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Tocando fondo -versión íntegra-, por Elmer Ruddenskjrik

Tocando fondo -versión íntegra-, por Elmer Ruddenskjrik

En un mundo en el que proliferan como setas las versiones extendidas de películas, videojuegos y hasta de los conflictos armados, era hora de empezar a editar las versiones extendidas, no censuradas o sin recortar de relatos y novelas.

Para su envío al concurso, este relato sufrió un drástico recorte en su final. El problema principal era el exceso de palabras, pero además el epílogo restaba valor al relato como pieza única, y lo acercaba aún más a la cronología de hechos que forman parte de esa gran novela (está mal que yo lo diga, pero como nadie más lo dice…) que es Elangel Pulois, primera de una futura duología de tres partes (no me he equivocado al escribirlo).

Ahora mismo no recuerdo si esta versión íntegra tenía alguna frase más o distinta por en medio de la narración, pero suponiendo que sea así, no será un gran cambio. La verdadera diferencia está en el final. Si os pica la curiosidad, espero que lo disfrutéis…

Y ahora… ¡que comience (otra vez) la función!

Tocando fondo

-Versión Íntegra-

Llueve. En esta ciudad parece que siempre llueve. Al menos de noche, cuando la basura humana la convierte en un hervidero, y el aire caliente que emanan  sus cuerpos inunda las estrechas calles hasta sus azoteas, sacudiéndose al filo de éstas como vaporosos espectros sin forma, recortados por las tenues luces anaranjadas de las farolas. Cualquiera diría que nadie saldría de casa en noches como esta, pero es como ducharse con agua fría para despegarse el óleo negro de un petrolero naufragado: totalmente inútil.

Ahí me yergo yo. En lo alto de este edificio, al terminar de subir por la escalera de incendios. Las gruesas gotas de lluvia repiquetean en la negra gabardina, más o menos nueva, que me agencié hace sólo unos días. Empiezo a ser conocido, y uno tiene que mantener una imagen. Un aspecto del que puedan hablar aquellos que sobreviven.

Avanzo con decisión. Sé a dónde voy. Las perlas de agua se estrellan contra el frente opaco y negro mate y gastado de mi máscara, trasladándome hasta las orejas, desnudas y empapadas, un repetitivo y sedante tintineo irregular pero consistente. Con esto en la cara no puedo ver, pero tampoco lo necesito. Mis largos años de encierro e inmovilidad me han permitido aprender a controlar todo el espacio por el sonido y el movimiento del aire. Además, hay una fuerza irresistible ante mi cara, que parece estar a punto de arrebatarme el aliento para siempre cada vez que espiro, y que de alguna forma guía todos mis movimientos en la forma correcta.

Camino hasta el filo de la azotea, comprobándome los guantes, ajustándomelos bien. El salto puede ser peligroso por lo resbaladizo del borde, pero el otro edificio está muy cerca, y ya he hecho saltos parecidos cientos de veces a lo largo de decenas de noches. Apresuro el paso y en la última zancada me impulso para pisar el reposabrazos del borde y saltar. Aterrizo al otro lado como si nada, haciendo saltar la gravilla que cubre el aislante con un par de pasos apresurados.

El barrio es un suburbio de los más tumultuosos y sucios de la ciudad. Drogadictos se tambalean por los callejones, prostitutas se exponen a lo largo de las aceras, traficantes se apostan en rincones oscuros mientras policías corruptos pasan a recoger su parte de los beneficios. El mundo es un sumidero de basura mucho más deprimente de lo que podría haber imaginado. Y es que, encerrado, sabía de primera mano que gente de malicia sin medida hace su agosto allí donde cree que nadie se lo puede impedir. Pero, en libertad, he comprobado que el mundo es todo perfidia, un mar de basura recorrido por ratas que se alimentan de aquellos con demasiados escrúpulos para hacer lo mismo… ¿o tal vez no sea más que cuestión de debilidad? A veces me pregunto si quedan realmente personas buenas. Si las víctimas de los miserables realmente lo son o sólo han quedado los últimos en la carrera de la vileza.

He venido hasta este edificio porque es el lugar con más “antifama” que existe en la ciudad. Podría pensarse que me refiero a “mala fama”, pero no. Digo “antifama”, y digo bien, porque este lugar, pese a todo el trajín que se desarrolla a su alrededor y, seguramente, en su interior, es de hecho invisible, totalmente ignoto. No puedo decir que haya tratado de interrogar a nadie acerca de lo que se puede estar cociendo en este edificio, pero durante las últimas semanas he procurado ejercer mi actividad justiciera cerca de este lugar. Al contrario que todas mis “célebres actuaciones”, no he logrado que se vuelva a pronunciar el apodo con el que se me conoce ni en la televisión ni en los más desconocidos e independientes de los periódicos locales. Lo cual me hace pensar que no sólo ocurre algo verdaderamente oscuro aquí dentro, sino que es algo que evita la luz de una manera realmente eficaz, quizá con el auspicio de las personas más influyentes. ¿Políticos? ¿Adinerados magnates, dueños de compañías energéticas o incluso de las empresas mediáticas? Me importa muy poco. La oscuridad me atrae. Siento un desprecio absoluto por los miserables, y si hay algo que me consuela, después de tanta gente muerta ante mí (incluidos aquel viejo detective de policía y su compañero, que me persiguieron hasta mi nuevo hogar, la vieja casa en las afueras del doctor Dan Tripkys) es la satisfacción de deshacerme de ellos de esta misma manera.

Me acerco hasta la entrada de acceso a las escaleras del edificio. Intento abrirla, y lo que no puedo ver me lo dice la inmovilidad de la puerta y el sonido. Cerrada con llave. Me suelto los viejos correajes de mi máscara y la empuño con seguridad para golpear el picaporte con el canto gastado que me cubre la barbilla. Tengo que golpear dos veces, pero consigo hacer que se suelte al romperse la madera húmeda y medio podrida de alrededor. Me vuelvo a poner la máscara. Ver con mis propios ojos durante demasiado tiempo me produce una insoportable sobreestimulación que me acaba por aturdir. Además, he visto del mundo más que suficiente…

Paso al interior, a ciegas, pero sabiendo por dónde me muevo. Oigo murmullos desde habitaciones de más adelante. El edificio no tiene más de tres pisos, pero algo me dice que lo que busco no se encuentra en ninguno de ellos. Los sótanos. Ahí es a dónde debo ir.

No me molesto en amortiguar el sonido de los tacones de las botas tejanas negras que calzo. El sigilo no tiene ningún sentido para mí, al andar entre miserables. No tardo en oír unos pasos apresurados que se acercan hasta una puerta a mi derecha, mientras camino junto al pasamanos que bordea las escaleras hacia los pisos inferiores.

—¿Quién cojones es el que…? —se queja un tipo con voz resbaladiza, mientras tira de la puerta y se asoma.

Para cuando me mira yo ya me he vuelto a quitar mi máscara. El hombre no termina su pregunta, y con su pistola en la mano se vuelve gritando hacia el interior y abriendo fuego a discreción. Me vuelvo hacia la puerta y entro. Allí, los maleantes que no han recibido un disparo, los que se han protegido con los cuerpos de las putas flacas que les acompañan, me ven y pierden por completo el juicio. Los que no se vuelan a sí mismos la cabeza se lanzan contra los demás para golpearles y morderles, para arrastrarse mutuamente en una lenta pero resbaladiza caída hacia el abismo de la muerte. Sonrío, respirando con libertad mientras la locura que atesora mi cara hace añicos la carne tras hacer quién sabe qué con las mentes.

Como era de esperar, el jaleo atrae al resto de sicarios de los pisos inferiores del edificio. A juzgar por el ruido que hacen, el edificio está más desalojado de lo que me figuraba. ¿Serán más de veinte, siquiera?

No importa. Antes de que lleguen hasta este último piso me asomo para verlos subir. Los que llegan a verme, buscando un rostro conocido aquí arriba, enloquecen y se vuelven contra los demás. En el estrecho espacio de las escaleras se desata una claustrofóbica lucha en la que los enajenados y agónicos gritos de los enloquecidos sumen en un inesperado pánico a los demás. Hay uno o dos que se mantienen enteros ante la sangrienta debacle, pero son minoría, y los locos crecen tan pronto como me miran a la cara los que no lo eran ya, mientras desciendo las escaleras, despacio, paso a paso. Mis enloquecidos se alejan de mí al tiempo que avanzo hacia ellos, como si me evitaran. No pueden verme, pero al mismo tiempo algo los aleja de mí, una especie de energía repulsora o de sistema de control sobre el que (irónicamente) no tengo control alguno. Se alejan de mí para cernirse como una avalancha sobre los demás sicarios. Disparos y puñetazos contra más disparos y patadas, y arañazos, y mordiscos, e incluso furiosos placajes. Los locos pelean incluso heridos, inconscientes de sus heridas e ignorantes de la posibilidad de la muerte. ¿Están ya muertos? Eso no puedo saberlo. Pero sé que, cuando no tienen a quién matar, acaban por suicidarse antes o después… sin remedio.

Sigo bajando las escaleras. Algunos han echado a correr, seguidos de cerca por varios de los locos. Algunas de mis víctimas se pierden por el segundo y primer piso, buscando algo o alguien a lo que matar, o mutilándose a sí mismos: hundiéndose los dedos en los ojos, tirándose de la lengua mientras la mastican hasta arrancársela o golpeándose las cabezas contra las paredes. Para cuando llego a la planta baja, los enloquecidos ya han arrinconado a los que huían, y entre horribles gritos les atacan hasta hacerlos trizas.

La puerta de entrada, cerrada con cuatro juegos de cerraduras, está despejada. Me imagino que los que la guardaban se cuentan entre los locos que he dejado arriba, o quizá sea uno de los que se encuentran delante de mí ahora mismo. En la dirección contraria, al fondo de un estrecho corredor, una puerta entreabierta da paso a una luz tenue de color azul. Me dirijo hacia allí, volviendo a ponerme la máscara por si encontrara alguna persona inocente encerrada.

Cuando entro, paso de largo lo que parece una mera sala a modo de recibidor. Más allá, la luz azulada se cuela en realidad en tonos de un violeta oscuro por los resquicios entre la máscara y mi piel. Siento cómo aletea una cortina de tiras de grueso celofán o algún plástico parecido a mi alrededor, y entonces desciendo unas escaleras.

Lo primero que capto es el olor. No. El hedor. Capto una mezcla de lo que sería inofensivo sudor mezclado con el rancio pestazo del aliento de varios alcohólicos. También parece flotar por el aire una densa masa esquiva de olor a excrementos. ¿Heces de animal? No entiendo nada, pero sigo bajando.

Para cuando llego al fondo, el color azul es totalmente brillante. Oigo criaturas encerradas en jaulas. Huelo a sangre. Oigo respiraciones entrecortadas. Jadeos animales. Narices que sorben mucosidades. Leves gemidos que susurran cosas nada parecidas a palabras. Siento el magnetismo negativo del miedo en todos aquellos seres.

A un lado hay otra habitación de la que se escurre una luz potente, como de focos de estudio. Enfrente, otra sala, con luz tenue, roja. Me dirijo hacia allí. Silencio. Huele bien, a productos químicos agradables, y papel. No hay nadie en el estrecho espacio. Con un sombrío presentimiento, me vuelvo a quitar la máscara.

Por primera vez desde ni recuerdo cuándo, me horrorizo. Hay fotos y fotos y fotos de niños de ambos sexos siendo maltratados y vejados, violados, sodomizados. Por hombres, mujeres y bestias. A un lado se amontonan cuidadosos paquetes de cintas de vídeo que me figuro con dolorosa exactitud el tipo de material que contienen. La sala, la sala bien iluminada. Es la sala de las fotos. Es una fábrica de material perverso de abuso animal e infantil.. Una fábrica que toda la puñetera ciudad protege. Todos la protegen. Por miedo. Por necesidad. O por mero interés. Me da igual.

Salgo hecho una furia sin molestarme en cubrirme el rostro. Dejo que niños y animales encerrados me vean y enloquezcan, y a mi paso abro las jaulas para que se maten entre todos. No hay nada que pueda hacer por ellos. Están ya muertos en vida.

Subo las escaleras mientras los oigo destrozarse entre horribles gritos, gruñidos, ladridos agónicos, el hozar y gruñir rabioso de algún pesado cerdo. Me dirijo hacia la puerta principal, a cara descubierta. Esto se acaba hoy. Que lo tapen si quieren. Que lo encubran.

Pero esta noche… Este barrio se convertirá en el infierno.

 

Han pasado varios días desde que recorrí el infecto suburbio a cara descubierta. No ha trascendido en absoluto, pese a que la zona fue acordonada por la policía y los antidisturbios fueron movilizados en masa para controlar a la muchedumbre enloquecida de personas que se mataban entre sí y a cualesquiera otros. Televisión, radio y prensa no se han hecho eco en absoluto de nada de lo ocurrido. Mientras, yo, en la casa a las afueras, rodeado de todas las cosas que me empañaba en coleccionar, me siento abrumado. Me pica la piel, y siento ganas de arrancármela. No soporto ser humano. No soporto estar vivo en esta forma, con este cuerpo.

Sólo otro ser, Jones, el monstruoso compañero del detective Elangel Pulois, puede saber lo que se siente. Lo sentí en su ominosa presencia. Cuando invité a ambos a mi casa. Su tranquila energía, emitida por sus absolutamente silenciosos movimientos, se me antojó triste en realidad, como un reflejo perfecto de mi naturaleza. De algún modo, los humanos se han empeñado en esculpirme en una forma tan ajena a la de ellos mismos, que, ni buscando la redención, soy capaz de hallar paz alguna.

¿Y si me mato? ¿Por qué no me miro a la cara? Dejarme llevar por mi propia locura… ¿Por qué no terminar así?

Lo hago. Tengo un espejo en la casa, de esos antiguos, de cuerpo entero, en el dormitorio de Tripkys; uno que volví contra la pared y escurrí detrás del armario cuando decidí instalarme en la casa de mi viejo psiquiatra ya muerto… Me miro, decidido. Pero… No pasa lo que esperaba.

Una oscura bruma crece como una tormenta circular desde el centro neblinoso que es mi cara en el reflejo. No soy capaz de distinguirme ni por un momento, y poco después tampoco puedo ver nada más, porque toda la plata se ha cubierto de un humo negro y con profundidad real. Casi parece salirse del cristal…

Me acerco y trato de tocarlo. Mis dedos se hunden sin resistencia alguna en el más allá. ¿Acaso importa a dónde lleve? Iba a morir, me iba a matar.

Sin miedo, ni dudas, ni remordimientos; vacío de toda emoción ligada a lo humano, ávido de trascendencia en cualquier sentido, me hundo en la bruma, inodora, intangible y silenciosa.

Descarga en PDF

Tocando fondo -versión íntegra-

Mientras la ciudad se aniega en sus propias excrecencias, un solitario justiciero empieza a comprender a qué se enfrenta…

-Versión con epílogo añadido-

Descarga de obras del mundo “Elangel Pulois”

Elangel Pulois en PDF

Elangel Pulois es un nombre que se ha convertido en sinónimo de miedo y misterio, en una nueva fuerza que viene a sacudir el equilibrio de poder entre los miembros del hampa de la ciudad.

Sin embargo, no es ese mismo hombre, alguien para nada tan duro ni heroico como se le atribuye, quien realmente acongoja a los miserables, sino su extraño acompañante, un titán de extraordinaria fuerza y bestiales métodos a quien la gente ha dado en llamar simplemente “el monstruo”.

Elangel Pulois se bate en continua lucha por su supervivencia, progresa como puede como detective privado, la vida que ha elegido, pero el remordimiento y la duda le asaltan de cuando en cuando, sentimientos que no hacen más que aumentar ante la sola existencia de su singular compañero…

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Elmer Ruddenskjrik