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Elangel Pulois, de Elmer Ruddenskjrik, editado por Historias Pulp

Elangel Pulois, de Elmer Ruddenskjrik, editado por Historias Pulp

¡Así es!

Después de un tiempo que se ha hecho interminable, y después de la impresionante edición de Marciano Reyes y La Cruzada de Venus, en blanco y negro y a todo color, Historias Pulp presenta otro gran ejemplo de literatura rayana en la obra maestra que todos necesitáis degustar.

Es decir… ¡Elangel Pulois: el detective y el monstruo!

A continuación os dejamos un pequeño extracto de la obra, y los enlaces de compra de esta impresionante novela de misterio, acción, ciencia ficción y terror, la más personal y espectacular de Elmer Ruddenskjrik, hasta que publique su próxima mejor novela, protagonizada por Jebedhia West: Infierno.

Y ahora… ¡que comience la función!

Extracto

Veo el cogote coronado por la gruesa ala del sombrero de Jones, en la base de la cual se esconden las afiladas puntas de sus orejas. Del otro asiento veo una parte de la espalda de Violet y de sus cabellos morados.

Mi mente me la juega, vulnerada por el dolor quizá. Pienso en Jones, el monstruo que lleva toda la vida luchando contra su naturaleza, pero que ha tenido que aprender a soportar la naturaleza igualmente monstruosa de todos los demás sin dejar a la suya imponerse arbitrariamente, como debería ser. Pienso en Violet, la chica de tan sólo diecinueve años que, desde vaya uno a saber cuándo, ha visto postrada sin remedio su naturaleza tierna y hermosa ante los mismos monstruos que Jones no puede masacrar.

Pienso en por qué no se lo permito. Por qué no dejo que Jones mate a todos. Por qué no los mato yo a todos, y luego me mato a mí.

Pienso en la guerra de hace tantos años; me veo repartiendo sufrimiento y miedo, pero no tengo mi cara, ni tampoco mis compañeros la suya. Todos tenemos el rostro de Jones, y en los brillantes cristales rojos de nuestros ojos se refleja el fuego y la carne mezclados, indivisibles, de nuestras víctimas.

Este mundo es el infierno, y la gente como yo los operarios de las máquinas de tortura.

Me revuelvo en el asiento. La nariz me palpita y me pesa, y los ojos me lloran, pero ya no es por el dolor.

—Thomas, despierta.

Abro los ojos. El rostro de Violet, irremediablemente dulce a pesar de su expresión de cierta alarma y preocupación, me contempla desde arriba. Ha abierto la puerta de atrás, su mano está apoyada en mi hombro y me zarandea un poco. Detrás de ella veo a Hardy y a Jones ante el portal de nuestra casa. Ha dejado de llover, pero el cielo sigue igual de oscuro.

—Venga, hombre, levanta —me dice con toda la suavidad con que se trata a un paciente postrado y terminal—. Vamos, que te ayudo.

Me pasa las manos por debajo de mis brazos lánguidos. Mi sueño no ha podido ser muy largo, de unos cuantos minutos como mucho, pero me despierto confuso y aturdido como si lo hiciera en otra época, varios siglos después.

—¿Qué pasa? —pregunto murmurando, sin referirme a nada en concreto.

—Vuestra casa. La han reventado los que nos atacaron donde el médico. Se lo han dicho a él vuestros vecinos.

Consigo salir y ponerme en pie. Violet ha metido su cabeza por debajo de mi brazo izquierdo para llevarme hasta el portal, ya que parece que no mantengo bien el equilibrio.

—¿Qué pasa? —vuelvo a preguntar, con la mente y la vista obnubiladas, ya lo bastante cerca de mis amigos, creo, como para que me escuchen.

—Aquellos cabrones estuvieron aquí antes que en mi consulta —contesta Hardy—. Tienes la puerta reventada con un explosivo, como la mía. Tus vecinos no han llamado a la policía por miedo. Tampoco iba a servir de mucho…

—No sé si es seguro que nos quedemos —oigo que dice Jones, aunque ya no le veo porque he cerrado los ojos. Me quedo de pie sujeto por Violet, francamente abandonado a su cuidado—. Podrían volver a buscarnos, sobre todo después de lo que pasó en el local del amo…

—Sí, ¿y qué hacemos con él? —Violet se refiere a mí, supongo. Me enternece la preocupación de su voz—. Mirad como está. Parece que esté muriéndose de pie.

Creo que sonrío al oír esto, pero no estoy seguro de si controlo todavía los músculos de la cara.

—Más bien parece que ya esté muerto —dice Hardy, también preocupado—. No, tengo que intentar arreglar eso cuanto antes. Subamos.

Noto los largos y huesudos dedos de Jones envolverme. Su incómodo abrazo me alza. A ciegas, un leve sentimiento de vértigo me envuelve. Creo que me está subiendo hasta nuestro piso. Oigo los pasos pesados y algo irregulares de Hardy, y el característico sonido de los mocasines negros que lleva Violet, ambos castigando los sufridos escalones de vieja madera. Jones, pese a sus enormes botas, apenas parece pisar el suelo, ni aun llevándome en brazos.

Mi cabeza reposa en su huesudo hombro. Su corazón no está cerca, pues lo tiene justo en el centro de su pecho, pero noto los latidos, potentes y demasiado pausados, transmitidos a través de sus huesos contra mi cráneo. Las sacudidas resultan tranquilizadoras, agradables. Quizá me siento tan seguro que me abandono por eso otra vez al mismo sueño inconsciente de hace unos minutos.

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Elmer Ruddenskjrik