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La chica del lago, un relato de Walter Saravia y Luis Cano

La chica del lago, un relato de Walter Saravia y Luis Cano

Queridos amigos de Historias Pulp, hoy os traemos de la mano de dos escritores, Walter Saravia y Luis Cano, un relato estremecedor a la par que onírico. Es este un relato que bebe de las aguas más oscuras de la podredumbre humana. Un relato que tiene mucho de realista, de trágico a pesar de ser un relato, al fin y al cabo, fantástico. ¿Queréis acompañarnos en su deliciosa travesía acuática?    

LA CHICA DEL LAGO

      Luis Cano y Walter Saravia

       Me alejé del grupo de amigos que parloteaban junto a la fogata. Comenzaron a narrarse historias de miedo y terror, leyendas urbanas que habían escuchado, para pasar un rato de misterio y espanto. Historias contadas de boca en boca, refrito de un refrito, nada que les hubiese ocurrido en lo personal o por lo menos a alguien cercano a ellos, cosas sin interés, desde mi percepción. Acepté acompañarlos esa noche porque, me la paso bien con ellos, son divertidos y buenos chicos, aunque yo no sea de su misma naturaleza. Soy muy reservado y tímido, las palabras me las tienen que extraer con sacacorchos, y casi siempre me animan con insistencia, a que me arriesgue a hacer tal o cual cosa. Aún no sé porque me aceptan en su grupo, tal vez piensen que tengo remedio.

    Caminé hasta el viejo muelle donde descansaban las canoas. El crepitar del fuego y las voces de mis amigos, quedaron fuera del alcance de mis oídos. La luna imponente, se alzaba en lo alto del cielo oscuro, reflejando sobre el lago un hilo que plata, que reverberaba con el movimiento inquieto del agua. Aquí estaré mejor – me dije.

    Abandoné la suavidad plástica de mis sandalias e introduje mis pies desnudos en el agua fresca del lago, y embelesado, contemplé la hermosura de la luna. Calculo que habrían pasado unos veinte minutos, cuando volví mi mirada hacia atrás, y pude observar que algunos de mis amigos, se disponían a dormir en sus casas de campaña. Uno de ellos le recriminaba a otro, el que se fuesen a la cama tan temprano. Era Tulio el inconforme. Lo supe por su  inconfundible voz, tan grave y sonora, que por más que intente hablar suave, le es imposible. Sonreí, imaginando que las historias narradas no había calada hondo en ellos y que habían sido de poco interés. Me alegró el haberme alejado a tiempo, de otra manera también estaría alistándome para dormir, desperdiciando una noche tan inusitada y simplemente bella. Tulio, al cabo de unos minutos de sentirse solitario en el campamento, fue hasta a mí con lámpara en mano:

– ¿Quieres que te acompañe? Todos se fueron a dormir.

– No, gracias, quiero estar solo.

– Como quieras, entonces me voy a dormir.

    Tulio se retiró con paso cansino. En realidad yo prefería estar sólo, en medio de la quietud de la noche. Bromas y risotadas, aún se escuchaban provenientes del campamento, pero con el pasar del tiempo fueron disminuyendo, hasta el punto de que sólo el silencio, reinó en el campamento. Me recosté sobre las viejas maderas del muelle, que crujían con el movimiento tenue pero constante del agua. Sentí un arrullo sonoro y cinético, producto del roce de los maderos y el vaivén del agua, que movían aquel amasijo de clavos y madera, arrancando una melodía sutil y apenas imperceptible. Salvo esos dulces sonidos, parecía que el tiempo se hubiera congelado, sumergido en un silencio sepulcral. De repente, un chapoteo rompió la silente quietud.

    Me incorporé extrañado, y observé que el hilo plateado de la luna, reflejado sobre el lago, ondulaba más de lo normal. Miré en todas direcciones buscando el origen del chapoteo, pero no distinguí nada fuera de lo normal. Volví a recostarme, con la mirada fija en la luna, sintiendo una pesadez en los párpados, que de improviso me inundaba.

El sonido del chapoteo parecía acercarse a mí, y por un momento pensé que se trataba de un animal, aunque podía haber sido un trozo de madera a la deriva. Un leve roce en mi pie derecho, aún sumergido en el agua por debajo del muelle, me hizo salir de mi somnolencia. Por una extraña razón, no me reincorporé esta vez, a pesar de la repentina sensación. Esperé, aún recostado sobre el viejo muelle. El roce era leve pero constante.

El ruido cesó. Me sentí más tranquilo y volví a fijar la mirada hacia la hermosa luna llena, que brillaba a la mitad del lienzo estelar. Un profundo suspiro llegó hasta mis oídos. Automáticamente y sin pensarlo, agucé mis sentidos. Por un momento pensé que estaba imaginando, pero un segundo suspiro, esta vez más profundo y melancólico, partió el silencio. Me levanté con rapidez, y al dar un rápido vistazo a mi alrededor, no percibí nada. Sin comprender cómo, pude ver el cuerpo de una mujer que flotaba, saliendo por debajo del muelle.

    El rayo de luz lunar que el lago reflejaba, la seguía. A toda prisa saqué mis pies del agua y me arrastré hacia atrás, buscando instintivamente un rincón que me sirviese de refugio, pero casi caigo al agua por mis torpes movimientos. Por un momento, pensé que mis amigos me jugaban una broma pesada.

– Muy divertido, ¿verdad? – grité, tratando de que en mi timbre de voz no se apreciara el repentino susto que me había invadido.

    No recibí respuesta alguna. Esperaba las carcajadas burlonas y repentinas de mis amigos, pero esto no sucedió. Me puse en pie, ya con la sangre corriendo nuevamente por mis venas, y agudicé la mirada. Pude ver el rostro del cuerpo que flotaba, y me di cuenta que no podía tratarse de ninguno de mis amigos. Era una chica, tal vez de unos veinte años: cara aguileña, de tez blanca, muy hermosa. Su largo cabello oscuro, se desparramaba por el agua, flotando lánguidamente. Calculé que mediría poco más de cinco pies de altura y tal vez no pesaría más de ciento cincuenta libras, de acuerdo a la delgadez de su rostro. Un vestido blanco y largo hasta la mitad de sus pantorrillas, se ajustaba en su pecho y caderas, mientras que la tela parecía revolotear con lentitud alrededor de sus brazos y piernas. Después de contemplarla por unos segundos, me percaté de un ligero movimiento en sus párpados.

– ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí sola?,- pregunté.

    La chica pareció no escuchar mis palabras, aunque las comisuras de sus labios se movieron, como queriendo articular palabra, y los laterales de las fosas nasales se contrajeron. Dirigí mi vista hacia el campamento, buscando el apoyo de mis compañeros, pero el lugar se encontraba en penumbras, si acaso se alcanzaban a ver las brasas casi muertas de la hoguera. No se me ocurrió otra cosa, más que intentar nuevamente comunicarme con la chica:

– ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

    Al escuchar mi insistencia, la mujer abrió los párpados. Unos ojos almendrados, preciosos, fulguraron entre unas pestañas tupidas y rizadas. Me miró fijamente y al cabo de unos segundos contestó:

– Me gusta hacer esto en luna llena, ¿sabes? En silencio, cuando todo está en silencio.

– Sí, pero algo podría lastimarte en la oscuridad de la noche. Un animal… algo…

– Animal… ja… animal… No hay animal ni cosa que pueda lastimarme, no, no lo hay.

– ¿Dónde estás acampando?

– Por allá.

    Dijo esto último sin señalar dirección alguna.

– ¿Por qué no sales del agua y platicamos?

– No creo que quisieras hablar conmigo.

– Pues ya lo estamos haciendo, ¿no?

– Bueno, me refiero a platicar fuera del agua.

– ¿Por qué no? Si ya lo estamos haciendo aquí, qué más da hacerlo allá, en la playa. Además no está lejos, puedes nadar sin dificultad hasta la orilla.

-No me gusta nadar, me encanta flotar sobre el agua, me relaja, me mantiene en paz.

– Bueno, intenta flotar hasta la orilla si lo deseas y hablamos ahí.

    Un leve soplido del viento, hizo que el cuerpo de la joven tomara dirección a la playa. Yo caminaba muy despacio sobre el traqueteante muelle, escoltando a la joven. No tardamos en llegar a la orilla. Me senté en la arena, pero la joven seguía aún flotando en el agua. Eso me puso un poco inquieto, y me di cuenta de que el miedo no había huido de mi mente por completo. Al parecer ella lo percibió, porque me dijo:

– No temas, no te haré daño, no podría.

– No… no es que tenga miedo. ¿Quién dice que tengo miedo?

– Bueno, sólo lo digo porque pareces inquieto.

– Bueno… sí, un poco, lo admito. ¿Pero, por qué no sales? ¿Por qué sigues en el agua?

– Es la luna, ella… ella no me deja.

    Me puse en pie, y algo de lo que no me había percatado anteriormente, era que el rayo de plata de la luna, le había seguido hasta donde nos encontrábamos.

– Me gustaría pisar la arena nuevamente – me dijo.

– ¿Y por qué no lo haces? – pregunté.

-Ya te dije… Es la luna.

    Me introduje en el agua, para ponerme en las mismas circunstancias que ella. Tal vez la entendería un poco. Por mi mente pasó raudo un pensamiento: tal vez sufría de selenofobia o de algún trastorno mental parecido. Me coloqué tras de ella, bloqueando la luz de la luna, y aquellos hermosos ojos se posaron en mí: eran encantadores. Su mirada insistente y penetrante hizo que la mía se desviara, sintiendo que la intimidad de mis pensamientos eran invadidos por ella.

– ¡Ahora ya puedes salir! – le dije.

– Si y no – Dijo con cierta duda en su voz.

– Entonces, ¿qué más puedo hacer por ti? – pregunté nuevamente.

– No se trata de qué más puedes hacer o no hacer, se trata si podrás asimilar lo que tus ojos verán.

– Claro… ¡claro que podré! – respondí.

– Toma mi mano entonces – me dijo ella.

    La profundidad del agua no sobrepasaba los dos pies de altura. Para ella sería sumamente fácil ponerse de pie y no entendía la necesidad de que tomara su mano, pero lo hice. Cuando aquellos delicados y finos dedos rozaron los míos, sentí algo que nunca había percibido. Una sensación difícil de describir con palabras.

– ¿Estás listo?– me dijo.

– Asa… adelante – sólo atiné a balbucear.

    El cuerpo de la delicada joven se puso en pie, y me di cuenta que mis cálculos respecto a su estatura eran correctos, salvo porque los poco más de cinco pies, correspondían a la distancia existente desde sus pies… hasta sus hombros. Comenzó ella a caminar hacia la playa y nuestro contacto se fue diluyendo con lentitud a menudo que se alejaba de mí, hasta que mis dedos acariciaron únicamente el aire. Ella no detuvo su andar, y al llegar a la orilla, se sentó en la arena y comenzó a jugar con ella, tomándola entre sus manos, escurriéndola entre sus dedos.

– ¿Por qué no vas a la orilla? – Preguntó la cabeza, que se había quedado flotando en el agua, junto a mí.

– ¿Verdad que no estabas preparado?

– N… no es eso – respondí. Mis pies se habían congelado.

– No te preocupes, se te pasará poco a poco, sólo dale tiempo.

    Nos quedamos en silencio, mientras el rostro de la chica permanecía sin mostrar sentimiento alguno. Por mi parte, ahí donde me encontraba, solo podía apreciar aquel cuerpo sin cabeza juguetear en la arena, como una chiquilla que recién se ha reencontrado con un juguete perdido o casi olvidado. Cuando digerí la situación, en lo que podía caber, y tras un largo silencio me atreví a preguntar:

– ¿Qué te ocurrió?

    El rostro angelical de la joven paso de la serenidad a la pena.

– Es triste – me dijo.

    Y sus ojos bien abiertos, pegados a esa cabeza flotante, observaron la luna, que para ese entonces ya se ocultaba tras de las colinas, como presagiando al día, que se aproximaba. Prosiguió de la siguiente manera:  

– Mi novio de juventud, mi primer amor y yo, solíamos venir a este sitio por las noches, a bañarnos, y tú sabes a que más. Disfrutábamos el estar juntos en noches de luna llena, como esta, y pasábamos horas y horas hablando del futuro. Muchas veces nos sorprendió el amanecer, apenas dándonos cuenta de ello. Las cosas cambiaron cuando me fui a la universidad. Por sus escasos recursos, él no pudo seguirme en la nueva aventura, de hecho tuvo que seguir con el triste destino que su familia le marcaba: trabajar en un mediocre empleo, que no le satisfacía en nada, ni le planteaba un futuro prometedor. Esa situación amargó su antes amoroso carácter. Surgió implacable su complejo de inferioridad, acompañado de la desconfianza y los celos, que despertaron por mi estancia en la universidad. Llegó al punto de acosarme y culparme de cosas que yo no había hecho.

Yo le amaba y quería vivir el resto de mi vida junto a él, pero una idea absurda y enfermiza se empezó a arraigar en lo profundo de su ser: “si no eres mía, tampoco de nadie”. No entendía que seguía con él, que yo quería una vida juntos, que mi intención era ayudarlo a cumplir sus sueños.

Los años pasaron, y la nuestra fue una relación cada vez más distante, más fría, con altibajos que se resolvían tan rápido como llegaban. Un mes antes de mi graduación, me propuso venir a este sitio, donde nos entregamos mutuamente por primera vez. Era una noche de luna llena como hoy, hicimos el amor, mientras en mi mente se gestaba la idea, de que tal vez esa sería la última vez, que ya no podría soportar más tiempo, la inestabilidad enfermiza que se había convertido en el monstruo de nuestra relación.

No alcancé a expresarle mi sentir. Justo cuando terminábamos nuestro último acto de amor, inesperadamente rebanó mi cuello con un cuchillo de cocina. Lo único que alcancé a ver, fue el destello de la hoja de acero, resplandecer bajo la luz de la luna, antes de caer sobre mí. Mientras la sangre a borbotones se escapaba junto con mi último aliento, pude ver su rostro transfigurado lleno de lágrimas. Lloraba como un chiquillo, mientras gritaba cosas ininteligibles.

Me tomó en brazos, y me depositó dentro de una barca que estaba premeditadamente en el muelle, para continuar con su plan. Me envolvió en una manta, junto a tres grandes piedras, y con una larga cuerda me ató fuertemente. Antes de entrar en un shock mortal, escuché el palear de los remos en el agua, silencio. Sentí el agua helada en mi cuerpo, mientras en mis pulmones anegados de mi propia sangre, entraba el vital líquido que conformaba el lago.

No sentí más dolor, no sentí más la asfixia. Mis ojos sólo veían el negro de la oscuridad mortal. Pero mi mirada, más viva que nunca, siguió a mi asesino, no sé cómo. Lo vi remar con desesperación, huyendo del sitio a toda prisa. Seguía percibiendo la frialdad del agua, pero mi vista seguía de cerca las acciones que se desarrollaban fuera del agua. Observé cómo él ingresaba a la vieja camioneta en la que habíamos llegado, como avanzó por un camino polvoriento por unos pocos minutos. Cómo descendió del vehículo, cómo caminó hasta el borde de un cañón. Escuché cómo decía que me amaba, cómo me pedía perdón, cómo explicaba que era lo único que podía hacer para mantenernos juntos, que no podía vivir sin mí.

Junto a él, conté los veinte pasos que lo llevaron al borde del abismo, que como una negra garganta abría sus fauces para devorarlo en el acto. No pude hacer nada, no quise, no pude, no me importaba ya.

Desde entonces, cada vez que hay luna llena, yo floto aquí en el lago, esperando por él, porque a pesar de todo lo extraño, lo amo y lo he perdonado, y espero que algún día pueda venir aquí conmigo.

    Al escuchar estas últimas palabras, volví mi mirada al cielo, percatándome que la luna a duras penas nos regalaba un hilo muy delgado de su luz, el último. Como sonámbulo, pude llegar a la orilla de la playa, tomé entre mis brazos aquel cuerpo tan hermoso y lo llevé nuevamente al agua, junto a su flotante cabeza. Le di un beso en la frente y me despedí de ella, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas. Vi por última vez sus hermosos ojos almendrados, los que se cerraron y desaparecieron de mi vista. El cuerpo fue arrastrado, acompañado del último rayo de luz lunar.

– Hay que estar loco para levantarse a estas horas de la madrugada – dijo uno de mis amigos a mi espalda.

    No presté atención a sus palabras, así como tampoco hablé de lo ocurrido, de lo que me aconteció aquel verano en Lake Tahoe, California. Hasta el día de hoy me atrevo a reproducirlo por escrito, porque a estas alturas de mi vida me da igual si lo creen o no.      

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María Larralde