Os traemos un nuevo extracto de “Marciano Reyes y la Cruzada de Venus”, la primera novela completamente original de la marca Historias Pulp. Una novela en la que participamos, voluntariosos como pocas veces, María Larralde, Elmer Ruddenskjrik, Rubén Mesías Cornejo y el ilustrador Isrel Montalvo. Esperamos que sepáis disfrutar de este pequeño segmento de las extrañas aventuras de este héroe involuntario o villano frustrado, según se mire, y que se os antoje leerlo completo, previo pago o suscripción a Kindle Unlimited en digital o encargando la versión impresa. Porque, como diría Satanás, “el tiempo de la cosecha ha llegado”.

Y ahora… ¡que comience la función!

Extracto del capítulo 2: “La búsqueda”

Kranytox Tranxas había mencionado que la tal Venus era una especie de cabaretera de baja estofa. Marciano no era muy amigo de mirar lo que no se podía tocar, así que no la conocía de nada, ni a ella ni a ninguna chica de ese ámbito. Pero sí sabía que, en buena parte del yermo de polvo y radiación de la Tierra que aún era habitable, solo había dos pueblos con clubes para espectáculos de ese tipo, los dos muy próximos al aeropuerto interestelar, la única vía (oficial) de entrar y salir del planeta Tierra en uno de sus transportes masivos de pasajeros. Tras las viejas guerras en que otras razas alienígenas se habían aliado contra la peligrosa humanidad, la Tierra, pese a la devastación, se había convertido tanto en un curioso lugar de turismo como en un mercado libre y abundante de esclavos humanos para cualquier otra raza, incluidos otros humanos acomodados de Marte.

Alrededor del aeropuerto, la megaciudad de brillantes torres metálicas del centro y barrios de chabolas del extrarradio había ido creciendo a lo largo de sesenta años como un tumor maligno y arraigado al suelo estéril pero que, en realidad, atraía la vida que prevalecía en ese mundo. Las tecnologías y mercado alienígenas hacían de aquella metrópolis un lugar donde se generaban y distribuían recursos que la Tierra ya no era capaz de producir: agua, pastos verdes y cultivos, de tierra sintética e hidropónicos, e incluso diversidad de ganadería, todo ello estructurado en terrazas superpuestas unas a otras y por capas alrededor de las torres de construcción alienígena.

La mayoría de esos recursos estaban centralizados en el turismo de los pudientes, pero todo ello conformaba un estrato social que los vagabundos terráqueos acababan antes o después aspirando a alcanzar.

Si Marciano podía moverse por esa ciudad y otros mundos con cierta soltura, era porque la ley en el universo era el dinero, y él era un tipo generoso. Salvo en Venus, donde una comunidad humana progresista tenía por iguales no solo a todos los humanos, sino además a los robots. Allí la moral valía a veces más que el dinero, ¡el mundo al revés! Tampoco tenía ningún interés especial en Venus, pese a su agradable terraformación, con cálidas temperaturas todo el año, vistas de cielos de un verdoso y morado increíbles a lo largo del día, esponjosas nubes rosadas o púrpuras de caprichosas formas continentales, vastos mares desalinizados y desquimicados, hermosos y altos volcanes activos de lava azulada cuyas erupciones se controlaban mediante campos magnéticos… Bueno, en definitiva, era mejor no pensar en Venus. Sobre todo porque estaba lleno de humanos. Y de la peor clase. Los que se creían “los buenos” del Universo.

El caso era que para viajar hasta alguno de los pueblos de las afueras (porque estaban “muy a las afueras”) necesitaría un transporte aéreo personal del aeropuerto. No había manera de viajar por tierra como no fuera corriendo el riesgo de ser asaltado por las jaurías de mutantes caníbales del yermo, o recibiendo ocasionales oleadas de viento radiactivo que acabaran por envenenar a uno hasta la muerte. Así que Marciano alquiló un deslizador terráqueo, uno de bonito y plateado fuselaje redondeado, y se disponía a dirigirse al pueblo al suroeste del gran aeropuerto interestelar. ¿Por qué? No sabría decirlo. Había dos, tenía que elegir uno, ¿no? Era el más cercano, y si la tal Venus estaba allí, se habría ahorrado un pilotaje de más de una hora, y si no… Pues ya habría tiempo de cagarse en todo.

Pero, pese a ser un cyborg, con casi la mitad de todo su ser sustituida a retazos sueltos por partes robóticas de alta tecnología, Marciano seguía necesitando comer para mantener tanto sus partes todavía humanas, como para alimentar de bioelectricidad las biónicas. De modo que se sentó en uno de los más sencillos y solitarios puestos de comida basura del aeropuerto dispuesto a zamparse un bocadillo de calamares venusianos acompañado de un ardiente café solo y sin azúcar. Creyó que dada la naturaleza insana y dirigida al aparato digestivo humano de la mayoría de la comida del puestecillo podría desayunar tranquilo y luego largarse directamente en su deslizador. Pero con la mitad del bocadillo devorada ya, y el café, humeante, sin tocar, una presencia cernió sobre él una gran sombra desde detrás, de una manera insidiosa, como buscando impresionarle.

Marciano echó un rápido vistazo por encima de su hombro. Un altísimo hombre de edad avanzada, de pelo cano y lacio que le caía alborotado a ambos lados de su larga cara pálida y apretada como en gesto de desaprobación. Los labios prietos, la mandíbula tensa. Como si estuviera preparado para liarse a puñetazos con uno. Los ojos pequeños pero despiertos, vigilantes… e inquisitivos, le miraban desde ahí arriba, unos lejanos más de dos metros de altura. Iba pulcramente vestido con una suerte de viejo smoking, algo gastado, la chaquetilla cerrada, una estrecha corbata negra sobre camisa blanca… Al bajar la vista, vio que calzaba unos brillantes zapatos de cuero negro con innecesarias alzas en los tacones. Su postura, con el cuello algo encorvado, las piernas rectas, y los largos brazos colgando, con las manos abiertas, como muertas, le hizo suponer que no pretendía amenazarle… aunque también que no parecía un tipo que pudiera sentirse amenazado por nada ni nadie.

—¿Qué tripa se te ha roto, larguirucho? —preguntó Marciano volviendo a mirar al frente y dándole un gran mordisco a su bocadillo. Había mordido más de lo que podía mantener en la boca (estaba un poco nervioso con aquel tipo a sus espaldas) y salsa verde se le escurrió de las comisuras junto con algún pequeño trozo de tentáculo.

—Respondo al nombre de Jebediah Morningside, señor Reyes —le rugió el hombre alto con una monótona voz ronca—, y he sido contratado por un consejo de abogados de la coalición de empresas de robots, para dar con usted.

—¡Vaya! No me digas, negro… —se rió Marciano sin mirarle, con la boca llena de pegajosa comida.

—¡Escúcheme con atención, señor Reyes! —le espetó el hombre alto poniéndole con ímpetu su gran mano derecha sobre el hombro izquierdo. Marciano se volvió impresionado. Los dedos tensos le apretaban el hombro como con ansia, sin llegar a hacerle daño pero demostrando una increíble fuerza—. He sido autorizado a disponer de su persona como me convenga, si no ejecuta usted el pago, más intereses, de los desperfectos ocasionados a las empresas de robótica.

—¡Oye, hombre, que estoy comiendo! ¡¿Quieres que me dé un patatús o qué?! —le gritó Marciano ya de bastante mal humor, golpeando el brazo del tal Jebediah para que le soltara. Pero el hombre no movió su extremidad un milímetro; como si fuera una estatua de roca, sus dedos seguían aprisionando su hombro.

—Tiene 24 horas de la Tierra, señor Reyes —le informó con la voz igual de monótona, pero esbozando una sonrisa torcida, siniestra—. Ejecute el pago a éste número de cuenta, señor Reyes.

El hombre alto le pasó una pequeña tarjeta blanca y agrietada, como de cartón, por el bolsillito del pecho de su gabardina, y de inmediato, como si el acto hubiera activado un resorte, su mano derecha le soltó al fin el hombro.

—¡¿Pero a ti qué te pasa, tío?! —le gritó de nuevo Marciano, levantándose de su taburete con el bocadillo de calamares venusianos en la mano derecha y cogiendo su vaso de papel con el café con la otra. Empezó a alejarse del puestecillo y del hombre alto, que le seguía con esa mirada dura y la sonrisa torcida, los brazos de nuevo caídos a los lados—. ¡Ni desayunar tranquilo puede uno ya! ¡¡Mira, porque tengo prisa, que si no…!!

Y con esa vacía amenaza que soltaba más por mezquino orgullo que otra cosa, Marciano se atrevió a darle la espalda al siniestro Jebediah Morningside… una vez alejado de él más de una veintena de metros.

Se dirigió dando un lento paseo hacia la pista donde se encontraba su deslizador alquilado, y no perdió la ocasión de dejar caer por donde iba tanto el envoltorio de servilleta del bocadillo como el vaso de papel según iba dando cuenta de uno y otro (pese a la cantidad de papeleras que había disponibles por todas partes).

De pronto se acordó también de la mugrienta tarjetita que el hombre alto y siniestro le había colado rápidamente en la pechera de su abrigo, y tiró de ella. La examinó por ambas caras con un gesto de repulsión. Solo traía un número de cuenta bancaria por un lado, sin ninguna clase de información. Era posible que aquel tipo no fuera más que un chiflado o un estafador. La apretó entre los dedos mecánicos de su mano derecha y la dejó caer al suelo.

Lo que no sabía Marciano era que Jebediah Morningside le vigilaba desde la distancia. Y al momento de dejar caer la sencilla tarjetita, el gesto del siniestro e inmóvil hombre, parado entre la multitud de gentes de todas las especies que deambulaban a su alrededor, se surcó de marcadas arrugas mientras se le fruncía el ceño y entrecerraban los ojos, con tan tremenda suspicacia que cualquiera que se hubiera fijado la habría confundido con auténtico odio. Y es que el hombre alto se sintió ridículo, como nunca en siglos pasados antes… Había dado por hecho que su imponente presencia haría a Marciano Reyes hacerse responsable de inmediato de sus deudas, y acababa de descubrir que el muy patán no era capaz ni de asustarse, como habría hecho cualquier otro ser de cualquier otra especie. Acababa de fracasar muy estrepitosamente en su trabajo asignado… y ahora solo podía esperar a que pasaran 24 horas para dar el siguiente paso…

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