En esta ocasión, presentamos la publicación en esta misma página web y en Lektu de este relato de temática muy pulp ideado por Arnold Isaac Bolaños. Un viaje instrospectivo a través de una existencia ciertamente lacónica, que no dejará, sin embargo, de encontrarse con estimulantes sucesos… Esperamos que sepáis disfrutarlo, pulperos.

Y ahora… ¡que comience la función!

¿Nunca se han sentido inmersos en la soledad, entre la cúspide de la nada, entre el hundimiento de los sentidos que dan propósito a la existencia humana? Es tan inaudito, no poder escuchar el aire cuando inhalo y exhalo, los alientos marchitados de las voces en súplicas que se mitigan en los vórtices de la escaldada muerte. Parecer tan insensible, en las últimas perlas que fluyen en la pesadumbre de las experiencias del mundo, las masas, los individuos, que en el último desdén de la personalidad no encuentran consuelo mientras permanezco junto a ellos. ¿Eso es tan anormal, perecer sin que nadie escuche tus últimas palabras…? Eso le da sentido a mi vida.

Dicen los científicos, las sectas dogmáticas, los espiritistas, que la personalidad se constituye en la infancia, porque todos centramos los egos cuando nos conviene y pretendemos ser maduros cuando es necesario manipular. ¿Seremos individuos psicópatas por naturaleza? Engañamos, dejamos que la dopamina nos llene de éxtasis, es decir, nuestra existencia es tan única, que solo importa la felicidad… nuestra felicidad. Cuando vemos sufrir a alguien y empatizamos, es preciso porque no queremos ser el reflejo de la calamidad. ¿Cómo lo sé?, es evidente cuando un deforme se les acerca, la hipocresía, si tuviera forma humana, acapararía más la atención.

Todo inició con un procedimiento obstétrico quirúrgico, cuando los laureles de la lucha de clases acaban en los subrepticios de las prácticas médicas y el alivio de una prostituta que descargó a su hijo como un pez dorado que ha expirado y se despide de su existencia en el vórtice del escusado. Por fortuna ella murió, las ironías de la vida. Desde las entrañas del inframundo fui un despojo de seis meses, que dio un aliento de vida para ser súbdito del médico, me acogió y me dotó con su apellido. Me nombró Ludwing Stille. Nací siendo un príncipe de las tinieblas, porque no logré ver hasta los dos años de edad. El encuentro con mi padre, el Dr. Stille, fue el regocijo más grande, su faz rectangular, seria y arrugada, con ojos marrones y canas provenientes del mal tinte aplicado de su cabello, significaron un nuevo nacimiento, al igual que conocer las cálidas manos de la señora Patrick, la ama de llaves y enfermera a cargo de mis cuidados. El queratocono y algunas protuberancias en mi ojo me impedían percibir las luces de mi entorno, recibí cirugías estéticas con instrumentos quirúrgicos con dudosa esterilización, que me acentuaron cicatrices en mis pómulos, frente y párpados; igual, una malformación en mis oídos produjo una discapacidad auditiva absoluta. La totalidad de mi brazo izquierdo, desde el hombro a las puntas de mis dedos, era un veinticinco por ciento más corto que el lado derecho, a causa de la acromegalia, y ni hablar de la displasia esquelética en mis piernas, que me provocaba una postura como de las criaturas fuera de este planeta, los tratamientos para corregir la postura me seguirían durante muchos años. Aun así, las verdaderas desgracias conllevan una virtud por descubrir.

El milagro del mundo es tener la facultad de percibir olores, sabores, los campos magnéticos que proporcionan el tacto, siento vibraciones de la música a través de mi cuerpo, de la fascinación de las mezclas ilusorias de colores ocasionadas por la refracción de la luz, una proyección de nuestra corteza cerebral a través del nervio óptico, bendita sea, por darle color a la lencería femenina. Los mayores sueños, son el aprecio de mi deformidad, el amar a una mujer, heredero de las fantasías y del placer humano, lo que todo hombre normal busca para alcanzar la felicidad. Caso contrario a todo lo que interpreto como real a partir del funcionamiento de mis cuatro sentidos, lo más real es lo que escucho. ¿Cómo es posible escuchar algo más que mi voz interior?

Jamás escuché las voces de mi padre y la Señora Patrick. Desde los cuatro años me instruyeron muy severamente en el lenguaje de señas. Su propósito era que lo más pronto posible pudiese comunicarme. Agradezco su dureza, a los cinco años se disiparon las dudas sobre mi existencia, que la infamia de la vida había provisto una nueva oportunidad. Una pizca de la poca humanidad que aún persistía en su interior removió algo en su ser para ser acogido como su hijo. No temía los gestos y expresiones sobre mi deformidad, me presentaba como lo que era, una aberración, aun así yo le pertenecía.

Vivíamos en Splendora, Texas, alejado de las grandes ciudades. Qué se podría esperar de un médico que guardaba las apariencias, era un cirujano de un hospital público y, como un ser pecador, la codicia lo llevó a la clandestinidad para obtener una fuente de ingresos brutos con una lista de espera muy sofisticada, desde famosos hasta gobernadores de Estado, quienes pretendían ocultar una reputación intachable. Los excesos y los libertinajes acababan siendo pagados a él, con la extracción de óvulos fecundados de las sexo-servidoras o alguna secretaria que chantajeaba a su jefe, amenazando con difundir información privilegiada. Las muy zorras eran astutas, aunque como todo abuso de poder, acababan silenciadas con enormes sumas de dinero, siempre y cuando la fortuna les sonriera. Sabía toda la verdad, que mi madre, al igual que ellas, había sido enviada por los poderosos para ocultarme, o simplemente era una oportunidad para salir de los resquicios de la pobreza.

A mis siete años lo acompañé por primera vez a su trabajo clandestino, era su ayudante, el encargado de organizar la Mesa de Mayo. Me había condicionado para no equivocarme, desde el orden y posición de las herramientas en las zonas rígidas y semirrígidas. Llegado el momento, de una miniván bajaron hombres con una mujer inconsciente, con rapidez la subieron sobre una camioneta y mi padre condujo hasta un bosque, ahí se encontraba una cabaña solitaria. Una vez dentro, oculta bajo una alfombra de piel de oso polvorienta, abrió una escotilla, que nos llevó al sótano. Pese a lo que pudieran imaginar, era un espacio en buenas condiciones higiénicas, las herramientas quirúrgicas se encontraban en una gaveta, me indicó que las ordenase como habíamos practicado. Los dos hombres colocaron a la joven mujer sobre la mesa, la amarraron y al salir dejaron un maletín negro. Mi padre lo abrió y cerró rápidamente, prosiguió a prepararse. De la alacena retiró una botella con solución antiséptica, la esparció en las herramientas. Encendió un generador de energía y automáticamente funcionó la máquina de anestesia, reguló las válvulas de flujo y controló la presión de oxígeno, le colocó una mascarilla y la estabilizó con cinta adhesiva. Una vez preparado, prosiguió con su arte, abrió, extrajo el óbito fetal de unos quince centímetros, cosió y cerro el vientre. Lo introdujo sobre un recipiente, que se mancilló de un rojo intenso. Luego acomodó todo nuevamente, limpiamos, la mujer aún mostraba signos de vida y los hombres la llevaron. Por un instante, me detuve a observar aquella carnosidad flotante dentro del recipiente de vidrio. En mi corta vida, el silencio era mi mejor compañero, me cautivó la idea de que, al igual que mí nacimiento, aquello pudiera suspirar y que se comunicará conmigo, que el común denominador de ambos era haber nacido en esas mismas condiciones. Mi padre, pidió que me adelantara, así que no sucedió el milagro que anhelaba.

Cada quien salió sin nada en las manos, nos retiramos a casa. Esa noche se engendró algo en mis adentros, presentí antes de dormir que todo cambiaría, pensé en ser feliz, que mi padre, el sorprendente Dr. Stille, por fin había reconocido mi utilidad. Los terrores nocturnos azotaron vertiginosamente el ciclo de sueño, soñé por primera vez con una voz interior desconocida, no era la delirante que poseía mi pensamiento, suele poseer un timbre que induce a la timidez y al temor; sabrán que, aunque sea sordo, poseo una consciencia. Pese a ello, en mi experiencia onírica me sumergía entre manchas del rojo intenso, se impregnó un llanto desconocido, mientras más me sumergía en el tinte tenebroso más se perpetraba. Encontré el origen del sonido, flotando entre un fluido visceral, no era como antes de quince centímetros, ahora gozaba de un tamaño gigantesco, su cordón umbilical no tenía un inicio, supuse que él era el punto final. Cesó su llanto y abrió los ojos, inició a reír dulcemente, su voz comenzó a desgañitarse. Reaccioné con estupor y emoción, por primera vez escuchaba un sonido entre el silencio, la soledad era la voz interior de mi pensamiento, hablar conmigo mismo. Una vez lo asimilé, impetuosamente, mis párpados se abrieron transportándome otra vez a la cruel realidad, el vacío sin las ondas sonoras.

Esa mañana, el uso de las señas se limitaron, mi padre salió muy temprano, no lo vi marcharse, habituaba a verle partir desde la ventana.  Algo captó mi atención, el vecino del frente conducía su auto en retroceso para salir de la cochera, escuché un llanto proveniente de mi habitación, inmediato giré, me agité del susto, lo asocié con el chillido del bebé del sueño. Perduró por un instante y se alejaba como eco hasta el garaje del vecino, que ya se preparaba para incorporarse a la carretera, cuando en un abrir y cerrar de ojos un motociclista impactó en el maletero del auto, siendo lanzado a diez metros de distancia. Esa imagen fue capturada en un instante, cuadro a cuadro, como fotografías. Me transporté al momento del choque, todo parecía tan accesible de tocar, el silencio era cautivador ante la funesta escena. Me acerqué al hombre del casco, sus fluidos arteriales se dejaban llevar por el arte de las calamidades y se esparcía por el asfalto. El temerario motociclista reía bajo su casco, era el mismo timbre gutural del bebé, el sonido poseía una atracción inherente. Al acercarme la risa cesó, caminé al ritmo acompasado del corazón. Bajo el casco no había nada, ni el rostro del hombre, era un verdadero camino a la soledad. El viento incrementó su cadencia, luché en vano, un vórtice proveniente del casco me succionó.

Desperté en la habitación con fiebre, mi padre cumplió su rol de doctor y me atendió. Sus explicaciones referían una infección en mis órganos; lo que realmente me conmovió fue la felicidad de la noche anterior. Todo volvió a la normalidad, excepto que los forenses se llevaron el cadáver del hombre con casco, no fue un sueño.

La noche siguiente, una vez recuperado, los clientes del Dr. Stille acudieron a su buen servicio clandestino y fui orgullosamente su ayudante. Lastimosamente la mujer murió antes de aplicarle anestesia.

Tardé algunos meses en continuar con una nueva adhesión laboral, él, no obstante, tenía una agenda apretada, insistía en no involucrarme reiteradas veces, para mantenerme a salvo. Me acostumbré a escuchar aquellos balbuceos, llantos y risas de bebé que surgían de un espacio etéreo que conectaba con mi sentido auditivo interno, tanto que lo nombré Rem, en honor por haberle conocido el día que cumplí un sueño, ser de utilidad. Algo parecía gustarle a Rem, los accidentes, cuando sus sonidos se propagaban en la distancia, focalizaban un punto donde ocurriría alguna tragedia, los choques de autos eran sus favoritos. Descubrí con el pasar de las semanas que en esos «accidentes» los vórtices emanaban los fulgores de las almas desprendidas de la existencia.

Las consecuencias de las acciones ilícitas precipitaron un paro de labores, las investigaciones policiales extendieron una búsqueda de mujeres desaparecidas. Y con ello, múltiples mudanzas, el objetivo, guardar las apariencias. Nos establecimos en un barrio muy conservador en Roxbury, Boston, con grandes ciudades a su alrededor, por lo cual prefería no ser visto por nadie. Promovió que cesaran los acompañamientos a los trabajos nocturnos de mi padre, concebí la idea de centrarme en mejorar las habilidades no verbales y, en especial, a comunicarme con el ente sonoro de mi cabeza.

Con el correr de los años, los balbuceos se convirtieron en palabras. Rem, me acompañó cinco años y crecimos juntos, se comunicaba e interactuaba como un niño de esa misma edad, su voz era segura de sí, tendía a no titubear, era alegre y enérgica, hacía levantarme con agilidad de la cama para cumplir sus caprichos de juego. Valía la pena, el silencio no era vacío ni solitario. Mi padre pensó que los amigos imaginarios iban y venían, así decidí, como él lo hacía, guardar las apariencias. Cambié de imagen, las salas de quirófano mejoraron la movilidad y la estética de mis piernas, la curvatura de los huesos disminuía, la elegancia de los Stille pronto me acompañaría.

Mi padre observaba el inminente interés por las cirugías, no me castigaba por abrir el cuerpo de algunos roedores que se ahogaban en la cocina. Él personalmente ubicaba las trampas para entrenarme con ellos. Era un juego entretenido para Rem, nos divertíamos aprendiendo de anatomía, claramente era lo más cercano al ser humano, por eso existen las ratas de laboratorio. Nuestro laboratorio era una mesa en el jardín y un sepulcro improvisado para enterrar los restos de nuestros pacientes. El buen uso del bisturí en los roedores promovió la invitación a una noche de clandestinidad, nuevamente fui útil para el Dr. Stille.

El estremecimiento de mis cuatro sentidos era sublime. Rem se fascinó del corte maestro realizado en el vientre de la mujer postrada sobre la mesa quirúrgica, la carnosidad extraída fue depositada en el purgatorio de cristal, cerré los ojos para poder escuchar su voz, Rem se burló y me tomó por iluso. Tras asear el lugar, aquel óbito produjo una fuerza magnética, la curiosidad era imposible de contener, la observé y mientras el Dr. Stille cerraba el trato, tomé el cristal en mis manos. El líquido despejaba las manchas, pude ver extremidades diminutas y perfectas según su desarrollo. Escuché aproximarse a alguien y coloqué el cristal en su lugar, simulé estar terminando de asear para no levantar sospechas. Venían por mí, cerramos la habitación y nos encaminamos en el subterráneo. Se guardaron las llaves sobre un ladrillo que se desplazaba de un muro. Boston era una ciudad grande, ahí se encontraban algunas estaciones en desuso, aledañas a Park Street y Boylston.

Regresamos con naturalidad a los apacibles dormitorios, suspiré profundamente con un aliento vivaz, satisfactorio y relajante. Vestí mis ojos con los párpados dejando que los sueños se apoderaran de mi mente. Me trasladaron a un claustro con arquitectura romana. De los pasillos provenía el eco de la voz de Rem, la seguí y tropecé con una textura gelatinosa que se entrelazaba en diversas habitaciones, podría jurar que poseía vasos sanguíneos. Llegué a la tercera planta, ahí se encontraba una habitación que emitía la voz de Rem y un sonido enronquecido. La abrí, vaya sorpresa, era el mismo embrión que había sostenido esa noche en mis manos, recapitulé con alegría el primer encuentro, le tendí la mano, estaba tan cálida en su cuna de cristal, abrió sus ojos y desperté. Los rayos solares penetraban las cortinas, me incorporé y dediqué tiempo en revisar mis manos, se sentían como si alguien las saludara. Un llanto inquietante provenía de la cocina, volví a recostarme pensando que Rem me jugaba una broma; a su vez, también pensé que la ama de llaves tendría el desayuno hecho, eso motivó que saliera del dormitorio. Al acercarme al horno, detrás del desayunador convulsionaba la señora Patrick, me veía con profunda agonía, o eso creí, perdió por completo la conciencia y súbitamente la devoró el vórtice que succiona las almas. Mandé un mensaje de texto a mí padre, tras los chequeos se dictaminó el veredicto siguiente: «muerte súbita inesperada por epilepsia». Qué fatídica penumbra azotó a la señora Patrick, era una lástima, su sazón en los espaguetis era exquisito.

El vaivén de los policías y paramédicos era pretencioso, sus rostros se ruborizaban de lamento por la señora Patrick. El rigor mortis era poco convencional, su cuerpo se había cristalizado antes de las cuatro horas esperadas, parecía ser una obra de taxidermia de cincuenta años de antigüedad, nadie pensaría que hay peores maneras de morir que ahogado con su propia saliva. Un policía solicitó a mi padre hablarme, era el único testigo, no dudó en ningún momento en sentarme en el sofá de la sala, la multitud no logró disimular su incomodidad al verme, el entrevistador tragó saliva antes de lanzar sus interrogantes. Sorprendentemente, hablaba mi lenguaje, me sentí en confianza y respondí con prontitud, también se relajó al percatarse que no era una criatura diferente que él, hasta agradeció con un apretón de mano. Mi padre observó con seriedad, por un instante su comisura labial izquierda se movió ocultando una sonrisa. Pidió que permaneciera sentado y que despidiera a quienes vieran directamente mis ojos. Saludé a tres paramédicos y a cuatro policías. Ese ejercicio me hizo entender que la hipocresía se disfraza con una sonrisa y que la primera impresión es una falacia incomprendida de la realidad. Era inhabitable la verdad de mi tenebrosa existencia, lo sabía porque tampoco yo comprendía el origen de las voces etéreas que me acompañaban.

El ajetreo incitó que flujos de aire entraran en nuestros cuerpos, provocando mayores ansias por alimentarnos. El resto del día lo pasé junto a mi padre, buscó en los clasificados una suplente de la señora Patrick. Rem se aburría y no contestó las preguntas acerca de los llantos, negó su culpabilidad, le creí. Mientras hablábamos del próximo juego, los llantos emergieron de todas las direcciones, era el mismo de esa mañana, lo perseguí en el jardín, en los dormitorios, hasta que calló frente al closet de mi padre, ese era su espacio sagrado, el porte de un Stille se acompaña con elegancia. Entré, y hurgando entre las prendas por fin la encontré, era hermosa y su calor emanaba a través del cristal. Mi padre guardó el óbito fetal en su gran clóset, en verdad siempre me preguntaba que les sucedía a aquéllos que no tenían la fortuna de nacer.

Un instinto fraternal surgió, similar al que había construido durante cinco años con Rem, los sonidos guturales en mi interior se adecuaron y se mimetizaron con mi calma, era una amiga nueva que nos acompañaría. Rem permaneció sin emitir algún juicio, me invitó a nombrarla, proseguí y la nombré en honor a su primer alma entregada al vórtice, Miss Patrick. Ese momento provocó una inconformidad y dudas sobre las razones de guardar a sus pacientes en el closet. Continué revisando, vi un ropero que tenía un espejo por dentro, llamó mi atención y a través de su espacio, aún con la dificultad de flexionar las piernas, subí. Había una cerradura pequeña que necesitaba una llave, recordé que había visto algo similar entre unas gavetas, fui por ellas y llegó el momento, incruste las llaves, se abrió el espejo y justo encontré un recipiente, una corazonada me estremeció, por fin podría juntarme con Rem en su estado natural, una lagrima brotó al tomar el recipiente de cristal. Ante el tacto, el recipiente poseía la temperatura similar de un feto recién extraído.

La felicidad arropó ese momento, aun así, no tenía sentido que las voces permanecieran dentro de mí.  Sentimientos sobre las razones del existir reintegraban un nuevo propósito, entre más apoyara a mi padre menos silencio me escoltaría, la soledad no vendría a por mí. Un nuevo holocausto surgiría para resguardar una calma de los habitantes indeseados de este mundo físico, era necesario convertirme y ser el legado del Dr. Stille. Desde entonces, decidí que mi destino estaría marcado por una misión difícil de entender, la relación que poseo con el vórtice es superior a cualquier inquietud de mi reflejo superficial, la voz de mi interior dejaría de ser temerosa, me convertiría en el recipiente de las voces caídas.

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Desde mis dos años hasta ese instante, por fin logré abrir bien los ojos, la convicción edifica una fragua que impulsa los motores de la conciencia, un ímpetu que elimina las arbitrariedades de la sociedad, más aún, de los individuos. Múltiples amas de llaves encontraron grotescas las cirugías en el jardín, nadie suplantó en realidad a la señora Patrick, por ello, mi padre condicionó una habitación de práctica, fue posible perfeccionar la portabilidad del bisturí, las incisiones y saturaciones en ratones, ardillas, gatos y perros. Entrené mi diestra y siniestra, equilibrando el balance de mis brazos desiguales, acomodándome a la mejor postura, a la más eficiente para los giros y rotaciones de tronco. Superé los temblores, no sabía hasta que edad soportarían los cartílagos el desgaste de mis manos, la osteoartritis es un enemigo acérrimo que me perseguirá durante toda la vida.

Los meses de práctica tuvieron sus frutos, al verme tan motivado, mi padre pidió una vez más que le acompañase a salir en altas horas de la noche, supuse que tenía un nuevo holocausto en camino. Su intención era tomarme por sorpresa y ponerme a prueba en situaciones incómodas en las que no estuviera listo, se equivocaba, ahora más que nunca lo deseaba fervientemente. El momento llegó y nos acompañó un servidor público. Eran épocas de campañas electorales, se postulaba para Senador, era relativamente joven para el puesto, tendría entre cuarenta y cuarenta y cinco años. La dama en esta ocasión era una joven aspirante a cortesana, no era la primera que aprovechaba una coyuntura política para asegurar su vida por unos cuantos miles de dólares. Era la primera vez que la mujer no llegaba inconsciente, su prepotencia era encantadora, al verme sonrió y por el movimiento de sus labios logré entender: «agradece pequeño ET, verás bragas por primera vez». Se desvistió con naturalidad, sin importar que la viese, nos encontrábamos solos en la recámara, se colocó la bata y se recostó en la mesa quirúrgica, me ruborizó tanto que me distraje en preparar la Mesa de Mayo.

Mi padre entró junto al político, me señaló y el hombre caminó hasta que se colocó enfrente. Su rostro mostraba una sonrisa de vanidad y confianza sobre sí mismo, su piel blanca le entonaba unos dientes bien cuidados, sus ojos negros parecían ocultar algo siniestro, fue difícil sostenerle la mirada, era alto, aproximaba a los seis pies de altura, su complexión delgada refería cierta distinción que se combinaba con la natural vanidad de su sonrisa. Me observó haciéndome sentir incómodo, traté de ampliar mi campo de visión aparte de su cuerpo para observar alguna indicación de mi padre. La chica sobre la mesa me fijó su mirada, me guiñó el ojo, interpreté su señal como algo bueno. Inició a hablar con él con actitud desafiante, haciéndole desesperar hasta que salió; se recostó tranquilamente sonriendo y nuevamente me guiñó el ojo. Nunca me había sentido tan inquieto por algo, sentía que mi rostro se irritaba y se ponía más caliente, mis pómulos se enrojecieron y lo peculiar fue la irritación en mi tracto digestivo. Ese sentimiento duró poco, el procedimiento tenía que iniciar y no podía fallarle al Dr. Stille. Su dote artístico nuevamente nos cautivó con Rem.

En el líquido dentro del recipiente de cristal, nadaba el cuerpo con su dedo en la boca, deduje que tenía algunos cinco meses. Vacilé en tomarlo y sentir su calidez, Rem me brindó la confianza y lo hice. Un acelerado flujo de sangre calentó la palma de la mano y el brazo hasta mi cabeza, casi origina una tragedia. Con el reflejo de mis pies evité que cayera sobre el piso y se destruyera de golpe. El sonido se escuchó fuera de la recámara. El Dr. Stille se acercó furioso y me reprendió, no evité llorar; no obstante, el político sorprendentemente lo tranquilizó y resguardó solicitándome calma. La mujer corrió de inmediato a recoger el recipiente; entre lo nublado de mis lágrimas, percibí que lo tomó con cariño y sollozó, eso acabó por relajarme.

Una vez acabada la función, mi padre no me dirigió la palabra. Llegamos a casa y nos dirigimos a mi habitación, comenzó a doblegarme con su cinturón, el ardor en el cuerpo golpeado por el cuero es como un latigazo, nunca había sentido ese dolor en mi vida, sentí una furia por dentro cuando escuché el sonido gutural de Miss Patrick: se dirigió en dirección a mi padre y no evité verlo en ese justo instante caer con agonía tomándose el pecho con aparente dolor. Fue trasladado al hospital, no quedo más opción que acompañarle con el ama de llaves, escondí las marcas de los golpes recibidos para que no sospecharan. Cuando mi padre se estabilizó solicitó verme y pidió perdón. La rabia que tenía se desvaneció al verlo por primera vez tan frágil.

Volvimos a casa cuando se sintió mejor, el preinfarto que había vivido era una señal de que pronto me abandonaría. Pensando en ello, se me dificultó dormir hasta que la almohada, al paso de las horas, me introdujo en un nuevo sueño. Abrí los ojos, estaba en la estación del subterráneo, pasaban los trenes uno tras otro con suma rapidez, Rem y Miss Patrick se escuchaban jugar al otro lado del muro, en ese ladrillo donde se guardaba la llave de la «recámara de extracción». Me propuse cruzar, encontré el momento justo y moví el ladrillo, esto abrió una recámara ahí mismo, donde se encontraba rodando un recipiente gigante de cristal. Se percató de que estaba ahí, se detuvo de frente y dejó de chuparse su dedo, abrió los ojos y sonrió maliciosamente, me empujó hacia las vías del tren, se aproximaba uno para arrollarme y desperté agitado.

Me sentí como si una ola me hubiese golpeado contra la arena, sudaba a cantidades inimaginables, tal cual, el miedo de morir revivió aquel recuerdo cuando aún estaba en el saco amniótico: la habitación se inundaba, mientras mi corazón incrementaba su cadencia y con este, el agua a su vez. Intenté en lo posible mover mis extremidades, me impedía hacerlo correctamente debido a mis dificultades motrices. Esa sensación de ahogo socavó mi instinto de supervivencia y dejé que el espacio me consumiera. Cerré los ojos nuevamente pensando en regresar a la habitación con mi padre; mas algo rozó mi cuerpo, era una extremidad que salía de mi cicatrizado ombligo y se extendía a lo ancho de la habitación, por el techo, las paredes y la cama. Logré movilizarme empujándome entre la carnosa gelatina del ombligo, hasta al cabo de un largo tiempo toqué mis sábanas, descubrí un pequeño ser, ese a quien estaba enlazado, toqué su cordón umbilical y se desprendió con suma delicadeza. Desde la puerta un vórtice precipitado me succionó y en aquel caos rocé la mano de ese óbito desprendido esa misma noche, lo junté al cuerpo y juntos nos regresamos pacíficamente a la realidad. Desperté sin mover ningún músculo, no logré dormirme, el techo oscuro me acompañó hasta que el alba alumbró su superficie. Ese tiempo cabildeé el nombre de mi nuevo compañero, recordé haber visto la pintura de un cirujano con un corazón en la mano, así lo nombré, Barnard, porque no olvidaré que lo conocí en el momento en que algo en mi interior conmovió mi corazón, y por obvias razones: el preinfarto de mi padre.

El marcapasos en el pecho de mi padre, lo acercó a eso que más aborrecía, a la dependencia de máquinas dentro del organismo para regular su funcionalidad. Desde entonces no fue el mismo, paso mucho más tiempo en casa. Habilitó un despacho e inició sus consultas independientes, la mayor parte del tiempo se la pasaba leyendo en su escritorio. Quizá significó una nueva etapa de reposo y decidió alejarse de su vida nocturna; para mí, por el contrario, fueron los mejores tres años de mi vida.

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Rem, Miss Patrick y Barnard se desarrollaron junto a mí, es lo que esperan todos en la adolescencia, estar acompañados y contar con un propósito de vida. A mis quince años, tenía tres voces en mi cabeza, con los cuales compartía algo inimaginable y una convicción. Proseguimos mejorando nuestras capacidades de comunicación e interpretación de los sonidos, configurando nuestro propio lenguaje para atender las señales de seguridad y sucesos donde los vórtices se abrían y se cerraban para succionar las almas. Comprendí que las voces me resguardaban, alejándome de los peligros y las amenazas de alrededor. Anticipé que el ama de llaves fuera atropellada, advertí a mi padre ser víctima de una banda de delincuentes y ser víctimas de un atentado en la estación del tren. La confianza, al igual que un Stille, se apoderó de mi cabeza, simplemente acepté la condición disfórmica corporal, así vivía en carne propia la verdadera forma humana de la hipocresía. Mi padre, siempre, al tomarme de la mano, la alzaba con orgullo mientras caminábamos enfrente de la gente, su rostro serio era de temer, era imposible sostenerle la mirada por mucho tiempo.

Una noche cualquiera, como era de costumbre, se encerró en su despacho, mientras yo practicaba en el laboratorio con un bloque de gel balístico sintético que simulaba el cuerpo de una mujer. La ecografía no era completa, mas sí funcional. La agilidad de las suturas se había perfeccionado, así como del bisturí, el corte clásico en la zona superior y el transversal en el inferior. Los entrenamientos eran supervisados cada noche, si eran prometedores se aclamaban con la ausencia de señas, en caso contrario, me encerraba en el laboratorio durante dos horas, de mí dependía aprovechar ese tiempo dentro, esto demostraba una insistencia para que avanzará. Mis estados volitivos eran claros y repasaba una y otra vez.

Al caer la noche, el momento de la supervisión se aplazó más de lo habitual. Prosiguió antes de la media noche a salir de su despacho, se dirigió al lugar de entrenamiento, no dijo nada y supe que se encerró en la habitación. Me pareció extraña la actitud, me dirigí a la mesa de Mayo para limpiar el lugar, me sorprendí al encontrar en el corte que había realizado sobre el gel sintético una nota que decía: «sube a la habitación después de que ordenes». Así fue, frente a su habitación no sabía que pensar, tenía sudoraciones y sensaciones de picor en el cuerpo, llegó el momento y toqué, ni los obsesivos compulsivos hubiesen tenido tanta ansiedad por dar los tres golpes en la puerta antes de ser abierta. La ruta a la incertidumbre dio apertura a mis pasos, cruzando la línea de lo desconocido, hasta las voces de mi interior enmudecieron. Sucedió tan lentamente, la imagen dentro de la habitación resguardaba la felicidad de aquel niño que ocho años atrás había encontrado en una cabaña oculta en el bosque. Los tres cristales que protegían los fetos extraídos de las operaciones en las que había participado colocados sobre una mesa. Los cuerpos inmóviles de Rem, Miss Patrick y Barnard flotaban pacíficamente en sus cunas y junto a ellos mi padre.

La conversación en la habitación fue extensa, explicó sus razones por las cuales coleccionaba los cuerpos de los óbitos extraídos. Él esperaba el momento justo en el que estuviese preparado para digerir toda la información. Su relato se desplazó al momento en el que abría el maletín negro durante la primera vez que lo acompañe ocho años atrás, en este se encontraban miles de dólares respectivo al pago del trabajo de esa noche. Habituaba dejar el dinero en la cabaña por prevención, porque durante las noches es más fácil captar la atención de los policías y no pretendía arriesgarse a que en una de esas ocasiones fuera sorprendido con un maletín repleto de dinero, no sabría cómo justificarlo. Su mejor opción era regresar cada mañana para deshacerse de las evidencias; no obstante, extrañado por la temperatura del cristal donde reposaba el cuerpo de Rem, no quiso deshacerse de él; lo que comúnmente hacia era enterrarlos y hacerles una sepultura alrededor del bosque, cientos de ellos yacían enterrados a sus alrededores. Su calidad lo admiró mucho, así que, por segunda vez decidió llevar su trabajo a casa. Lo estudió y jamás encontró explicación sobre la permanencia de la temperatura. Ante esto, su interés de coleccionarlo se incrementó y lo protegió durante todo ese tiempo. No negó que, por algunas ocasiones pensó que se volvía loco y era resultado de una paranoia, a causa de los riesgos de sus acciones, posibles persecuciones o que era una manera para expiar sus pecados; lo que cambió su razonamiento fue que, ante el segundo feto extraído en el cual le colaboré, también mantuvo su temperatura, pensó que luego de cinco años volvió a ocurrir y justo estimó que yo tenía algo especial que influía en ese fenómeno sin explicación. Por tanto, quiso poner a prueba su hipótesis de inmediato, en aquella noche en la que conocí su furia y frustración, la cual brotó por el sentimiento de validar su hipótesis, por eso reaccionó salvajemente en el momento que cayó el cristal de Barnard. Las disculpas en este momento se realimentaron positivamente, recordando que fue la primera y última vez que lo hizo.

Continuó su discurso validando su teoría, que los fetos extraídos junto a mí concebían ese efecto sobre los cristales. Al darse cuenta, supo que no se había equivocado al adoptarme. Había algo especial dentro de mí que aún no podría descifrar, por ello, haría lo posible para ayudar a perfeccionarme. Confiaba en que poseía un don, y que las limitantes iniciarían en mi carácter, por tales motivos, me había preparado durante los últimos tres años, hasta tener el coraje de aceptar una nueva realidad acerca de mis destrezas y, sobre todo, la fortaleza para aceptar que en cualquier momento podría surgir el fatídico día de su muerte, teniendo la esperanza de que continuaría su legado.

Me descoloqué emocionalmente negando las posibilidades de su muerte, se detuvo enfrente con su magnánima presencia, que pese al estado de salud que presumía no era evidente. Me aferré a sus piernas arrebatándome bruscamente, luego tomó el cristal del cuerpo de Rem y lo paseó por la habitación. Insistió que tenía la misión de cuidar esos recipientes y eran mi responsabilidad, que afuera el mundo no creería en una criatura diferente, y no le tenía que demostrar a nadie si lo era o no. Me aseguró con seriedad que no me dejaría solo, que en el momento de su muerte su hermano tendría mi tutoría. No pude creer su respuesta, hablaba del político de mi tercera cirugía, entendí en ese momento la razón de su narcisismo, era un Stille orgulloso de su nombre y por eso había logrado calmar a mi padre en su estado de enojo.

La carga emocional de esa conversación no fue fácil de procesar, detuve mis prácticas por un tiempo y me dedicaba únicamente a leer como pasatiempo. Desde el jardín veía a los abogados y médicos cruzar la sala hasta el despacho, era lógico que presentía el día de su decadencia ante el vórtice. Las consecuencias de los deseos hacia la muerte son los que gozan de su mayor prontitud, el vórtice se sacia parcialmente con el fulgor de las almas, por ello está más cerca de quiénes la ansían. Luego de un mes, su cuerpo dejó de respirar.

El día de su entierro no bajé del auto, la aceptación no era tan fácil como excavar y enterrar a los animales luego de abrir sus entrañas, yo, por el contrario, me sentía vacío, con un hueco en mi interior. El día acabó con el deseo de colaborarle por última vez en la organización de su Mesa de Mayo. La compañía del político, quién además de ser mi familia legalmente, no se sentía de esa manera, mis sentimientos hacia él eran tan banales como la casa sin mi padre. Entré al laboratorio, me extrañó ver los instrumentos quirúrgicos fuera de las gavetas esparcidas en la Mesa de Mayo. Comencé por hábito a organizarlas, sobresalía una llave entre ellas. Inmediato la observé y supe que se trataba de la llave del subterráneo abandonado. Algo en mí se estremeció y perdí por un instante la razón, salí por inercia del laboratorio, sabía que mi padre me había dejado un mensaje. Inmediato pensé en mi nueva familia, el político ahora podría iniciar su buen servicio social colaborando en mi búsqueda. Escribiendo logré comunicarme para insistirle que me acompañara. Lo persuadí, nos dirigimos hasta la estación.

Al llegar corrí de inmediato sin dejarle oportunidad que me persiguiera, no me importó en lo absoluto que las miradas de espanto de la gente me persiguieran. Llegué a una zona solitaria y tomé el camino de las vías del tren hasta la recámara de extracción. El recorrido me parecía más largo de lo habitual debido a las ansías por llegar, la puerta parecía estar tan cerca y tan lejos debido a la obscuridad. Los dolores en mis músculos y articulaciones nunca habían sido tan fuertes. Caminé despacio hasta mi destino, frente a la puerta retomé el aliento. Introduje la llave maestra entre los candados y la cerradura, y levanté la tapa del excusado. Se encontraba un cadáver preservado de una mujer en la mesa quirúrgica. Lentamente la observé, al inspeccionar los alrededores vi una bata médica colgada con una nota que decía: «tienes una sola oportunidad hijo mío». Arrugué el papel y vestí la bata, organicé la Mesa de Mayo y esterilicé el instrumental quirúrgico. Rem se emocionó y proseguimos a operar.

El tiempo transcurrió tan rápido que cuando mi nuevo tutor llegó, su rostro denotaba perplejidad, no creía lo que veía. Un chico deforme de quince años acababa de extraer un pequeño útero y saturaba con movimientos magistrales el abdomen de un cadáver. Su verborrea fue vacía ante la ausencia de mi atención, se acercó temblando lentamente, me tomó por los hombros y me escaneó en segundos, de súbito volvió en sí, observé duda en su rostro, me soltó para preguntarme mediante lenguaje de señas: «¿estás bien?», le afirmé y se relajó, suspiró profundo, revisó la habitación y por último inspeccionó mi obra de arte. Se dibujó una sonrisa, y sin más, volvió a ser el tipo vanidoso de antes, se despreocupó de lo sucedido, aplaudió elevando odas al trabajo. Su lenguaje de señas era fluido, me felicitó y aprobó mi desempeño, sacó su celular y tomó una fotografía del lugar. Buscó entre las gavetas, sacó y destapó una botella de un galón de gasolina de motor, la esparció por las paredes, la mesa y en especial sobre el cadáver. Me indicó quitarme la bata y que saliera, estaba anonadado por lo que pretendía, pero algo en mí intuía que era lo mejor. Justamente antes de salir, observé la llama de un encendedor de metal que caía al suelo, con rapidez la habitación se cubrió de llamas, las tinieblas se apoderaron del lugar, respiré el humo y contrario a mi tutor, me pareció el mejor aroma jamás apreciado.

Caminamos de regreso por las vías del tren, atrás de nosotros prevalecían llamaradas que, imaginé, serían equiparables al fulgor del vórtice al que se transportan las almas. Recordé en ese instante que el espíritu de mí padre aún no había sido absorbido por el agujero del Más Allá. Cuando pasamos por el muro memorial que solía guardar la llave del inframundo, estaba extraído el ladrillo secreto, me pareció ver a mi padre caminar hacia las impetuosas llamaradas de la habitación, su espíritu desaparecía a medida que se introducía en ellas, vi la imagen de su rostro reír con la singular comisura que se camuflaba por su rotunda seriedad. Yo portaba la llave de esa habitación, la guardé en el bolsillo del pantalón en memoria al sorprendente Dr. Stille.

Mientras nos alejábamos de la estación, supe el significado de dejar esas experiencias atrás, era necesario para gozar de una transición a mi estilo de vida, estaba preparado para cualquier sendero desconocido. Todo en mi corta vida me había preparado para ese instante, en el que finalmente mi voluntad venciera a los miedos, el tiempo de la metamorfosis. Fue necesario soltar para lograr avanzar, aún tengo una misión en este mundo. Rem, Miss Patrick, Barnard y las nuevas voces que recolectaré, me acompañarán hasta el día que cumpla mi destino.

♦♦♦

La vida me ha llevado por muchas dimensiones de este plano físico, dupliqué mis años y he recolectado decenas de voces, que también han crecido conmigo, Rem y Barnard son todos unos hombres y Miss Patrick ahora es la Reina Patrick, poseen una sociedad entera, una comunidad en mi cabeza que habla de suicidios, accidentes, infartos, asesinatos de esas ratas que buscan salir de la pobreza, homicidios premeditados, catástrofes naturales, incendios, ataques terroristas, todo lo que puedas imaginar que conduzca a la muerte. Todas las voces son diferentes, y yo, soy una especie de castillo en el que habitan, todas las voces forman un Consejo. Somos una democracia ateniense rotando puestos de poder, para señalarme el camino más idóneo. Y qué decir, si trabajo como agente de campañas o como coordinador de áreas de inclusión, he trabajado para diversos diplomáticos en América y toda Europa. Por cada viaje las voces me guían y son responsables de haber salvado de peligros a muchos líderes políticos; no obstante, otros no han corrido la misma fortuna, esto se debió a la incapacidad de huir de la fuerza de atracción del vórtice.

Son incontables las situaciones que he vivido en mis viajes, los genocidios por el poder político, genocidios en guerras sin sentido, y cada una de ellas fue advertida por las segadoras que me acompañan. Las voces que he coleccionado son un reflejo de mi arduo trabajo como «símbolo de inclusión», no se puede esperar menos del apoderado del Presidente de los Estados Unidos, mi tutor. Maneja sus influencias cuando se requiere experiencia en el arte del despojo de criaturas indeseables.

¿Cómo soy ahora? ¿Qué podrían esperar de mí?, si hiciéramos ese ejercicio metacognitivo en el cual solicitan describir qué piensan los demás sobre uno. Dirían que soy de esas personas solitarias, serias, especialmente calladas, que no les gusta escuchar a los demás, que puedo y necesito ser más asertivo, que soy inteligente, buen comunicador no verbal, me podrían definir como indiferente a la crítica, porque muy pocos rumores he escuchado sobre mí. En el sentido más abstracto, puedo ser muy buen artista gráfico, me encanta el cine mudo, las bellas artes, una de mis obras favoritas es «El Grito» de Edvard Munch. Me gusta perderme en la expresión de desesperación entre su estilo que aparentemente parece que el vórtice lo está succionando. Nunca he entendido bien ese grito, lo identifico porque, aunque pueda gritar ante las muertes que he presenciado, me limito, dudo si podría ser escuchado, cuando no me escucho ni a mí mismo.

Me describiría de estatura promedio de cinco pies, piel trigueña, con lentes de aros plateados, rostro cuadrado, mentón alargado, sin barba ni bigote, cabello corto castaño, con un ligero peinado hacia la izquierda, ojos grandes color marrones oscuros, una mirada profunda, con mis orejas y par de brazos deformes, mi sonrisa suele ser tenue escondiendo los dientes. Soy delgado, suelo vestirme muy presentable, de tonalidades azules o negras y zapatillas cafés. Siempre porto un bolso de cuero negro, que cuelga sobre el hombro izquierdo, de unos cuarenta centímetros cuadrados. En él guardo los más grandes tesoros, que, a su vez, son mis principales herramientas de trabajo. Mi voz no la puedo describir, porque nunca la he escuchado, dudo que sea como la voz de mi consciencia, ya que he aprendido que lo que se dice no es siempre la verdad.

Solo ten presente que, si alguna vez te encuentras conmigo, es probable que no hable, porque quizá seas tú quien necesite decir sus últimas palabras, o alguien cercano a ti…

¡Oh!  Mis disculpas, no me he presentado formalmente. Mi nombre…. Todos me llaman… Ludwing… Ludwing Stille.

El Recipiente de las Voces Vacías, por Arnold Isaac Bolaños

Una criatura de improbable existencia aprende a medrar gracias a su inesperado talento… y a la colaboración de unos íntimos camaradas.

El Recipiente de las Voces Caídas, en Lektu

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