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LA EDAD DE LAS TINIEBLAS

LA EDAD DE LAS TINIEBLAS

Daniel Verón

En la lejanía, envuelto en la oscuridad, avanzaba lentamente, pero con pasos firmes y seguros una figura nocturna, cubierta de viejas y gruesas pieles que le llegaban a los tobillos y rozaban los arbustos y matorrales. El espeso bosque era apenas algo menos silencioso que las extensas llanuras del sur; aquí o allá, en algunos puntos del infinito, a la fría luz de las constelaciones, misteriosos seres, moradores de eternas sombras, dejaban oír sus lamentos. Pero aquella figura ya no se atemorizaba al escucharlos. En lo profundo de su ser un primitivo mecanismo ancestral convertía en emociones—imagen los distantes sonidos, y sabía que estos buscaban lo mismo que él. No era capaz de recordar, pero su instinto, entrenado gracias a una larga experiencia, conocía que los seres de las sombras rara vez atacaban. Era preciso que se reunieran muchos de ellos y estos eran tiempos en que la vida desaparecía rápidamente del planeta. 

Mecánicamente llevó su larga y afilada mano a la bolsa que cargaba a la espalda, palpando los velludos cuerpos de sus víctimas, con las que se alimentaría en las próximas horas, y dejó oír un ronco gruñido de satisfacción, más continuó su camino. De vez en cuando en medio de las tinieblas surgían huidizos ojos fosforescentes. Un viento helado cubrió los arbustos de brillantes copos blancos, violetas y rojos. Si bien no acostumbraba acampar en el bosque, comprendió que no podría apartarse mucho de allí para así protegerse del frío.  

Un rato después llegó a unas colinas que limitaban el bosque en ese sector y se ocultó al pie de las mismas, bajo los troncos de viejos árboles caídos hacía docenas de años, tal vez en la época del caos. Allí se arrodilló y con gestos rápidos extrajo de su tosca bolsa, masa peluda y sanguinolenta, los restos de un extraño animal que había triturado él mismo, unas horas atrás, luego de dejarlo inconsciente arrojándole piedras brutalmente. Con sus poderosos y largos brazos, en unos instantes le seccionó varias partes del cuerpo en grandes trozos y uno a uno se los llevó glotonamente a su desmesurada boca. 

Varias horas después se despertó. El frío era intenso en extremo. En un principio parecía que la floresta estaba muerta por completo, pero los distantes vientos delataban aún perdidos chillidos de la fantasmagórica fauna del bosque. Con una leve agitación se enderezó y dejó el refugio que brindaban los troncos caídos, mirando a su alrededor. Las colinas ocultaban toda visión exterior al bosque, pero, de algún modo, supo que su más codiciada presa se hallaba próxima. Con decisión, eligió el camino más corto para ir en su búsqueda, atravesando las lomas. El suelo pedregoso y resbaladizo por el hielo que formaba, no le dificultó la marcha, y unos minutos después llegó a lo alto en el preciso momento que la enorme Luna Azul, surgía por el horizonte. Esto le permitió contemplar mejor el panorama. Hacia el norte se extendía un ancho valle, semicubierto por una delgada capa de hielo que reflejaba los mortecinos rayos lunares. Al este, el valle era atravesado por el lecho de un río congelado. Y a su orilla, a sólo unos cuatro kilómetros, un par de geométricas construcciones proyectaban alargadas sombras. Su entrenada vista distinguió una pequeña ventanilla iluminada en uno de sus costados. Una sombra humana pasó por un instante junto a la ventanilla. Sus ojos brillaron, casi tanto como el astro de la noche. 

 
El pálido rostro de Diekker se volvió hacia la ventana, y contempló indiferente la pradera carmesí, como un mar de sangre, una sangre que alguna vez había caído a torrentes. 

— ¿Cuánto tenemos ahora? —dijo Sara en voz alta, levantándose de un sillón donde había permanecido ensimismada todo el período, al igual que todos los períodos. 

— Quince bajo cero en el exterior —mecánicamente él, observando el indicador de la “cocina”. 

Ambos se habían hablado sin apenas darse cuenta, al igual que siempre. De pronto, ella se bajó el cierre de buzo, enseñándole los pechos y acercándosele. 

— Me voy a la cama. ¿No vas a venir conmigo? 

— Ve tú sola —replicó Diekker, indiferente. 

Sara se mordió el labio inferior, y, suspirando, se subió nuevamente el cierre. Luego de un instante de silencio dijo: 

— ¿Para qué hacemos todo esto, Diekker? ¿Qué esperas que ocurra? ¿No ves que los hombres, la humanidad entera se está extinguiendo? 

— No, no es así. Todavía tenemos esperanzas de sobrevivir. 

— Pero, ¿para hacer qué? ¿Te das cuenta que ya no servimos ni para hacer el amor? Cualquier hombre de antes del Caos me hubiera tocado y ahora se acostaría conmigo. En cambio… 

Diekker, malhumorado, se levantó y revisó los controles de la “cocina”. Sara ya se había marchado.  

Profesor, el termómetro indica solamente 19, 3ºC.  

Por primera vez en largo rato, Salomón levantó la cabeza de sus escritos. 

— Ya te lo he dicho, Diekker. Desde la semana pasada el termómetro no llega a los 20º C ni volverá a llegar. 

— ¿No es una falla, entonces? 

— En absoluto. Nuestra “estufa” no va a sufrir inconvenientes en los doscientos años que durará la pila atómica. Pero la temperatura va a ir descendiendo paulatinamente. 

— Eso por el momento no interesa. También tenemos alimentos para todas nuestras vidas. 

— Te preocupas demasiado por lo inmediato. Nuestra situación ya no es buena. Escúchame, he elaborado un diagrama de la situación del mundo según los informes que recibimos de las radioemisoras. ¿Sabías que se han acallado el 90 % de las mismas en los últimos dos años? Muchas de ellas antes habían informado que en su zona eran cada vez más numerosos los “hiks”.  

— ¿A qué llama usted hiks? 

— A los monstruos que vemos ocasionalmente y cada vez más seguido. Son mutantes, Diekker. Descendientes de hombres cuyos cromosomas han sido alterados por las radiaciones letales de la guerra. Ahora vagan por los espacios abiertos como fieras buscando su presa, y tienen mucha hambre. Pronto llegarán aquí y pueden acabar con nosotros. 

— Podemos echarlos. 

— Escúchame. Sara tiene razón en lo que te dijo hace un rato. Como historiador no se me escapa que la especie humana está desapareciendo. Llevamos muchos siglos de civilización, pero no pueden, no van a pasar más, ninguno más. Se precisaron casi diez siglos de civilización atómica para adquirir el poder suficiente para extinguir el Sol, pero ese tiempo no fue suficiente para que nos olvidáramos de las guerras, y emprendimos la más demencial de todas. ¡Mira lo que somos ahora! ¡Un puñado de sobrevivientes, perpetuamente refugiados en asquerosas casas de latón, con alimentos sintéticos asegurados para los ciento cincuenta años de vida que aún tenemos por delante! Pero lo peor es que ni siquiera vivimos, sino que vegetamos. Fíjate en ti mismo, que no tienes ni aficiones intelectuales ni capacidad para reproducirte. ¿No te parece que los verdaderos amos del mundo son ahora los hiks que desafían a la Naturaleza, cazando y poblando el planeta? Dime, Diekker, ¿quién tiene más derecho a vivir ahora, nosotros o ellos? 

El profesor Salomón calló observando fijamente a su amigo. Este miraba inexpresivamente el piso, casi ajeno a las palabras del otro. Pero ninguno de los dos advirtió que una gigantesca y deforme sombra se deslizaba rápidamente a la luz de la Luna Azul que cubría casi un tercio del cielo. 

Presa de una ferocidad sin límites, el hiks, producto de la locura humana, descargó un formidable golpe con su puño contra la metálica pared, produciendo un gran boquete. El frío glacial invadió el refugio, paralizando a los hombres. Un nuevo mazazo derribó definitivamente la puerta y el gigante entró, dirigiéndose hacia Diekker, que lo miró con los ojos muy abiertos, presa de un terror desconocido para él. Salomón alcanzó a reaccionar y extrajo una pistola de su escritorio, pero el hiks fue más rápido y, en primer lugar, golpeó a Diekker brutalmente; este se golpeó la cabeza contra las maquinarias sustentadoras de vida y murió allí mismo. En cuanto a Salomón, antes de poder apuntar, le fue quitada el arma y luego recibió un terrible golpe al serle arrojado el escritorio encima. Su débil corazón, igual que todos los humanos, no resistió y también murió. En ese momento, llegó Sara, alarmada por el ruido. Instantes después, su cadáver yacía partido en dos. 

El silencio reinaba nuevamente y para siempre en la habitación. El hiks, calmado ya por completo, contempló durante unos instantes los restos de los últimos sobrevivientes, de la especie que lo había convertido en un mutante. 

 Lentamente arrastró uno a uno los cuerpos al exterior y los dejó a la entrada del refugio… 

¿Y qué extraño pensamiento cruzó por la mente del hiks, cuando, luego de observarlos una vez más atentamente, dejó oír un gemido? ¿Tal vez un sollozo, contenido? 

Mas, de pronto, advirtió que la Luna Azul se ocultaba tras las inmensas montañas del norte. El hielo carmesí pareció volverse negro como el carbón y un viento gélido asoló la Tierra. De la floresta surgieron mil ojos fosforescentes como estrellas huidizas y en los montes aullaron los seres desconocidos de la noche.  

Extrajo de entre sus pieles un tosco cuchillo y, lentamente, dio comienzo a su banquete. 

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María Larralde