Roberto Martínez, profesor de literatura infantil de su comunidad de los Altos de Cazucá, en Colombia, comparte con nosotros su nueva crónica. A continuación podréis leerla en su totalidad o acceder a su descarga en PDF. 

Tampoco olvidéis que podéis leer otras crónicas de nuestro compañero Roberto, así como obras compartidas por otros autores en nuestra sección de Autores Colegas de Historias Pulp.

¡Que la disfrutéis, pulperos!

 

La vendedora de arepas de los Altos de Cazucá

crónica de Roberto Martínez

 

Un radio debajo de la mesa,  escuchándose una propaganda.

“—Radio… Recuerdo… Me… Gusta… Más…”

Interrumpida, por una música.

“En una penca de la ley… del monte…”

“—Radio… Recuerdo… Me… Gusta… Más…”

“Allí estuvimos… Enamorado…”

Otro fastidioso comercial.

“—Le Duele… La rodilla… Sí… Señor… Le duele… La Espalda… Sí… Señor…  Entonces… Use… La Pomada…Do… loran… El Dolor… Le Tiene… Miedo… A… Do… loran…”

“—Radio… Recuerdo… Me… Gusta… Más…”  

Las arepas, los chorizos, se van cocinando, dorando, en la hornilla de carbón, un fuerte olor aliñado va invadiendo diez cuadras a la redonda, deleitando de antojo a los transeúntes. Los clientes, mientras esperan su turno, comentan entre sí los últimos chismes y los nuevos chismes del barrio. Vecinos como El Chiquito o el Jabón chiquito, La Pantera Rosa, Mechitas, Colmillo Vaca, La Barriga iguana, La Concha Mugre, El Periodista o El Gato con Bota, La Pata Perro. Siguen escuchando debajo de la mesa, en un radio pequeño, la emisora preferida de los Cazucanos, es como un ritual. Todos rodeando la mesa de la vendedora de arepa.

“Radio… Recuerdo… Me… Gusta… Más…”

Sin dejar a un lado el chisme, como una cultura sarcástica.

“—Amiga… te lo comento… en secreto… No… sabéis… que el desnalgado… de tu gran amiga… embarazó a una muchacha…”

“—¿La que violaron…?”

“—¡No… la… que apuñalearon.”

“—Está embarazada del hijo de Chicharrón.”

“—¿Cómo…? ¡No…!”

“—La gorda… se… e… mozo… ¿con quién… ?”

“—Con el fontanero…”

“—El primo… fuma mariguana… Yo… lo vi… con mis propios ojos… en el jardín de Rita.”

“—Le sacaron las tripas… de tres puñaladas”

“—¿A quién?…”

“—Al enano.”

“—Se robaron… la motobomba… el transformador de la luz… lo sacaron en carretilla… en la madrugada…”

“—Lo mató… una carretilla”

“—¡No…! Lo mató un carro… pasando la autopista sur…”     

En los Altos de Cazucà, de lunes a domingo, en las horas de la mañana y al empezar la tarde, hasta caer la noche,  muchos de los Cazucanos desesperadamente devoran centímetro a centímetro las arepas, los chorizos, preparadas por la vendedoras de arepas. Cuando los clientes dejan caer, por un descuido, un milímetro de arepa o de chorizo, los perros sarnosos, mancos, tuertos, chandosos, luchan a muerte entre las piernas de los clientes de la vendedoras de arepas y chorizo, para mitigar el hambre.

Los clientes son Cazucanos desplazados, las madres de familia en acción, pertenecen al estrato 0 y 1. Los hombres, cuando abordan el transmilenio en la madrugada para ir a trabajar al norte de Bogotá D.C, construcción, vigilantes. Las mujeres, por lo general en los restaurantes, casas de familia. Muchas de estas personas, los domingos salen a vitrinear en los centros comerciales Homecenter, Carrefour, la Olímpica de Soacha, se convierten en estratos 5,6,7, miran de manera chicanera, por encima del hombro, a sus vecinos, que trabajan de vigilantes, vendedores ambulantes, expresándose.

“—Qué dirán mis amistades del contry Sur, de los Altos de Cazucá, que juegan tejo, toman cerveza sentado en un bulto de papa, escupiendo en el piso, escuchando en una grabadora un corrido de Darío, Darío”.

Yo no comprendo… por qué razón… un hombre macho… como yo… un par de piernas… lo vuelvan mierda… y una carita… lo haga un huevón…”

Interrumpido por una propaganda.

“—Radio… Recuerdo… Me… Gusta… Más…”

Me hace recordar el ego de un argentino que se estaba ahogando en el mar, ya en su último suspiro comenzó a cantar: Mar… mar… te estoy… tragando…”

Cuando esperaba la arepa, se escuchaba en la cantina de mi derecha una ranchera.

“— Solamente la mano de Dios… podrá… separarnos…”

Mi pobre estómago, con un ruido espantoso, como los chismes de mis vecinos, la pelea de los perros debajo la mesa, entre las piernas de los compradores, por un pedazo de arepa o de chorizo. La mujer, la niña mujer, pasaba una brocha pequeña con mantequilla, con delicadeza,  por ese círculo blanco de masa de maíz, mientras se tuesta en la hornilla, rociándole un poco de sal, sin dejar atrás un carnoso, jugoso, grasiento chorizo, muy amigo del colesterol, dejando escapar un aroma espectacular a muchas cuadras a la redonda. La cantina de la izquierda complace un cliente con una salsa,

“— Quítate… quítate… la máscara… quítate la máscara… Bandolera…”        

Confundiéndose, con la música de la emisora.

“Cómo… decirle señora… que me gusta… usted señora… me perturba mi sueño…”

Finalizando con una fastidiosa propaganda.

“—Le duele la cintura…. Sí…. Señó… le duele…. la rodilla… Sí…. Señó… Tome… Do… loran… El dolor… le tiene… miedo… a Do… loran…”

Ese domingo, en las horas de la tarde del mes de abril, del 2000. Yo seguía esperando una arepa con chorizo, hasta que llegara el Monito Parrandero. Él, me llevaría  comprar queso Costeño, para hacer mote de ñame.

El mote de ñame es un plato preferido de la gastronomía de la Región Caribe. La receta está a la vista, ponés a cocinar ñame al gusto, ají dulce, cebolla, ajo al gusto, cuando estén sofritos estos ingredientes, le sampas el queso costeño picado, a tu gusto. Hasta dejar cocinar el queso que se derrita. Si quieres, le agregas pescado frito, para que agarre un toque, contextura, para que se meta tres platos.

“—A… fabricar hijo… Papi…”

Esta niña, vendedora de arepa la llamaría Candelaria, es de familia desplazadas, por el conflicto armado, como la gran mayoría, de los habitantes de estas comunidades. Candelaria tiene la  mirada tímida, de baja estatura, pero resaltaba su belleza tras de la mesa, del balde donde guardaba las arepas, los chorizos, sin azar, soplaba con un cartón la hornilla, dejando escapar nubes de cenizas, perdiéndose por segundo su figura hermosa, bella, de cachetes rosados, cabellos trenzados. Candelaria, mientras vendía las arepas, los chorizos, con sus ojos azules. En ese momento cruzaban tres hombres tocando guitarra con una botella de aguardiente cantando un éxito de los Visconti.

“—Ódiame… ódiame… por piedad… yo te lo pido”…

Candelaria, mujer, niña mujer… de los molinos de vientos… de los molinos de agua dulce… molinos de hierro. Mujer, niña mujer… del tambo. Candelaria, niña mujer, de la molienda en las madrugadas, en las noches. Niña de agua dulce del maíz, mujer niña, de mirada hacia el sol, como la espiga del maíz. Candelaria, de la lluvia de las mañas, lava sus trenzas con las últimas gotas, acarician su cuerpo de cenizas y barro. Candelaria, del fuego, del humo, su rostro se pierde y regresa entre el humo. Como las figuras de humo, transformándose en dioses, desapareciendo y regresan, con el repicar de las campanas de colores de flores silvestres. Candelaria, a los pocos segundos, parecía su rostro, en un  diluvio de lágrimas producido por el humo, como el arco iris en los inviernos.

REPARTIÓ  LAS AREPAS  Y LOS CHORIZOS  PERO MENOS A MÍ  PARA BUSCARME LA CONVERSACIÓN.

Candelaria, Candelaria, de los cerros de explotación minería cielo abiertos, de los cerros de los tierreros, de los cerros de la piedra del indio, de los cerros de nuestros antepasados, los cerros de los grupos armados, “de los desplazados, por la violencia armada”, de los cerros de cordones de pobreza. Candelaria, me lanzó una mirada tímida, embriagada de risa juguetona, diciéndome.

“ —Tranquilo… ya… lo atiendo…”

Sus pómulos terminaron enrojecidos, grasientos, es Boyacá, tenía trenzas largas hasta su cintura, lucía un pequeño sombrero de gamuza, me interrogó delicadamente.

“— ¿Dime la verdad, usted no es de por aquí?”

Yo le respondí cantando.

“— Yo no soy… de por aquí…  yo soy muy Barranquillero… el amor de Carmela… me va a matar…”

Ella, respondió cagada de la risa.

“— ¿Usted es Cubano?”

Le conteste:

“— Yo, vivo… de un lado… para otro…”

Me interrumpió toteada de la risa:

“— Es que habla, como los Cubanos, ponte serio—me contestó—. Como todos los Cubanos, se están viniendo, para donde el carajito de Chávez. Eso dicen en séptimo día, a mí, no me consta; pero sí me consta, que de Venezuela a Colombia… solo hay un pasito.”

De nuevo le respondí.

“— Soy Costeño”.

Soltó  una carcajada.

“—Jaaa…”

Ella, terminando la conversación, me dijo.      

“—Claro hablan igualitico… a los Cubanos…”

La madre de Candelaria, había tenido diferentes relaciones  conyugales, hasta practicaba la bigamia de vez en cuando; como muchos casos que se están viendo en estas comunidades. Candelaria, en su adolescencia, es madre cabeza de hogar.

Los domingos, en las esquinas, en las mañanas y en las tardes, tumulto de gente, cantando, alabando a Dios por la salvación de sus almas, por las ayudas que reciben de muchas organizaciones  del gobierno, malgastándolas en largas horas de parrandas en las cantinas. Algunas señoras bien perfumadas, con sus mozos borrachas, terminando en una pelea de box con su marido, en las madrugadas donde sus hijos son los refiere, o el caso de Juan, de Pedro, de cualquier padre irresponsable, una tarde malgastó su dinero en cerveza, había tomado tanto que se le subió el alcohol en la  cabeza, creyendo escuchar una salsa de Vicente Fernández, cantándola.

“— Ella…. Tiene… las nalgas… para… un… instante… amar…”

Pero la canción empezaba.

“Ella tiene la magia de un instante de Amar”.

Un borracho salió de la cantina pasándose las manos por la cara, su cuerpo tambaleaba, se metía las manos en el bolsillo, miraba para un lado, para el otro lado, hablaba solo, se reía, de repente comenzó a caminar para su casa, cuando se quedó parado frente un aviso escrito con mala ortografía que decía:

“hornamntacion y ferretería El Mago”

El borracho, tocó la puerta, una, dos veces, hasta quedarse dormido en la entrada de la puerta que estaba cerrada, creyendo que era su casa. Un muchacho costeño, llegó al puesto de Candelaria, donde vende sus arepas.El joven, espantando los perros, que estaban parados entre la gente comprando una arepa con chorizo. El joven, cantando alegremente.

“—Todo, todo…  lo que yo trabaje… todo es para ti…”

No sé a quién le coqueteaba, si a Candelaria o alguna de las mujeres que se encontraban esperando una arepa con chorizo. Candelaria, cuando niña, no fue la excepción; desayunaba con los desayunos infantiles con Amor del Bienestar Familiar, almorzaba en la Escuela, en la tarde tomaba agua de panela con calado. Como la mayoría de los niños de nuestras comunidades.

MIENTRAS LAS AREPAS Y LOS CHORIZOS ESTABAN

Por mi mente, cruzaba la  Candelaria del humo, del sudor, de la molienda, de la braza ardiente, del  tizón, como calentando su espíritu emprendedor, soñando despierta, con los pies en la tierra, por el futuro de su hijo, alegremente, sin caer en la mendicidad. Candelaria, tenía su pequeño hijo entre sus brazos, cantando en tono bajo una canción de cuna.

“—Duérmete… Mi niño… Duérmete… ya…”

Candelaria, candelaria, la vendedora de arepa, seguía atendiendo sus clientes, del  barrio La Isla, El Progreso, La Unión, La Nueva Unión. Tremendo… nombre… para tres casas…. Candelaria no sabía que yo también cantaba para disimular el ruido espantoso en mi barriga, de tanto esperar, pero era paciente, yo, Cantaba una canción, de Roberto Carlos.

“—Nuestro  amor es así, para ti, para mí, como una receta.”

Yo, tenía comprensión, alegría, por ella; de verla todas las tardes salir con una mesa  sobre su cabeza, como una múcura de madera de forma rectangular, con su brazo derecho cargaba su hijo, mientras cualquier vecino voluntariamente la ayudaba subir las lomas, con un balde de arepas y chorizos.

POR FIN ME PASÓ LA AREPA CON CHORIZO

El ruido de mi barriga se calmó, los chismes de los vecinos silenciaron, como las peloteras de perros que se formaban, estábamos solos. Candelaria, sonrió, pasándome una deliciosa arepa con chorizo, preguntándome de una manera graciosa.

“—¿Como que tenías mucha  hambre?”

Yo le conteste cagado de la risa   

“— Quedé como hijo de cocinera”.

 Ella, soltó  la carcajada de manera rápida, para decirme.

“— Empezaré a validar los Sábados, en la escuela del barrio El Oasis”

“— Puedo llevar al niño.” —Le respondí.

“— Qué bueno, me alegro.”

Candelaria, mi vecina del barrio El Progreso, de tres calles arriba. Candelaria, cuando niña todas las mañanas llegaba a mi casa, para orientarla en las tareas, se quedaba  algunas horas escuchando los mejores clásicos, del Son Cubano, los Compadres, Compae Segundo, El Trío de la rosa. Candelaria, de mirada triste, como las flores moradas en las mañanas lluviosas, Candelaria, del silencio, de pocas palabras, de risa prudente, como una nostalgia en los atardeceres en los cerros. En los cerros de pocas oportunidades, para las mujeres de los cerros.

EN  ESOS  MOMENTOS  LLEGÓ EL MONITO  PARRANDERO

Vestido de un pantalón de pana de color rojo, una camisa de cuadros de color anaranjado con negro, una chaqueta de color blanco amarrada en su cintura gravemente en estado  de desgastamiento, zapatos de color café, parecido a un jíbaro del barrio la chinita, en Barranquilla. Toda esta pinta comprada en tres esquinas, por la módica suma de siete mil  barras (pesos Colombianos). Le pedí a Candelaria otra arepa, le pagué, le di las gracias, me despedí de Candelaria, con el monito parrandero, a comprar el queso, apenas puede ver su rostro sonriéndose que se perdía por completo en la humarada, dejándose escuchar suavemente una canción.

“Si  la morena quiere más…. si la morena pide más… Dale candela… dale candela…”

Interrumpida por una fastidiosa propaganda.

“Radio… Recuerdo… Te… Gusta más…”

La música seguía sonando.

“Si… la morena pide más…. Dale… dale….

“Radio…  Recuerdos… Te… Gusta… Más…”

Un borracho, que pasaba creyó escuchar en la emisora.

“Extra… extra… El intérprete… Diomedes Rafael Santos… ganó con una canción inédita en el festival de vallenato de Ayapel Córdoba. Es uno de los municipios, donde existe la explotación de la minería que viene acabando con el rio San Jorge, su fauna, los peces, las floras.”

De nuevo el borrachito regresó para la cantina a festejar.

Pero nosotros escuchamos:

” Acaba… de ganar las elecciones… Presidenciales… El… Doctor Juan Manuel Santos…”

“Radio… recuerdo… te gusta… más…”

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La vendedora de arepa de los Altos de Cazucá

Crónica por Roberto Martínez acerca de los Altos de Cazucá y sus gentes. En esta ocasión, centrada en un establecimiento de comidas y las personas que lo alternan.

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