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Paraguas en lucha, de Rafael Blasco López

Paraguas en lucha, de Rafael Blasco López

La incontinencia urinaria me despierta cruel al alba, como irritable alarma que oprime mi vejiga hasta el borde la vergüenza incontrolada. Hace tiempo que no tengo obligaciones laborales, que no rutinarias y morales, por lo que demoro mi estancia entre sábanas, vengándome así de mi lujo robado desde la adolescencia.

 Mi pierna derecha se decide por fin a obedecer, le sigue la izquierda, a pesar de no reconocerse ni ella misma como tal; tras ellas va el tronco, hasta que consigo sentarme al borde de la cama.

 Amanecen conmigo los recuerdos pesados del pasado, los problemas del presente y las dudas de un futuro que no se si pisaré.

 Me levanto en un intento del que he perdido la cuenta. Mi espalda, un tablón rígido de caoba negra por los excesos laborales, oscila con la incertidumbre de la inseguridad en las piernas.

 La artritis y artrosis me dan los buenos días de la manera más irónica, en forma de pinchazos hasta la última articulación de mi cuerpo. “Es un gusto” tener amigas tan fieles como estas, jamás te abandonan en la vida.

 Mis rodillas de mantequilla dudan de sí mismas. Parecen querer salir disparadas para estamparse en la pared de enfrente.

 Apenas camino cuatro pasos, los tobillos comienzan a arder como mi infierno particular; ¿quién se creen que son? ¿Acaso pretender imponerse sobre los esguinces cervicales? De ellos me llegan estos mareos que parecen dejarme drogado, dispuestos a tumbarme en cualquier momento. Al final, reina el síndrome de Pisa  durante mi trayecto, voy inclinado tratando de mantener el tipo sin que protagonice ninguna película. Cuál nuevo monstruo, miembro de la familia Adams, cruje todo mi ser mientras trata en vano de coordinar las acciones de forma correcta durante varios minutos. Me parezco a las puertas de un antiguo armario ropero que se abren cada veinte años. Solo me falta carcoma y una buena dosis de polvo, que bien podría ser el nácar de mi cabello. Del “otro polvo” ya ni me acuerdo, solo las ganas salen a flote en raras ocasiones, desde algún lugar recóndito de mi cerebro.

 ¿Qué me está pasando esta mañana? Me pregunto indignado ante mi falta de arranque. El espejo del baño me responde desalmado, burlándose de mí con una verdad que se estrella en mi mente sin piedad. Soy viejo.

 Las huellas lejanas del ayer me atosigan mientras camino hacia la cocina; buenas y malas, se agolpan en mi cabeza pidiendo paso por ser los primeras. Es una batalla despiadada, pues saben que el tiempo es limitado y mi cerebro se ralentiza con su paso.

 Caliento el café, “el puto descafeinado de todos los días”, pienso al recordar el cuerpo y la fuerza del líquido ahora prohibido; así como añoro el consumo de azúcar y dulces, por la maldita broma macabra de que los problemas de su uso a mi edad.

 Las vueltas de la cucharilla en la taza, llaman a las vivencias remotas como una campanilla de la memoria, cuyo tintineo pone ahora en fila india todo lo vivido en la mente. En alguna rotación del cubierto, aparece la esperanza de una búsqueda de la felicidad, ese absurdo ficticio que se desvanece con el paso del tiempo, hasta morir estrangulada por la realidad cuando aparece inesperada.

 Ya sé lo que me espera en un futuro no tan lejano; seré agricultor de malvas en un descanso perpetuo, ¿y? Poco importa si dos tercios de mi vida se han perdido en el tajo, aquellos tiempos duros como rocas en los que la impiedad de las condiciones no tenía límites.

 Luché con mi esfuerzo por un legado para mis hijos, me ocupé hasta el final de mis mayores lo mejor que pude, hasta su último aliento. Ahora toca pelear por mí.

 Me da igual si me rompo en el camino, si desfallezco, o incluso si no consigo nada. ¿Quién se creen que son esos cuervos de última generación para meter la mano en mi pensión? ¿Acaso no me la he ganado durante años y años de sudor? ¡Pico y pala les daba yo a todos! ¿No saben ni respetan que yo era de los que luchaba en tiempos de la tiranía? Hipócrita del joven que se trague las palabras sobre pensiones privadas y liberalismos. Que no omitan el copago de los medicamentos, ¡que jamás olviden a los que gritan que, o se medican o comen, que no les alcanza para todo! 

 Si los bancos fueron rescatados, ¿qué somos nosotros para ellos? ¿Mierda para esconder bajo la alfombra de las estadísticas estatales? Seguro que los bancos recuerdan y callan como zorras, la cantidad de hipotecas de nuestros hijos que los abuelos hemos salvado con nuestras pensiones.

 La humedad abraza mis huesos como aviso prematuro de dolor incesante. Que no olvide nadie el frío de los mayores, los que no tienen para pagar la calefacción por culpa de tarifas eléctricas criminales. Todos tendríamos que pasar por obligación una noche durmiendo en la calle, para saber lo que es un desahucio en las propias carnes. Puede que el frío callejero nos refresque la memoria sobre los ancianos que perdieron sus casas.

 Hoy no cogeré el paraguas, no saldré a protestar como todos los lunes junto a cientos de jubilados. Esta vez, la senda de la revolución de los paraguas va a ser mucho más larga. Será un ejemplo de orgullo y lucha por los valores, por lo nuestro, por todos. Para que no nos roben nunca más.

 Mi nieto me espera en la puerta. Me entrega orgulloso un libro, en sus tapas luce el símbolo de la anarquía. Yo le muestro la palma de mis manos abiertas, sabedor que los callos de mis manos están muy por encima de toda ideología. Comprende abrumado que mi existencia es un cúmulo de palos y negras certezas amontonadas e incomparables.

 Ha sido duro, pero ha valido la pena. Las diversas marchas de jubilados exigiendo pensiones dignas, por fin nos hemos unido en Madrid como un bramido ensordecedor. Entramos en plaza Sol gritando, “¡sí, se, puede!”, somos el clamor de la última generación, la que lucha hasta el aliento final desde lo más profundo de sus entrañas. Aquí convive el orgullo y la dignidad, el honor del pasado y el ejemplo para el futuro. Veo banderas de Andalucía, de Euskadi, de Galicia, de todos los puntos del país, pero son nuestras arrugas, surcos de tesón, años y lucha, las señas de identidad, el escudo que nos une frente a la traición a los abuelos. Mi pecho se inunda de emoción, no hay quien nos pare, ni siquiera el cordón policial que acabamos de sobrepasar como marea humana en busca de justicia. 

 Faltan muchos héroes anónimos. Los que perdieron sus neuronas al tropezar con las piedras invisibles de la vida. Es duro ser mayor, es terrible llegar con demencia senil, alzheimer o párkinson; estoy seguro que en el fondo de sus miradas vacías, están gritando con nosotros. Los hay valientes hasta el tuétano, esos que plantan cara al cangrejo que les picó y los devora poco a poco. No me olvido de los que viven en residencias; más de uno saldría corriendo para apoyarnos si abrieran las puertas.

Desde Cádiz o Bilbao, hasta del último rincón de España, confluimos dos ríos humanos cargados de sabiduría y vivencias; gritamos con la verdad en las manos, demostrando a esas hienas de traje y corbata que no tenemos miedo. Vamos a plantar cara por lo nuestro, podemos caer, pero será puño en alto, gritando que no tienen derecho.

 Un mar de canas dejaremos los zapatos en la puerta del congreso, a ver si se les cae la cara de vergüenza a políticos y dirigentes que nos quieren dejar en bragas.

 A pesar de que los medios (miedos o mierdos-os) de comunicación nos ignoran y apenas hablan de nosotros, ni cien mil barricadas ardiendo en Barcelona van a conseguir iluminar más que el ejemplo y legado que estamos dejando a nuestros hijos y nietos. Si alguno ve el documental de Woodstock, que reniegue de aquellos rockeros y hippies, que se compren una camiseta y graben en ella la foto de su  abuela o abuelo en la manifestación con esta leyenda “Él, estuvo allí, con un par”.

 Por todas partes se discute de política en este país de pandereta de barra de bar. Nosotros solo pedimos que no nos recorten lo nuestro, pensiones justas y dignidad.

 Dedicado a Ángela Sahagún Bonet, Remedios Azorín Quiles, a toda la revolución de los paraguas y a los que marcharon desde todos los puntos del país hasta Madrid, recorriendo en algunos casos, hasta setecientos kilómetros. Que vuestra hazaña no se olvide jamás. ¡Gora aiton-amonak! ¡Aúpa abuelos!

Paraguas en lucha por Rafael Blasco López

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María Larralde