En esta ocasión, el profesor Roberto Martínez comparte con nosotros una fábula en la que detalla las cruentas consecuencias de las enfermedades propagadas por las ratas entre los demás animales de la comunidad de los Altos de Cazucá.

No olvidéis que sus otros escritos y los de otros autores amigos de Historias Pulp podréis encontrarlos en la sección Autores Colegas de Historias Pulp.

¡Esperamos que la disfrutéis, pulperos!

Los Perros Pandilleros

Fábula de Roberto Martínez

El Capitán estaba tendido en la tierra con su cuerpo tembloroso, la fiebre masticaba sus huesos, el sol, como un cuchillo afilado, cortaba la pupila de sus ojos, la carne de su cuerpo se desollaba, al igual que sus vísceras, por la boca botaba un líquido espeso de color blanco, la cabeza acomodada en un viejo pantalón enrollado, como una almohada. Frente a la casa de sus amos, que fue su hogar de paso. Al Capitán, la muerte se le vino antes de tiempo, escuchando cánticos celestiales, acompañados de una melodía de un shofar (la trompeta de Dios). Es que los perros pandilleros entran a la tierra del edén, para encontrarse con la vida eterna.  

En los Altos de Cazucá, cada diez cachorros que nacen, dos son asesinados por sus amos por asfixia con bolsas, dos abandonados en los alrededores de la Laguna Terreros (embalse terrero), dos devorados por las ratas, uno por envenenamiento, al final logran salvarse tres. Tres perros, descubriendo un mundo de supervivencia, en unas comunidades de “familias en situación de desplazamiento”, por causas del conflicto armado.

La Tatiana, “La marica del barrio”, terminó operando las perras, para que los cachorros no fueran sentenciados a estas atribulaciones, por la que pasan los caninos gavilleros, desde su infancia, hasta su acabamiento. Los perros, por la  ausencia de afecto, la falta de oportunidades de una calidad de vida, vivir en la pobreza. Los perros, aprenden en las esquinas a experimentar los códigos de los perros pandilleros, como las drogas, sexo, alcohol, homicidios, para acondicionar su independencia social en los territorios de los basureros.

Los perros pandilleros, son como una espiga de arroz colgada en el tiempo, disolviéndose en la humedad de las paredes del invierno, de los días de los aguaceros, como ritos extravagantes de algunas sectas religiosas de aroma de sahumerios. Hasta desvanecer el aroma de la mirla, como el ciclo de la vida en la luz de los altillos, observando las horas en un reloj de arena, como un jinete cabalgando, parecido a un ave gigante sin poder volar, castrando los principios del padecimiento.

Estos perros chandosos, provienen de Pastores Alemanes, Piquines, Dálmatas, Caniches, Bulldogs, Lobo Siberianos, cuando  le está terminando su ciclo de vida, sus dueños se los regalan a las personas que trabajan, en el norte de Bogotá D.C. Vigilantes, a las señoras del servicio doméstico. Estos perros, son cruzados con los perros chandosos y nace una nueva raza, de todos los tamaños, colores, bautizados con nombres de súper héroes, de la “madre de la América del Sur”. Los Cazucanos los llaman Súper  Man, Robín, Batman; pero por infamia de la disposición se reconvierten pandilleros.

El Capitán, fue uno de estos perros, llegó al barrio en el año 75, en ese tiempo era sus primeros meses de adolescente, de baja estatura, color negro, con sus cuatros patas pintadas de color blanco. El Capitán, dueño del frente de la casa de sus patrones, con intimidaciones de ladridos arrogantes, bochinchero, mirada desafiante. Hasta consolidar la propiedad de su territorio, apuesto, conquistaba las mejores perras del barrio, fundó la primera pandilla con caninos entre la etapa de niñez y mocetón, para defender los territorios de los basureros. Empoderada por las ratas.

Cuándo sus amos estaban ausente, Él, Capitán, se escapaba para  liberar a los perros que estaban amarrados en las ventanas, con sus fuertes colmillos de filo de navaja. El Capitán, caminaba  las calles de los barrios en cuadrillas, atravesando las fronteras de los territorios aledaños. El capitán, al escuchar con sus oídos sensibles un ladrido de inconformidad, paraba sus orejas, mostrando sus colmillos de filo de navaja, con gruñidos. Para intimidar a los perros, a las ratas, de los otros territorios.

Estas jurisdicciones, de gran concentración de desecho, bajo el mando de los ratones tierreros, ratas de la élite política de los basureros, que tenían conexión con los perros jíbaros, perros de altos mandos de grupos armados. Resguardados por perros milicianos del microtráfico político, comercializaban desde dos kilos de mierda empacada en pañales desechables, tres toallas higiénicas humedecidas de sangre de periodo, seis kilos de huesos de menudencia de pollo triturados por el hombre, una bola de marihuana, tres bolsa de bazuco, un cuarto de aguardiente adulterado, una carta de una niña que se tomó un veneno despidiéndose de la vida, porque sus padres no le permitieron tenerlo, como mari novio.

Las ratas, comercializaban las drogas a los niños y a los jóvenes, en las escuelas, en las esquinas, a domicilio, en las discotecas, vendían unos basureros a uno, dos, tres perros, al mismo tiempo. Estas ratas, tenían un empoderamiento de los cerros. Los perros usureros, jíbaros, las ratas, cambiaban las alhajas, por trozos de carnes y una noche de pasión con las perras prostitutas; nombradas por las ratas, que tienen altos cargos en la alcaldía del municipio de Soacha.

Las ratas narcotraficantes, eran las que se enriquecían, de las drogas, del alcohol. Vendidas por los perros jíbaros; en los corredores de los billares, las cantinas, frente a las escuelas. Para las ratas, los cerros es un territorio del bajo mundo, como rendirle tributo a la corrupción, con un sello de una economía ilegal. Como muchas de las ratas, contextualizaban una supervivencia de una raza sin uso de razón alguna, de mantener un poder de dictadura de unas pocas ratas.      

Estos sitios de basura, son resguardados por una escuadra de ratas pandilleras, el segundo anillo de seguridad de ratas francotiradores, el tercer anillo de un frente de ratas mercenarios. Las ratas, también tienen pactos con los perros jíbaros, los perros pandilleros, los perros usureros y las perras prostitutas. Para las ratas, es ostentar  un totalitarismo en los territorios de inmundicia en los Altos de Cazucá, es como la muerte y la vida, en los basureros haber concluido con un ego de frustraciones.

Los amos de los perros, seguían botando las porquerías, los días martes, jueves, sábado y domingo, que no llegaba el carro de la basura. Los perros jíbaros, mandan a los perros cachorros, como campaneros (vigilaban los sitios de podredumbre), por una bolsita de marihuana. Los perros cachorros,  disimulando jugar entre mordiscos y gruñidos, coquetean con los niños entre las piernas, las llantas de los carros, las llantas de las motos, de los pedales de las bicicletas. Estos perros cachorros, son amigos de los ladrones, de los perros consumidores de drogas. Los cachorros campaneros, no violentan las normas de sus superiores, para no ser ajusticiados por traidores, cobardes, delatores e informantes.

Las ratas, los perros jíbaros, los perros usureros, sus instintos de criminalidad, de carroñeros. Se siguen brincando la cerca (fronteras), de los territorios del Capitán. Las ratas, tienen la capacidad en desarrollar una ofensiva militar, en contra los perros pandilleros del ejército del  Capitán, sus aliados los gatos, los perros mascotas, que son sus soldados para no perder sus territorios. Es una lucha a muerte, política, cultural, racista. Las ratas, de la elite del microtráfico-militar-político. Los habitantes de los cerros, supuestamente comentan en sus tertulias etílicas o de vagancia, esperando la “tula” (la plata de las ayudas humanitarias).

“-Una rata, expresidente de la república, a esa rata. Lo caparon, por violar sexualmente a una Perra de la Alta Sociedad. Esa rata, se le tiró la vida, le gastó la tula (la plata). A Antonio Cervantes Pambelé, el campeón mundial de boxeo de pesos Welter de la MBA. Esa rata, con el Pambelé, era  rumba de bazuco, perico, alcohol, orgía, “La Tula” (plata). La mujer, de esa rata, la primera dama…. Que… administrando unas de las areneras, en los Altos de Cazucá, del difunto Víctor Carranza (uno de los esmeralderos que formó grupos paramilitares). Es que rata, no come rata…”

Las ratas, siguen invadiendo los hogares de los dueños de los perros. Los amos de los perros, que tenían sus alimentos guardados en los armarios; las ratas, los  masticaban, los mojaban con su saliva, con su orina. El Capitán y sus soldados, en el año 84, ya tenían los territorios de los basureros bajo su absolutismo, logrado por una violencia irrazonable. Pero para los perros pandilleros, su misma naturaleza, los convertía en combatientes de un salvajismo, para defender sus territorios y sobrevivir, en unas comunidades de asentamientos de “familias desplazadas, por el conflicto armado en Colombia”.

Las ratas, los perros Jíbaros, los perros Usureros, los perros Domesticados y algunos gatos, seguían confabulando, deteriorando la lucha de los perros pandilleros, haciéndoles creer que el crecimiento de los roedores se producían por el descontrol de los basureros, debido a que los vecinos de la comunidad, arrojaban la basura cualquier día, convirtiéndose estos lugares en reproductores de animales roedores, que estaban invadiendo sus hogares,   enfermedades se veían devenir, como Leptospirosis, Sarna en la piel de los perros de las comunidades.

Las ratas, contaminaron a los perros Jíbaros, Usureros, Domesticados, y a los Gatos. Los habitantes, de estas comunidades decidieron buscar ayuda, con la secretaría de salud del municipio, para contrarrestar la contraofensiva de las ratas, que venía desencadenando diferentes clases de enfermedades, aumentando la violencia armada, como resultado de una descomposición social en los Altos de Cazucá.

Los habitantes, con las entidades del municipio, y algunas ONG, decidieron construir los famosos Chuck (una bodega construida de ladrillo, de dos metros de ancho, por dos metros de largo, entechado en la minas de Zinc, con una puerta de acero inoxidable), para encerrar la basura, hasta que el carro del aseo la recogiera, y evitar las luchas interminables, entre los vecinos, perros, ratas y, gatos, por unos territorios contaminados de basura.

La ausencia de un Estado asistencialista desde el año 75, las mangueras que recogían el agua potable, desde los barrios de Bogotá D.C, pasaban sobre el excremento y el agua negra. Porque no existía alcantarillado, cronológicamente, en esos años, estas comunidades eran reconocidas por el resto del pueblo colombiano, por el empoderamiento del partido comunista de Colombia, los excombatientes del M-19, el partido liberal, conservador, los perros narcotraficantes. Desatándose más la violencia armada en los Altos de Cazucá.  

Los perros y los gatos, se divorciaron del amor de sus amos. Las ratas, recuperaron todos sus territorios perdidos en el año 80, los roedores eran los dueños nuevamente de los territorios de los cerros, de los Altos de Cazucá. El Capitán y su pandilla, desesperados por las pérdidas de los territorios de concentración de alimentos y cuánta porquería. Los gatos, reclutados por el Capitán, desencadenaban sangrientas luchas, en contra de las ratas, alrededor de los Chuck, sin ceder un centímetro de territorio, ninguno de los que pertenecían a las diferentes bandas. Los amos de los perros, lanzaban agua, para conseguir mesura de una trifulca, que estaba dejando muchos combatientes heridos y algunos desaparecidos,  mutilados por los afilados colmillos de los felinos.

Los gatos, con instinto de astucia, consolidaron más sus pactos con  los perros pandilleros y los perros domesticados. Para aniquilar las ratas, por distintos puntos estratégicos, desde las casas de sus dueños, en los basureros, los alrededores de la laguna. Para el Capitán, con sus perros pandilleros y aliados, fue una victoria convertida en una leyenda urbana. Fue el fin de una violencia que abriría un nuevo capítulo del principio de una nueva guerra.

El Capitán, con su instinto canino, su olfato desarrollado, sabía que tenía que encarnizar una lucha, en contra de sus amos. Por la recuperación de muchos territorios de basuras, por una supervivencia. Para dominar el hombre, o el hombre al animal. El Capitán, se replegó para acuartelarse en los alrededores de la laguna, con sus perros pandilleros, con sus aliados y, por último, con los perros jíbaros, usureros, con unos acuerdos de desatar una insurrección, para destruir de manera belicosa los Chuck, a las ratas y al hombre.

El Capitán, contaba con el apoyo logístico e inteligencia de las perras prostitutas, seduciendo con sus cuerpos a los perros intelectuales que se caracterizaban, en ser más inteligentes que los de su raza, cuando sus dueños tiraban una pelota. Estos perros, la devolvían, o cuando sus amos quedaban en las cantinas borrachos, los perros intelectuales, lo esperaban hasta que pasaran la rasca, eran los más consentidos, mimados por los habitantes de estos cerros.

En la primera conferencia política, y de estrategias de combates, por los caninos, los gatos, realizada en los rastrojos de la laguna, el 1 de noviembre, hasta el 10 del mismo mes, del año 93. El Capitán y sus combatientes, acordaron una confrontación belicosa. Para recuperar sus territorios, su identidad, cultura. Vivir en una economía legal, el derecho de participar en la política, para ser elegidos democráticamente en solucionar las calamidades de sus territorios. El 11 de noviembre, del mismo año, a las 12 de la noche, ladridos de perros y aullidos de felinos, como gritos de combate, arremetieron con los Chuck, aterrorizando los habitantes.

Perros vigorosos, en escuadrones, con sus dentaduras cortaban el techo, el segundo pelotón de perros masticaba, aruñaban los ladrillos, las puertas, en una conducta desquiciada. Por último las unidades de asalto de gatos devoraban a las ratas, arrinconadas dentro del Chuck, dirigidos por el Capitán, se consolidaron unos estruendos provocados, por el ruido de los colmillos y de las uñas, cuando rozaban con el techo de zinc en los Chuck. Eran  los ladridos, de unos animales enfurecidos, para recuperar sus territorios invadidos por las ratas.

Las ratas, corruptas, dominaban los cerros a sus antojos, ofreciéndoles seguridad a los perros, a los gatos, a los habitantes. Estas ratas, utilizaban el abuso de poder. Que fue asentado, por los gatos, los perros, los habitantes, para no ser desplazados de sus territorios; muchos perros y gatos, sufrían de úlcera, estrés. Estas comunidades estaban divorciada de los organismos institucionales, masacrados en la oscuridad del filo de la noche, el temor de ser uno más de la listas del sicariato. Por la indolencia de unas ratas, que vivían en hacinamiento sin reconocer el derecho a la vida de los demás.

Las ratas, tenían el empoderamiento de cada rincón de los territorios de los cerros. Para ejercer un imperio apestoso, abuso de poder, sometiendo a los demás en conductas sumisas. Para que los perros, gatos y sus amos, se murieran de enfermedades, de hambre. Los perros, los gatos, continuaban en la lucha armada, en un proyecto de vida, generando una violencia en una causa justa, por unos perros pandilleros, reclamando quizás un botín, que determinaría la supervivencia de prevalecer en un territorio de igualdad.

Las ratas, se replegaron dejando atrás una colonización de un poder absoluto, de muchas extensiones de territorios, infectados de  enfermedades contagiosas, en los animales y el hombre. Los dueños de las mascotas, enfurecidos, tenían la nueva misión de recuperar sus territorios, compartir un trozo de hueso tierno, suave; con los perros y gatos, generaban  el placer de poder compartir en comunidad en los basureros de los cerros. Los caninos, con el apoyo de otros felinos, que también recuperarían sus territorios, fueron los primeros en escribir los capítulos de la violencia en los cerros.

Los habitantes, en una actuación sin razón fatigada de ignorancia, arremetieron eufóricamente contra sus mascotas, con machetes, palos, revólveres, lanzando holladas de agua fría, para apaciguar la trifulca dirigida por el Capitán y sus subalternos. Muchos caninos,  felinos, con tropas de asaltos arremetieron brutalmente, con la humanidad de sus dueños, arrinconándolos en un desgastamiento de derrota, a las cinco de la mañana del 13 de noviembre de 1984.

El silencio de la aurora, en los cerros prevaleció por momentos, cuando se  embriago de cantidades de perros y gatos, con sus cuerpos mutilados tirados en los basureros. Fue el desenlace de una violencia, entre mascotas y dueños, por una confabulación de las ratas, de mantener un poder de liderazgo embaucador, donde los jefes de las mascotas no se embistieron con la razón de terminar una de tantas violencias en los cerros, sin utilizar el diálogo, para para evitar una confrontación armada. Era difícil la reconciliación, de aceptar por lógica el respeto de una convivencia, de cada ser viviente en sus territorios.

El Capitán y sus aliados. Para ellos, fue el triunfo de la lucha por el poder de sus territorios, de posesionarse de manera predominante con sus tropas en los basureros, por sus instintos como animales, para sobrevivir. Dos semanas después, los gatos recuperaron sus territorios. Los perros jíbaros y usureros, comenzaron de nuevo a confabular, con algunos perros delincuenciales, que operaban en los puestos de las vendedoras de arepa y chorizos, rapándoles de las manos a los clientes las arepas, los chorizos, en pequeñas unidades de asaltos.

Los perros, de bandas delincuenciales, se paraban debajo de la mesa, simulaban pelear. Tres perros, tumbaban al cliente, un canino más fuerte y ágil, de un solo salto, le arrancaba la arepa y el chorizo de las manos al cliente antes de metérsela en la boca. Los perros atracadores corrían despavoridos cerro abajo, entre el bullicio de los vecinos. Estos perros, disfrutaban las arepas y chorizos, cobijados del cansancio en los rastrojos, en los solares, con los perros usureros y jíbaros, que renunciaban en vivir en paz en los basureros, disfrutar de jugar en familia, compartir la vida en convivencia.

El Capitán, con sus perros pandilleros, después de sobrevivir con sus tropas, de una imposición de violencia. Por parte de las ratas, confabulados con los perros Intelectuales, los perros Usureros, Jíbaros, Gatos y Amos. El Capitán y sus tropas, comenzaron experimentar por el desgastamiento de la guerra, calamidades, sus cuerpos se volvieron vulnerables a las enfermedades de leptospirosis y sarna, por consecuencias de la orina de las ratas. Los alimentos, contaminados que habían dejado las ratas, en los basureros, en las casas de los amos de los perros. Los gatos, comenzaron a contagiarse de sarna.

La Tatiana, como le decimos, es la peluquera a domicilio de la comunidad de los cerros; cuando compartía una taza de café, con sus vecinos se enteró que se había declarado una epidemia de sarna en la comunidad. Según vecinos le comentaban, que los perros corrían angustiados, con aullidos, botando lágrimas en sus ojos en las noches, como fantasmas, se revolcaban frente la puerta de las iglesias masticando el dolor, perseguidos por un batallón de moscas, como oscureciendo cualquier hora del día.

Muchos de los perros, con sus rostros desfigurados, sus patas tullidas, sus cuerpos con ronchas esponjosas. Cantidades de perrunos murieron de un color rojizo, como carne putrefacta, hediondos a pestilencia, era la venganza de las ratas. Los amos de los perros, por no tener dinero para llevarlos al veterinario, recurrieron a medicinas caseras, juntándoles en sus cuerpos aceite quemado de motor de carro cada tres días.

Los perros, se desesperaban de la rasquiña, cuando los rayos del sol reventaban en sus cuerpos, sus ojos se desorbitaban de la angustia producida por el dolor. Los perros, pidiendo clemencia para que llegara la noche, para colgar sus cuerpos en la brisa de la oscuridad, y sus almas reposaran en la luna nueva.

Los dueños de los perros, al no encontrar resultados, les cerraban las puertas a sus mascotas. Aparecieron por acto de magia, los vendedores de pomadas para la sarna. Los cristianos, católicos, se arrodillaban pidiéndole perdón al creador, por sus pecados de llevar una vida mundana, a pesar de su fe en Dios, desobedecieron  a Dios, pactando con los brujos y hechiceros. Los perros, angustiados oraban clamando por milagros de sanidad, para convertirse en fieles creyentes de cualquier religión, para conseguir el perdón en un lugar en el universo.

Los perros pandilleros, viven en un solar solitario bajo la lluvia, son despertados por el invierno, otros días al dormitar son abrazados con la brisa helada del verano. Son despertados por el calor de los primeros rayos del hambre, de la insaciabilidad. Los perros pandilleros, cuando están en su jurisdicción, es un sitio seguro para convivir, marcan su territorio de los demás caninos, pero al sentir  la presencia de las ratas, las alejan con sus ladridos, reafirmando su territorio establecido.

La sarna, había dejado muchos perros y gatos, caminando las calles ensangrentados, cojeando sus alientos, otras veces arrastrando su cuerpo con aullidos lastimeros, sus miradas cabizbajas, no conciliaban con el sueño. El Capitán y sus soldados, no dejaban dormir el vecindario con insultantes y desafiantes quejidos, perdiendo el apetito, la noción del tiempo, algunas veces evitaban los combates, con la disidencia de los perros delincuentes, o con sus amos, demostrando una actitud sumisa, como deponiendo sus colmillos.

Era, como la prolongación en los caninos entre la vida y la muerte, escogiendo quizás lo que llamamos el bien o el mal, manifestado casi por costumbre en una comunidad de perros, donde la cultura del hábito de la violencia, hacía parte de la vida cotidiana. Los perros, estaban acostumbrados a cualquier hora respetarse la vida. El perro, no come perro, por eso todos los perros, antes de acostarse en la puerta de la iglesia, se arrodillan pidiendo perdón por sus pecados.

La gente, recurría a las ONG, a la secretaría de salud, sin ninguna solución. Los presidentes de los miembros de las juntas de la acción comunal de los barrios, de los Altos de Cazucá, declararon a la comunidad en cuarentena, convocaron a una reunión urgentemente, para analizar la calamidad que los tenía al borde de la locura. Eran días de metáforas bíblicas, donde los perros se revolcaban en su mismo vómito, rebuscando el don de sanidad, abrazados en Cristos de cristales. Bajo el resplandor de la luna sobre el lomo del alcor.

Para los perros, era como un dolor de impotencia al rastrillar sus dentaduras entre su carne, sus huesos devastados por gangrena, de observar a sus amos indolentes y fastidiados de sus pestes, como reafirmando la diferencia entre animal y el ser humano. “De poca fe”.

Los vecinos, aprobaron por unanimidad el cierre temporal de las escuelas, los niños tenían que permanecer encerrados en casa, solamente un adulto se encargaría de hacer los mandados, dormirse a las ocho de la noche, despertarse a las nueve de la mañana, no tener comunicación, ni contacto con los perros. Llegaron veterinarios del Canadá, de la China, Médicos sin Fronteras, a contrarrestar la epidemia sin éxito alguno.

La sarna, seguía taladrando la carne, los huesos de los perros. Los perros, no desistían del abandono de sus territorios de basuras, ya que cualquier descuido, conllevaba al soborno, la intimidación, la prostitución canina. La traición cómplice en las noches emboscadas fulminantes a un vigía, o sicariato. La traición de un solo mordisco mataba en el cuello. Las ratas, en manadas, rompían las fronteras de los territorios de basura, para apropiarse de forma violenta, solo por el poder de un territorio.

El Capitán y sus subalternos. Escriben por tercera vez el capítulo de una nueva violencia, contra sus dueños y la perrera del municipio, que los tildaban como un peligro para la comunidad, por tener mal de rabia. Muchos perros, fueron perseguidos, sacrificados, otros cayeron en falsos positivos. El Capitán, fue escondido por sus soldados en los alrededores de la laguna, cuando los escuadrones de pájaros azules, oscureciendo el cielo, para poder capturarlo en su cautiverio. El Capitán,meditando frente a un reloj de arena, dejaba pasar el tiempo, con el frío de las noches en los inviernos.

El Capitán, experimentaba una derrota, ver a sus tropas desvanecerse por la sarna, la persecución contra él. Para sus legendarios combatientes, quizás el Capitán fue utilizado en digerir una insurrección por defender su territorio, ver nuevamente recuperado su territorio, por unas ratas, confabuladas con los perros usureros, jíbaros. El Capitán, desde su guarida, mandó una carta al Obispo del municipio de Soacha, al alcalde y a la sociedad protectora de animales nacionales e internacionales, para que intervinieran en el conflicto.

El Capitán, en sus noches solitarias, acompañado del reloj de arena, recordaba los momentos de victoria del pasado, concilió con su cordura, con su  demencia. El Capitán nunca recibió respuesta alguna de sus cartas dirigidas. El Capitán se sacrificó de humillación, al mandarle una carta a la Tatiana, la marica de la comunidad, que era la “amante” de los perros pandilleros, para que intercediera en este conflicto; repuesta que significaba gallardía de aceptación, por la Tatiana.

La Tatiana, con un sorbo de tinto madrugó para la Central Mayorista de Abasto, recogió una cantidad de cebolla roja, ajo. Tatiana, al tercer día se encontraba explicando las calamidades de los perros, en la secretaría de salud del municipio. Los empleados, de la secretaría de salud,  le proporcionaron vacunas para que las perras, de los cerros no salieran preñadas. Tatiana, llegó en las horas de la tarde a su hogar: Taiana, machacó ajo en abundancia, rayo cebolla y mezcló, obteniendo un espeso líquido repugnante, proporcionándole a cada perro una cucharada. La Tatiana, vacunó a las caninas para que no salieran preñadas.                     

La gente, preocupada asumiendo unas conductas interrogantes, observaba a Tatiana, por las ventanas de sus casas. A las pocas semanas los perros vomitaban, cagaban lombrices, parásitos, descansando de la sarna. Los perros, enterrando con sus patas sus sufrimientos en los cerros. El Capitán, salió de su escondite, conociendo de nuevo los rayos del sol; los gatos recuperaron sus territorios. Los perros Intelectuales escribieron una novela del posconflicto que nunca llegó a los cerros. Las ratas, fueron exterminadas, los perros usureros y los Jíbaros, tuvieron que pactar con la paz.

Los perros, intentan vivir en hermandad, en convivencia. Muchos de los perros pandilleros en los basureros, ganándose la vida como recicladores. Otros perros, regresaron a sus hogares, hacer parte nuevamente de una familia, son consentidos. Los dueños, de los perros,  abrazan a sus perros y, a sus gatos, los acarician, los besan y los bañan, comparten la comida que consumen con sus dueños. Los perros, son recompensados con comidas naturales, sin grasa, cero colesterol, de marca de los supermercados, hasta con una colada de Bienestarina caliente para calmar el frío.

Los perros, los gatos, se dan una escapadita de nuevo a la calle, a reencontrarse con sus amistades, que tienen una conducta callejera, siguen comiendo en los basureros, cuando tienen la oportunidad de ser asentados en sus ranchos se roban la comida. Los perros, buscan pleitos cuando están en manadas. Perro pandillero, cuando está solitarios es cobarde, llorón, traicionero. Los perros, siguen alborotando las calles de nuestros barrios.

El Capitán, por desgracia de la vida perra, estaba acostado, vomitando, convulsionando, esperando la muerte. El Capitán, escuchaba su nombre en susurros frente a su casa, como si caminaran en narraciones tímidas. La muerte, para el Capitán, significaba el desecho de las vanidades de la vida, un destino de una dialéctica sin violentar la razón, de cualquier perro pandillero, ladrándole al llanero solitario montado en su caballo llamado Plata, corriendo loma arriba, loma abajo.

Los perros pandilleros, mueren en los cerros, por muerte violenta, son sucesos que logran satanizar sus territorios, en una continuidad compleja de culturizar la violencia. El viernes 14 de septiembre, del año 2012, a las ocho de la noche, El Capitán, había muerto, como inmortalizando el pasado de una perra muerte, por envenenamiento comiéndose un trozo de carne fresca, que encontró al salir de su escondite.

El mismo viernes, a las once  de la noche, de ese mismo año. Los perros, de su cuadra sepultaron al Capitán, a pocos metros del frente de su hogar. Pero el 16 de septiembre, del mismo año, los perros pandilleros desenterraron al Capitán, con sentimientos encontrados, y lo enterraron en el basurero. La Tatiana, tiene dos profesiones en nuestra comunidad, una de peluquera y, la otra de vacunar a las perras, para que no salgan preñadas. Tatiana, no ha podido concretar sus sueños de viajar a España, para trabajar como peluquera profesional.

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Los Perros Pandilleros

Fábula que trata cómo afrontaron perros y gatos las enfermedades propagadas por las ratas en los Altos de Cazucá.

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