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Capítulo 7. Tormenta de Arena. María Larralde

Capítulo 7. Tormenta de Arena. María Larralde

              

—¿Y qué hacemos ahora? —le dije a Gabriela sin soltarla, agarrándola fuerte.

—Tengo que sacarme esta criatura, Orhan. Esto no es humano, mira cómo ha crecido. Estoy a punto de reventar.

De repente todo se quedó a oscuras. Ni las luces de emergencia se libraron del sabotaje. Yo sabía que McReady no iba a dejarme en paz. Ese monstruo de cabeza pensante no iba a dejar que un humano inmune a su infestación quedara impune, siguiera vivo. Pero ahora estaba ella, Gabriela. No podía salir corriendo sin más. Debía sacarle aquella cosa de adentro de sus entrañas, de ese vientre hinchado.

Apreté a la mujer más y más contra mi cuerpo. Metí mis manos por dentro de su ancha ropa. Acaricié su piel, suave, algo mojada por pequeñas gotitas de transpiración de olor dulce. Ahora tenía calor.

—¿Te duele? —le pregunté, acariciando su brazo herido.

—Sí, mucho. Pero Orhan —me dijo mirándome intensamente a los ojos—, lo que me duele es este bicho. ¡Me está matando!

—Van a venir, Gabriela, nos están rodeando. Seguramente yo salga ileso, pero tú…

—¿Por qué eres inmune? —dijo, sin más.

—No sé exactamente qué me hace inmune. Supongo que mi composición a base de recombinaciones de material biológico humano, radiactivo… y quizás algo más que no logro descifrar, pero sé que está en mí.

—Tu piel, tu piel no es como la nuestra. Dudo que seas humano, Orhan. Quizá creas que sí. Pero no lo eres. Una persona, no tiene esa piel, como… como si fuera dura, de reptil. pero suave, no sé… —dijo bajando la cabeza, como si no quisiera creer lo que acababa de decirme.

—No lo sé. Todo era secreto, no sé realmente quién soy. Pero me siento humano. Mis recuerdos son humanos, tuve una familia humana. He vivido siempre como humano y mis colegas han sido humanos, o perros.

Gabriela se encogió de dolor. Aquella cosa de su interior se movía y amenazaba con salir desde adentro, desgarrándola. Seguramente su supervivencia como madre no era necesaria. Si la bestia, creada por inseminación genética de aquellas cosas, salía bien, me quedaba sin ella.

—Para hacerte una cesárea tengo que dejarte inconsciente. Gabriela —le dije cogiendo su cara y acercándomela—, tenemos que salir de aquí.

Ella, sin mediar palabra por el dolor, asintió.

Cogí todo lo que se me ocurrió de aquella sala de curas.Y con ella a mi lado andando despacio, en lugar de salir por la puerta principal, bajé a la zona del sótano.

Todo estaba a oscuras y el silencio más absoluto nos rodeaba. Alguna luz titilaba al fondo del gran pasillo.Cada bártulo estaba en su sitio, no había signos de lucha, nada destrozado, las diferentes salas completamente vacías. O eso me pareció. La lavandería del hospital, estaba con el cierre echado desde dentro. ¿Quién había allí? Alguien se había encerrado en aquel lugar.

La puerta metálica, de gran grosor, pesada y blanca, con una mirilla rectangular de cristal de seguridad, era una garantía para estar aislado. Al menos durante un tiempo.

Gabriela se quejaba más y más con un sonido agotado, no quería gritar, no quería desvelar nuestra posición.

Me quedé mirando a través del cristal, adentro había alguien. Y quien fuera se acercó a mirar.

—¡Ey!, somos humanos, voy con una mujer embarazada —dije, para causar algo de compasión en aquella persona asustada.

—¡Váyanse! —contestó una voz de mujer—. No puedo hacer nada, ¡váyanse! —repitió con un volumen muy bajo, casi imperceptible.

—Dime, ¿por dónde voy a la farmacia del hospital? —sabía que no abriría, y estaba en su derecho. Pero si era personal hospitalario, conocía aquel mastodonte de cemento y podía darme las indicaciones necesarias.

—Sigue recto, alrededor de cien metros, gira a la izquierda, es la cuarta puerta. Hay una cartel de farmacia en el lateral. Pero allí había “Cosas de esas”. Las muy hijas de puta se toman todo lo que pillan y, a veces, van drogadas sin saber lo que hacen —concluyó con un— … ¡suerte!.

Sin contestarle, me dirigí hacia el lugar. Gabriela no podía andar y decidí cogerla en brazos, a pesar de que estaría mucho más desprotegido de esta forma. Le dí las dos botellas difusoras de orina que llevaba encima.

—Si ves cualquier Cosa, si percibes cualquier movimiento, rocía hacia ese lugar con el difusor, ni siquiera me preguntes, ¡hazlo!

Me contestó con un leve asentimiento de cabeza.

Efectivamente, ahí estaba la entrada a la farmacia. La oscuridad del interior de la sala era mayor que la del pasillo, donde alguna luz de emergencia ahogadamente se resistía a morir. Encendí mi linterna y lo que ví me dejó perplejo. Montones de Cosas deformes tiradas por el suelo, medio muertas, con formas diversas y bocas llenas de espuma. ¿Qué coño se supone que hacían alli? ¿Drogarse como putas imbéciles? Pensé en una fiesta de adolescentes humanos, donde todos acaban borrachos, tirados por el suelo y casi casi con el mismo aspecto deforme de estas Cosas del espacio exterior.

Tenía que sortearlas, mirar por todas aquella estanterías, alguna de ellas estaba muerta, ni siquiera se movía al tocarla con mi bota o darle algún puntapié. Pero otras estaban saliendo del estupor. Me acerqué a una que iba todavía con ropas de médico. En su bata blanca, ahora llena de sangre y otras sustancias irreconocibles, se leía Dr. Echevarría. En la mano deformada, con tentáculos en lugar de dedos, tenía unas ampollas vacías donde se leía: midazolam. Alrededor de su mano, una gran cantidad de ellas tiradas por el suelo. Dejé a Gabriela sobre un mostrador que me pareció seguro y recogí todas aquellas ampollas. El tipo se había suicidado, estaba seguro. Y eso lo cambiaba todo.

Aquella matanza de Cosas, era una muestra de que un ápice de humanidad quedaba en algunos de los infectados, al menos durante un tiempo. Cogí algunos medicamentos más. Los que pude. En la sala de curas solo habían anestésicos de uso local, no había siquiera analgésicos. Pero esto, aunque muy desordenado, estaba repleto de todo tipo de medicaciones.

Al salir, Gabriela me pidió que la dejara en el suelo. Alguna de esas cosas se movía un poco, intentando alargar su apéndice hacia nosotros sin fuerza, sin capacidad motora para lograrlo. Me saqué la churra y le meé.

—¡Ha, ha, ha, ha! ¡Es cierto! —se reía mirándome orinar y repetía eso de que era cierto, asombrada.

No sabía qué pensar, creía que ya se había enterado de mi original forma de inmunidad, sin embargo, comencé a reírme con ella. A pesar del dolor de su vientre, del dolor del brazo, Gabriela reía. Moví mi polla un poco, en plan gracioso, como una manguera, haciendo ruiditos de disparo, y Gabriela reía.

Ella miraba mi verga y yo su cara, su boca abierta de par en par, riendo. Me sentía feliz.

Mientras, aquella Cosa se quemaba, y seguía reptando hacia nosotros pero, al no tener fuerzas, murió enseguida. Solamente se retorció un poco. Ni siquiera gritó. Algunas gotas de meado cayeron alrededor del tipo, justo sobre otros individuos medio muertos y, estos sí, comenzaron a gritar de dolor.

Sin embargo, de manera repentina sentí algo. Desde la profundidad insondable de aquella habitación, percibía unos ojos sobre mí.  No eran esos tipos medio muertos. Allí adentro había algo más. Algo que no era como los demás. Desde afuera eché la última mirada antes de salir corriendo, cogiendo de nuevo a mi compañera en brazos.

Me volví, por si algo salía de aquella habitación. No ví nada, pero allí había algo más.

Gabriela dejó de reír, y se agarró con fuerza a mi cuello. Mientras corría, ella se acurrucaba metiendo la cara en mi cuello. Sentía su respiración.

Corría buscando alguna salida. Los aullidos de aquellas Cosas comenzaron a ser más fuertes. Algo los estaba destrozando. Se escucharon grandes mordidas y masticación de huesos. Había algo en las sombras, pero ¿qué podía ser?

No tenía tiempo. Busqué una salida de emergencia.

En el exterior, tuve que dar toda la vuelta por el perímetro del hospital hasta alcanzar el autobús que me había traído desde Humberstone.

Había coches abandonados por todos lados, pero las únicas llaves que tenía eran las del autobús. Tenía que ir sobre seguro.

Bichos reptantes, cuadrúpedos, humanoides y todo tipo de monstruos corrían aterrados ante mi sola presencia. Eso era bueno y malo. Bueno, porque me temían. Malo, porque se comunicaban entre ellos, y si eso era así, podían emboscarme, podían organizarse de nuevo para acabar conmigo.

La noche era oscura en Iquique, pero no había ni una estrella en el limpio firmamento. El cielo era negro, el aire caliente me quemaba los pulmones. Y mientras corría, me acordaba de aquella mujer del sótano, que quizá estaba sola y que no tardaría en convertirse en una Cosa más.

Gabriela enfocaba hacia los callejones y jardines con mi linterna. Sombras deformes correteaban por el suelo, subían por paredes, se escondían ante la luz por los matorrales. Una de ellas, en forma de ciempiés o algo similar, pero de gran tamaño, como de medio metro o así, se abalanzó hacia mis piernas. Gabriela le roció con mi orina y aquella Cosa comenzó a retorcerse.

—¡Ha, ha, ha, ha! —reía la mujer en mis brazos al ver cómo rociandola con mi orina podía con aquella bestia de otro mundo—. ¡Esto es increíble, qué pasada! ¡Hi, hi, hi, hi!

Se escuchaban seres reptando bajo el autobús que estaba lleno de excrecencias, como si algo pastoso hubiera dejado sus huellas. Pero no había nadie. Funcionaba a las mil maravillas.Y dejamos Iquique tomando la carretera de la costa en dirección al Aeropuerto.

****

Aquella mañana el sol rabiaba en el firmamento pero una tormenta de arena impedía que Ángela pudiera verlo. De camino al Hospital, en el que trabajaba desde hacía 30 años, comenzó a ver gente corriendo por toda la ciudad, pero no se sintió alarmada. Las tormentas, sean de arena, de rayos o de agua, producen la histeria en la gente. Sin embargo, durante unos segundos, creyó ver a lo lejos una figura deforme agazapada sobre una persona en el suelo. Pero la arena suspendida en el aire impedía ver bien aquella grotesca escena.

Ángela llegó al trabajo, aparcó en el parking, subió hasta el sótano y entró a la lavandería. Siempre llegaba antes que nadie. El turno lo comenzaba siempre ella, junto con sus compañeras Marta, Amanda y Silvia. Eran las primeras. Pero se dio cuenta de que ninguna de ellas llegaba puntual, y eso sí le hizo inquietarse. Ya eran las siete y cuarto de la mañana, y ninguna llegaba.

Ángela se asomó por la gran mirilla de cristal que había en la puerta metálica de la lavandería del gran hospital. Lo que vio la dejó petrificada.

Monstruos, monstruos pasaban de un lado a otro corriendo, reptando o persiguiendo al personal y a pacientes que huían aterrorizados. De manera imparable, los monstruos, vestidos como médicos, enfermeras, celadores, electricistas o personal de cocina, pululaban por el gran pasillo del sótano.

Ángela se cerró desde dentro y apagó la luz tras comprobar que estaba sola. Tras varios días encerrada alguien se asomó a la ventana. Un hombre con una mujer menuda que le pedía ayuda. Pero ella quería vivir y no abrió. Solo salió al octavo día. Muerta de hambre.

El hospital estaba vacío. Aquellas cosas parecían haber abandonado el lugar. Sin luces, aquel hospicio parecía un muerto gigantesco. Ángela subió a la planta superior donde se encontraba la cafetería. Necesitaba comer algo. En la lavandería tenían un frigo con bebidas y algo de picar, pero ya había acabado con todo. Pensaba comer algo, coger comida, ir a su coche y volver a casa. Llamar a su padre, un anciano que vivía en Santiago. Su única familia.

Un correteo por el pasillo la alertó, algo la observaba desde la oscuridad.

****

Gabriela se puso de parto en el bus. Paré en la misma carretera de la costa. Tras unos veinte minutos de trayecto. La mujer se puso en cuclillas después de pedirme que le quitara el pantalón de pijama y las sucias bragas blancas. Y allí, como una vaca, se puso a mugir entre los asientos mugrosos.

La sangre se desparramaba por todo el suelo, y a ella se le hacía difícil aguantarse. La cogí de ambas axilas y sostuve su peso mientras de manera contenida hacía una fuerza terrible para sacarse aquel ser de adentro. ¿Era posible que tuviera un parto natural de una Cosa de esas?

Yo tenía miedo de que se muriera allí mismo, pariendo un maldito bicho. Pero ella tenía tal fortaleza que, aun en esa situación, bromeaba.

—¿Cómo llamamos a este mariconsón? ¡Arrrggggh! ¿Qué te parece Mac? ¡Uf, uf, uf, argh! —y gemía de dolor.

—¡Estás loca Gabriela! ¡Te amo, mujer, no te me mueras! —y se me saltaron la lágrimas, porque jamás me había sentido así de lleno. Era la experiencia más aterradora y fantástica de mi vida.

Su cara contraída, sus ojos fruncidos, su boca cerrada apretando hasta hacerse sangre en el labio inferior.

De repente un olor a mierda subió hasta mi nariz. Sangre, heces y un ser de unos 4 o 5 kilos salieron de allí adentro. Y parecía humano. La placenta se desprendió a los pocos minutos. Mientras, yo recogía al niño de entre todas aquellas inmundicias, le cortaba el cordón umbilical y se lo entregaba a su madre como hacen siempre en las películas.

Mis manos estaban pringadas hasta los codos, mis botas, mis ropas. Y ella, desnuda y sucia, hecha una basura humana se colocó al engendro a la teta como si tal cosa.

—Eres muy joven, Gabriela. ¿Cómo has conseguido parir tú sola? ¿Por qué le das de mamar? No sabemos qué es eso —le dije, acercándome a ambos despacio, sentándome a su lado.

—¿Y qué hago? ¿Lo dejo tirado? ¿Lo mato? ¿Lo entierro en el desierto? —y lo miraba, sorprendida de lo perfecto que era.

—Supongo que no, no creo que sea peor engendro que yo —le contesté, besando su cabeza y apoyándola sobre mi hombro. Olía a sangre y heces. A fluidos vaginales. A hembra.

Una tormenta de arena comenzó a zarandear el autobús de un lado a otro. Pensé en buscar refugio fuera, en alguna casita de las que estaban a la vera de la carretera, pero aquellas cosas estarían merodeando por todos lados. O peor aún, aquella cosa del hospital, la de la farmacia, quizá nos había seguido.

Mientras la arena golpeaba los cristales, y el fuerte viento agarraba el vehículo como una garra de gigante, nosotros tres descansamos por unos instantes.

De repente, unos golpes muy fuertes de llamada, golpearon la puerta del autobús.

—¡Dadme a mi hijooooooo! —gritaba aquella Cosa.

Gabriela me miró asustada. Miró al bebé que dormía plácido en su regazo, cálido y suave. Era un niño humano perfecto, pero no era humano, en realidad era una simbiosis perfecta de ambas especies, un híbrido con características recombinadas. Quizá un ser completamente adaptado a la vida en la Tierra.

De repente, mientras yo me alzaba para frenar a McReady que, demente, seguía reclamando a su retoño, Gabriela se levantó gritando de dolor.

Aquel bicho le estaba comiendo la teta, absorbiendola, asimilando sus tejidos humanos. Se estaba comiendo a su madre.

—¡Abre la puertaaa! —me gritó.

Y con su hijo en brazos se acercó a McReady, que con forma inestable casi humana, alargó sus brazos para cogerlo. Entonces aproveché la situación para rociar a Mc.

La arena del desierto entraba con fuerza dentro del autobús, Gabriela miraba cómo Mc cogía a su hijo para llevárselo. Yo rocié a ambos con mi orina. McReady comenzó a quemarse, gritaba de dolor por el contacto de mi fluido mortal, pero no el hijo de Gabriela, que en menos de unos minutos había crecido a tal grado que parecía un niño de dos o tres años.

Y en medio de la tormenta, se comió a su padre, que estaba tirado en el suelo, en pleno asfalto, abriendo unas fauces descomunales pero sin deformar en absoluto su cuerpo.

Bajé para disparar con mi orina más de cerca a aquel cabrón pero, de nuevo, comprobé que no le afectaba. Entonces saqué mi pistola.

Aquello corrió hacia la oscuridad del desierto y se perdió en la espesura de la tormenta de arena de la noche de Iquique.

Capítulo 7. Tormenta de Arena

Séptimo capítulo de McReady en PDF.

 

 

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María Larralde