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Un relato erótico de María Larralde seleccionado por la Revista Letras Entre Sábanas, nominado como el mejor relato de esta primera edición.

Nos sumergimos en un deseo obsesivo, extremo y brutal que no entiende de fronteras racionales.

Un deseo que encadena, que rompe los límites de lo admisible y que arrastra a la propia perdición.

Este relato no es apto para menores.

Y ahora… ¡Que comience la función!

La condena

Silvia comenzó a contar su historia en el despacho del director de prisiones:

<<Diego Pardo Navarro entró con los ojos inyectados en sangre y signos de golpes recientes en su cara. Fornido, grande, pesado y fuerte como un toro; calvo y con una gran cicatriz que le cruzaba desde el parietal derecho hasta el occipital en su pelada cabeza de hombre cincuentón. Las arrugas comenzaban a hacer mella en aquella cara recia de nariz prominente y ojos intensamente azules. Su boca rectilínea y severa le podría haber llevado a ser cualquier cosa, desde militar hasta cura. Pero era un tipo pendenciero que había acabado a golpes con su mujer y su mejor amigo. A golpes los mató al encontrarlos en su cama. Con sus manos desgarró las entrañas de la mujer, hundió los ojos del tipo y les rompió el cuello a ambos. Esto me lo contó él mismo, meses después de que entrara con una condena de 17 años. Me lo contó mientras sus secuaces la liaban en el patio. Mientras me metía su gran mano izquierda entre las piernas y acercaba su cara a la mía hasta asfixiarme con su aliento, agarrándome con la derecha el cuello. Me decía:

— ¿Te gusta? Dime, ¿te gusta? A ella la cogí por las piernas, la tiré de la cama mientras el hijo de puta miraba, a mi mujer, ¡a la que se estaba tirando hacía solamente unos segundos!, miraba aterrorizado cómo la golpeaba. ¿Entiendes que follara con  ese mierda? ¿Teniéndome a mí? ¿Sabes por qué lo hizo? —Hablaba en mi oído, susurraba con violencia sus palabras. Diego, olía mi boca y sacaba su mano fría de mis genitales mojados olisqueando sus dedos. Y seguía, contándome, contándome su brutal crimen, porque sabía que eso me excitaba—. Porque quería joderme, quería tenerme solo para ella, quería que me entrara un puto ataque de celos. Pero yo, no soy un puto invertido. Yo, si te pillo con otro, te mato. ¿Entiendes?

Sacaba su gran lengua y, lamiendo mi cara entera desde la barbilla hasta la frente, seguía hablando. Su voz, junto a sus dedos grandes y fuertes, era lo que me hacía entrar en un orgasmo convulsivo. Hasta el punto de que no me sentía en mi cuerpo. Creía estar en otro lugar, perdía la noción y me entraba un sudor frío. Parecía que me vaciaba cada vez que me violaba con su mente de asesino. Pero no quiero que nadie se confunda, Diego no me hacía nada que yo no quisiera >>.

El director la cortó:

— ¡Está usted abducida señorita! ¿Cómo puede contarme esto y querer que acepte su petición?

<<Escúcheme, Señor, por favor. Déjeme seguir…>>

— ¡Siga, siga pero no cambiaré de opinión!

<<Bien. Gracias. En la cárcel todos los funcionarios sabíamos que Diego era una bestia. Los hombres, los presos, quiero decir, saben con quién se pueden meter, y con quién deben mantener la distancia, tener cuidado, recelo, guardar un espacio de seguridad. Y Diego era de esos tíos que asustan hasta a la muerte. No pasaba desapercibido, daba miedo. Sobre todo por la mirada. Y aquel día, cuando lo metieron en su celda, cuando le di su ropa de cárcel, cuando le tomé los datos y le informé sobre las normas, Diego, me miró, provocando en mí una reacción completamente nueva y orgánica. Me excité. ¡Me excité sexualmente, quiero decir…!

Me miró a los ojos de forma tan brutal y descarnada que mi cuerpo tuvo una suerte de pequeñas contracciones en mi bajo vientre jamás antes sentidas por mí. Y desde ese momento supe que se metería dentro de mi cuerpo hasta hacerme desmayar con espasmos insoportables de placer. Me aterrorizaba el riesgo que corría, pero no pude reprimir mi deseo. Esa mirada era como de bruto, de animal, parecía que te desnudaba el alma.

¿Cuántas veces lo hicimos? No lo puedo recordar. Al principio me costó mucho acercarme a Diego. Pero lo contaré todo, ¡todo desde el principio! Si no lo hago, no entenderéis lo que me pasó. Lo que me pasa, y porqué pido mi dimisión…>>

—Comienza a darme miedo Señorita…

<<Yo llevaba ya un año trabajando, desde que aprobé las oposiciones. Ya sabe. Y esta cárcel fue mi primer destino, y aquí me quedé con la plaza de funcionario de prisiones. Ya sabe, Señor…>>

—Yo siempre consideré que debían ser hombres, hombres… ¡Es usted muy joven e inmadura!

<<Me costó adaptarme, la verdad, pero a los tres meses ya me había acostumbrado a la rutina, a la violencia y a tanta hormona masculina rebosando en los cerebros de los presos. Ya sabe. Sin embargo, cuando Diego entró, todo cambió para mí. Ahora, si echo la vista atrás, me doy cuenta de que era el destino. Mi destino en la vida era él >>.

Silencio. El Director miró al suelo, los ojos se le llenaron de lágrimas. Pensó en su hija Marta, de la misma edad de esta chiquilla.

<<Los primeros días, tras ese primer encuentro, busqué su mirada. Pero no volvió a mirarme más. Mi desesperación llegó al punto de que buscaba momentos para acercarme a él. ¡Con cualquier excusa! Pero siempre andaba rodeado de tipos tirados, los de peor calaña que él. Eran una especie de escudo entre él y yo.

No me volvió a dirigir una mirada durante días. Me desesperaba, no soportaba su actitud. Hasta que un día me acerqué a él, tras la puerta de su celda, en la ronda nocturna, a solas. Todo estaba en silencio, todo a oscuras. Las rejas estaban frías, y acerqué mi cara y la linterna para verlo dormir.

Pero ese día, no estaba en su cama, estaba pegado a las rejas. Su compañero dormía, y le dio igual. Me tomó por la pechera y me acercó con fuerza contra las rejas. Lo peor de todo es que no me asusté. Me excité, mucho. ¿Sabe lo que es sentir que algo por dentro va a estallar? ¿Que tu cabeza da vueltas, que su olor se te mete hasta los genitales y los despierta, como si tuvieran vida propia? ¿Sabe lo que es eso? Es una esclavitud >>.

—Estás enferma mujer, enferma, necesitas ayuda…

<<Fue la primera vez que lamió mi cara y me amenazó con destrozar mi coñito hambriento. ¿Cree que me ofendí? Yo me apreté más contra las rejas. El metal, frío y duro, producía un dolor intenso en mis mejillas. Pero Diego lamió mi nariz mientras con su mano me tocaba los genitales suavemente, casi sin fuerza. Su dedo índice se apretó entre mis labios, sobre el clítoris. Y mientras lo movía con rítmica cadencia, se tocaba a sí mismo sin bajar sus pantalones, y apretaba más su cara contra la mía, entre las rejas, jadeando. ¡Casi me muero! ¡Casi me muero esa noche! No dijo una sola palabra. Solo jadeaba como un perro.

Yo no podía permanecer en esa situación, escuché algo en la celda de al lado, y me alejé asustada. Pero no de él, sino de mí. ¡Entiéndame! Esa noche me masturbé tantas veces que no dormí.

A partir de ese momento, Diego Pardo Navarro comenzó a mirarme a diario. Yo estaba deseando venir a trabajar. No podía hacer ver que me gustaba, pero él me miraba de tal forma que me humedecía. Creo que tenía poderes ocultos. Porque he llegado a tener orgasmos con tan solo sentir su mirada sobre mí.

Después comenzó a mandar a sus amigos a que montaran tanganas, sobre todo, en los momentos del patio. Yo aprovechaba para acercarme a él. Y, en los aseos, a pesar del riesgo, me dejaba meter mano. No podía follarme porque debíamos salir en segundos. Pero él decía que era suficiente. Olerme para follarme en su mente por las noches. Para él eso era suficiente. Me obsesioné. A partir de ahí lo busqué en cada ocasión que pude. Forcé los encuentros.

Llegó un momento en que solamente pensaba en él. Y él comenzó a asistir a los talleres terapéuticos. Comenzó a acudir a todos aquellos lugares en los que tenía algo más de libertad y yo, cuando terminaba mis obligaciones, pasaba a mirarlo.

Un día, dentro de uno de los aseos, me preguntó:

— ¿Me tienes miedo? ¿Sabes lo que hice?

—No, no te tengo miedo y no, no sé lo que hiciste. Sé que mataste a tu mujer y a su amante. Nada más.

Mi respuesta le hizo esbozar una sonrisa perversa.

—Te lo contaré cuando follemos —dijo.

—No podemos… no puedo… —contesté excitada de pensarlo.

—Podremos, solo tienes que dejar este puto trabajo, y ser mi hembra. Eso quieres, ¿no?

Me quedé pensativa y le dije que lo haría si primero me contaba cómo había sido su crimen, y que cuando terminara de contarlo todo, con pelos y señales, lo dejaría todo para ser su mujer.

—Eres una perversa puta viciosa. ¡Joder si eres perversa! Ojalá te hubiera conocido antes… —dijo, y se volvió al inodoro, sacó su pene erecto, lo acarició, y  se puso a mear a chorro mirándome a los ojos—. ¿Es esto lo que quieres verdad?

Escuché pasos. Salí del sucio aseo muy nerviosa. Mi compañero de patio me preguntó qué pasaba, muy preocupado.

— ¡Nada! —le contesté enfadada. El pobre se olía algo, pero es muy buen chaval. No dijo nada.

Su pene se metió en mi cabeza, se metió en mi cabeza… Después, ya lo he contado, en cada encuentro un poco más de horror en sus palabras. Y mis orgasmos cada vez más irreales dentro de mí perturbada mente. Me lo contó todo, con pelos y señales, todo. Ahora que lo sé todo, que sé cómo los mató, dejo mi puesto de funcionaria de prisiones. Quiero mi primer vis a vis con Diego Pardo Navarro >>.

La joven mujer respiró profundamente. El director de la prisión se quedó atónito mirando a aquella hermosa muchacha y dijo apesadumbrado:

—¡Siempre me opuse a que las mujeres trabajaran en las prisiones de hombres, siempre me opuse, siempre me opuse…!

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La condena de María Larralde

Un relato erótico de María Larralde seleccionado por la Revista Letras Entre Sábanas, nominado como el mejor relato de esta primera edición.

Nos sumergimos en un deseo obsesivo, extremo y brutal que no entiende de fronteras racionales.

Un deseo que encadena, que rompe los límites de lo admisible y que arrastra a la propia perdición.

Y ahora… ¡Que comience la función!

 

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