La nave llegó cerca de un sistema planetario de tantos. A diversas distancias se podía observar por las pantallas diferentes mundos y lunas. Los navegantes que acompañaban al almirante Ares Novares investigaban las características que tenían para ver dónde había más probabilidades de contactar alguna civilización de interés.
En esta ocasión Novares no era la principal autoridad a bordo sino que iba acompañado por los Ultra—Divinis Irvins y Norstad quienes mucho tiempo atrás, también habían surcado los Universos Antiguos con el mismo propósito. Sólo que ahora el interés estaba puesto en algo específico. ¿De qué se trataba?
—Almirante, tenemos un propósito muy especial se lo aseguro. Hay algo en la dinámica de los Nuevos Universos que estamos investigando para transmitírselo a los demás.
—Para mí es un honor, Supremos —aseguró Novares—. Después de todo, las Flotas están para eso, para investigar lo nuevo, lo desconocido. Ese es mi destino y lo estoy cumpliendo en cada viaje.
Todavía pasó un tiempo más en que los viajeros siguieron observando los diferentes mundos que parecían pasar cerca suyo. Por fin, uno de los oficiales científicos, Wargor, advirtió:
—Almirante, aquí hay un planeta interesante.
Rápidamente, un mundo cada vez más cercano fue llenando la pantalla, así que él y sus acompañantes podían observar algunos detalles a simple vista. Parecía haber pocos continentes y bastante océano; sin embargo, los oficiales aclararon que los habitantes de aquellas tierras eran bastante avanzados y existía una única civilización global. En otras palabras, no había guerras ni mayores diferencias entre ellos.
—Diría que es una civilización del tipo terrestre, no más que eso —aseguró Wargor—. Poseen un nivel interesante de conocimientos pero no realizan viajes espaciales, por ejemplo.
Los Supremos dieron su aprobación para entrar en órbita. Existían muchas civilizaciones con características parecidas, especialmente en los Antiguos Universos. Se trataba por lo común de razas parecidas a la que existió alguna vez en la Tierra pero sin ese germen bélico tan común a los terrestres. Sin embargo, este mundo, al que llamaron Loven—7, era apto para sus propósitos.
Rápidamente, se informaron de que existía una ciudad principal a la que los habitantes llamaban Norden. Funcionaba a modo de ciudad capital aunque no estaba demasiado poblada. Al parecer, los habitantes, llamados nordensis, respetaban que existiese un espacio parquizado para cada grupo familiar. Esto permitía que no se formasen amontonamientos de personas.
—Esto es bastante común —aseguró Norstad—. En mundos adonde existe en alto porcentaje la propiedad privada, los gobernantes o los científicos no tienen interés en explorar el espacio. Les parece algo innecesario, así que tampoco han desarrollado la tecnología para hacerlo.
En los siguientes minutos, la nave maniobró para acercarse bastante a la atmósfera del planeta. En cierto modo, casi todo lo que veían les resultaba familiar por haber visto otros lugares semejantes en tantos viajes que todos ellos tenían encima. Poco después, los sensores captaron una zona de Norden que pareció interesar a los kosmokratores.
—Creo que aquí hay algo de lo que buscamos —dijo Irvins. E inmediatamente las imágenes se amplificaron y pudieron ver un lugar situado aparentemente en las afueras de la ciudad.
—Aquí recibo claramente una señal —dijo Wargor.
Los Supremos observaron atentamente una pantalla donde parecía dibujarse algo así como una flecha.
—Algo así es lo adecuado —determinó Norstad a lo que Irvins asintió también. Entonces dijo con voz firme—: Almirante, descenderemos exactamente allí.
Y señaló una pequeña casa que había en medio de un parque.
Sólo unos minutos más tarde, el grupo de los 3 comandantes se materializó sobre cierta clase de césped. El aire era respirable en condiciones naturales salvo que estaba un poco frío. A lo lejos se oían vehículos andando por lo que parecía ser una ruta. Había una calma casi absoluta.
A unos 100 metros distinguieron entonces una figura humana tal como esperaban. Era un hombre de edad media y estaba sólo. Rápidamente, Irvins dijo:
—De él proviene la señal que estábamos recibiendo a bordo. Es más, creo que es él quien nos busca a nosotros.
Con ayuda del traductor universal pudieron entenderse fácilmente desde un principio. Aquí fue el almirante Novares quien se presentó:
—Somos de la Federación de Civilizaciones. Me llamo Novares y venimos deseando la paz de todos ustedes.
El otro individuo los miraba extasiado pero a la vez sin estar demasiado sorprendido, como habría sido de esperar.
—Yo soy Sandler —dijo solamente.
—Usted ha estado pensando en nosotros, ¿no es cierto? —dijo Norstad.
Quien decía ser Sandler ahora sí demostró asombro, como si hubiese sido sorprendido en algo oculto.
—¿Cómo lo sabe? —balbuceó.
Ante cierto gesto algo renuente del almirante, fue ahora el habitante de Norden quien tomó la iniciativa y dijo:
—Será un placer que visiten mi casa también —dijo a la vez que señalaba su propiedad a unos 100 metros de distancia.
Novares aceptó, al igual que sus compañeros, dieron algunos pasos en silencio y rápidamente llegaron a la vivienda. Atravesaron la puerta y Sandler los invitó a acomodarse en torno a una amplia mesa. Allí no había otras personas y parecía el lugar ideal como para tener una conversación. Acaso lo era.
Desde un principio, el nordensis demostró cierta excitación y hasta incredulidad en el trato con ellos. Realizaba unos gestos extraños con las manos como si no pudiera salir de su asombro. Tras un silencio, aquel hombre comenzó a hablar.
—Muchas veces me pregunté si usted/ustedes —corrigió— realmente existían o no —murmuró Sandler ya sentado frente a ellos.
—Pues ¿se ha convencido ahora o no? —dijo con cierto tono irónico el almirante. Y, acomodándose mejor en su asiento dijo—: ¿Está completamente seguro entonces?
—Sí, no tengo ninguna duda. —aseveró el nordensis con un suspiro.
—¿A qué se debe su seguridad, amigo? —intervino Norstad con interés.
—A que han venido a verme a mí directamente. Muchas veces pensé que algo así podía suceder pero esto es casi exactamente lo que yo imaginé.
—Tal vez no lo ha imaginado en realidad —afirmó Irvins—. Le puedo asegurar que yo no soy ningún sueño que usted haya imaginado, sino la más pura realidad. Si quiere hacerlo tóqueme y convénzase.
—No es necesario, para mí es suficiente —aseguró su anfitrión.
—¿Y qué piensa hacer ahora, entonces? —inquirió el almirante Novares— ¿Se lo va a dar a conocer a otros?
—N—no, no es necesario —vaciló —. No lo entenderían.
—¿Qué es lo que no entenderían? —se interesó Novares.
—Que seres de otros mundos hayan venido a verme justamente a mí.
—Bien, no es nada tan extraordinario, después de todo — dijo Norstad—; mundos hay millones y millones, así que lo raro sería más bien que ningún otro visitante llegara hasta aquí.
—Sí, pero los ciudadanos están descreídos al respecto porque nunca les ha pasado a ellos ni ha habido ninguna prueba. Ahora bien —murmuró—. ¿Por qué no han ido a ver al gobierno directamente?
—¿Y por qué tendríamos que ver a un gobierno? —retrucó Irvins—. A nosotros nos basta con verlo a usted.
—Bien, es eso lo que no puedo entender —admitió Sandler—. ¿Por qué yo?
—Querido amigo —dijo el almirante Novares—, es verdad, hay algo que usted aún no entiende pero no lo es lo que usted supone.
—¿De qué se trata entonces? —interrogó su huésped.
—Nosotros —dijo Norstad haciendo un gesto donde involucraba a todos sus compañeros— no somos solamente exploradores que vienen de algún mundo del cielo estrellado para ver cómo es este mundo suyo. No pertenecemos a este vecindario cósmico, no provenimos de alguna galaxia cercana ni de algún super—cúmulo más o menos cercano.
—¿Cómo? —exclamó asombrado Sandler—. ¿De dónde vienen entonces?
—Nosotros no somos precisamente exploradores de su mundo y otros de alrededor —añadió el Ultra—Divinis Irvins—. Nosotros somos los creadores de éste y de otros universos como éste.
Por un momento, el rostro de Sandler mostró diferentes expresiones propias de alguien que está completamente desubicado. No dijo nada y simplemente esperó que alguno de ellos siguiese hablando. Entonces tomó la palabra el almirante Novares:
—Amigo Sandler, así es tal como le ha dicho el Supremo. Nosotros hemos creado éste y otros universos efectivamente; una vez creados, estos se han ido desplazando por el neo—espacio y evolucionan a diferentes velocidades. Es por esta razón que nosotros nos dedicamos a controlar nuestra obra, a supervisarla, a ver cómo continúa y si hay elementos para mejorarla. Uno de los tantos objetivos era visitar un mundo como éste y tratar con seres como usted. No sólo es de interés para nosotros y todo lo que representamos sino que calculamos que también será de trascendencia para usted.
El nordensis apenas podía creer lo que estaba oyendo pero alcanzó a murmurar:
—¿Hay que llamarlos dioses, entonces?
—Llámenos como quiera —respondió Norstad—. Para nosotros ha sido algo normal y natural crear otros universos, es una capacidad que hemos adquirido a lo largo de millones de eones, y ya hemos visitado muchos de ellos, algunos se parecen a aquel del que provenimos y otros no. Yo mismo tengo una amplia experiencia en recorrer inmensidades cósmicas y nunca he perdido la capacidad de asombrarme.
—¿Cómo… cómo es que han creado otros universos? ¿Es verdad eso?
—La prueba somos nosotros —insistió Irvins—. De no ser por nosotros usted mismo no existiría —y al ver la expresión casi incrédula de aquel ser, insistió—: Seguramente, usted sabe que todo lo que hay en este mundo ha sido creado.
—Sí, pero se supone que ha sido todo un proceso evolutivo —replicó Sandler.
—Bien, ese proceso evolutivo, como usted lo llama, no sería posible si no hubiera existido primero un acto creativo adonde no había nada. A partir de ahí, entonces, ha sido posible todo lo demás. El acto creativo es lo que hace posible que se ponga en marcha la rueda evolutiva; ésta no existiría sin lo otro.
—¿Y el proceso evolutivo es siempre el mismo? —sugirió su interlocutor.
—Hay algo que debe tener en cuenta —intervino Norstad—. Mientras se maneje en un cosmos de 4 dimensiones, el tiempo demorará para cada cosa, tal como nos tiene acostumbrados. Fuera de esta estructura de 4 dimensiones existen otras de 10, 12, 24 y 36 dimensiones, por lo menos, en las que el tiempo no demora sino que las cosas son instantáneas de distinta manera.
A esta altura de la conversación, el nordensis se sentía cada vez más excitado por lo que oía pero a la vez con mucho interés.
—Nosotros hemos creado otros universos con más variantes todavía —afirmó Irvins—. Externamente pueden parecerse pero contienen mucho más. No son sólo estrellas y planetas sino que usted mismo se va dar cuenta un día de que hay mucho más.
—¿De qué manera?
—No lo hemos venido a visitar a usted porque sí —aseguró el almirante Novares—. Usted, Sandler, va a cumplir un papel en todo esto.
—No me imagino cómo —replicó su interlocutor.
—No es necesario que lo imagine —intervino Irvins—. Vívalo simplemente.
—Pero pasará mucho tiempo… —balbuceó.
Acto seguido, el almirante Novares extrajo una especie de brújula y, en cuestión de segundos, él y sus dos compañeros desaparecieron por completo de la habitación en que se encontraban. Rápidamente, se esfumaron ante sus ojos.
Sandler se incorporó de inmediato casi con desesperación. No quedaba nada, ni el más mínimo rastro de los visitantes que había alojado aquella noche. Tan sólo habían estado unos minutos con él y se habían ido. ¿Qué haría ahora?
El nordensis meditó durante largo rato en todo lo que había escuchado. Por alguna razón le había quedado una sensación de veracidad en todo aquello. Sólo había un problema: ¿cómo demostraría a otros que justo a él lo habían visitado esos dioses del universo?
Sin embargo, a medida que pasaban los minutos, Sandler se fue tranquilizando. Una rara seguridad fue entrando en él y comenzó a comprender que no era tan importante que otros creyeran o no en su relato.
Mientras recordaba mucho de todo lo que había oído se dirigió nuevamente a la puerta de ingreso a su vivienda. La noche había caído sobre ciudad Norden y se veían claramente las luces de la zona más urbanizada.
Sandler salió de lo que era específicamente su propiedad respirando el aire puro de afuera. Había algo que resonaba en su memoria:
“Hay dimensiones en las que el tiempo no demora y todo es instantáneo”.
Levantó su mirada al cielo estrellado de aquella zona del planeta Loven—7; había noches como aquella en que parecía que brillaban miles de estrellas sobre la ciudad. Sin saber por qué, levantó el brazo derecho al cielo y, al instante, se sintió como si fuera transportado a las alturas y luego al espacio. Sandler quiso gritar pero parecía imposible. Pronto recordó, sin embargo, a los visitantes que había tenido y se calmó.
Parecía que cada vez subía más alto y las lunas próximas y luego los planetas de aquel sistema solar pasaban cerca suyo. Así fue incursionando cada vez más y más en lo profundo hasta un punto tal en que ya no tenía noción de qué era lo que le rodeaba.
En la nave insignia el almirante Novares y ambos Ultra—Divinis ocuparon los puestos que generalmente solían ocupar.
—Almirante —dijo el oficial científico Muller—. Vea esto, señor —e indicó una pantalla.
Novares se acercó prestando atención.
—Algo más allá, fuera de la Burbuja Galáctica, se ve claramente un haz de psico—luz.
El hecho rápidamente captó la atención también de sus compañeros. Tras unos instantes, el Supremo Irvins afirmó:
—Bien, es algo de lo que esperábamos ver.
Así, con interés, los kosmokratores y otros científicos observaron en las pantallas una línea que, claramente, no estaba estática sino que iba en cierta dirección adonde no había nada que fuese detectable.
—Sí, es psico—luz —reafirmó Norstad—, algo que sólo puede provenir de un ser pensante. Seguramente se trata de nuestro amigo Sandler.
La escena continuó por largo rato con los protagonistas observando aquel fenómeno con interés. Pese a cierta impaciencia demostrada por Novares, el rayo de psico—luz, tras realizar una extensa trayectoria, comenzó a cambiar ligeramente de color pasando de un blanco al verde y así otros colores. No sólo eso sino que, de a poco, comenzó a variar en su forma pasando también por distintos formatos. Todo este proceso llevó unos minutos.
—Aún falta algo más —aseguró Irvins.
Así era. Luego de un rato vino quizá la parte más sorprendente de aquello cuando el objeto (ya que ahora era multiforme) comenzó a girar y extenderse a diferentes lados.
—Esa cosa se encuentra a unos 800.000 mega—eones de la Burbuja Galáctica más cercana —informó Muller luego de unos minutos de estar extasiado frente a aquel espectáculo.
—Bien, no es muy cerca que digamos pero era lo esperable —dijo Norstad—. Salga lo que salga no nos va a molestar.
Así continuó la escena por un buen rato más mientras el objeto comenzaba un proceso de multiplicación de sí mismo. Como los Supremos se encontraban satisfechos todo el tiempo, estos creyeron necesario explicar algo más a Novares.
—¿Sabe una cosa, almirante? —dijo Irvins—. Para un creador no hay nada como saber que su obra ha salido bien.
—Se lo aclararemos un poco —dijo Norstad—. El planeta Loren—7, la galaxia a la que pertenece y la burbuja a la cual también pertenece fueron creados por nosotros. Pero llega un momento en que, al igual que si se tratara del hijo de una persona, este cosmos no sólo aprendió bien lo que debe saber sino que ha sido capaz de crear a su vez otro ser potencialmente creador.
—El enlace ha sido Sandler, ¿no es cierto? —dijo el almirante.
—Así es. Para eso primero era necesario que alguien fuese capaz de imaginar a seres que no eran de su mundo —explicó Irvins—. El suceso tuvo lugar tal cual él mismo lo imaginó hasta encontrarnos a nosotros. Luego, usted recordará, le explicamos que no sólo éramos visitantes sino también los creadores.
—¿A partir de ahí qué sucedió?
—Esa fue la semilla neuronal que plantamos en él. Luego que nos fuimos Sandler ya no fue el mismo. A partir de ahí rápidamente sintió la necesidad de salir al parque que rodea su casa, mirar al cielo estrellado y sentir que tenía algo por hacer. Sin que él se lo propusiera comenzó a ser elevado por fuerzas N y, al poco tiempo, extendió su mano al infinito. Desde ese momento comienza a producir nada menos que psico—luz, un fenómeno que en los Antiguos Universos nunca existió.
—A partir de ahí comenzamos a captarlo nosotros en nuestros sistemas —pareció completar el almirante—. ¿Y cómo siguió todo?
—Hay algo interesante en lo que dijo Sandler —recordó Norstad—. El se refirió al proceso evolutivo de la creación como algo sumamente lento, que demora millones de años o más aún. Todos creen que es así.
—En los Antiguos Universos —dijo Novares captando la idea.
—Así es. En los Antiguos Universos los seres conscientes tenían los sentidos acomodados de acuerdo a las 4 dimensiones en que se movían. Pero en los Nuevos Universos no es así —afirmó Irvins—. Si aquí todo fuera tan lento nosotros nunca habríamos visto los resultados obtenidos. En los Nuevos Universos, las galaxias, las burbujas y otros objetos se han formado en cuestión de horas o unos pocos días ya que estamos regidos por una mayor cantidad de dimensiones.
—Está claro —aseguró Novares—. Sin embargo, la tarea de explorarlos es igualmente enorme.
—Sin embargo ha sucedido algo nuevo —dijo Norstad—. Adondequiera que sea que el señor Sandler haya ido ha creado al menos UN UNIVERSO DISTINTO que ya ni siquiera es como los creados por nosotros.
En esta parte de la conversación el almirante se sintió realmente impresionado. ¡Un Universo Distinto y diferente, por supuesto! ¡Algo que ni siquiera era como estos que él y otros almirantes estaban explorando! Parecía casi imposible de imaginar.
—Pero hay algo más aún —afirmó el Supremo Irvins—. Por lo que hemos visto, el Universo que ha creado nuestro amigo Sandler es mucho más amplio que cualquiera de estos, ya que posee unas 72 dimensiones.
—¿Entonces…? —murmuró Novares como presintiendo la respuesta.
—Pues se ha hecho realidad lo que él quería. Los procesos evolutivos transcurren infinitamente más rápidos que aquí. Las esperas casi no existen y es todo poco menos que instantáneo. Lo ha hecho él pero primero fue gracias a nosotros.
—¿Y qué se supone que está haciendo Sandler ahora?
—Pues está recorriendo el Universo que ha creado, está tomando conciencia de él. Tal como hacemos nosotros ahora.
—Era eso lo que queríamos ver —remató Norstad—. Si más allá de los Nuevos Universos todavía es posible algo más.
—Sí, ya lo veo. ¡Siempre habrá algo más! —exclamó el almirante regresando a su puesto habitual—. Siempre habrá galaxias e inmensidades de tiempo por explorar y esa es nuestra razón de ser.
Poco después (digamos) los Supremos hicieron lo mismo. Las estrellas y abismos espaciales seguían desfilando en las pantallas.
—Me ha resultado muy interesante este viaje —aseguró Novares—. Pero ahora debo preguntarles algo: ¿Cuál es nuestro próximo destino? ¿Hacia dónde vamos?
—Bien —dijo Irvins—. Conforme a mi costumbre, le responderé lo siguiente: Por allí —y señaló con una mano el infinito estelar.
—Sin embargo, esta vez, tengo yo otra respuesta —intervino Norstad.
—¿Ah sí? ¿Cuál es? —inquirió el almirante.
—Por ese OTRO allí —y también señaló las estrellas sin fin.
Todos sonrieron. Había OTRA misión por cumplir.