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El brillo del odio al final del miedo al amor por Elmer Ruddenskjrik

No solamente en estos días de consternación por el asesinato y violación de una mujer hemos de darnos cuenta de que el mal existe. No siempre es un mal que nos afecta personalmente, pero es un mal que nos acecha en cuanto a integrantes de una sociedad, la nuestra, que lo permite.

En Historias Pulp estamos completamente convencidos de que la única forma de combatir el mal concreto es eliminando de la escena a aquellos que, de manera bestial, convierten las vidas de sus semejantes en un infierno o acaban con ella sin contemplaciones.

Un hombre no es un hombre si se comporta como una bestia asesina. Y si no es un hombre no puede vivir en la sociedad de los hombres, es justo que así sea.

A todas las víctimas de asesinatos atroces en manos de verdugos repugnantes, a todas a quellas personas, mujeres, niños u hombres, violadas, vejadas, maltratadas, humilladas y despreciadas. A todas ellas va dedicado este relato brutal y sangriento. Un relato que es menos brutal de lo que lo es la realidad. Los escritores siempre vamos por detrás y siempre nos quedamos cortos.

El brillo del odio al final del miedo al amor es un relato único en este género con un final que impacta porque sintoniza con lo que muchas mujeres, (y hombres) sentimos en nuestras entrañas cuando comprendemos que la justicia no existe en este mundo. 

Los hombres azules

El ruido del altavoz nos despierta indicándonos que otro día ha comenzado; de pronto aquella ominosa verdad se hace tangible cuando el alcaide vocifera una y otra vez que nos pongamos de pie. A continuación los acólitos que le siguen penetran atropelladamente en nuestro dormitorio con la intención de retirar las frazadas que todavía cubren los cuerpos de aquellos que permanecen acostados. Ciertamente la  amenaza de recibir un latigazo consigue despabilar por completo a esa pequeña fracción de reticentes que se han negado a abandonar sus camas.

Reseña de “Batman contra Superman: el amanecer de la justicia”

Yo ignoro por completo las corrientes de adoradores incondicionales de cualquier clase de obras, y de las mareas terribles y acosadoras de “haters” que parecen buscar la extinción por arte de magia de muchas otras, basándose en nada más que su propio gusto. Pero también tengo mis gustos propios. Algunos inamovibles, y otros que el tiempo y la comparación a veces distorsionan. Es como el gusto por la comida, de alguna manera secreta que no entendemos, evoluciona aparte de nuestra voluntad, y en ocasiones nos descubrimos tragando con gran placer cosas que años antes considerábamos dignas de la coprofagia.