Como fan desde el lanzamiento de “Resident Evil 2” en la primera Playstation, era una obligación ver en cines la nueva adaptación de la famosa saga de juegos de suspense y acción, que a su vez adaptaba la temática del zombi caníbal del cine, uno de los monstruos más atractivos jamás creado. 

La propuesta escrita y dirigida por el experto Johannes Roberts (director de las dos entregas de “A 47 Metros”, ambas espectaculares) se me antojó tremendamente apetecible desde el tráiler, donde destellaban referencias a los videojuegos entre tomas que auguraban un tratamiento especialmente enfocado en la ambientación lúgubre y terrorífica, y donde eran fácilmente reconocibles la mayoría de los personajes principales. También se prometía una alta densidad argumental y de acción, y en toda esta muestra solo palidecía ligeramente lo poco que se mostraba de efectos generados por ordenador, y el aspecto diametralmente distinto de uno de los personajes más queridos y relevantes de la saga, Leon Scott Kennedy.

A pesar de la campaña de difamación en redes a la que se suman muchos espectadores (que además se declaran fans de los juegos), el resultado es una gran película de suspense y acción, con no mayores aspiraciones que los mismos juegos u otras películas de serie B: entretener. Irónicamente, este tipo de productos enseñan más sobre la idiosincrasia humana, la reflejan mejor, que la mayoría de las obras de espíritu cultureta de poco o mucho presupuesto que se promocionan en campañas millonarias año tras año. La película se arropa de una absoluta honestidad creativa y se convierte en una de las mejores que se pueden ver este año, despojada de todo defecto (salvo aquel que quiera atribuirle el espectador que no disfruta de este género de películas).

Una de las cosas en las que destaca es en el modo de establecer un ambiente de enfermiza maldad desde el inicio. Los planos largos, fijos, o con lentos zooms, que recuerdan al estilo de fotografía del cine de la década de 1970, ayudan a generar una sensación de espeluznante y desconocida amenaza, la misma que han de sentir los protagonistas. Se refleja mucho de lo que ocurre en el trasfondo argumental o en la cabeza de los personajes con planos de este tipo, dejando que el espectador, incluso aunque sea ajeno a la trama de los videojuegos, pueda deducir enseguida lo que está pasando. Es fácil saber quién se huele lo que está ocurriendo, quién sabe más de lo que dice o quien está perdido por completo simplemente con las escenas que protagonizan, sin apenas diálogos. Escenas como la del jefe de policía Brian Irons mirando a la oscura y húmeda ciudad desde una de las ventanas de la comisaría con desaliento, sabiendo lo que se ha desatado y que es tarde para empezar a escapar, son imágenes que destilan un conocimiento profundo del argumento de los juegos, pero que también demuestran cómo trasladarlo, con toda la desazón que ello conlleva, en imágenes, y sin darle al espectador la interminable chapa que se ha convertido en rigor para sagas de aventuras como las de “Los Vengadores”.

La gran calidad del rodaje y del mismo guion se combinan para establecer un escenario aún más coherente y creíble que el de los videojuegos (algo innecesario en dicho medio), estableciendo la premisa de una pequeña ciudad prácticamente despoblada y que degenera por la infección de una silente enfermedad, propagada a través del sistema de aguas y originada en la fuga en las instalaciones secretas de Umbrella, la todopoderosa farmacéutica que es capaz de todo por conseguir dinero e influencia (qué actualizada esta historia creada originalmente en 1996, ¿no?). La población enferma de cuerpo y mente de una manera casi inconsciente, siendo tarde para cuando se vuelven bestias caníbales en vida (e incluso una vez muertos), logrando que sea más creible el desconocimiento y la tardía reacción (o absoluta inacción) de las autoridades oficiales para evitar una peligrosa propagación.

Es cierto que la producción se arriesga a resumir en una sola trama aspectos de la primera trilogía de videojuegos (los clásicos que establecieron la leyenda), haciendo especial énfasis en las dos primeras entregas y dejando fuera muchos aspectos argumentales que, en realidad, servían para diseñar más y más escenarios de juego. Es un aspecto que puede ser criticable para alguien que espera una adaptación fiel a la trama original, aunque si pensamos en el modo en que ha desarrollado la franquicia cinematográfica de “Resident Evil” el director Paul W. S. Anderson, quien la ha tenido secuestrada por cosa de unos 15 años (de 2002 hasta el estreno en 2016 del llamado “Capítulo Final”, que, por cierto, terminaba para continuar), mal me cabe en la cabeza que nadie pueda criticar estas licencias, toda vez que el grueso en la versión de Johannes Roberts es fiel en carácter y espíritu a personajes, ambientación, estilo de terror y acción.

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Es cierto que hay cierta polémica por el aspecto de personajes como Jill Valentine y, sobre todo, Leon, quienes son diametralmente opuestos en aspecto. Estos cambios, que no sé si serían impuestos por el estudio productor o simplemente la mejor decisión de casting  la hora de elegir gente con la que trabajar sin problemas en el plató, dan como resultado a una Jill Valentine que, en definitiva, es tan bella y valiente como la de los juegos; y a un Leon que, en principio, no parece el mismo, siendo un novato indeciso, inexperto e incluso poco espabilado en un principio, cuando el del juego original era un agente cuyo temperamento vocacional de proteger y servir le hacía una persona tremendamente preparada y tenaz (que está perfectamente reflejado en las películas y la serie producidas por Capcom, a disposición en Netflix, así que tampoco hay por qué desesperar). 

Colección Resident Evil en Netflix

Sin embargo, y a pesar de servir este último como coherente alivio cómico en la película, esto se consigue recurriendo a la explotación de un recurso inamovible del personaje original: su ingenuidad, que no tarda en quedar abandonada al terminar de ser consciente del peligro al que se enfrenta junto a los demás supervivientes. El actor Avan Jogia acaba de convencerme en la película como no lo hacía su aspecto en el tráiler de la película al aunar en su interpretación la cínica actitud que aprendería Leon a lo largo de la saga de los juegos y las secuelas “oficiales” de animación por ordenador, (aportando esa nota de humor algo cándido que les era propia) y el atractivo del personaje original. Algo que, aunque parezca irrelevante, no lo es en absoluto. 

Algo vital, y que además es realista (pese a quien pese), es que los héroes de una historia resulten atractivos, independientemente de que sean especialmente bellos en lo que podría considerarse un criterio objetivo. Y esta es otra de las cosas en las que acierta “Resident Evil: Bienvenidos a Raccoon City”. Las personas buenas y de virtuosas cualidades acaban por parecer atractivas (si no lo son ya en la primera impresión) porque su personalidad se traslada a su modo de moverse y de expresarse. Esto es algo que ocurre tal cual en la vida real. Lo que no puede ser es que se den casos como el de la película “Más dura será la caída” (2021), producción de Netflix espectacular en varios aspectos, pero que flaquea especialmente en la elección de un protagonista feo como él solo y desprovisto de todo tipo de atractivo. La adaptación de Johannes Roberts, con su versión de lo que no eran más que arquetipos en el origen de la saga de videojuegos, es deslumbrante en la representación de todos estos personajes, para mí tan queridos y a los que he seguido en diversos lanzamientos desde que tuve “Resident Evil 2” y el original en 1998 y 1999 respectivamente (sí, yo los descubrí al revés).

Aparte de lo ajustado de la adaptación de personajes y trama, están los aspectos de fotografía, música y de escenarios (todo ello tan protagonista como los mismos personajes en los videojuegos, si no más). La banda sonora, que se ajusta a los estándares actuales de la solemne rotundidad en los momentos de mayor tensión, mantiene el resto del tiempo un estilo muy similar al de la primera trilogía de videojuegos, con temas melódicos salpicados de notas disonantes que resultan espeluznantes, aunque queda en un segundo plano, detrás del sonido ambiente de cada escena e incluso de los diálogos. El compositor Mark Korven lleva décadas especializado en añadir impacto con su música a películas, en especial las de terror, y no hay más que dedicar unos minutos a la música de “Resident Evil: Bienvenidos a Raccoon City” para darse cuenta del gran trabajo que desarrolló (bastante distinto del de Marco Beltrami que, junto a Marilyn Manson, le dio una identidad musical muy determinada a la primera adaptación de Paul W. S. Anderson):

El material de Mark Korven de nuevo devuelve a la película el espíritu de los mismos juegos, con temas inquietantes pero tranquilos en las escenas de suspense y melodías rítmicas y de connotación industrial para las de acción, que recuerdan igualmente a la música de “Terminator 2” compuesta por Brad Fiedel (una sensación que proporcionaba también la música en los juegos).

Los escenarios gozan del mismo diseño que en los juegos, con lugares cotidianos que están impregnados de decadencia y melancolía, polvorientos, desusados, los propios de un pueblo que se encuentra en su mayor parte despoblado y enfermo (de nuevo, su aspecto de verosímil se ve favorecido por el nuevo contexto de la película). Para los que hemos jugado a los juegos encontramos representaciones tal cual de lugares emblemáticos de la comisaría de la ciudad o de la famosa mansión Spencer, que abruman con un barroquismo absurdo por ostentoso, reflejando a la perfección la historia de una ciudad que quería ser tan grande como la ambición y la corrupción de los que la dirigían a sueldo de la corporación Umbrella. Incluso la embarullada sala de los S.T.A.R.S., el grupo de fuerzas especiales de la policía, destila el espíritu de informal ambiente de trabajo que se veía reflejado en las tomas prerrenderizadas de las entregas “Resident Evil 2” y “Resident Evil 3: Nemesis”. Todo esto puede parecer irrelevante para quien no conozca los juegos, pero todo ello es parte del caracter o el trasfondo de los personajes, y logra que recale en quien disfruta de la película con el aspecto de un lugar vivo, que se usa hasta el punto de prácticamente vivir en él la mayor parte de cada día. 

En el aspecto de la fotografía, he de reconocer que la película me ha parecido excesivamente oscura en momentos que no requerían de ello, por ejemplo en algunas primeras escenas de diálogos entre los personajes (quiero decir en lugares donde en realidad no debería reinar tanta oscuridad). Pero el resto del tiempo cumple a la perfección dotando a la historia de una adecuada inmutabilidad en el tiempo, siendo rodada en realidad como una película de acción y terror clásica, enfatizando por encima de todo que la acción sea disfrutable y que los momentos de tensión resulten realmente agobiantes, dejando normalmente que los planos fijos permitan apreciar la rabiosa violencia de las criaturas y los héroes a partes iguales. El guión y la idea del montaje que, imagino, tenía Johannes Roberts en la cabeza no hace más que sacar lo mejor de cada toma para la película, dotándola de una línea creciente de emoción, que va pasando con suavidad del terror hacia la acción (una de mis derivas preferidas en el cine, reflejadas con maestría por películas como “Aliens: el regreso”).

Esta es, en definitiva, y diga lo que diga nadie, la mejor adaptación con actores reales de la franquicia “Resident Evil”, una obra que se atreve a reiniciar una cronología desnaturalizada del original por cerca de 15 años, y que lo hace recuperando lo esencial y mejor de ello pero sin olvidarse de ejecutar un producto perfecto para los aficionados al terror y la acción en el cine. Difícil será que se haga una mejor, como no sea el mismo Johannes Roberts el que siga al mando.

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