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EL FIN DEL UNIVERSO

EL FIN DEL UNIVERSO

EL PEQUEÑO MINET

AUDIO RELATO DE MARÍA LARRALDE

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EL FIN DEL UNIVERSO -Texto completo

El pequeño Minet

El pequeño Minet correteaba por aquella gran nave intergaláctica que recorría el espacio entre Rustor y Tannick. Era una distancia corta, relativamente corta, en relación a otros recorridos más largos que se realizaban a lugares más distantes. Pero estos otros recorridos eran menos habituales, aquellas zonas estaban poco habitadas y casi con exclusividad se realizaban para el transporte de materiales de todo tipo, necesarios para la vida en su planeta: minerales, agua en estado sólido, gases nobles y alimentos. Corría, junto con otros, escondiéndose para no ser descubierto y golpeado por otros críos mayores que él. Nada le hacía pensar que sus padres se moverían de la zona de pasaje cuyas habitaciones confortables, ayudaban a pasar la travesía en muy buenas condiciones. Unas amplias estancias, cuyas zonas de descanso estaban completamente aclimatadas a la temperatura y ambientes húmedos que su especie necesitaba para mantenerse con salud. 

Se adentró en una sala oscura, de uso exclusivo para adultos en la que se mostraban imágenes poco recomendables para niños de su edad. A penas llegaba a los 30 años de vida. Se coló gateando por una puerta lateral pequeña, pensada para las mascotas, (unos androides peluditos de diversos colores, que todo el mundo tenía asignado como mascotas y que, sin embargo, hacían las veces de control de las familias por el estado) dada su pequeña estatura, y se escondió justo debajo de la pantalla, lugar donde nadie miraba, y menos una sombra negra que no se discernía del contorno oscuro de lugar. Mientras escuchaba sonidos que parecían gemidos, se percató de que un temblor inhabitual se comenzaba a percibir en la nave. Al menos él lo percibía. 

Había realizado esta travesía tantas y tantas veces que sabía, a través del tacto, cuáles eran las vibraciones que habitualmente se producían en la gigantesca nave espacial y este rumor profundo le desconcertaba pues nunca antes lo había sentido. Sin embargo no se asustó, pues todo parecía seguir igual que siempre. Comenzaba a aburrirse de estar en aquella sala de adultos que gemían. Nunca sus compañeros de juegos le encontrarían allí, y decidió salir para ser encontrado. 

Fue, justo cuando comenzó a mover su cuerpo hacia la puerta principal, cuando un movimiento brusco lo desplazó unos metros golpeando su cabecita contra una butaca cercana. Quedó algo aturdido, pues su cabeza era delicada y frágil, cubierta por una escafandra azul que indicaba el grupo de edad al que pertenecía. Su cerebro hiperdesarrollado se golpeó con fuerza contra el material duro del que estaba hecha aquella cobertura que, a pesar de todo, tenía un interior especialmente acolchado para evitar traumas en golpes leves. Se quedó algo aturdido, tirado en el suelo, y comenzó a ver pasar delante, detrás, incluso por encima de él, montones de piernas de sus congéneres que habían entrado en pánico y que corrían en busca de refugio y explicaciones. 

Todo se tornó rojo, y un sonido estridente y agudo sonaba por toda la nave, pero Minet no podía moverse en parte por el golpe recibido, en parte por el miedo que le paralizaba. Cuando la zona quedó vacía, comenzó a asustarse de verdad. Sabía lo que estaba pasando. Sabía que en estos casos todos los pasajeros debían ir a la zona de naves de salvamento y, en orden, serían evacuados. El tiempo estaba estipulado. Si en veinte minutos no estabas allí, te abandonaban a tu suerte. Era casi imposible no llegar a tiempo. Todas las veces que a él sus padres le habían entrenado en simulacros, había llegado a tiempo. Pero esta vez era de verdad. La cosa era seria y él estaba allí, solo, tirado en el suelo sin poder moverse, y sin que nadie supiera dónde estaba. Sus padres podrían estar buscándolo un corto espacio de tiempo, pero hasta que su propia supervivencia y la de sus otros hijos estuviera realmente en peligro. Luego se irían y, aunque con lástima, era una pérdida asumible. Las familias constaban de multitud de hijos e hijas, entre quince o veinte por pareja. 

No supo cuánto tiempo se quedó inmóvil allí adentro, con los gemidos de la película proyectada retumbando en su cabeza. Ni siquiera la habían desconectado, lo cual indicaba que la cosa era realmente urgente y grave y, aunque pequeño, era consciente de que estaba en peligro vital. Miró a su alrededor y poco a poco, como pudo, se levantó. Se tambaleaba por la sala intentando alcanzar la puerta de salida, pero todo parecía moverse a su alrededor de tal manera que parecía que un terremoto sacudía la nave entera. La luz roja seguía parpadeante en toda la sala, la sirena se había apagado y el miedo comenzaba a hacerle sentir angustiado realmente. Alcanzó la puerta, pero era pesada para él. Además parecía haber quedado atascada con algo. Tuvo que retroceder y dirigirse de nuevo, muy poco a poco, para no volver a golpearse, por la salida de las mascotas. Y por allí, se arrastró y salió despacio. Al otro lado todo estaba igualmente vacío. Nadie pululaba ya por allí. Se daba cuenta de que estaba solo, solo, en una nave averiada, o atacada, o que había colisionado con algún cuerpo celeste. Tras un momento de desconcierto, decidió ir hacia la izquierda, por el pasillo que llevaba hacia la zona de descanso, aunque sabía que sus padres ya se habrían marchado, fue lo único que se le ocurrió hacer. Al correr por el pasillo se topó con un cuerpo de un adulto varón tirado contra la puerta de la sala de visionado, era lo que entorpecía la apertura de la puerta. Estaba inconsciente o muerto, él no lo sabía, ni siquiera sabía distinguir entre una u otra cosa. Se paró a mirar de cerca el cuerpo inerte de aquel individuo, sus ojos estaban cerrados, y su cabeza aplastada contra el suelo. Seguramente en la avalancha de huida, lo habían pisoteado sus propios congéneres sin ni siquiera darse cuenta. La escafandra se había roto en mil pedazos y estaba como adherida en el cerebro, que parecía un amasijo pastoso y sanguinolento, y se podía ver gran cantidad de pequeños trocitos de ella incrustados por todo el encéfalo aplastado contra el suelo. Su cuerpo indicaba que era un individuo frágil, poco atlético y quizás este factor le había ayudado a ser rebasado por la multitud en pánico. Minet se agachó, perdiendo el equilibrio al hacerlo, pues en ese mismo instante, la nave pareció ser sacudida por algunas manos gigantescas que la estuvieran agitando como un sonajero. Cayó encima del pobre tipo aplastado, manchando sus manos finas y azuladas, de sangre y tejido cerebral gelatinoso. El asco que sintió al mancharse de cerebro y sangre, le hizo vomitar sobre el cuerpo de aquel pobre rustoriano desconocido. Y tras hacerlo, tembló y lloró, acurrucado enfrente de ese cuerpo muerto, que para él era el primero que veía en su vida. 

La nave seguía agitándose, aunque mucho menos que al principio y entonces pensó en moverse de nuevo, pero justo cuando se puso de pie, otra sacudida atroz lo tiró, esta vez contra la pared de enfrente, dándose un buen golpe en su hombro derecho. El dolor le recorrió todo el brazo y parte del cuerpo pero al menos, esta vez, su cabeza estaba intacta, aunque comenzó a sentir que un fluido le recorría la cara. Era su propia sangre que bajaba despacio dejando un frío rastro por su sien y mejilla izquierdas. El golpe había sido mayor de lo que creía y su cerebro había sido dañado, aunque superficialmente. Esta vez, a pesar del miedo, del dolor y del aturdimiento, se sobrepuso y siguió andando hacia su objetivo por un pasillo donde algunos objetos que habían caído le dificultaban el paso. Una gran alacena llena de androides mascotas apagados, en restauración o cargando batería, impedía seguir el camino y aquellos bichos inmóviles lo llenaban todo, hacían una montaña no muy alta, pero costosa de flanquear porque al intentar trepar por ellos, se caían al más mínimo toque del niño o vibración de la nave que, para asombro del muchacho, estaba de nuevo en calma. Con mucho esfuerzo, consiguió escalar y bajar hacia el otro lado. La luz roja de emergencias le daba dolor de cabeza, o eso creía él, porque realmente era la hemorragia interna cerebral lo que le comenzaba a producir daños irreversibles en su cerebro. 

Con mucho cansancio, consiguió avanzar unos metros más, y a mano izquierda encontró una sala de alimentación. Entró para beber algo, porque sentía su boca muy pastosa y seca, pero todo estaba tirado y los contenedores de agua y botellas de cristal, rotas. Pero encontró unas cápsulas hidratantes tiradas por el suelo, y se metió varias a la boca con avidez. Su sensación de sed no cesó, sin embargo, hasta un par de minutos después. Estaba descansando, tirado en el suelo y apoyado en una de las paredes de la sala cuando la luz roja se apagó. La oscuridad le rodeó por completo, y tembló de miedo. Comenzó a llorar, a llorar desgarradoramente, a llorar gritando y llamando a su madre como si en lugar de 30 años solo tuviera 10. En otro momento de su vida, esto le hubiera parecido imposible, ¡un chico de su edad llorando!, ¡qué vergüenza! Pero ahora no sentía vergüenza ninguna, solo terror, un miedo horrible a morir; pero sobre todo un miedo atroz que le encogía el corazón hasta dolerle, a estar solo, completamente solo. Abandonado a su suerte. Sus labios temblaron y de forma imperceptible de su boca salieron unos sollozos: 

— Es el fin, el fin del universo… 

Poco a poco todo comenzó a estar en silencio. Comenzaba a hacer frío, mucho frío, y Minet se quedó dormido en una nave interestelar abandonada a su suerte, que nunca fue recuperada por los suyos.

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María Larralde