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Una cuerda. María Larralde

Una cuerda. María Larralde

Advertencia: este relato puede dañar la sensibilidad de algunos lectores. No apto para menores.

 

 

 

 

 

Una cuerda

María Larralde

Era una cuerda fina compuesta de delgados hilos de nylon blanco cuya misión había sido mantener en volandas, en lo más alto de la sala de fiestas, banderines y pendones conmemorativos del día nacional. Como ven, no era una cuerda muy útil o, si se puede decir, no tenía un gran valor para nadie o, más bien, no pertenecía a esa clase de cuerdas que se usan para hacer grandes cosas. Esas cuerdas útiles son las que se utilizan en trabajos importantes como la construcción ya que, con su gran resistencia, mantienen el peso de voluminosas estructuras; o las utilizadas en la navegación, donde son imprescindibles para mantener un velero, viento en popa, alcanzando raudo centenares de nudos de distancia. Pero no era el caso.

Como digo, esta cuerda era una cuerda más bien insignificante que podría no haber existido nunca. Pero decidió, a pesar de ser un objeto inanimado, hacer algo que se recordara durante tiempo por las personas que acudían habitualmente a la sala donde, un día, la dejaron olvidada colgando del techo, con un banderín roto tocando el suelo en su extremo inferior. La cuerda estúpida, despreciable por insustancial, estuvo mucho tiempo siendo ignorada hasta que sucedió el trágico incidente.

La sala estaba casi siempre vacía, pero reunía a personas de una determinada sensibilidad cada fin de semana con el objetivo de conversar, debatir, celebrar o pasar su tiempo. ¡Quién sabe y qué importa lo que hacían! Y, en esos fines de semana, desde que la cuerda estuvo colgada el día de la celebración de la Fiesta Nacional, nadie reparó en ella. No por ser gente descuidada sino porque ¿qué tiene de especial una cuerda colgando, abandonada, olvidada? Solo se puede hacer una cosa con ella, no verla, desconocer que existe. Solo eso se puede hacer.

Pero llegó un día en que alguien en la sala vio una rata. No una gran rata sino una pequeña y traviesa, de las que recorren los lugares donde habitan los hombres para asustarlos y pasar un agradable momento de interacción entre especies que cohabitan. Y he aquí que otro alguien dijo que habiendo ratas debía haber gato. Y una cosa llevó a la otra, y hablaron, e Irene, la niña, la hija de uno de los más significativos miembros de la asamblea que allí solía congregarse gritó de alegría al pensar que un gatito comenzaría a vivir, en breve, en la sala de reuniones.

Pero como suele pasar con estas cosas que tienen que ver con otros seres vivos, los allí reunidos no podían hacerse cargo del minino que se adquirió muy oportunamente en un centro de animalitos abandonados. Había nacido hacía solamente tres meses, pero para los hombres ya estaba listo, si no para enfrentarse a una gran rata (aunque como sabemos la rata de su sala era más bien de las pequeñas), sí para dejar su gatuno perfume con vistas a alejar a los pérfidos roedores. Una de las amables miembras de la asamblea iría una vez por semana a ver al pequeñín. Pronto decidirían qué nombre ponerle. Seguramente el que eligiera Irene, que para eso era la que más ilusión tenía con el gatito.

El animalito era un bello ejemplar atigrado que sería un gran gatazo en cuanto pasaran tan solo unos meses. Era dulce, juguetón, e Irene lo pasaba tan bien con él mientras sus padres “asambleaban” en la asamblea de mayores, que se sintieron todos muy reconfortados de que aquel felino mediocre formara parte de su familia. Ya no tenían que estar llamando la atención de la pequeña Irene pues no se quejaba de aburrimiento, y lo pasaba en grande con su nuevo amiguito retozón.

Aquel día todos llegaron a la misma hora de siempre. Pero no contaban con la cuerda, que había decidido ese mismo día jugar ella también. Y es que no se puede ignorar una cuerda, por humilde que parezca. La cuerda ignorada por todos colgaba inerte con una banderita en el extremo inferior. No se movía, estaba en una esquina de la gran sala. Pero he aquí que la ventana estaba entreabierta, poco, pero lo suficiente para que un gran viento helado de invierno con una gran mala leche, y ganas de dañar, ayudara a la cuerda que quería dejar huella en la historia de aquellos que tanto la habían despreciado. Con su descomunal fuerza, aquel torbellino helado se adentró en la gran sala de la asamblea y con la inútil cuerda se topó de bruces. Sorprendido por su inerme actitud la recorrió de arriba abajo despreciándola también, como era natural y habitual. La cuerda con ganas de ser vista se movió levemente haciendo que su banderín, que colgaba medio destrozado en su parte inferior y que rozaba el suelo, se moviera nerviosamente. Y esto hizo que el “gatito sin nombre” se levantara de su mantita abrigada para lanzarse cual león cazador ante una gacela incauta. La cuerda sintió el meneito débil al principio, más y más fuerte cada vez. Pero el viento, aburrido, se fue por donde vino y la sala quedó hueca, sin sonido, vacía, sin nadie que observara la gran hazaña.

Minino saltarín se dedicó durante minutos a dar zarpazos a la banderita, a saltar sobre ella. Se divertía tanto que casi no sentía más que un nervioso alborozo recorriendo su cuerpo, una estimulante sensación de fortaleza y brío. Continuó así hasta que poco a poco la cuerda fue enredándose por todos lados, casi como si en realidad no pasara nada; primero una de las zarpitas minúsculas del pequeño gatito; después, el cuello frágil y cálido; en unos minutos, la otra patita que intentaba, inútilmente, con zarpazos desesperados, quitarse la cuerda del cuello; segundos más tarde dando vueltas muy pero que muy agobiado. El divertido gatito se convirtió en un aterrado animal que solo veía el techo girando sobre su cabeza y perdía el sentido de la realidad por la falta de oxígeno. Intentaba por todos los medios salir corriendo para librarse de aquella monstruosa cuerda que se incrustaba más y más en su cuello, en su cuerpo, atándolo, aferrándosea a él y a su vida; cada vez más, anudándolo, poco a poco, mientras intentaba respirar o correr, saltar, morder a la malvada para romperla y librarse. Pero no pudo, porque la vieja y fea, olvidada e ignorada cuerda de nylon, tenía la intención de acabar con él. Solo así sería recordada y todos sabrían que ella era fuerte, tanto, que podía sesgar una vida si quería.

El gatito bonito apareció enredado, asfixiado, ahorcado, con la lengua amoratada colgando de lado, la boca desencajada y abierta, la patita amordazada, atada fuertemente junto a su cuello, la mirada perdida y vidriosa parecía implorar ayuda. Y la cuerda triunfante, la cuerda que nadie miraba, esta vez, desató los llantos de Irene, los gritos de todas las mujeres, las caras de asco y odio de los hombres. Y supo, a pesar de ser un objeto inerte, que había hecho algo grande, algo imperecedero, algo colosal por lo que sería recordada por siempre, al menos, por aquellos insípidos, olvidadizos y descuidados hombres y mujeres de la asamblea, y por Irene.

 

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María Larralde