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EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

G.K. CHESTERTON

“El PRÍNCIPE DE LAS PARADOJAS”

“Loco es aquel que lo ha perdido todo menos la razón”

Por María Larralde

Si alguna vez consigo clasificar este relato o novela corta en alguna de las clasificaciones clásicas, dentro de los géneros literarios, podré decir que lo imposible es posible. Se la cataloga en la novela de suspenso aunque para mí es una novela que transcurre por muchos géneros a un mismo tiempo siendo en todo momento, una novela de acción a la par que de intriga y policíaca con tintes surrealistas, e incluso con un final al estilo de la fantasía espiritualista. Pero no se puede clasificar esta novela sin hacer una simplificación burda de la misma despistando al posible nuevo lector.

chestertonLa prolífica prosa plena de colores del Hombre que fue jueves asemeja al autor a un pintor. Es como si la paleta de mezcla de colores estuviera completamente embadurnada de tintes nuevos e  inventados a base de mezclar los colores primarios. La impresión que se tiene desde principio a fin, leyendo esta novela, es la del “descubrimiento continuo de hechos asombrosos e imposibles”. Descubrimiento y desvelamiento  de los rincones de la ciudad y de los personajes a través de lienzos. Chesterton se asemeja más un pintor de escenas que a un escritor, y para que el lector llegue a conocer las escenas profundamente expone sus paradojas que toman un lugar preponderante como  descripciones críticas de la realidad, concentrando la esencia del contenido en frases breves y rotundas que dejan perplejo al lector por su agilidad e ingenio constante.

A pesar de que los diálogos son muchos y divertidos, y a pesar de que la acción es trepidante, las descripciones abundan por todo el relato ambientándolo como si de una escena cinematográfica tras otra,  se tratara: hay crepúsculos rojizos, grises o dorados; vemos una ciudad repleta de callejuelas laberínticas, con unos subterráneos oscuros capaces de albergar a toda una tropa con su artillería; entramos a un hotel cuyo balcón da a una plaza en la que el bullicio se escucha constantemente y que oculta, de esta forma, las reuniones de un grupo de conspiradores que no se ocultan porque están a la vista de todos, y donde cada personaje forma parte de la escena, ambientándola con las descripciones sobre cada uno de ellos como si de objetos se tratara; corremos por  bosques y prados verdes, frondosos y también sombríos de los que no sabemos si podremos salir indemnes; entramos en una taberna donde nada es lo que parece ser; nos batimos en duelo con un hombre de máscaras superpuestas del que desconocemos su identidad; entramos a un zoo, asaltándolo,  y vemos atónitos salir un elefante con jinete  arrollándolo todo a su paso; recorremos, huyendo de una turba de perseguidores formada por los habitantes de un pueblito marinero alzado en armas, contra nosotros, al anochecer…

Hay un momento en el que la novela se transforma y se asemeja, en su dinámica expositiva, a una película de cine mudo donde los protagonistas son perseguidos por una ingente masa enfervorecida. Pero resulta que los protagonistas son todos, perseguidores y perseguidos, porque se transforman durante toda la acción principal, de ser los que corren delante a ser los que corren detrás. Es un asombro constante el que produce en el lector que ya no sabe quién es quién.

La ironía, la crítica social es tan aguda y mordaz que uno cambia un poco con esta lectura. Quizá toda la aventura solo llegue a una conclusión: los hechos, los acontecimientos y las personas no siempre son lo que parecen, aunque siempre aparecen como lo que son. La trama de la novela es de una complejidad que abruma, a pesar de ser desvelada con total fluidez y simplicidad. Todo parece casual y, sin embargo, hay un plan superior que lleva a los protagonistas al desenlace final.

La historia comienza de manera casi casual, pues no se sabe muy bien el porqué de este inicio a pesar de que uno crea que sí porque se insinúa que podría ser un sueño, con dos poetas que discuten sobre el arte como anarquía o la anarquía del arte. Uno, Gregory, se tiene a sí mismo como poeta anarquista y revolucionario, el otro, Syme, se tiene a sí mismo como poeta de lo convencional, del hombre común y corriente. Y así en una noche de tertulia acalorada en el barrio de Saffron Park, comienza la aventura. Hay, por cierto, público observando la discusión dialéctica. Los vecinos del barrio escuchan los diálogos pero nadie, excepto la hermana de Gregory, hace comentario alguno al respecto: los poetas hablan y el pueblo calla. Creo que Chesterton siempre despreció la postura intelectualista de los poetas y de los escritores, para él no era más que una forma cualquiera de conocimiento, y el hombre común en muchas ocasiones observa perplejo esas discusiones sin entender para qué sirven o a dónde llevan: porque ni sirven para nada ni llevan a ningún sitio.

Después, sin uno saber cómo es posible que suceda algo tan inverosímil, Syme se ve envuelto en una serie de aventuras y una historia de espionaje (que no pienso desvelar) donde nada es lo que parece ser. En este mundo existen organizaciones secretas que desean destruir el estado y a la sociedad al completo; estas sociedades, en este caso, son anarquistas. Están, por supuesto, infiltradas con espías, cuya labor es desactivarlas e informar al jefe de policía. Pero quiénes son los malos o los buenos es algo que va oscilando de un lado a otro porque todos tienen razones.

En los subterráneos, escondidos de los hombres y bajo la ciudad, la organización tiene su sede. Allí, Syme, conocerá a una serie de personajes que dan sentido al título de la novela, y de la manera más inverosímil y humorística que se pueda concebir, comienza el lector a sentirse abrumado por la cantidad de situaciones rocambolescas que vive junto al protagonista.

 Debéis leerla para saber el porqué de ese título tan extraño a primera vista pero que cobra todo el sentido a partir del segundo capítulo.
Esta novela fue publicada en 1908 y está considerada una obra maestra en la literatura universal, no es para menos. Está compuesta de 15 capítulos y 220 páginas. Los capítulos son cortos de alrededor de 15 páginas lo cual se agradece, pues la densidad de ideas de la misma se aligera con la brevedad expositiva y extensión de los mismos, siendo una lectura asequible para cualquier público.

No quisiera terminar sin decir que esta novela dejó una honda impresión emocional en mí, además de hacerme ver que para escribir literatura al modo de Chesterton o Dickens, no solamente hay que hacer un buen uso del lenguaje, de los recursos literarios o de la gramática, sino que sobre todo hay que perder el miedo a decir a través de la literatura lo que el autor piensa sobre el mundo en el que vive, sin complejos. Leer literatura es un pasatiempo pero puede ser, en ciertos casos, una forma de trascender sublime y llena de ideas que conforman nuestra manera de entender el mundo que nos rodea.

 Os animo a leer esta novela y a que dejéis que cause una honda conmoción en vuestra alma…¡Que flipeis!

 

El-Hombre-Que-Fue-Jueves

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María Larralde