El autor Daniel Canals, al que muchos reconoceréis como el creador de la novela de drama y terror Divorcio Diferido, nos ha prestado uno de sus curiosos relatos para que podamos disfrutarlo.

Como es habitual en sus escritos, este os sorprenderá. Esperamos que sepáis disfrutarlo, pulperos.

Y ahora… ¡que comience la función!

Lencería Fina

Regento una mercería que fundó mí ya desaparecida abuela. Luego pasó a mi madre y actualmente llevo yo la tienda. No es fácil, para un hombre, gestionar un tipo de negocio que ha pertenecido mayoritariamente al sector femenino aunque al venir de una tradición familiar, mucha de la clientela me vio crecer allí y con el paso del tiempo, la confianza fue creciendo en mi persona. Al fin y al cabo, a la gente le gusta que la atiendan bien y en nuestro pequeño comercio teníamos una trayectoria impecable después de tantos años dando este servicio a la comunidad.

Pero aquella clienta era un caso diferente. No la había visto nunca en el barrio con anterioridad y entró un día lluvioso, cuando la tienda estaba completamente vacía y me disponía a cerrar. Era alta, esbelta, con unos pechos enormes y perfectos, con una melena morena y rizada que le llegaba a la mitad de su cintura. Sus ojos eran de color verde esmeralda y lo único que no destacaba era el tono de su piel. Era muy blanquecino aunque nada que una buena sesión de sol o rayos UVA no pudiera arreglar. También destacaban sus labios carnosos, pintados de un rojo intenso.

Muy amable, pidió lencería negra de la mejor calidad y tras lanzarme una coqueta mirada, entró en el vestuario para cambiarse. Las clientas solían arreglarse ellas solas y como mucho te pedían que les acercaras alguna prenda de talla diferente a la que habían escogido, si consideraban que no les sentaba bien.

Al poco de entrar, requirió mi presencia con la excusa de que le ajustara uno de los corchetes. Según ella, no alcanzaba. Caballeroso y servicial, me acerqué al probador y pude contemplarla de arriba abajo. Solo llevaba puestas las braguitas de encaje y con una de sus manos se aguantaba el sujetador desatado. Con la otra se sujetaba el pelo a un lado para permitirme el acceso a su espalda. Un detalle del que no me percaté en ese momento, es que el espejo de pie que había allí estaba girado hacia la pared.

Yo, no sabía hacia dónde mirar y a la vez no perdía detalle. Intentando dominar el temblor de mis manos, me acerqué lo suficiente para descubrir un perfume embriagador mezclado con su piel. Aquel aroma acabó de ponerme nervioso del todo y solo acerté a balbucear incoherente:

—Eh… um creo que ya está, ¿quiere que le acerque el espejo?

—No es necesario, solo dígame su opinión. ¿Le gusta lo que ve? —preguntó en un tono insinuante.

—Está Ud. estupenda… quiero decir… Le sienta de maravilla. No podría haber elegido mejor —respondí azorado y muy excitado a la vez.

Ella se giró, de repente y rodeando mi cuello con sus brazos preguntó suavemente:

—¿Te gustaría poseerme aquí mismo?

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Perdí la poca cordura que me quedaba y le dije que sí. La deseaba y la iba a poseer como nunca nadie lo había hecho. Para frenar un poco la situación, pedí una pausa:

—Déjame cerrar la puerta de la tienda, no sea que vaya a entrar alguien a molestarnos.

Ella, de pie, descalza y solo con el conjunto de lencería, parecía una diosa del amor. Su boca roja invitaba a todo tipo de obscenidades y lujurias. Asintió no sin antes decirme muy pícara:

—No tardes demasiado, no se vaya a enfriar lo que tienes en el horno.

Salí del probador y fui directamente a cerrar la persiana exterior. Fuera continuaba lloviendo y ya era de noche. No se veía un alma por la calle. Tras echar el cerrojo, entré henchido de pasión, saboreando por anticipado el festín que me esperaba y mi sorpresa fue mayúscula al regresar.

La desconocida, sin nada encima, se ofrecía a mi vista en todo su esplendor. Tal como había llegado al mundo.

Me quité la camisa mientras ella pasaba la lengua por sus labios mirándome fijamente. Alargó uno de sus brazos y me hizo una señal para que me acercara. Entonces, al unir mi cuerpo al suyo noté un frío inesperado. Empezó a besarme y a descender con su boca hacia mi cuello y justo en ese instante, sentí una punción que llegó hasta la vena yugular.

La vampira me había mordido, facilitándole yo el trabajo. Muy despacio, noté cómo me abandonaban las fuerzas y, al caer al suelo, golpeé con mi cuerpo el maldito espejo que al girarse no reflejo a nadie más allí.

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Lencería fina

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