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El Pedigüeño, un relato de horror psicológico de María Larralde

El Pedigüeño, un relato de horror psicológico de María Larralde

Este relato de María Larralde es uno de los más curiosos y terroríficos de entre la creación original de Historias Pulp. También es un gran ejemplo del mejor terror surrealista, sin dejar de ser una parodia del terror social, esa especie de temor cerval de las personas para tratar con aquellas de distinta o menos priviliegiada posición económica. Esperamos que sepáis disfrutarlo, pulperos.

Y ahora… ¡que comience la función!

Lo he perdido todo. Lo he perdido todo y me estoy muriendo. Creo recordar que lo tenía todo, incluida una vida normal. Aunque ahora no estoy seguro de ello y nunca lo sabré. Quizá todo esté en mi cabeza. Voy a intentar recordar…

En mi memoria se agolpan imágenes de personas, de cosas, de situaciones, de hechos acaecidos en otro momento indeterminado. Son islas de recuerdos. Creo que son mi mujer, mis hijos, mi negocio, mi casa, mi coche, mi vida. No estoy seguro. Pronto me voy a morir. De eso sí estoy seguro. Es una convicción.

Hay lagunas entre las imágenes que se agolpan en mi cabeza pero sé cosas, cosas que pertenecen al pasado. Igual ni siquiera es mi pasado. No puedo asegurar que estos recuerdos sean míos. Sé, que la que siento que era mi mujer ha muerto. Mis hijos también han muerto. Mis pertenencias han sido confiscadas. Mis cuentas han pasado a formar parte del erario público. Mi nombre se ha perdido en mi memoria aunque fui alguien y tuve un nombre también. Nada importa ya.

Pido limosna. Ando sentado en esta calle central de una ciudad que no sé reconocer como la mía. No sé realmente dónde me encuentro. Quizá no esté ni siquiera en mi ciudad. Sus calles se ven teñidas de rojo, en mis recuerdos no encuentro nada similar. El rojo que inunda mi visión parece teñir todo el paisaje, no es un rojo chillón, más bien una pálida coloración, un velo que lo cubre todo, y todo lo veo coloreado de este tinte, presentando el cielo un inusual aspecto verdoso. No veo bien, me cuesta centrar y enfocar mi mirada. Es muy molesto, por lo que suelo meter mi cabeza entre ambas rodillas para evitar mirar alrededor y marearme o sentir náuseas. Pero es peor aún porque me huele muy mal ahí abajo y me dan arcadas. Siento asco de mí mismo.

Ayer me vomité los pies. Voy descalzo y mis pies están completamente llenos de mierda, de suciedad. Además, el vómito seco sobre ellos ha formado una película cuarteada de un color amarillento. Pero pronto se desprenderá. Las uñas de mis pies están ya muy largas y varias de ellas van creciendo hacia abajo hincándoseme en la carne. Me duele, pero es insignificante este dolor. Lo soporto. Además me muevo poco. Ya no importa. Voy a morir.

 La acera en la que me encuentro se nota fría de noche y ardiente de día. Sufro dolores indecibles por estos  cambios de temperatura. La piel de mis piernas y nalgas ha saltado por muchas zonas, algunas escaras están necrosándose: presentan un color negro sin dolor y tienen un olor putrefacto. La avenida está atestada de gente de día, y vacía y muerta de noche. Las personas que pasan son extrañas, ya no veo a la gente como la veía antes de que me pasara esto. Nadie se acerca a mí. Soy repugnante, y los que lo hacen, rápidamente cambian de opinión al verme de cerca. Primero, a lo lejos, veo los zapatos, los tobillos y las piernas moverse como un ciempiés. Después, cuando están más cerca de mí, veo parte de su pelvis y tórax y solo a algunos soy capaz de mirarles la cabeza. Prefiero no mirar sus cabezas. Me aterra mirar sus cabezas porque veo sus almas a través de la carne. 

Cada uno tenemos un alma y cada uno es distinto en esa posesión. Nuestra alma es como nuestro cuerpo pero completamente invisible para la gente común. Pero yo las veo, y algunas de ellas me miran con terror. La gente no se da cuenta de que su alma me ha visto, tal cual soy, y se apartan de mí pensando que les repugno por ser un simple vagabundo; un repulsivo hombre que les causa rechazo inmediato. Piensan de mí que soy el pedigüeño de la esquina que acabó tirado por borracho, libertino, mal padre, ludópata o vaya usted a saber qué vicios o defectos más. Mejor para ellos. Estoy esperando a ese que se acerque a mí. Me cuesta reconocerlos como personas. Pasan a mi lado y extiendo el brazo en actitud lastimera para que se apiaden de mis miserias, aunque sea por un instante, pero sin mirarme siguen sus caminos. Ellos tienen vida, y vidas que merecen ser vividas. La mía ya no. No me importa, nada quiero saber, nada. Me muero.

Creo que hoy tampoco comeré y ya va una semana desde aquella cosa aplastada que me comí… Me muero. Noto cómo mis fuerzas van escapándose de mi cuerpo. Es cierto lo que escuché alguna vez decir en mi otra vida a personas que creían saber cómo llega la muerte. Poco a poco uno va perdiendo fuerza. Al final dejas de moverte y entras en divagaciones oníricas. No sé si tardaré mucho en morir, espero dormir y no despertar más, algún día de estos sucederá… pero ¿y si no muero? ¿Y si no muero?

No sé cuánto tiempo llevo aquí sentado. Estoy en una acera, al pie de una tienda de electrodomésticos de alguna cadena conocida. La gente que pasa y mira me bordea cual si mi figura estuviera rodeada por una línea dibujada en el suelo a modo de vallado bidimensional. Les doy repugnancia, debo ser pestilente y sucio. No me tocan. No me miran. Se apartan. Debo tener un aspecto paupérrimo. No me lavo desde que todo ocurrió. Mi pelo, mi pelo está pegajoso, al tocarlo con mis manos la sensación de pastosidad y apelmazamiento me asquea a mí mismo. Mis manos tienen suciedad incrustada en la piel. Creo que mis uñas están manchadas con heces, con mis propias heces. Alrededor de la uña algo seco y oscuro me lo dice. Lo he probado con la boca. Son heces. No recuerdo cuándo tuve que limpiarme con mi propia mano. Puede ser que desde el principio haya sido así. Ahora casi no cago.

Creo que comí carne llena de gusanos hace unos días. Era una hamburguesa que alguien dejó en una papelera cercana. Hasta que decidí ir a por ella pasaron varios días. Se cayó al suelo, la pisó una anciana y casi se resbala, aquella cosa deglutible se quedó pegada en la acera de enfrente. Poco a poco me acerqué a ella, a cuatro patas, de noche, sin nadie que mirara y, allí mismo, sin despegarla del suelo, la comí abriendo mi boca hasta casi abarcarla de un solo bocado chupando con la lengua la acera y todas las excrecencias de la misma alrededor de la aplastada hamburguesa. Creo que tenía gusanos. Olía a podrido. Sabía a podrido y los gusanos se pegaban en mi garganta al tragar. Serían los gusanos, digo yo.

 No tengo a dónde ir. Ni quiero ir a ningún sitio más que al cementerio, a una fosa común. Sí, ahí irán a parar merecidamente mis huesos de pobre consumido y asqueroso, ese repulsivo ser en el que me he convertido. Creo que mis ojos están amarillos en lo que blanco debió ser. Mi hígado debe funcionar mal. Lo poco que como me sienta mal, me parece que ya me cuesta digerir alimentos. Tomo algo de líquidos. Algo digo, no mucho. Mi boca se siente pastosa. Una baba espesa y olorosa me pega los labios. No sé si puedo hablar. Me cuesta horrores tragar hasta la saliva. Eran los gusanos amargos.

No sé de qué color tengo los ojos ahora; ni cuál es mi altura; no sé nada sobre mí ahora, solo tengo recuerdos de un pasado que me atormenta y que ya no discrimino si es real o una invención de mi mente. Las imágenes de esa vida anterior me asolan día y noche, no dejándome distinguir entre sueño y realidad. Solo hay un recuerdo nítido del día en el que todo empezó. Porque esto comenzó en algún momento.

 Mi mujer, mi hija, mi hijo. Sus caras se entremezclan. No sé quién era quién. La casa donde vivíamos estaba situada entre amplias avenidas. A veces recuerdo cosas de aquella vida anterior. Recuerdo una entrada con parques y árboles, una piscina de aguas cristalinas y olor a cloro. Vagamente recuerdo un lugar oscuro que debía ser un garaje. Colores en las paredes. Algo me dice que mi coche era grande, quizá rojo o un color similar. Oigo risas. Veo sus caras. Estábamos todos dentro del coche y reíamos. No recuerdo nada más. Sí, una música, la música la recuerdo mejor. Una melodía que todos cantábamos. Estaba algo oscuro. De repente, luz. 

El sol me cegó por un instante. Creo que paramos en algún lugar donde los críos se bajaron. Lo recuerdo porque dejé de escuchar sus risas y cantos. La música paró repentinamente. Después no recuerdo nada hasta verme a mí mismo andando con una gran cartera en la mano derecha. Recuerdo ir  a gran velocidad, con zancadas presurosas, por una calle concurrida, sentía un gran agobio .Algo me apremiaba, creo que llegaba tarde… pero ¿a dónde? De repente le vi.

Había un hombre pidiendo limosna. Le miré fugazmente, de pasada, sin detenerme realmente sino volviendo mi cabeza una cuarta parte, sin embargo al verle me asusté. ¡Esto lo recuerdo con total nitidez! Mi sensación de sobresalto me hizo sentir raro, no sabía si ridículo o realmente asustado porque la gente deambulaba sin prestar atención al esperpento. Era un pobre, un vagabundo, un pedigüeño. Extendía su mano para recibir algún centavo de los transeúntes. Nadie se le acercaba. Daba verdadero asco. Estaba andrajoso y al acercarme, unos segundos después, comprobé que olía mal, a mierda y podredumbre, estaba tan sucio que su cara era una costra de porquería, colgaban  inmundicias en una barba repleta de pastosos mocos, saliva reseca, comida podrida pegada y roña, así como su pelo cochambroso y mugriento sin color definido que le llegaba hasta los hombros a mechones irregulares, la pobreza de su pelo era equivalente a la del sujeto. El hombre vestía ropas raídas pero que habían sido de calidad en un pasado quizá no muy alejado en el tiempo. La camisa había sido blanca pero estaba tan oscurecida y manchada que ya no poseía el color original. Unos pantalones casi colgaban de su cintura atados de malas maneras con una cuerda sacada de cualquier lugar. Había adelgazado tanto que los huesos eran lo único que se asomaba. Tobillos de palo, color de piel ocre, llenos de moratones o partes escoriadas de algunos roces apenas cicatrizados, iba descalzo y sus pies estaban tan sucios que la planta parecía negra, aunque de raza blanca debía ser aquel individuo. Sus manos cadavéricas, eran  de dedos alargados y movía la derecha pidiendo dinero hacia los transeúntes mientras con la izquierda se rascaba la cabeza piojosa. La cara de pómulos prominentes cuya boca amontonaba dientes de un gris enfermizo mostraba encías encarnadas que sangraban con algo de inquietante profusión manchando labios y remarcando su imagen de muerte. Se daba un aire a los iconos de la Parca y supuse que por eso me producía rechazo, inquietud, repulsión, asco…

Me pidió limosna, mirándome fijamente a los ojos. Yo no doy limosna. Recuerdo que me sentí irritado hacia él por ese gesto de sumisión y pasé de largo pero, no sé cómo, su mirada me persuadió de que yo era un “hijoputa”. 

“Soy un malparido”

Eso pensé de mí mismo y volviendo sobre mis pasos puse un billete de cinco euros en su mano. Él me miró y esbozó una sonrisa torcida, una mueca que trascendía al acto en sí de recibir limosna y, sin entender muy bien por qué, en aquel momento dijo con voz gutural:

“Por fin libre”

Y abriendo su mano cogió la mía con ambas, apresándola unos segundos entre ellas con el dinero en su palma derecha extendida, mi mano sobre ella y la izquierda del pedigüeño sobre el dorso de mi mano. El emparedado me hizo sentir un escalofrío por todo el cuerpo. El tipo me miraba todo el tiempo sonriendo con dientes escabrosos que iban empeorando su aspecto conforme los segundos pasaban. Comencé a sentir un temblor por todo mi cuerpo, una sensación de miedo terrible se apoderó de mí y, soltándome con un giro de muñeca violento de aquella situación que me apresaba sin saber cómo, salí corriendo hacia mi trabajo. Sé que entré en un gran edificio gris mientas los coches en la calzada recorrían una avenida cuyos ruidos insoportables me hacían sentir muy agobiado. Cláxones, ruidos de motores, gritos y conversaciones de gente pasando, ascensores chirriando, golpes de objetos al caer, pisadas, risas. Miré en aquel portal suntuoso una última vez hacia la calle antes de entrar y la gente que pasaba parecía mirarme, a pesar de que yo no les conocía, me miraban y sonreían.  Aquel día no di una a derechas. Solo recuerdo la emoción. No recuerdo nada de lo que hice en aquel lugar. La cara del vagabundo y su sonrisa torcida y amenazante me persiguió todo el tiempo. Cuando tomé mi coche de manera automática para ir a recoger a mi mujer y mis hijos, creo que yo ya era otro. No sentía más que terror. Una sensación de que algo terrible se cernía sobre mí se apoderaba de mi cuerpo de tal manera que no me concentraba más que en ese único pensamiento. “Algo terrible va a pasar”. Y la sonrisa del pedigüeño volvía a mi mente. 

Pasé aquella noche en una constante desazón. Su cara, sus ojos, su sonrisa, su olor, su tacto…mi sensación de horror, el temor, el miedo en mi organismo, mis temblores, mi obsesión constante por aquel recuerdo. Me sentía morir. 

Así fue que, sin saber cómo, mi mujer decidió al día siguiente, llevar a los niños al colegio ella sola. Solo recuerdo a los tres como formas que se mueven a través del umbral de la puerta grande. Un fatal accidente se los llevó a los tres. Ella se distrajo,  no sé cómo, pero me viene su imagen pintando sus labios mientras una pequeña curva en la vía se encargaba del resto. Era el mismo trayecto día tras día. Pero ese día todo era distinto. Para empezar yo era distinto, había ocurrido algo. Aquel vagabundo me había hecho algo. Un contagio, una maldición. Mi cerebro estaba comenzando a fragmentarse. Enfermo, me había quedado en casa, me sentía morir. Pero eso fue solo el comienzo. Nadie regresó nunca. La soledad fue imperando en el lugar. Nunca más fui a trabajar. Mi empresa se hundió en pocos meses. Alguien vino a advertirme, pero no entendía nada, las palabras que salían de su boca parecían dichas en otro idioma. Las deudas debieron llevarse todo. Mi casa, mi coche, mis cuentas, mis ahorros. Acabé en la calle. Alguien me sacó de la casa. No recuerdo quién. Sin saber cómo, comencé a pedir para comer. Parecía que nadie me conocía. Yo no recordaba nada más que esto que os relato. ¿Tenía amigos, compañeros de trabajo, familia, hermanos o padres, algún primo? Nadie me reclamó, nadie me buscó. Ni siquiera la familia política. No recuerdo haber ido al entierro de mi familia. Sé que supe que habían muerto. Pero no sé cómo lo supe o lo supuse o lo inventé.

Y aquí me tenéis. Esperando la muerte, a no ser que alguien se sienta culpable al verme en mi decrepitud contrastada con su abundancia, y se incomode por un segundo, retroceda, me dé limosna y yo le coja su mano, le enseñe mi mejor sonrisa y le transmita, en agradecimiento, la maldición del pedigüeño. Mi bendición.

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El Pedigüeño

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Elmer Ruddenskjrik