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Una Noche Inolvidable, por Elmer Ruddenskjrik

Una Noche Inolvidable, por Elmer Ruddenskjrik

Este es un relato corto que escribí pensando en participar en una iniciativa llamada “horror bizarro”. Llevaba algún tiempo con ganas de hacer un relato homenajeando a una de las películas emblemáticas y recurrentes de mi niñez, y esa iniciativa me empujó a escribirlo al fin, aunque el resultado no fue lo bastante bizarro como para ser incluido entre los cuentos recopilados.

En fin, sin más que decir, os dejo aquí el relato en PDF, para el que hice una portada al publicarlo en Historias Pulp. Espero que lo disfrutéis, y a ver quiénes de vosotros sabéis a qué película homenajea el relato.

Aviso, el relato es para adultos.

UNA NOCHE INOLVIDABLE

por Elmer Ruddenskjrik

Estaba muy contenta.

A pesar de lo sociable que era y lo muy a la moda que se vestía (solía llevar el pelo cardado y teñido de dos colores, fucsia y turquesa, al estilo de las divas del pop), Sharona siempre volvía sola a su casa.

Quizá era por la actitud de devorahombres de sus amigas, que la eclipsaban por completo en las discotecas, o quizá por su físico, pues Sharona era una mujer bastante más alta de lo que muchos hombres estaban dispuestos a manejar, desgarbada a la hora de bailar, y demasiado delgada, huesuda en realidad. No es que tuviera malos hábitos alimenticios o algún trastorno, como a veces sugería alguna de sus amigas; simplemente era así, hiciera lo que hiciera. Y aunque había intentado ponerle solución apuntándose a clases de defensa personal y practicando algo de culturismo ligero, en realidad no había conseguido más que definir la poca carne que tenía. Tampoco bebía y, por supuesto, no consumía drogas. El único vicio con el que contaba era fumar…. pero al parecer eso ya no hacía lo bastante interesante o atractivo a nadie. Y menos a ella. Porque, se fuera pronto o se fuera tarde, ella siempre volvía sola a su casa.

Pero no esa noche.

Esa noche, cuando había salido al callejón por la puerta trasera de aquel pub abarrotado, cansada de bailar, aturdida del ruido y la oscuridad, y sudada del extremo calor y de respirar el aire viciado de dentro, se había encontrado con él. Fumaba apoyado con un hombro en la pared enfrentada a la puerta del pub, y parecía triste y nervioso. Ella le había saludado con timidez, por educación más que nada, segura de que se encontraría allí lamiéndose las heridas tras una inesperada ruptura. Era algo que ya había visto incontables veces suceder, noche tras noche…

No había intentado hablar con él. Asumía que estaría como mínimo bastante bebido y demasiado melancólico para poder mantener una conversación, así que lo único que había hecho era apoyarse ella misma en la pared junto a la puerta y encender un pitillo. No había pensado en irse todavía, pese aburrirse como una ostra: nunca dejaba a sus amigas sin avisar. Pero, para su sorpresa, fue él quien le habló en primer lugar. Y para su doble sorpresa, sonaba tan sobrio como lo estaba ella misma.

Tras unos minutos de charla intrascendente acerca del calor que hacía aquel verano, y del problema que era que ahorraran en aire acondicionado los cuchitriles claustrofóbicos como aquel, se le presentó: Dwayne Bradley; tal cual, como si se tratara de una presentación formal. A ella le había parecido muy atractivo: rostro delgado y juvenil, cabello largo castaño y rizado, y ropa limpia pero informal: camisa roja, y chaqueta y pantalones vaqueros, calzado con sencillas zapatillas blancas de deporte.

Ella también se había presentado, y no tardó en insinuársele, procurando ser lo más respetuosa y digna posible teniendo en cuenta que ya se había empezado a imaginar con él en la cama, sometiéndole con su envergadura y (seguramente) mayor fuerza, o dejándole tomar las riendas, sintiendo el ejercicio de su pasión sobre ella. Supuso que él también tendría amistades de las que despedirse, pero nada más lejos: lo siguiente que hizo fue invitarla a ir con él a tomar algo a otro sitio más tranquilo e íntimo. Ella fue más allá: le ofreció irse a tomar algo a su casa. Dwayne había parecido en ese momento indeciso, e incluso reacio, por unos segundos. Sus esperanzas de ver satisfecha su líbido se habían visto desvanecidas, y se había rendido ya, segura de que simplemente ella no le gustaba… como era habitual.

Al darse la vuelta para volver al local, Dwayne la había llamado por su nombre. Le acababa de decir que sí, y ella, por primera vez, se fue sin avisar a sus “queridas” amigas.

Habían llegado a su apartamento tras más de media hora de paseo nocturno. Dwayne había parecido tan nervioso como cuando ella se lo había encontrado al salir del pub. Supuso que él temía que les estuviera siguiendo alguna ex novia controladora y celosa, pero ella se había cuidado de irle dejando claro a la posible y supuesta arpía que esa noche el pequeño Dwayne era todo para ella: había caminado abrazada a él, le había hablado susurrándole al oído e incluso le había soltado cálidos besos en la mejilla cada vez que se habían parado antes de cruzar. Y aunque aquello había distraído por momentos al joven de sus inquietudes persecutorias, había seguido sacudiéndose incómodo al caminar.

Una vez en su apartamento, Sharona le guió hasta su habitación y le invitó a esperarla sentado en la estrecha pero mullida cama individual. Le ofreció algo de beber, oferta que Dwayne declinó, y le prometió comida “para después”, a lo que Dwayne ya no supo qué decir. Le pidió quedarse allí sentado mientras se cambiaba, y le dijo que se relajara, que no le iba a comer… al menos en el modo en que lo haría un hombre lobo.

Sharona pasó al pequeño cuarto de baño dispuesto enfrente de su habitación y cerró. Se desvistió a toda prisa, arrojando la chaqueta negra con tachuelas a un rincón, el top rojo sobre la tapa del retrete, la minifalda de negra tela elástica sobre el lavabo, y dejando caer las medias de rejilla, enrolladas, ante el plato de la ducha. El sujetador y las bragas fueron lo único que se molestó en echar dentro del cesto para la colada, y al fin abrió los grifos, graduando con el arte de la experiencia las corrientes de agua fría y caliente. Se moría de ganas, pero no quería que Dwayne oliera la mezcla de sudor, tabaco y humanidad que debía llevar impregnada en la piel.

Al rato salió del baño completamente desnuda y con decisión apareció ante Dwayne, que seguía sentado en la cama, medio tumbado de espaldas en realidad, apoyado con los codos en ella. Sharona saltó sobre él, y ante su cara de asombro y hasta de cierto miedo, ella empezó a arrancarle la ropa, muy excitada. Tiró de su chaqueta y su camisa hasta que él mismo puso de su parte para dejárselas quitar, culebreando con su cuerpo para evitar que la furiosa chica las rompiera. Acto seguido, echó las manos como garras, alargadas y fuertes, hacia su entrepierna, desnudándole enseguida y sin cuidado, haciéndole incluso algo de daño al tirar de su sexo endurecido, atascado por su tamaño entre ambos lados de la bragueta abierta. Y, sin darle tiempo ni a tomar aire, se dio impulso y se dejó ensartar por él hasta el fondo. Rugió de desatado placer (llevaba mucho tiempo entrenándose sola para el sexo) y no dejó de moverse encima, cogiéndole de las muñecas, usando su peso y fuerza contra él (aunque tampoco parecía tener intención alguna de resistirse).

Durante un buen rato Sharona mantuvo esa postura y ritmo, deseando llegar a ver el éxtasis en la cara de Dwayne, pero el muchacho no se dejaba ir. Quizá hubiera tomado algo, aunque no se le notara. Sharona no podía pensar en que no le estuviera gustando: lo sentía dentro tan excitado como lo estaba ella. Así que, algo cansada ya, lo desmontó.

—¡Puff, joder! ¡Ponte detrás, ponte, ponte! –gimió ella, moviéndose a cuatro patas sobre la cama. Avanzó un poco mientras Dwayne se incorporaba, ofreciéndole sus posaderas—. Por el culo no, ¿eh? Al menos de momento…

Él, obediente, se incorporó de rodillas tras ella y se le introdujo de nuevo. Primero con cierta mesura, pero enseguida acelerando el ritmo y golpeándola con las gónadas en el clítoris.

—¡Así, así, joder! ¡Sí, Dwayne, dame pero bien, cabrón! –le gritaba ella.

Él mismo empezaba a jadear sonoramente. Sabía que ya se estaba empezando a soltar. Se moría de ganas de sentirle explotando dentro de ella. Quería llenarse con su jugo, y notarlo rezumar caliente y viscoso desde su interior después. Se había acostumbrado a tener sexo más duro con sus juguetes íntimos, pero necesitaba sentir aquella carne viva tocándola por fuera y taladrándola por dentro, como lo estaba haciendo. Necesitaba…

Dwayne soltó un grito ahogado mientras se apretaba con fuerza contra ella. Estaba segura de que estaba a punto de eyacular, pero él volvió a gritar con más fuerza mientras salía lanzado hacia delante y hacia arriba, empujándola de frente contra el cabecero de la cama. La empujó con tal fuerza que sus sexos se separaron.

—¡Oye, imbécil! ¡¿Qué haces?! –gruñó, frotándose la cabeza y volviéndose para ver qué le pasaba—. ¡Si no te quieres correr dentro me lo dices y…!

Se interrumpió mientras le veía alzarse ante ella de una manera imposible. Estaba vuelto hacia arriba, con los brazos abiertos y las piernas flexionadas, la sencilla sábana que hacía de edredón enganchada a uno de sus pies por un doblez. No entendía lo que estaba viendo, parecía mantenerse en equilibrio sobre sus nalgas… pero no. Bajo sus nalgas había algo.

—¡Belial! ¡No, no lo hagas! ¡Esto no significa nada! ¡Estoy contigo! ¡Lo estaré siempre…! –gritaba Dwayne, entre aterrorizado y desesperado de tristeza.

Sharona miró. Bajo Dwayne, una cosa de carne con aspecto de pirámide maltrecha lo sujetaba, alzando unos musculosos y torcidos bracitos. Soltaba un bufido ahogado mientras babas brillantes se resbalaban de entre los afilados y desviados dientes y, sobre un pliegue agujereado que debía ser la nariz, dos ojos brillaban en un imposible color rojo intenso, como si de un demonio se tratara. El amorfo ser enfrentó su mirada con la de ella, y Sharona gritó, mientras pataleaba sobre la cama para alejarse más de aquella cosa y del pobre Dwayne.

El monstruo, como ofendido, lanzó al muchacho apenas sin esfuerzo hacia la puerta abierta de la habitación. El joven se dio en plena cara contra el canto, dando la impresión además de que se había partido el cuello, dada la manera en que se le había torcido con el golpe. Pero no. Empezó a aullar retorciéndose por el suelo, llorando, de hecho, y sangrando auténticos chorros de su nariz partida en dos. Pliegues de carne asimétricos colgaban a ambos lados de su tabique nasal roto, abiertos ambos como las tapas de un libro.

—¡Nooo…! –gemía lastimeramente Dwayne, allí tirado. Era encomiable que tuviera ganas de hablar—. ¡Ella no te ha hecho nada, hermano! ¡Déjala, por favor…! ¡Belial! ¡¡Por favor…!!

El monstruo, en mitad de su cama, la miraba con fijeza, la fea boca apretada y sin dejar de babear. Los ojos brillaban como haces de láser, sus fornidos brazitos se apretaban sobre el colchón. Parecía dispuesto a saltar sobre ella. ¿Aquella cosa podía saltar?

El monstruito saltó hacia ella, desoyendo los gimoteos de Dwayne. Sharona, por instinto, aprovechó su posición en cuclillas para tirarse de la cama de un salto, hacia el lado en el que el pobre chico yacía dolorido en el suelo. Cayó de costado, haciendo que, en su fallido ataque, el horrendo Belial se estrellara contra el duro cabecero de madera de la cama. El ser soltó un espantoso grito de frustración, y se zarandeó aturdido, girando sobre sí mismo y envolviéndose con la almohada y parte de las sábanas. Imbuido de una ira antinatural, empezó a mordisquearlas y a deshacerlas entre sus poderosas y grotescas manos, esparciendo una nube de plumas. Sharona pudo ponerse en pie, dolorida de hombro y cadera derechos.

—¡La reputa! –fue cuanto fue capaz de decir, mirando el ajetreo del imposible ser.

Oír su voz le sirvió a Belial de guía. Detuvo su espiral de absurda violencia y enfocó de nuevo su mirada brillante en ella, entre las plumas aún suspendidas.

—¡Cielo santo! –exclamó Sharona, viéndole las homicidas intenciones, abrumada con todo el odio que aquella grotesca parodia de rostro humano proyectaba hacia ella—. ¡¿Qué cojones es eso?!

—¡Es mi hermano, joder! ¡¡Mi hermanooo……!!

De nuevo el monstruito cargaba hacia ella, moviéndose de un modo irreal, a toda velocidad, arrastrándose sobre su impedido cuerpo sin forma; se tiró de la cama y la alcanzó al tiempo que ella trataba de retroceder hacia el pasillo. Chocó con gran fuerza contra sus pantorrillas, casi consiguiendo que ella cayera hacia delante, pero acertó a apoyarse en el marco de la puerta con ambas manos. Belial la agarró del tobillo derecho, mientras la mordía con gran fuerza en el izquierdo. Sharona gritó entre dientes. Aquel dolor era punzante, pero acababa de convertir el terror y el asco en pura obstinación. Intentó sacudirse su fea mano, de afiladas uñas rotas, pero era imposible. El monstruito la sujetaba con una gran fuerza de ambas piernas. Sin dejar de agarrarse al marco de la puerta con la mano izquierda, se inclinó y alzó el puño derecho cerrado para dejarlo caer con fuerza contra el ser. Belial gruñó en un tono interrogante, algo decepcionado. Ella volvió a golpearlo en la que tenía que ser su nuca, pese a hacer que sus irregulares dientes hirieran más su delgado tobillo. Belial se soltó esta vez y giró sobre sí mismo estirando sus brazos. Barrió a Sharona, haciéndola desequilibrarse, torciéndole ambos tobillos con el golpe. Cayó con medio cuerpo dentro de su habitación.

—¡Por favor! ¡No luches! ¡No le hagas daño! ¡Es mi hermano…! –apareció diciendo Dwayne a su derecha, arrastrándose para acercarse a ella—. ¡Belial, DÉJALA!

El grito de Dwayne la espantó pero sin darle tiempo de poder reaccionar. El monstruito saltó sobre su espalda y le envolvió en un gran mordisco el hombro izquierdo.

—¡Hijo de la gran puta…! –gritó Sharona, y cogiendo impulso con su brazo derecho, empezó a soltarle, uno tras otro, puñetazos en la frente—. ¡Te voy a joder vivo, cabrón!

—¡Nooo! –aulló Dwayne a su lado. Se agarró a su brazo, inmovilizándoselo, impidiéndole seguir golpeando al monstruo—. ¡Es mi hermano! ¡Déjalo!

Sharona miró la cara del guapo Dwayne, que en ese momento, con los ojos hinchados por el sollozo y el hematoma extendido desde su nariz, parecía otro repugnante monstruo. Su nariz despellejada sangraba sobre su codo, mientras le aprisionaba el brazo entre los suyos, poniendo el mentón encima, impidiéndole defenderse más.

—¡Nadie hace daño a mi hermano! –gimoteó de una manera insoportablemente pusilánime.

Sharona escuchó esas palabras fijándose por primera vez en la larga cicatriz que al muchacho le recorría bajo el costillar derecho. El Monstruo la cogió del pelo desde la nuca y le empujó la cara contra el suelo. Vio un destello en mitad de una absoluta oscuridad al llevarse tremendo golpe en la frente. Aquello ya era demasiado para ella. Reuniendo todas sus fuerzas flexionó la pierna derecha y se apoyó con el pie en el marco de la puerta para impulsarse. Y, haciendo girar su cuerpo en el suelo, llevó la rodilla derecha contra la sien izquierda de Dwayne en un fuerte golpe. Consiguió con ello que la soltara del brazo. Belial gritó junto a su oído izquierdo, aún mordiéndole el hombro. Estaba furioso. Pero ella también. Se incorporó a medias y se tiró hacia atrás, contra la pared, aplastando al monstruo.

Belial soltó su mordisco, sorprendido y sin aire. Quedó colgando un momento del pelo de Sharona que todavía empuñaba en su mano derecha. Ella, sintiéndolo bambolearse y forzarle el cuello con su sorprendente peso, lanzó su codo derecho hacia atrás. El golpe dio en mitad de la cara a Belial, en toda la nariz. Soltó el mechón de pelo y se dejó caer. Belial sangraba por primera vez en su vida: se tocó la nariz rota con manos temblorosas y gritó de rabia, los ojos brillando en el rojo más intenso. En ese momento se llevó un fortísimo puntapié bajo la mandíbula.

—¡Cállate ya, engendro del demonio, hijo de puta! –le gritó Sharona.

Y le sacudió otra patada. Y otra, y otra. Belial empezaba a reventar, sin aire y sobrepasado por toda aquella furia. Nunca antes nadie se había atrevido a enfrentársele. Su cara deformada empezaba a tomar otra forma, según su cráneo se iba partiendo con las sucesivas patadas y pisotones.

De pronto, el tobillo izquierdo de Sharona se vio envuelto por los dedos temblorosos de Dwayne. Ella le miró; el dolor que le hacía al restregar la herida del mordisco de Belial electrizaba todo su cuerpo, desde la raíz del pelo a las plantas de los pies.

—¡Para! ¡Por favor, para! –lloriqueaba—. ¡Lo has matado! ¡¡Has matado a mi hermano, mala puta!!

Sharona retorció la pierna hasta conseguir que Dwayne la soltara y le pisó dos veces la cabeza.

—¡¿Quieres a tu hermano?! –rugió, cegada de rabia y de asco— ¡¡Yo te llevaré con él!!

Se sentó sobre su pecho y empezó a soltarle repetidos puñetazos alternos, con una y otra mano. A la mandíbula, a las sientes, en plena nariz. Aplastó su cráneo a golpes hasta romperse los nudillos, hasta que no pudo más, hasta que se desvaneció de cansancio y de dolor.

Pero… al menos… sobrevivió para tener pesadillas… por muchos años.

FIN

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Una noche inolvidable

Sharona mantiene la esperanza de conocer a un buen chico…

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Elmer Ruddenskjrik