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El Jardín de Mordor

El Jardín de Mordor

Un relato corto de María Larralde

ArtStation - Mordor, Ochi Zla
Ochi Zla
Digital artist

Grises y cargadas nubes entorno al cráter fulgurante tras el ojo expectante impedían que fuera visto el jardín de Mordor. Ni siquiera el ojo de Sauron podía verlo. Quizá el Único no podía ni tan siquiera concebirlo por su insignificancia, porque el que no comprende no ve. Quizá era el desprecio por lo pequeño. Y esto no era algo tangencial en su pensamiento, era más bien un esquema repetitivo que cegaba su mente y su razón. ¿Quién, en su grandioso y omnipotente pensamiento, podría ver un enemigo minúsculo e insignificante? Sin embargo, en la quietud silenciosa de un pequeño jardín tras el Monte del Destino la vida continuaba creciendo lenta pero inexorablemente.  

¿Cómo pudo atravesar una semilla de Lebethron el inmenso espacio hasta llegar a echar raíces tiernas en el sustrato más inhóspito de toda la Tierra Media? Pudo ser el viento, que es el más antiguo de los Dioses del mundo. El viento, el verdadero mensajero de la vida, con sus repentinos huracanes que aparentemente crean caos y destrucción. O pudo ser una de las águilas, incluso el mismo Señor del Viento, Gwaihir, el que, trasportando esa semilla en su pico, la dejara caer inopinadamente sobre aquel erial sin vida. Nadie lo sabrá jamás pues misterio será y quedará oculto como secreto cual secreto es el origen mismo de la vida.  

Pero el jardín era una señal, y las gráciles alfirin, con sus pequeñísimas campanillas doradas, estaban anunciando la derrota del Mal. Ellas simplemente estaban tomando posición, eran la avanzadilla, la minúscula y pequeña patrulla de vivientes que tomaban lo que era suyo sin pedir permiso. 

Sin embargo, el Ojo que todo lo ve, el Único, el más terrible de entre todos los terribles seres que sobre la Tierra Media hayan existido jamás, no pudo ver la señal. ¿Era ceguera? Más bien una singularidad propia de su megalómano entendimiento se lo impedía. Pues en su grandiosidad desmedida buscaba a un enemigo a su altura: 

“Solo algo grandioso, poderoso, potente y amenazante podría intentar vencerme. Soy el horror, la desesperación, la aflicción y congoja para mis enemigos. Soy la oquedad misma hecha tiempo, la nada hecha espacio. Soy inexpugnable y pronto, cuando tome para mí el Anillo Único, seré completamente invencible.” 

 Seguía buscando un gran líder, un portentoso ejército, una gran alianza de hombres, elfos y animales que sería rápidamente detectada y anulada con su inmenso poder. Un poder completo, total, absoluto. Un poder basado en el miedo a la libertad y el odio profundo por la vida. Y esa superioridad mal calculada, esa incapacidad para saber que lo más pequeño es a menudo lo más grande, le impidió fijarse en el jardín que crecía lenta pero implacablemente a sus espaldas.  

El Ojo que todo lo ve, no vio a los pequeños Hobbits, y tampoco pudo ver el minúsculo jardín que crecía tras el Monte del Destino. Un pequeño ecosistema que se apoderó de todo el territorio de Mordor, antes un lugar malsano, en unos pocos, pero relevantes días de dicha que siguieron a la destrucción del Anillo Único.  

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María Larralde