, por lo menos no volverían con las manos vacías. 

—¡Por fin estamos a salvo! —Me dijo Marcia, besándome con apasionamiento delante de los demás.

Game Over.

¡Felicidades, has completado con éxito tu misión!

11

Desde aquel fatídico día Marsh está conectada a HOB. La han intubado y le administran suero para mantenerla aquí con vida mientras continúa atrapada en el mundo virtual. A veces voy a visitarla, me siento a su lado, pero verla de esa manera, como si estuviera en coma, es descorazonador, un dolor insoportable que me agota el alma poco a poco. No solo he perdido a mi novia, sino que además se ha convertido en mi más acérrimo enemigo. No puedo hablar con ella y si quisiera hacerlo tendría que dejarme atrapar por la Bestia despiadada que personifica. No sé qué es peor. A menudo siento la tentación de hacerlo… aunque existe otra posibilidad, pasarme al bando de las bestias y combatir a su lado. Es la única opción que me queda si quiero estar con ella, sin embargo, no tengo deseos de hacerlo porque ya no queda en esa terrible Bestia ningún amago de la esencia que ella tenía. La he perdido para siempre.

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Marjory era escéptica ante lo divertido y emocionante que podía llegar a ser adentrarse en la experiencia inmersiva virtual del videojuego “Héroe o Bestia”; un día, por aburrida, conseguí convencerla de que lo probara conmigo… ¿He cometido un error?

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María Larralde