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Y ahora, niña rica: ver, oír y callar.

Y ahora, niña rica: ver, oír y callar.

Un relato de Mamá Molotov

“Eso me dijo nada más casarnos. Las maletas en el suelo, las llaves en la mano y él diciendo esas palabras al oído, medio susurradas, pero gritadas en mi interior.

Un ligero temblor que sería apenas perceptible para el resto del mundo, eran sacudidas violentas en mis nervios… La llave sin entrar en la cerradura, como queriendo advertirme de lo que me esperaba. Una casa, con olor a nueva, esperando el regreso de un viaje de novios que fue una pesadilla. El sonido de un grifo goteando mientras me penetraba una y otra vez. Y su aliento a vinazo envenenándo el aire que me rodeaba. El alcohol por fuera y su pene por dentro.  Pobre niña rica: ver oír y callar.

¿Dónde estaba el muchacho que me enamoró hace apenas seis meses?  El extraño vaciaba su mala leche en mí. Un asco profundo me producía arcadas y él se cabreaba, iracundo me abofeteaba y yo gemía. Gemía y aguantaba una nueva acometida con el sabor acre de su esencia en la boca. Le excitaba mi terror, mientras yo lloraba, el eyaculaba.  Pobre niña rica: ver, oír y callar.

Se fundió el dinero y el negocio que mi padre me había dado, mientras yo engendraba y paría a sus dos hijos. Cuando miraba sus caritas, sus personitas indefensas, rezaba para que no heredaran nada de su padre. Hice de ello el único motivo para vivir, para sonreír, para luchar. No iba a consentir que esos niños se convirtieran en él. Mientras les besaba antes de que se durmieran, suplicaba porque olvidaran las escenas que contemplaban entre sus padres. 

Llegaron las deudas, los certificados que daba miedo abrir, las notificaciones de embargos y las borracheras. Las terribles borracheras. Los gritos. Los insultos. Las miradas torvas y las violaciones. ¿Cómo podía excitarse si iba ebrio y apenas podía mantenerse en pie? Era el miedo, mi terror, lo que le ensangrentaba la mirada y le daba fuerza para poseerme, allí mismo, en la cocina, en el pasillo, delante de los niños, sobre cualquier mesa, sobre el suelo, sobre mi dolor, sobre mi repugnancia, sobre mi impotencia… pobre niña: ver oír y callar.

No podía hacer nada. Las mujeres de antes apenas podíamos respirar sin el permiso del padre, del marido, del tutor. Ni abrir una cuenta bancaria donde meter algo de lo ganado para mis hijos. Fregué y limpié en donde me dieran dinero inmediato para comprar comida a los niños. Lo gastaba con rapidez para que no me lo quitara, para que no se lo jugara en el casino. Una y otra vez. Una y otra bofetada. Y los oídos, pitando, ensordeciendo la vida.

Cuando vi reflejado el horror en los ojos de mi hijo, el mayor, supe que debía actuar. No había nada que perder, no me había dejado nada que perder.

Opté por quitarme el miedo de encima, callándome para que no sospechara lo que iba a hacer. Seguí quejándome, cada día menos, hasta que dejó de querer poseerme. Decía que era como follarse a una muerta. Descubrí los luchacos  y él encontró otra mujer a quién asustar; aunque seguía en mi casa, angustiando a mis hijos e intentando recuperar mi terror. 

En la España del Régimen no había divorcio, ni esperanza de ser libre aunque Franco estuviera a punto de morir. El hijo de una amiga, abogado, presentó la demanda de separación. No habría problemas con los testigos, todo el pueblo estaba al tanto de las palizas y de la clase de hombre que era mi marido. Todos murmuraban de mi desgracia y recordaban cómo era yo antes de entregarle mi historia. Todos me apreciaban. Todos le despreciaban.

En el gimnasio donde limpiaba, vi a los chicos entrenando artes marciales. Cuando se marchaban, yo cogía los luchacos e imitaba sus movimientos.  Y no me hacía daño cuando me golpeaba con ellos: mi cuerpo inmune no sentía dolor. 

Día a día, ganaba un cuarto de hora al trabajo para entrenarme. Día a día, adquiría la fuerza que otorgaban esos dos trozos de madera unidos por una cadena. Se hicieron la prolongación de mis manos. Me los llevé a mi cuarto de estar, los enterré entre el cojín y el brazo de mi sillón. Entonces esperé. Poderosa niña: oír, ver y callar, y callar, y callar.

Era tarde y los niños dormían. Él entró medio borracho y gritando, arrasándo con lo que encontró a su paso: tiró dos macetas que tenía en la entrada y arrancó las cortinas. Despertó a mis hijos que se pusieron a llorar y a gritar en su habitación, sin atreverse a salir de ella. Llegó a la sala dónde yo, tensa y sentada en mi butaca, le esperaba. Se acercó enarbolando la citación del juzgado e insultándome. De pronto cambió de actitud y con una sonrisa caústica  se aproximó, creyéndo que podría intimidarme. 

Nunca te librarás de mí, susurró como el primer día en que me advirtió lo que me esperaba. Sus ojos estaban turbios, rojos, me miraban con una extraña bizquera mientras aproximaba su aliento, su cara a la mía. Entonces sentí sus manos estrangulándome. 

Mi pierna buscó sus cojones con determinación y firmeza. La rodilla  se movió como un verdugo cruel y despiadado de sus testículos. Con ello conseguí el tiempo necesario para sacar los luchacos de su escondite y  blandírlos con certeza. Después no recuerdo más que sus gestos de dolor. Aún encogido, se agarró el brazo, luego la clavícula. Cuando la madera le estalló el pómulo, se desmayó.

Sin mirar atrás, envolví a los niños como pude en mantas y me los llevé a casa de una vecina amiga que los acogió sin preguntas. Yo volví a casa con mis luchacos.

Él ya se había incorporado, se tambaleaba y le vi huir como un cobarde. La cabeza agachada y sujetando el brazo dolorido con la mano. El ojo y el pómulo herido estaban hinchados. Tenía un aire de muñeco roto que me enterneció. Pobre muñeco: mira, tiembla y calla.

Salió dando un portazo y yo me senté respirando libertad, paladeándo una confortable sensación de victoria. Sabía a lo que me exponía, pero no tenía miedo, por fin ya no tenía miedo. 

El médico que le atendió firmó el parte de agresiones, pero se marchaba a otro destino ese mismo día y él no pudo demostrar mi agresión. Un silencio cómplice me arropó.  El pueblo entero me ayudó y hubo suerte. Me dieron fuerza para sacarnos, a mis hijos y a mí, del agujero horadado por su presencia y su olor.

Hace tres meses que nos hemos divorciado. Le ha costado dinero y paciencia conseguirlo, a mí me daba ya igual y me divertía verle impacientarse.  Desde entonces sonrío recordando su mirada fija en el suelo del juzgado, sin atreverse a mirarme, el muy cobarde, y sin que su abogado pudiera presentar el parte médico de agresión, que yo quemé, durante el largo proceso judicial que terminó con una órden de alejamiento de mí y de mis hijos.

Sonrío porque ahora ya soy vieja y rica: veo, oigo y callo lo que me da la gana”.  

Puño, Mano, Los Dedos, Pulgar, Muñeca, El Poder

Hacía años que no sabía nada de ella. Los churros con chocolate me ayudaron a disimular el asombro y la angustia que me producía la historia compartida en una tarde de invierno, con la lluvia lavando la tristeza y los tejados. La vida, a veces, te devuelve una cara de tu niñez, una cierta complicidad creada en los recreos y una sonrisa que nunca desapareció de mi memoria. A veces, también, te sorprende ver que esa sonrisa ha tenido que luchar, mucho, para no desvanecerse fuera de los muros de tu infancia.

Me ha gustado hablaros de una mujer maltratada y valiente que, de pronto, plantó cara a su agresor con una patada en los cojones, una cadena y un marido en urgencias con el brazo, el codo, y el orgullo de macho roto. Jamás volvería a intentar asfixiar a su mujer. Hoy me siento muy orgullosa de mi amiga recuperada y he querido contároslo tal como  recuerdo que me lo contó.

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María Larralde