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Recopilatorio Tomo Oscuro – La alarma, de María Larralde

Recopilatorio Tomo Oscuro – La alarma, de María Larralde

 

El cuarto relato del Tomo Oscuro es una historia que de nuevo parece meramente costumbrista. Que lo disfrutéis, pulperos…


“El Amor es la Alegría acompañada de la idea de una causa exterior.”

Ética-Benito Espinosa.

Uno

 

Se despertó como cada mañana, dispuesta a establecer el orden en el mundo. Para empezar, en su casa. Después le tocaba el turno de rectitud al trabajo, donde ponía cada cosa en su sitio y a cada hombre en su lugar. ¿Cuántos años de esfuerzo personal le había costado hacer entender a los demás, que el tiempo es oro? Mucho, incontable cantidad de horas y esfuerzo. Ahora, a sus 45 años, con una sin par familia, un futuro prometedor y ordenado, era feliz.

Aquella mañana, sin embargo, algo extraño flotaba en el ambiente de su casa. La habitación estaba más oscura de lo habitual. Se levantó despacio, con algo de dolor de cabeza y un peso plomizo en su cuerpo. “Debo estar cayendo enferma ―pensó―, seguramente por haber ido ayer a pasar el día a la playa”.

Con gran esfuerzo físico, se levantó de su cama y miró el reloj. Eran las 5 de la mañana, pero su marido no estaba acostado a su lado. “Qué raro ―dijo en voz baja―, si es un “perezoso”, si deja sonar la alarma hasta que se repite más de 3 o 4 veces, antes de poner un pie en el suelo”.

Algo seguía perturbándola. No era solo que su marido se hubiera levantado, sino que tenía la sensación de que faltaba “algo” en la casa.

Salió un poco aturdida al pasillo, las habitaciones de sus hijas estaban en la segunda planta del precioso adosado en el que habían venido a vivir, hacía ya quince años. No se oía nada. No había señales de Jaime, ni en el aseo de dentro de la habitación de matrimonio, ni en el de afuera, en el pasillo. Miró en el solárium, y tampoco. Quizá el hombre no podía dormir y se había ido a relajar y leer un rato a la planta de abajo, o a la cocina. O podría haberse marchado de la casa en búsqueda de aliviar alguna preocupación. Pero no le cuadraba, pues la noche anterior, Jaime no le había comentado nada sobre ningún problema que le preocupara últimamente. Además, ella enseguida le notaba todo. Sabía cuándo su marido tenía algún problema, nada más con mirarle a los ojos.

Entonces recorrió la segunda planta, y aunque con algo de vergüenza, por lo absurdo de sus pensamientos, Alicia empezaba a sentirse algo confusa y asustada.

Entró en la habitación de su hija menor, Adriana, de 17 años. Su gran sorpresa fue encontrar la cama vacía… ¡vacía hasta de mantas y de sábanas! El colchón estaba a la vista… entonces encendió la luz y miró a su alrededor. Un miedo intenso se apoderó de ella, y emitió una especie de grito ahogado al ver la preciosa habitación de su hija, completamente vacía de muebles, y llena de polvo.

― ¿Pero qué está pasando aquí? ¿Qué es todo esto? ¡Jaime! ¡Jaime! ―comenzó a gritar desesperada.

Corriendo, entró a la habitación de Carmen, su hija mayor. Y allí estaba… ¡Por fin, alguien…!

Se acercó a la cama y conforme lo hacía, un olor a putrefacción intenso penetró su nariz. Tocó el cuerpo tumbado y le dio la vuelta… ¡Era Carmen, pero estaba momificada! ¡Muerta…!

Alicia cayó derrumbada, quedó inconsciente por el terror que le produjo la atroz visión…

 

 

Dos

 

De repente sonó una alarma, una alarma que anunciaba que eran las 7 de la mañana… ¡Hora de ir a trabajar! Alicia pensó que había sufrido una horrible pesadilla, donde sus hijas y su marido habían sido asesinados y momificados por ella misma, cansada de su imperfección.

―Por amor a mi familia, para que todo sea siempre perfecto y yo feliz ―se repetía sublingualmente de manera reiteradamente obsesiva―. Menos mal ―se dijo― que con la luz del día, todo se ve de “otra forma”.

 

Aunque le dolía la cabeza intensamente, fue capaz de incorporarse de nuevo en su cama, y viendo que era la hora “correcta”, se vistió, se arregló, desayunó un buen café y, como cada día, fue a poner orden en su trabajo… su otra fuente de felicidad.

En absoluto miró las habitaciones de sus hijas, en absoluto pasó al salón…

Alicia salía de la casa, recordando lo absurdo del terror de aquella noche. Y se regocijó pensando en la feliz familia que había logrado tener con tanto esfuerzo y tesón.

No vio o no reparó ―con las prisas― en su marido. Él, como cada día a la misma hora desde hacía 15 años, estaba en el sofá del salón, sentado perpetuamente…

 

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Elmer Ruddenskjrik