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El Monstruo, un relato de Elmer Ruddenskjrik

El Monstruo, un relato de Elmer Ruddenskjrik

A pesar de ser este el primero de una serie de relatos propios que discurren en distintos tiempos alrededor de una gran novela ambientada en un medievo oriental ficticio, el personaje principal que da nombre al título fue idea de mi hermana, a la que muchos conocéis aquí como “Akiramarok“, responsable de la mayoría de los temas musicales que utilizamos en Historias Pulp.

Se le ocurrió cuando le propuse crear un personaje más del coral reparto que quería hacer que protagonizara este difuso proyecto de novela (a pesar del extenso contenido ya escrito sobre ella). Como resultado de sus ideas y de mi gusto por la acción, es como salió este relato, que esperamos que disfrutéis.

Y ahora… ¡que comience la función!

El Monstruo

—Vamos a morir.

El joven soldado hablaba para sí mismo, no se dirigía a nadie en concreto. Sus manos sucias de barro sostenían la lanza con la que se apoyaba para asomar la cabeza por encima de la trinchera. La lanza vibraba al son que lo hacía el soldado. Temblores de terror.

Los demás le miraron fugazmente sin expresión ninguna. A nadie le importaba que tuviera miedo, era algo normal, y lo que acababa de vaticinar era algo que todos tenían por seguro desde hacía días. No había motivos para tomarla con él, podía decir lo que quisiera. Sólo quedaban otros cinco soldados como él, y si no estaban ya muertos era porque el enemigo ni se imaginaba que eran tan pocos.

Sus compañeros, los que le comprendían y respetaban con condescendencia, eran bastante mayores. Sólo había un hombre cuya edad era difícil de determinar, podía ser un joven avejentado por las penurias de la guerra o un hombre maduro que se mantuviera recio y brioso por la misma razón. Este hombre ni se molestó en mirarle, y el joven soldado, cuyo nombre era Tetsuo, se dio cuenta de ello, pues escrutaba desconsolado el rostro de cada uno. Su mirada se detuvo sobre el hombre inmóvil.

—Tú. ¿Qué te pasa? ¿No tienes miedo? —le preguntó el joven Tetsuo sin dejar de temblar—. Todos tienen miedo a morir, puedo verlo en sus ojos, aunque se mantengan silenciosos y serenos. Pero tú pareces estar esperando tu turno en una taberna.

El hombre alzó la mirada de sus pies, a los que parecía estar hablando mentalmente, y clavó su dura mirada de ojos azules, nada usuales por estas tierras, en la de Tetsuo.

—Estúpidos. ¿No os dais cuenta de que igual de malo es matar que morir? ¿Por qué habría de temer nada, tras acabar con cientos de vidas durante esta guerra? Aquel que mata merece la muerte. No debería haber ni temor ni remordimiento en aquel al que ataña esta ley. Por ninguna de las partes.

Tetsuo fue recorrido por entero por un escalofrío que le hizo ponerse en pie, nervioso. Sus ojos se abrieron enloquecidos de puro miedo.

— ¡Dioses! ¿Está loco éste hombre? ¿Habéis oído lo que dice? Y yo pensando que estaba perdiendo la cabeza…

Nadie hizo réplica ninguna de lo dicho por Tetsuo. Quizá estuvieran de acuerdo con el loco, o quizá sólo demasiado cansados y derrotados como para discutir sobre puntos de vista, pero su pasividad hizo a Tetsuo calmarse, respirar un poco, lo suficiente para que decidiera volver a sentarse y callar como los demás. Era lo mejor que había para hacer. Reservar las pocas fuerzas que quedaran para ofrecer la mayor resistencia a la hora de la muerte.

Las horas pasaban en la mayor quietud. No les quedaba agua ni comida. El Emperador había dejado de mandar suministros y tropas a la región. Su audaz campaña de invasión había sido atajada de golpe por la superioridad tecnológica y numérica del enemigo, se perdieron las vías de comunicación con el grueso del ejército, quedaron aislados. La mayoría de los hombres habían intentado escapar al mando de su capitán la noche anterior, pero habían sido emboscados por el enemigo, que ya les tenía cercados por todos los flancos. Esa había sido la gran solución del capitán a tan desesperada situación. Los gritos de la masacre les habían llegado desde apenas unos cientos de metros, impidiéndoles dormir. Por eso era importante descansar ahora, mientras pudieran.

Además, era seguro que el enemigo atacaría al anochecer. Imposible les resultaría hacer nada que no fuera esperar el ataque, sólo así podrían hacer algún daño. Dejarles entrar en la trinchera, que se acerquen lo suficiente, y destrozarlos a golpe de espada. Era cuanto se podía hacer.

Tetsuo intentaba hacerse a la idea de morir, reunir valor para vender cara su vida, pero estaba seguro que el miedo a la muerte le paralizaría llegado el momento. Mientras los demás dormían o rezaban en silencio estático, él no podía dejar de temblar. Casi deseaba que llegara de una vez el momento, que se cernieran sobre ellos cuanto antes.

No cabía esperar piedad alguna. Por orden del implacable Emperador habían entrado en ese país destruyendo todo pueblo o ciudad, matando a todo habitante, fuera hombre, mujer o niño, para infundir el miedo en los corazones del resto de oponentes. Pero había tenido el efecto contrario, y el enemigo había recrudecido su resistencia y fiereza en las batallas, habían promovido una clase de odio que no tenía parangón en la historia, y este país, el que intentaban invadir, les atacaba ahora con la tenacidad de quien intenta acabar con una plaga. Estas ideas de rencor y muerte bullían en la mente de Tetsuo, y, exhausto de pura tensión, acabó cayendo en un profundo sueño inconsciente.

 

Cuando Tetsuo se despertó lo hizo sintiéndose bastante mal. Le dolía el pecho; se llevó las manos a él mientras sus ojos se hacían a la oscuridad que le rodeaba, mientras empezaba a reconocer formas y sonidos. Había gritos y ruido de entrechocar de metal por todas partes. Sus manos se mancharon de algo líquido y caliente que tenía en el pecho. Vio apenas que era una sustancia oscura. Su cabeza se agitó en silenciosa negación al comprender que le habían atravesado el pecho mientras dormía.

Reconoció al hombre impasible de ojos azules, inconfundible con su armadura de sargento, aunque nunca se había portado como tal. Estaba fuera de sí, apuñalando y cortando con su espada a todo el que se le acercaba. Se encontraba rodeado de un elevado muro de cadáveres cuando un gigante, uno de esos hombres descomunales que mataban a sus madres al nacer, secuela hereditaria de la contaminación que una gran guerra había provocado hacía milenios según las leyendas, pasó junto a Tetsuo, no pisándole una pierna con su enorme pie de casualidad.

El gigante, que portaba una espada proporcional a su tamaño, tres veces el de un hombre común, agarró por el cuello al feroz hombre de ojos azules con su mano libre, presto a atravesarle con la espada de la otra. El hombre de ojos azules, que había sido cogido desprevenido, dejó caer su espada ante el dolor y la sorpresa. Incluso en la oscuridad pudo Tetsuo notar cómo la cara de su compañero de armas se hinchaba y enrojecía por la asfixia.

Tetsuo se enfureció consigo mismo por no haber estado despierto para el momento del ataque. No veía a sus otros compañeros, pero no había duda de que habrían entablado combate igualmente singular y desesperado mientras él era apuñalado durante su sueño. Su desprecio por sí mismo y por el desigual combate que el hombre de ojos azules estaba sosteniendo, le permitieron reaccionar como estaba seguro que no hubiera hecho nunca.

Empuñó con ambas manos la lanza que permanecía tirada a su lado, en el suelo, se apoyó en ella hasta llegar a arrodillarse con gran dolor de todas sus entrañas, y, cogiendo cuanto aire fue capaz, cargó desde esa posición contra la pierna del gigante. Éste vio su pierna atravesada desde detrás a la altura del muslo, de un parte a otra. Rugió de dolor, despotricando en su idioma contra el joven soldado herido de muerte, soltando al hombre de los ojos azules, sacándose la lanza de un seco tirón, como si de una flecha se tratara; pateó a Tetsuo, poniéndole su enorme pie encima, hundiéndole en el barro viscoso del suelo mientras le extraía todo el aire de su cuerpo, mientras oprimía todos sus órganos, mientras obligaba a la sangre a brotar desde donde pudiera para escapar de la presión que soportaba ese cuerpo.

Tetsuo sintió un gran dolor, no durante mucho tiempo, pero tan intenso y horrible que hasta su alma sentía partirse en pedazos, podía notar cada terminación nerviosa de su cuerpo estallar en una medida infinita del sentido. Tetsuo hizo frente en su muerte a mucho más de lo que nunca hubiera podido esperar de sí mismo.

El hombre de los bravos ojos azules tuvo tiempo de que su garganta recuperara algo de su forma natural, liberada de la enorme tenaza del gigante. En cuanto el aire volvió atravesarla renqueante, haciéndole sentir como si se tragara una espada, empuñó la suya, que había dejado caer imprudentemente momentos antes. Cuando se alzó en su no muy larga estatura, echando hacia atrás los hombros en un intento de llenar los pulmones de aire, el gigante todavía estaba aplastando al joven soldado miedoso que le había salvado la vida.

El hombre de los ojos azules tuvo un estallido de rabia como no recordaba desde hacía más de una década, al ver el gran pie del gigante hundiéndose en la masa irreconocible de carne y vísceras encharcados en sangre. Dio a su espada un giro alrededor de una mano con un movimiento colmado de maestría y experiencia, la cogió firmemente con ambas del revés, y se lanzó con la hoja por delante sobre la gruesa espalda del gigante. La hoja se hundió bajo el cuello, y, arrastrada por el peso del hombre de ojos azules, trazó una abertura vertical y recta hasta la cadera, donde quedó trabada.

El hombre de ojos azules no intentó siquiera sacar la espada. Rugiendo como un animal salvaje, un alarido terrorífico que ensordecía el espantoso aullido de dolor del gigante, hundió sus manos desnudas en la larga herida, rebuscando sin ningún cuidado.

Encontró lo que buscaba, la columna vertebral del gran hombre. Hundió sus manos un poco más, abrazó con sus gruesos y tensos dedos la cadena de hueso y médula, apoyó los pies sobre la espalda ensangrentada, a ambos lados de la herida, dejó de gritar para coger una larga bocanada de aire, y empezó a tirar para sí, profiriendo un grito de furia y dolor tal que todos los soldados enemigos, dentro y alrededor de la trinchera, quedaron paralizados, confusos. Los más alejados se empujaban en un intento de ver qué ocurría, los más cercanos lo hacían en un intento reflejo de alejarse del horror que sus ojos no podían dejar de mirar.

El hombre de ojos azules tiraba y tiraba. Sentía las leves sacudidas del nudo de hueso al ir cediendo, al ir rompiéndose las ramas de nervio y venas que lo ataban al cuerpo. Sentía el doloroso entumecimiento de los músculos de sus brazos, piernas y espalda, a los que estaba sobreesforzando mucho más allá de su límite.

Rugía sin parar, un grito coreado por el de dolor del gigante, ambas voces entonando como si nunca se les acabara el aire, mientras el fortuito público observaba silencioso de consternación y horror.

La columna, impregnada de una maraña de colgajos de carne y grumos sanguinolentos, fue extraída por el hombre de los ojos azules en su totalidad, tras dar un último y seco tirón que acalló finalmente al gigante y la separó del cráneo de éste con un sonoro chasquido agudo y húmedo.

Muchos de los espectadores se debatieron temerosos al oír tal sonido, fue como una señal convenida para la huida, y así respondieron, retirándose sin darle la espalda al hombre de ojos azules, tan rápido y bien como podían correr hacia atrás.

El hombre de ojos azules sostuvo ante sí el trofeo; lo miró con cierto estupor, como si desconociera la forma en que había llegado a sus manos. Saboreó la sangre que le resbalaba por toda la cara e impregnaba sus labios entreabiertos, resbalando sobre su lengua junto al aire que tanto necesitaba. Le gustaba ese sabor. Siempre lo había paladeado de formas accidentales, como ésta, pero siempre lo disfrutaba como se merecía. Cada vez era algo distinto, como si cada persona tuviera un sabor particular y propio, pero con la misma esencia todas ellas. Algo maravilloso e inexplicable.

El hombre de ojos azules, exhausto y entumecido por entero como estaba, no pudo hacer gran cosa cuando se sintió zarandeado violentamente, algo que le hizo darse media vuelta contra su voluntad. Un nuevo gigante le asía por los hombros, le levantaba hasta quedar a la misma altura, cara a cara. Su enorme mano derecha le soltaba para envolverle la muñeca de su brazo izquierdo, que era como una ramita dentro del enorme puño. El gigante hizo palanca en un seco movimiento, partiendo el brazo del hombre de ojos azules a la altura del codo, quedando doblado hacia atrás, con hueso y músculos partidos y desprendidos al exterior. El hombre de ojos azules volvió a rugir, pero de manera mucho más lastimera y breve esta vez.

El gigante soltó su brazo lisiado y llevó su mano al cinto, de donde recogió una maza de mango corto que alzó por encima de la cabeza del hombre de ojos azules. Dijo algo en su idioma, incomprensible para el hombre de ojos azules, y lanzó la cabeza de la maza, con todo su peso y su propia fuerza sumados, contra la pequeña cara.

Los pocos soldados que no habían echado a correr pudieron comprobar la hazaña de su gran compañero. La maza resbaló sobre el cráneo del hombre de ojos azules arrancando toda la piel y carne de la parte izquierda de su cara. Podía verse el blanco del hueso entre regueros de sangre en su frente, el jirón espachurrado en que se había convertido el ojo, la dentadura mellada y sin labios allí por donde había pasado el martillo. El hombre de ojos azules había muerto del golpe, su cabeza bajó al son del movimiento del arma, sin que siquiera gimiera lo más mínimo de dolor.

El gigante lo miró algo decepcionado, molesto consigo mismo por matarlo tan rápido, y lo arrojó tras menearlo despectivamente ante los demás. El cuerpo del hombre de ojos azules fue a estrellarse violentamente contra un árbol, partiéndosele la pierna izquierda a la altura de la rodilla, de un manera similar a como le había quedado el brazo.

Algunos soldados, entre los que no se contaba el gigante, se acercaron y observaron durante muchos minutos el cuerpo desmadejado, retorcido, a los pies de aquel árbol, con una mezcla indescriptible de curiosidad, miedo supersticioso y profundo respeto. Finalmente se retiraron a su campamento provisional, el que habían montado para detener esa precaria avanzadilla invasora.

 

El destrozado hombre, al que le quedaba ahora un único ojo azul, permaneció inconsciente toda la noche. Su mente, en vez de reposar en el negro vacío de la total pérdida del conocimiento, se encontraba llena de una imposible actividad febril.

No estaba soñando, ni padeciendo una torturante pesadilla relacionada con la batalla o el dolor padecido. Su lucidez era completa, estaba luchando por despertar, utilizando todo el odio y el ansia de sangre de los que siempre había sido esclavo desde que tuviera memoria. No conseguía resultado alguno, sin embargo; no recuperaba el control de su cuerpo. Era su destino morir en ese momento, al parecer. Desesperado, empezó una insólita plegaria:

“¿Es mi hora? Adelante. Dioses, tened por seguro que mi ira no se detendrá con mi muerte. Si no he de poder continuar alimentándome de aniquilación en la Tierra, iniciaré un apocalipsis en el infierno al que seguro me dirijo, arrancaré con mis propias manos las cabezas de todas las inmundas criaturas que en él habiten, las ataré todas juntas y las uniré con cadena a un mango, del cual yo seré portador, y con mi nuevo martillo me arrastraré hacia vuestros dominios, donde continuaré con mi eterna carnicería, de la que soy vasallo y señor a un tiempo.

Si he de morir, arrastraré conmigo a todo ser demoníaco o divino que encuentre en el más allá, les haré a todos partícipes de la miseria y horror humanos que tan impunemente permiten acontecer en la Tierra. Y disfrutaré tanto en vuestro mundo como lo hice en el que me es propio.”

Quién sabe si existen esos Dioses y, de ser así, si se habrían dignado a escuchar la fiera amenaza de un simple mortal moribundo. Pero el lastimoso hombre recuperó la consciencia súbitamente, para sentir en su boca el áspero gusto de la tierra húmeda.

Su cara estaba vuelta contra el suelo, de modo que al intentar respirar profundamente para autoinsuflarse algo de vida, para hacer acopio de fuerzas y poder incorporarse, en sus fosas nasales se colaron trazas de barro y agua, que le hicieron esputar violentamente en una dolorosa arcada. Resopló fuertemente varias veces más, sin ser capaz de moverse lo más mínimo, hasta que pudo empezar a dejar entrar sólo aire en sus pulmones, gracias a la cavidad que había abierto a base de toser.

La parte destrozada de su cara era la que estaba hundida en la tierra húmeda, así que con su único ojo azul pudo contemplar la vista inerte del borde mellado y ensangrentado de la ruin trinchera desde la que había sido arrojado. Su sola vista sirvió para recordarle la inesperada proeza del joven soldado que le había salvado de morir estrangulado, y que había muerto entregando su vida por la de él de una forma realmente dolorosa. Su solo recuerdo sirvió para que su cuerpo se agitara convulsivamente, presa de intensos calambres, en un difícil intento de moverse. Sólo el mismo dolor que recorría su cuerpo era mayor que toda su sed de muerte y destrucción, y sólo eso fue necesario para que su rebeldía se viera espoleada y le permitiera incorporarse torpemente, apoyándose en su brazo derecho, el que estaba entero. Pudo dirigir su espalda hacia el gran tronco del árbol a cuyo pie se encontraba, arrastrándose con gran trabajo, y, una vez apoyado en él y recuperado el aliento durante unos minutos, se impulsó con la pierna buena que le quedaba, la misma derecha, contra la dura corteza, con la idea de llegar a ponerse en pie.

No le fue fácil. La tierra estaba muy blanda por unas lluvias que debieron caer durante la noche, y su pierna estuvo un buen rato haciendo inútiles surcos hasta alcanzar unas capas inferiores y más secas. Al fin lo consiguió. El logro le infundió nuevas energías y pudo entonces detenerse a evaluar sus heridas.

Comprobó, sin el menor atisbo de autocompasión, que toda la parte izquierda de su cuerpo estaba destrozada, inservible. Se llevó la mano derecha a la cara. Le faltaba no poca carne de la que recubría el rostro en la parte izquierda, palpó el hueso descubierto y raspado por la maza del gigante de su frente, sobre la ceja. Hundió sus dedos en la cuenca repleta de carne muerta para retirarla y evitar que se infectara. Sus dedos recorrieron su dentadura, le faltaba casi toda la mitad de ese lado de los labios, y muchos dientes de la mandíbula inferior. Notó colgando por debajo de su barbilla parte del labio inferior, y con gran desdén lo envolvió en su puño y se lo arrancó, lanzándolo lejos.

Miró a su alrededor sin motivo ninguno, sólo para distraerse del dolor de su pierna y brazo partidos. Su mirada fue atraída por algo en el suelo, una forma que sobresalía del barro que se encontraba entre los pies de su abstracta silueta en el fango, donde había estado yaciendo. Era la empuñadura de una espada, una espada enemiga.

Sólo se le ocurría que la hubieran hundido allí, a sus pies, en señal de respeto, aunque él no comprendía ese tipo de gestos. Enterrar a los muertos, hacerles honores o dedicarles plegarias, todo eso lo veía inútil e inexplicable. Quien estaba muerto, estaba muerto, y no había necesidad de honrarle o rezar por su bien. Una vez traspasado el umbral, ¿de qué podía servirle todo eso a uno? Suponía que la necesidad de tales ritos era para los que los llevaban a cabo, no para quienes iban dirigidos, así se había formado su opinión a base de presenciar muchos.

Casi como quien juega a caminar a la pata coja, sobreponiéndose a los calambres de su cuerpo entumecido, arrastró su pierna y brazo inútiles hasta la empuñadura del suelo. Su mano derecha envolvió la empuñadura de madera del arma, inclinándose para ello sobre ella, ignorando cada chispazo de intenso dolor procedente de los nervios en carne viva de sus miembros truncados. Se enderezó de nuevo sobre su única pierna de apoyo extrayendo la hoja de la tierra lánguida.

A diferencia de las espadas de su patria, el arma era de hoja recta y doble filo, algo más ancha de lo que estaba acostumbrado a manejar. Entre las manchas de barro fresco de la hoja pudo ver reflejado su rostro.

Ya no parecía humano. Había visto caras peores muchas veces, pero siempre en personas muertas, siempre tras violentas y confusas batallas. Sin duda su rostro le hacía ahora justicia, y le consolaba enormemente, no, le entusiasmaba mejor dicho, el pensar que ese horrible rostro era lo último que verían sus enemigos, la imagen que se llevarían con ellos a la muerte y que, esperaba, les torturaría eternamente en la pesadilla estática que él creía que debía ser el más allá.

 

Un gran revuelo se había formado en el campamento provisional, el que debía hacer de barrera a la invasión enemiga y que, de hecho, lo había conseguido. Se empezaron a tocar las campanas de alarma, lo que cogió bastante desprevenidos a todos, haciendo que se movilizaran a trompicones, embarullados, armándose y vistiéndose atropelladamente según iban saliendo de las tiendas.

El caso era que, una vez fuera y llegados al lugar del problema, la mayoría echaba a correr por donde había venido, presa de un miedo supersticioso o de un inusitado horror, según el caso, al ver al horripilante cadáver del hombre del único ojo azul caminando a saltos sobre su única pierna entera hacia ellos.

Había quienes, sobreponiéndose a su repugnancia u obedeciendo a la razón, decidían enfrentarse al desfigurado pero inconfundible enemigo, pero para sorpresa de éstos y de quienes observaban paralizados, el hombre del ojo azul se defendía ferozmente con la espada de doble filo.

Paraba estocadas y mandobles, saltaba sobre su pierna para avanzar y esquivar, todo ello con grotesca terquedad y tal monstruosa falta de autoconservación que sus rivales se veían abrumados por la contundencia y barbarie de sus ataques. Decapitaba y mutilaba, abría en canal y atravesaba, todo un espectáculo de masacre que resultaba más enloquecedor por el hecho de ver al muerto viviente moviéndose con tal soltura y rabia, matando tan despiadadamente y sin medida, incluso a los que se rendían pidiendo clemencia, arrodillados o tumbados a sus pies. Pero a pesar de tan dantesco desarrollo de los acontecimientos, seguían los soldados más aguerridos lanzándose a su encuentro, y él seguía deshaciéndolos ante sí.

Hasta que, como hiciera la noche anterior, el gigante que le había reducido a medio hombre se le acercó rápidamente por detrás mientras partía a un soldado por la mitad de un mandoble vertical. El hombre del ojo azul se había percatado de ello esta vez, pero, limitado como estaba su movimiento, no pudo volverse hacia el gigante tan rápido como hubiera debido, y tan sólo pudo apenas usar su espada para desviar el fuerte golpe de la maza del gigante, que intentaba aplastarle la cabeza. Se libró, pero su espada se retorció en su mano, bailó indomable entre sus dedos vibrando por la intensidad del golpe, se le resbaló. El gigante volvió a alzar su maza para dar otro golpe igual, seguro ahora de que no fallaría. Su enorme tamaño le hacía moverse con cierta lentitud, no demasiada, pero la suficiente para que el hombre del ojo azul reaccionara como lo hizo.

Flexionando su pierna derecha cogió impulso y luego saltó, un salto que muchos no habrían podido ejecutar con ambas piernas enteras. Salió volando contra el pecho del gigante, con su brazo y pierna izquierdos colgando inertes tras él. Se agarró con su única mano útil al peto del gigante, quien interrumpió sorprendido el ataque de maza; apoyó su pierna contra la enorme tripa, y saltó de nuevo, un salto mucho más corto, casi al límite de sus fuerzas. Se agarró esta vez al pelo de la cabeza del gigante, abrió su horrible boca desfigurada y lanzó su cara contra la gran nariz, hincando los dientes en el grueso tabique.

Todo esto ocurrió muy deprisa, sin que el gigante tuviera tiempo de pensar en reaccionar. El hombre del ojo azul, sujeto con los dientes, soltó el cabello para, de un potente puñetazo, hundir su mano en el ojo izquierdo de su rival, envolviendo el globo ocular con las garras implacables que se habían vuelto sus dedos y arrancándoselo de un fuerte tirón.

El gigante se palpó frenéticamente la cabeza y la cara mientras profería un agudo chillido, nada propio de su tamaño, manoteando sobre el hombre del ojo azul inútilmente, como quien intenta espantar a un mosquito, pero el hombre del ojo azul estaba anclado a su cara con su penetrante dentellada y, tras arrojar desdeñoso el resto del ojo que había arrancado, puso su mano sobre la dentadura inferior del gigante, que respondió intentando cerrar la boca, pero era ya tarde.

El hombre del ojo azul, con una resistencia y fuerza que parecía sobrenatural a los aterrorizados soldados que observaban el desigual enfrentamiento, tiró hacia abajo de la mandíbula de su gimoteante rival, que le envolvió con sus manos en un intento de aplastarlo. Pero no tuvo tiempo. Sintió la mandíbula desencajársele primero con un intenso y reverberante dolor romo, y de seguido notó la carne que la unía al resto de su cara desgarrarse completamente, éste un dolor igual de intenso, pero mucho más agudo y penetrante.

La sangre caliente que le brotaba del desgarrón le empapó el cuello y el pecho, su lengua se debatió como con vida propia, confusa, buscando su cobijo perdido, pero topó con algo, algo que la aprisionó. El hombre del ojo azul cogió la lengua desde tan profundamente como le dio para ello el brazo, y tiró tan secamente y fuerte como era ya su costumbre. El gigante notó otro fuerte y húmedo desgarro desde bien dentro de su garganta, algo que le inundó tráquea y faringe de sangre; bebía y respiraba, sin poder evitarlo, el cálido fluido. Se asfixiaba y desangraba, todo junto, llegándole la muerte bastante más rápido de lo que quizá deseaba el hombre del ojo azul, pero no lo bastante que hubiera deseado el gigante.

Con el hombre del ojo azul aún sujeto por sus dientes al hueso de la nariz, el gigante cayó de espaldas con brutal estruendo. Aún fluía la sangre de la destrozada boca del cadáver cuando el hombre del ojo azul se incorporó, con su horrible rostro desfigurado manchado por entero de la sangre de sus víctimas, con su inexpresiva y brillante mirada de cíclope recorriendo los aterrados rostros de los soldados que le rodeaban inmóviles.

Ninguno parecía dispuesto a lanzarse contra él, desarmado como estaba. Tan sólo empuñaba la larga y gruesa lengua del gigante, que arrojó a modo de provocación a la cara de uno de los que le miraban. Este pobre soldado anónimo fue presa de gran repugnancia y horror, y echó a correr despavorido empujando a todos sus compañeros. Todos los demás, visto lo visto, convencidos de que se habían estado enfrentando a un muerto viviente al que no podrían jamás derrotar, siguieron ese ejemplo, y en pocos minutos dejaron desierto el campamento provisional, y solo al hombre del ojo azul.

 

Nadie supo qué fue del monstruoso soldado resucitado. Nadie volvió jamás por esas tierras, que se consideraron de ahí en adelante malditas

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El Monstruo

En una época distante, unos pocos afrontan una situación desesperada. La ocasión ideal para que la naturaleza de un hombre se vea transformada…

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Elmer Ruddenskjrik