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Audiorrelato de terror, El Gato, de María Larralde

Audiorrelato de terror, El Gato, de María Larralde

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El gato para leer

Me gustaba sentarme en el sofá y mirar la televisión mientras él se paseaba parsimoniosamente por delante, sobre la alfombra y entre la mesita de sobremesa y el mullido sofá, como queriendo llamar mi atención.

Yo, a veces, no sabía si requería mimos o comida. Son animales caprichosos, siempre se dijo. Independientes y con personalidad. Sus ojos se abrían grandes y profundos por la noche, llamando mi atención hasta el punto de sobrecogerme haciendo que me marchara para acostarme en otra habitación, ya que su absorta mirada vacía de sentimientos me inquietaba. A veces hacía ruidos como de rascado mientras rebuscaba detrás de algún mueble, no sé con qué intenciones. Quizá había avistado alguna cucaracha o ratón y andaba entretenido un buen rato en este menester cazador y estratega. 

Con sus patas delanteras se aupaba para para impulsarse sobre mí y dormir tranquilamente en las tardes de invierno, en un arrullo que a él le debía hacer sentir reconfortado pero que, en ocasiones, me agobiaba de calor.

Llevábamos mucho tiempo juntos hasta que un día supe que debía abandonarle o, peor aún, matarle. Estaba en juego mi vida.

Ese día, sin aparente motivo, cuando me encontraba profundamente dormido, me despertó un agudo dolor en mi abdomen. Desperté de un salto y reaccioné a tiempo de librarme de su siguiente y grave mordedura. Con cara enloquecida, mostrando sus dientes con ferocidad, me había arreado tal mordisco que mis carnes habían sido parcialmente arrancadas. Mi primer impulso fue dar un salto hacia atrás y correr para evitar el siguiente ataque, para el que de nuevo estaba dispuesto. Su cara estaba casi desencajada. Parecía estar viendo al mismísimo diablo a cuatro patas, bufando erizado, colérico, hambriento quizá.

Yo no sabía qué le ocurría, no podía imaginar cómo aquel animal, el más querido por mí, el único realmente amado y cuidado por mí, podía agredirme de aquella manera… a no ser que… a no ser que…

Sin casi saber cómo, comprendí. Miré la casa. Todo estaba cerrado a cal y canto. Las paredes estaban arañadas, arrancada la pintura. Agujeros en los zócalos. Los espejos tapados con sábanas, quizá para no ver su transformación progresiva. No entraba el sol desde hacía semanas en la casa y Manu no había salido a comprar comida en todo ese tiempo. Quizá tenía hambre y fui lo único que encontró.

Corrí, corrí como loco para librarme de su persecución violenta. La trampilla para gatos de la puerta de la cocina me libró de ser devorado.

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María Larralde