14 febrero, 2026
MICRORRELATOS maría larralde

Conjunto de microrrelatos escritos por María Larralde. Narrativa corta con pluma afilada e imaginación desbordante. He explorando los recovecos de la mente humana a través de los géneros de terror, fantasía y ciencia ficción.
Estos microrrelatos son como destellos: breves, pero cargados de intensidad. En pocas palabras, intento crear mundos inquietantes, personajes que te persiguen o que se persiguen a sí mismos. ¿Lo mejor? Me encanta mezclar lo cotidiano con lo extraño, haciendo que lo imposible parezca real. Con un estilo preciso y evocador, mis micros intentan reflejar mi pasión por el suspense y lo psicológico, a menudo con un toque de humor negro.

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1. LEÓN EL SUICIDA FELIZ

    León no era feliz a pesar de parecerlo y lo parecía porque no lo era en realidad.
    Les parecía a sus vecinos un viejo feliz, porque así se mostraba. Le veían con sus amables maneras y con su vida llena de actividades para “gente mayor” y jubilada. Había realizado una actividad laboral a lo largo de 40 arduos años. Y todos repetían: León es un hombre feliz y plenamente satisfecho… salvo por aquel extraño contratiempo hace muchos años del cual nadie creía que León recordara más que una extraña sensación de que “lo inexplicable” sucede, tanto o más, que aquello sujeto a las normas de la más elemental lógica o de las leyes físicas.
    León dedicaba parte de su tiempo al cuidado de su nietecito, el segundo hijo de su único vástago. Era un hombre plácido, tranquilo y de mirada limpia. Pasaba algunas mañanitas al sol del parque con este niño, y disfrutaba de la compañía de las abuelas y madres que cuidaban de los propios. Amistades no le faltaban. Siempre dispuesto a ayudar. Salvo en aquel extraño contratiempo, hace muchos años, del que nadie recordaba exactamente nada en concreto.
    Su hijo lo adoraba pues era un padre afectuoso y amable, se crió solo con él, cosa que aumentaba su valor como progenitor abnegado, valiente, sacrificado y atento, desde que ocurrió un extraño contratiempo cuando él era aún un crío de teta, y nunca pudo recordar quién fue la que le amamantó. Ni siquiera guardaban fotografías de ella, por no dañar a la criatura. Ahora su hijo no deseaba saber nada de ella, de esa madre ausente, casi diría que se alegraba pues nada le faltó con su padre. Alguna vez la odió por desaparecer.
    León había sido corredor de seguros de una gran empresa a nivel nacional, (no viene al caso hacer aquí ningún tipo de publicidad), y sus más de veinte amigos y compañeros de trabajo lo posicionaban en las más altas de las calificaciones en los ranking de amistad y compañerismo: nunca faltaba a su palabra, era muy trabajador, solidario y trabajaba en equipo como nadie. Si podía echar un mano, lo hacía. Salvo en aquellos días en los que por un extraño contratiempo dejó de trabajar sin explicación alguna y volvió algo cambiado, cosa por otro lado comprensible, por lo duro de su situación.
    Y este buen hombre a sus 69 años de vida, se suicida. Sí, se quita la vida. Se asesina a sí mismo.
    Nadie podía explicarse lo que le pasó por la cabeza para cometer un acto tan atroz, salvo por una carta ante notario que solo pudo leerse al día siguiente de su fallecimiento, y que decía así:
    Hijo, nietos y nuera, amigos, conocidos:
    Debí hacer esto hace muchos años, pero no tuve valor.
    No es un acto de bondad el que me lleva al suicidio, sino un acto de crueldad, el último y el peor. Pero así soy y así fue mi vida. Todo lo que conocéis de mí es falso. Llamad a la policía. Deben mirar en mi jardín, en mi sótano, en la pared de mi habitación… Hijo, mamá está allí, en mi habitación. Las demás repartidas por toda la casa. Fueron muchas y nunca nadie me descubrió. No podía irme de este mundo sin que todo esto fuera conocido. Es lo único que verdaderamente me hacía feliz, comer mujeres. Así que mi único consejo es que seáis felices en vuestras vidas.
    Nos vemos en el infierno, León.

    2. MEMORIA

    “No me acuerdo de nada”

    3. PESAFOBIA

    Desperté empapado en sudor y rodeado de una oscuridad cual boca de lobo. El corazón en mi pecho latía con fuerza y mi agitada respiración me llevó, en segundos, a un estado de hipoxia que se tradujo en una sensación de vértigo. Acerqué mi mano a la lamparita de noche, quería ver, necesitaba saber que la pesadilla había terminado. Pero de pronto, desde el lugar donde mi mesita de noche sustenta la lamparita retro que mi madre me compró en una tienda de antigüedades, un sonido parecido al de unas patas dando unos “tac, tac, tac, tac, tac…” múltiples y seguidos, como miles de “tac, tac”, desde ese lado de la cama, me paralizaron de terror. Metí mi cabeza bajo las sábanas, no podía creerlo: algo reptaba o corría por el suelo, la mesita, la cabecera de la cama y aun diría que por el techo… ¿Qué era aquello? No podía quedarme así, asustado bajo las sábanas… pensé unos segundos: “nada, es imaginación tuya, has tenido una pesadilla y ahora estás asustado y sientes cosas que no son… enciende la luz y verás…”

    Me armé de valor y saqué la mano, solo la mano, mientras aquellos sonidos se intensificaban y se hacían más cercanos a la cama.

    Conseguí darle al interruptor y al hacerlo una multitud de sonidos de correteos incesantes me alarmó tanto que tuve que sacar mi cabeza sudorosa de debajo de las sábanas… pero mejor hubiera sido seguir escondido: ¡una multitud de arañas negras, peludas y tan grandes como gatos llenaban mi habitación!

    Alarmadas por la luz de mi lamparita se escondían y deambulaban por todos lados sin cesar, sin límites. ¡En todos los objetos había arañas agazapadas, algunas miraban hacia la cama con sus negros y múltiples ojos en los que la tenue luz de mi lámpara de mesita se reflejaba, y con ella mi figura asustada: una cabecita sudada asomando de entre las sábanas!

    De repente, la puerta de mi habitación se abrió de golpe y, a contraluz, la imagen de mi madre, de cuerpo entero, se veía en la entrada, y con voz suave y mimosa me dijo:

    —¿Te gustan mis nuevas mascotas?

    4. EL TEMPLO

    (Arrodillada ante la figurilla adorada)
    Quince años. En su haber de cajera, quince años.
    Sesenta de vida.
    Desde el altar que presidía en aquel templo de las afueras de Madrid, hacía pagar las culpas a través de los códigos de barras. Unas más caras que otras; unas más hermosas que otras; las culpas de mujeres, hombres, niños, y seres variopintos de naturaleza y origen indeterminado.
    Tras su jornada como confesora, Magdalena, entre más de treinta y tantas otras confesoras, se dedicaba a recoger todos los objetos rituales con los que realizaba aquellos actos de purificación sagrada.
    Los pecadores entraban, y cual polillas ante tanta luz, ante tantos objetos sagrados, comprendían que su lugar en el mundo era ese. ¿Dónde mejor que en El Centro Comercial “El Manantial” para redimir las culpas? Allí todo era perdonado, todo.
    Pero un día, sin saber Magdalena por qué, y estando El Manantial repleto de penitentes enfervorecidos y deseosos de pagar por sus pecados, la luz se fue. Hubo un silencio terrible recorriendo, como una brisa cálida, toda la línea de cajas. Algo olía mal.
    ¡Fuego, fuego!
    Y aquel lugar se convirtió en un verdadero infierno; un infierno con sus demonios liberados por la oscuridad; los que antes deseaban pagar, comenzaron a robar los objetos sagrados, entre sus ropas, dentro de sus bolsas, en los carritos de los bebés…
    Magdalena, transformándose completamente de confesora en inquisidora, se dedicó a perseguir a los demonios que la rodeaban, desgarrando sus pieles oscuramente repugnantes con un cúter y unas tijeras que tenía en la caja registradora de pecados, y que en otros momentos más celestiales, servían para cortar aquellas partes de las etiquetas o envoltorios molestos e inservibles.
    Comenzó a llover, una lluvia fina pero constante, el humo del infierno asfixiaba a todos los extraños seres que, aullando, corrían de un lugar a otro del templo panteón para almas en pena. Y repentinamente, se hizo la luz… una luz tenue que era incomparablemente inferior al fulgor celestial habitual del centro sagrado.
    … y allí, arrodillada ante la figurilla adorada de un escaparate de electrodomésticos en el que una luz titilaba en lo alto, se podía observar a Magdalena con su rostro, sus ropas y sus manos manchadas de sangre y rodeada de cuerpos de “demonios” mutilados… asesinados por ella.
    Magdalena creyó hacer el bien, destruir a aquellos seres era la misión de todo buen cajero: acabar con aquellos ladrones impíos, su mayor hazaña.

    5. UN DÍA DE SUERTE

    La cocina de la casa tenía la puerta abierta y eso me llevó a pensar que podía hacerlo con facilidad, al fin y al cabo no era la primera vez que entraba a hurtadillas en la casa de alguien y me llevaba dinero, joyas o móviles de los desprevenidos dueños.

    Eran las dos de la mañana. Era un barrio residencial. Jardines amplios, imitaciones de Versalles exhalando perfumes andaluces, caminos empedrados que zigzagueaban atravesándolos como si quisieran llegar a Roma, fuentes de piedra gastada, imitando las griegas, con bocas de angelitos y demonios rezumando el elixir de la vida.

    Ensimismado por estos detalles de vida lujosa, sentí que nada de lo que me llevara de aquel casoplón sería realmente echado en falta o quizá el seguro lo repondría con la inmediatez que se reponen los huevos en un supermercado.

    Efectivamente, la puerta abierta invitaba a entrar. Ni perros, ni alarmas, ni servicio que cuidara la intimidad e integridad de los dueños. Estarían durmiendo y olvidaron cerrar por desidia, por dejadez o falta de costumbre. Estas cosas pasan—pensé— aunque no suelen pasarme a mí. Era, sin dudarlo, un día de suerte.

    Las luces estaban apagadas, el silencio era absoluto, y una calma inquietante enmudecía hasta los relojes de pared antiguos y bellamente ornamentados por los que se podría sacar una pasta gansa. Pero eran pesados y yo no iba preparado. Entré porque necesitaba dinero fácil y rápido. Era una oportunidad circunstancial y no un robo planificado con mis colegas John y Nicolás.

    Coger cuatro objetos de valor, dinero con suerte, y pirarme, nada más.

    Abajo en el salón, una cajita pequeña de oro llamó mi atención. Era como un pastillero de esos que usan los ancianos para administrar sus medicinas. Reposaba sobre una especie de cómoda clásica y decidí cogerla. Al levantarla para meterla en mi mochila raída de Levi´s alguien detrás de mí encendió la luz.

    —Deja eso donde estaba o te meto un tiro.

    Una voz de mujer me habló firme y grave. La dejé, y sin volverme, por no empeorar la situación, hablé con la mayor tranquilidad que aquella situación me permitía:

    —Lo siento…yo…solo necesito algo de dinero.

    —Abre la caja, coge las pastillas que hay dentro y tómatelas.

    Era lo más raro del mundo. Y sin hacer caso me volví.

    Era una mujer en camisón transparente con cabellos rubios que delicadamente recorrían sus hombros, cuyos ojos azules muy abiertos le daban aire de muñeca rusa. Sus pechos se perfilaban perfectamente contra la suave y sedosa tela del camisón satinado. Llevaba una pistola y me apuntaba firmemente con ambas manos.

    —Trágalas o te pego un tiro—insistió.

    —Pero ¿qué es?—repuse, pensando que igualmente podría morir o que serían sedantes y que, tras inducirme el sueño, me entregaría a la policía.

    —Tómalas…o te mato—estaba serena, sonreía levemente y eso me perturbó.

    —Pero…

    Y, sin más, me disparó en la pierna derecha a la altura del tobillo. El dolor me hizo gritar y caer al suelo. Y ella se acercó. Su cara era preciosa pero su mueca no acompañaba esa hermosa perfección, era grotesca, de satisfacción o placer por mi dolor. Abrió mi boca y enloquecida metió las pastillas en ella, y me las hizo tragar apuntándome con el arma en la cabeza, mientras me daba patadas con sus pies enfundados en unas botas militares en las que no reparé hasta ese momento. Creí perder el conocimiento mientras un amargo sabor medicamentoso llenaba mi boca. Entonces aquella loca o lo que fuera levantó su camisón, echó a un lado sus bragas y me orinó encima. Comencé a sufrir una erección dolorosa. No era verdadera excitación, estaba asustado, muy asustado. Pero aquellas pastillas me habían producido una erección dolorosa. Terriblemente dolorosa.


    Ella, me bajó la cremallera de la bragueta, sacó aquello y se lo enfundó en su sexo durante horas. Perdí el conocimiento y mucha sangre.

    Al despertar no había nadie. Me sentía mareado, vomité sobre aquel suelo enmoquetado y me arrastré hacia la puerta de la cocina que permanecía abierta, invitándome a salir. De nuevo atravesé los jardines y fuentes y al llegar a la calle grité:

    — ¡Socorro!—desolado, angustiado, desorientado…

    Una mujer rubia me recogió y me introdujo en su casa. Me arrastró por las axilas. Su fuerza era descomunal. Llorando, supe que mi pesadilla volvería de nuevo a comenzar. Y ella al oído me susurró:

    —Es tu día de suerte—su sonrisa era torcida y me escupió.

    6. ¿UNA SOMBRA?

    El pequeño Miguel esperaba el autobús junto a su hermana mayor Anita. Todos los días realizaban el mismo recorrido. Desde la casa hasta la parada no había más de doscientos metros. Pero el pequeño Miguel era capaz de inventarse historias fantásticas en tan poco tiempo. Su imaginación fluía como un torrente y a Anita le encantaban sus cuentos. Pero aquel día a Anita no le gustó nada el cuento del pequeño Miguel:
    —Anita, esa sombra de ahí se está moviendo sola, ¿la ves? ¡Viene hacia nosotros!
    —¿Qué dices? ¿Ya estás con una de tus invenciones? —contestó su hermana sin fijarse en el lugar hacia donde señalaba su hermano.
    —¡Anita, esa sombra se acerca hacia nosotros! ¡Anita!
    Anita miró hacia el suelo, pero no pudo reaccionar a tiempo. Un agujero negro se la tragó al instante.
    Cuando llegó el autobús escolar encontró al pequeño Miguel llorando. Estaba solo y contaba, entre sollozos, una historia inventada: ¡a su hermana se la había tragado una sombra! La policía nunca creyó al pequeño Miguel y sus propios padres tampoco. La desaparición de Anita fue desconcertante para todo el pueblo y durante días los niños no fueron a la escuela por precaución. Todo el mundo pensaba que a Anita la habían secuestrado. El pequeño Miguel insistía en su aberrante versión. Sus padres lo culpaban por no decir la verdad. ¿Por qué mentía?, se preguntaban todos.
    Tras unos meses de pesadumbre y miedo a lo desconocido el pequeño Miguel contó otra historia: un hombre se había acercado a ellos, Anita había sido secuestrada. Dio la descripción completa, pequeños detalles de su rostro, de su ropa, incluso de su voz. La policía realizó un retrato robot. El aspecto coincidía con el de su vecino Alberto. Nunca se encontró a Anita, pero Alberto tuvo que marcharse muy lejos, pues todo el mundo lo acusó del crimen.
    El pequeño Miguel creció, estudió y se casó. Un fin de semana fue a visitar a sus padres con su preciosa familia. Su madre, apenada, recordó a su hermana. Maldijo a Alberto. Y le dijo a Miguel: al menos conseguimos que nos dijeras la verdad.
    —Mamá, la verdad fue que una sombra se tragó a Anita. Lo otro me lo inventé…

    7. SUSURROS

    Elvira estudiaba periodismo y grababa las lecciones y los resúmenes en su nueva grabadora. Después los escuchaba para repasar antes de los exámenes. Le resultaba mucho más sencillo estudiar de ese modo. Una tarde, estaba relajada o aburrida en casa, no sabía qué era lo que sentía. Una especie de aburrimiento o desazón interior. Tomó su grabadora y realizó una grabación diferente. Comenzó a grabar preguntas como:

    “¿Hay alguien ahí? ¿Existen los fantasmas? ¡Si es que sí, contestadme por favor!”

    Dejaba un intervalo de tiempo grabando tras cada pregunta para que los supuestos seres incorpóreos le contestaran. Se rio de sí misma por pensar tamaña tontería, pero escuchó la cinta con inusitado interés. No se escuchaba nada. Y se olvidó del tema.

    Esa noche escuchaba su lección mientras se preparaba para dormir. Elvira comenzó a escuchar susurros intercalados entre su propia narración. Eran susurros que sonaban a un volumen muy bajito, pero que distorsionaban el resto de la grabación. Apagó el magnetófono y se acostó.

    Elvira despertó en mitad de la noche. La cinta sonaba a todo volumen: varias voces terriblemente horrendas decían:

    “Estamos contigo Elvira. ¡Y no vamos a marcharnos jamás!”

    La joven se levantó asustadísima, encendió la luz, se acercó al magnetófono y lo apagó. Miró a su alrededor, sentía presencias que no podía ver. Miró la cinta del magnetófono y comprobó que estaba vacío.

    8. LA PUERTA QUE OCULTA UNA ESCALERA QUE BAJA

    Cuando compré la casa no me di cuenta de que en los planos no aparecía aquella puerta que ocultaba una escalera hacia ninguna parte que bajaba y bajaba… Pedí explicaciones, pero la inmobiliaria no supo qué decirme: ellos tampoco se dieron cuenta de que aquella puerta estaba allí, de que aquellas escaleras bajaban hacia ningún lugar.
    Un día me armé de valor y emprendí a bajar. La escalera comenzaba con unos escalones relativamente normales, de ladrillo color ocre, pero tras un primer trecho ya no había más ladrillo, era tierra húmeda y el hueco iba estrechándose hasta que solo cabía un cuerpo humano agachándose un poco, pues el techo también iba comprimiéndose. Al sentirme ahogado me di la vuelta y comencé a subir. Primero despacio, después comencé a subir de dos en dos y de tres en tres, corriendo todo lo que podía pues comencé a escuchar algo que reptaba y que subía tras de mí. Al llegar al final, antes de cerrar la puerta con candado, enfoqué con mi linterna, pero no vi a nadie, a ningún ser reptante, baboso y fétido aparecer con ojos bulbosos por el hueco de aquella insólita e inexistente escalera. No tuve valor para arriesgarme de nuevo. Ya no me sentía bien en aquella casa. Las noches eran terribles. No podía pegar ojo. En cuanto me dormía comenzaban los sonidos desde allá abajo: golpes, gruñidos, pezuñas y garras que tras aquella puerta que ocultaba una escalera que bajaba se repetían sin descanso. Decidí tapiarla. Oculté su existencia. Vendí la casa y me marché lejos de allí.
    Ahora he comprado una casa nueva, con jardín. Pero hoy vi que, en medio del precioso jardín, hay una puerta metálica, como si hubiera un pozo cegado. La puerta oculta una escalera que baja, y esa puerta no estaba en los planos…

    9. CARIDAD INFINITA

    Ángel no era un ángel, sino que se llamaba así. Sentía una caridad infinita hacia el resto de sus hermanos congéneres sumidos en la pobreza. A pesar de vivir en una sociedad falta de toda caridad. Primero comenzó a dar limosna, luego limosna y comida. Al tiempo dio limosna, comida y su tiempo. Posteriormente su caridad no se veía saciada suficientemente y donó sus posesiones: tierras y casa. A esas alturas su mujer se había divorciado de él salvando algo de dinero y pertenencias para sus dos hijos. Pero Ángel sentía que su caridad nunca era suficiente y dio su vida. Su mujer lo llamó loco, la ciudad lo llamó Santo. Los pobres comieron y no lo conocieron, nunca se acordaron de él, pues siguieron tan pobres como siempre, pero ni Ángel, ni su familia, ni ninguno de los pobres a los que dio de comer llegaron al cielo, porque infinito solo es Dios.

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