EL GUSANO

— ¡Perdona, lo siento, no te he visto! —le dije a María, al chocar circunstancialmente con ella.
Por supuesto, la había visto. No le quitaba ojo, ni de día ni de noche. Pero esto formaba parte de mi secreto más íntimo. Ella, ella… jamás me había visto. Nunca había cruzado una sola mirada conmigo. Mi presencia era como el aire para María. Transparente, inexistente, pero ahí estaba yo, siempre alrededor de esa mujer que me obsesionaba hasta la náusea. Y no, no es que fuera la más bella de entre todas las mujeres del mundo pero su presencia eclipsaba todo cuanto la circundaba. Su forma sensual de mover el cuerpo, sus andares de bailarina, su mirada altiva, de gata en celo. Todo en ella hacia prever que su compañía podía ser el cielo para cualquier hombre en la Tierra…


— ¡Uf! ¡No… no te preocupes! —me contestó, en “modo disculpa”, creyendo inocentemente que tenía la culpa del encontronazo que yo había provocado para poder iniciar una conversación con ella.
— ¡No, yo…! —dije—. ¡No te vi! —Irónico ¿no?—. ¡Perdona por tirar tus libros, enseguida los recojo! —Continué como un caballero.
—No importa, iba hablando y… ¡no… no, no te preocupes! —me gritaba sin alzar demasiado su voz, para que no me agachara a coger sus libros de 2º Curso de Biología.
—¡Ya está…! Aquí tienes… ¿cómo te llamas? —le contesté, mientras encogido delante de su imponente y esbelta figura, contemplaba sus esculturales piernas blancas como la leche, sus delicados pies, con deditos de niña enfundados en unas sandalias de colores rosas y azules, su falda azul con estampado floral combinada con una camiseta básica de color rosa pálido que mostraba unos pechos redondos, uniformes, y aún diría que duros y turgentes. Unos pechos grandes sin desmesura.


—Gracias… me llamo María, y… ¿tú? —y me miró de frente, arreglando sus libros y carpetas recién recuperados. ¡Eso es lo que yo deseaba! Mirarla de cerca. Sus ojos verdes, intensamente verdes… contrastaban con su pelo negro. ¡Esa palidez en su piel…! ¡Dios mío, se apreciaban algunas venitas a nivel de sus sienes, gracias a la translucidez de su epitelio!
—Alonso —le dije, algo más secamente, mientras la contemplaba con tal devoción que sus cuatro compañeras comenzaron a reír de manera un tanto histérica. Quizás por entender que yo estaba propasándome con la mirada. O por pura envidia de mujeres eclipsadas.
—Bien, Alonso, ya nos veremos, ¿ok? —dijo, comprendiendo que la situación era suya, y que podía manejarme como el viento a una hoja de árbol caída.
—Ok, María —le respondí con mi mejor sonrisa, mientras comenzaba a alejarse—. ¡Seguro que nos veremos… pronto!
En clase éramos sobre 100 alumnos, y María era una alumna sobresaliente, ella se alojaba en un piso de estudiantes. Todas, mujeres, para mi mayor tranquilidad.

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Sin embargo, me enteré enseguida, indagando en su círculo de amigos, de que se veía con un chico o más bien un hombre. Un hombre que para nada estaba a su altura. El tipo era mecánico de automóviles. Lo conoció, según una “amiga suya” cuando un día, hacía unos cuantos meses, desayunaba en una cafetería enfrente del piso.
Pablo —así se llamaba— trabajaba en el taller de al lado. Estaba “tremendo” el tipo, fuerte y musculado, un hombre duro, moreno, con una barba cuidada que le daba un aspecto muy varonil. Era como un boxeador, muy atractivo, producía miedo aquel individuo. Era de esos a los que les gusta que las mujeres los observen. De esos que saben que las mujeres desean estar con un “macho de verdad”. Pero Pablo tenía 30 años, mujer e hijos pequeños.
Ella no lo sabía, por supuesto, pero yo sí.
Quedaban por las noches, al salir él del taller. Ella lo esperaba unas calles más arriba. Iban juntos hasta la puerta del cementerio que queda a unos diez minutos de allí. Saltaban la valla. Él la aupaba, metía sus enormes manos bajo su falda, y la sobaba todo lo que podía. Era como si no fuera a pegarse un festín en pocos minutos. Y yo, desde el día en que la vi en clase, a principio del trimestre, comencé a seguirla, día tras día, noche tras noche.
Ambos habían conseguido abrir un panteón muy espacioso, rompiendo una cerradura ya carcomida por el óxido. Allí, aquel tipo, tiraba su chaqueta en el suelo y, sobre ella, la preciosa María comenzaba a desnudarse ante la lujuriosa mirada de aquel cerdo. Y ante mi atónita y no menos impúdica mirada. Su cuerpo de porcelana era recorrido sin solución de continuidad por el bastardo, con sus labios y sus manos en un frenesí tal que parecía que se la iba a comer. Más que sexo era canibalismo lo que aquel engendro cometía, noche tras noche, con la delicadísima María. Ella gozaba tanto con aquel puerco que me excitaba a mí. No me sentía celoso, y noche tras noche, acababa al mismo tiempo que ellos. Sentía que era yo quien la poseía.
Una de aquellas noches de lujuria me acerqué tanto que podía notar el calor de sus cuerpos copulando. Ambos con sus bocas completamente unidas, pegadas, diría yo, en un beso interminable.
Pude matar a aquel individuo en ese mismo instante pero me pareció más interesante acabar con aquello de otra forma. Una carta anónima a la mujer de Pablo fue suficiente para dejar a María sin amante nocturno.
Por eso, aquel día, me atreví a acercarme a ella. Sabía que estaba apenada, sabía que sus noches estaban vacías. Le faltaba la compañía de un semental. Yo no soy un tipo atractivo como Pablo, pero tengo mis encantos. Rubio, alto, ojos azules, complexión delgada, cara aniñada. Siempre he tenido éxito con el sexo femenino pero nunca me he enamorado. Hasta que conocía a María… Al verla a ella, supe que debía hacerla mía. Al verla, en sus ansias amatorias con aquel perro, supe que aquel placer tenía que experimentarlo yo.
Durante varias noches María no salió de su casa.
Aquella noche fui a espiarla, como de costumbre, pero ella no salió. No sé por qué me quedé allí, creía que ella ya no saldría. Para mi sorpresa, Pablo se presentó en su portal. Aquel hombre había cambiado. Algo demacrado y con aspecto cansado, tocó el timbre de María. Ella bajó. El hombre intentó besarla, tocarla, ella lo rechazó. Lo apartaba mientras él intentaba aproximarla con todas sus fuerzas. Era un hombre fuerte pero ella se zafó y lo apartó con un gran empujón…
¡No lo deseaba! ¡Aquel desgraciado comenzó a llorar! Yo gozaba con todo aquello y creía que era el autor del drama, pero nada más lejos de la verdad. El pobre demonio se arrodilló delante de ella suplicándole que no lo dejara… le explicaba, entre gimoteos, que dejaría a su mujer.
María no se inmutaba. Parecía una estatua de porcelana. La tenue luz de la portería iluminaba a la preciosa mujer que, en su impasible actitud, se tornó en un ser frío y extraño. Ella estaba tan distante del pobre hombre, postrado a sus pies, que se diría que me encontraba contemplando el cuadro de una Diosa del Olimpo recibiendo los tributos y plegarias de un suplicante siervo.
Lo que vino a continuación me dejó perplejo. María lo levantó del suelo y, repentinamente, lo besó con intensidad. Él parecía satisfecho y su cuerpo se relajó, era como una droga. Me dio la sensación de que aquel infeliz estaba recibiendo su dosis de placer. Inesperadamente se separó de ella, asustado. Comenzó a tambalearse y salió del portal. Se cogía el cuello con las dos manos. ¡Se ahogaba!
María, volviendo su dulce cara, miró hacia donde yo me encontraba y después miró al tipo. Me sorprendió su conducta. ¿Por qué no le ayudaba? ¿Por qué me miró? Yo estaba oculto en la oscuridad de una callejuela enfrente de su portal, había coches, contenedores de basura, ¡no podía verme! ¿O sí? ¿Qué estaba pasando?
María se dio media vuelta y subió a su casa. Como si nada.
Mientras, Pablo, el ardoroso amante de mi deseada María, seguía luchando contra su asfixia. Se escuchaban unos estertores terribles. Desde aquella garganta colapsada, surgían jadeos guturales. Su tráquea estaba obstruida por algún elemento u objeto extraño. Si no se ponía remedio a aquella agonía, el tipo iba a morir. Andaba con los ojos enloquecidos, en busca de ayuda y socorro, pero nadie pasaba por aquella calle. Vacía y solitaria, era el peor sitio de la ciudad para pedir auxilio. Solo yo le vi caer en medio del asfalto. Yo, y la sombra de María desde su ventana. Estoy seguro de que lo vio caer. ¡Seguro!
Mi desconcierto era tal que me sentí arrepentido de haber delatado a aquel sujeto. Pero nada podía yo intuir sobre la naturaleza de lo que había sucedido y, ni mucho menos, sobre lo que había de acontecer más adelante.
Aquel pobre infeliz murió asfixiado. Yo me alegré. Sentí una inmensa felicidad rayana en el placer por la muerte de aquel imbécil. Pero no me preocupé por saber nada más. Me marché de aquella callejuela de una forma tan insensible como insensible había sido María con su amante nocturno.
Me creía un tipo obsesivo y enfermo. Mi deseo por aquella mujer me había llevado a mantener una vigilancia continua sobre ella, y ahora que veía que mi camino estaba libre, comencé a pensar más si cabe en ella, solo quería tocarla, hacerla mía. Era una afectación tal, la que me aquejaba, que dejé de comer, de estudiar… solo la perseguía.
Ahora, con la muerte de su amante, mi camino estaba allanado. Mi primer encuentro había sido un tanto infantil, pero ella había captado el mensaje. Y eso era lo fundamental. El mensaje.
Todo cambió. En clase comencé a sentir los ojos de María sobre mí. Yo, por supuesto, me sentaba dentro de su campo visual, pero nunca antes ella se había percatado de mi existencia. Ahora me miraba todo el tiempo. Su mirada era algo perturbadora, fija, fría, sin sentimiento o pasión. Pero, ¿qué más podía pedir un infeliz enamorado como yo? ¿Estaba imbécil o qué?¿me estaba arrepintiendo? No, ni pensarlo. Pero ahora que sabía que mi deseo se iba a hacer real, tenía miedo. Estaba acojonado.
Cuando le devolvía la mirada, ella me sonreía. ¡Sus labios eran tan perfectos y rosados! Se metía el bolígrafo en la boca, lo toqueteaba con su lengua roja en un gesto que pasaba por infantil, pero que a mí me resultaba tan excitante que me veía obligado a salir del aula. Ya no iba a dejar pasar por más tiempo mi oportunidad. Ella se vendría conmigo a mi casa. Hoy mismo.
Al salir, aquel infausto día de clase, la busqué por el pasillo del aulario. No la veía. Me crucé con una de sus compañeras.
— ¿Sabes dónde está María? —le pregunté sin saludarla previamente.
—Hola, Alonso —Me dijo, algo molesta por haber irrumpido con tal falta de educación—. María nos ha dejado el siguiente mensaje: “Te espero esta noche donde tú sabes”.
Y esas cucarachas se reían mientras me canturreaban, al unísono y con caras de furcias, el inesperado mensaje de mi obsesión. Algo me dolió en las entrañas, y ese algo me decía que esto era un juego para ella. ¿Podía ser que María supiera que yo había sido el delator de su amante? ¿Estaba preparándome una venganza? Comencé a desconfiar. María sabía que yo la había espiado. ¡Eso estaba claro, por su mensaje, por su mirada en el callejón oscuro de su calle!
Ya, de por sí, me considero paranoico y obsesivo. Me pienso mucho las cosas, las medito y rumio constantemente. Desconfío de todo el mundo, incluidos mis amigos personales. Pero ¿cómo no presentarme allí? ¿Dejar pasar por alto mi gran oportunidad? Me había costado meses, había soportado verla en brazos de otro hombre, había espiado sus hábitos, sus gustos, sus aficiones, lo sabía todo sobre ella, pero no tenía su sabor, su olor, su tacto. ¡Lo quería ya, en ese mismo instante!
Me presenté aquella misma noche en mi, tanto tiempo, deseado escenario macabro: el muro que rodea el cementerio. No había nadie esperando, me apoyé contra la valla. Casi al instante apareció ella. Iba con una faldita corta, con vuelo, ligera como un tutú de bailarina. Una camiseta de tirantes rosa mostraba su esbelto busto, que se balanceaba suavemente acompasando sus andares de niña. ¡Estaba feliz! Venía a mi encuentro, y se mostraba entusiasmada. Su rostro estaba radiante. ¡Más bella que nunca! ¿Era yo el objeto de aquella alegría?
Mi corazón comenzó a latir con tal fuerza que sus pulsiones me subieron a la garganta. Me iba a ahogar yo solito de la excitación. Cuando estuvo cerca, yo ya estaba a punto de explotar. Y ni siquiera la había tocado.
No me dijo nada. Solamente se acercó a mí sonriendo levemente. Sus absorbentes ojos verdes me dejaron atónito. Acercó su frágil y perfecto cuerpo al mío. Me acariciaba en cada roce con su cuerpo, su suave fricción era casi imperceptible pero me producía tal placer que creí que no podría llegar a consumar. Pero entonces ella me dijo:
—Vamos, ayúdame a subir.
—¡Sí, vamos!
Susurré a su oído, extasiado. Viéndome, proyectándome a mí mismo como sustituto de Pablo, en aquellos quehaceres amatorios que tanto había deseado. La cogí por debajo de su falda, y como él, no pude evitar manosearla como un auténtico viejo verde.

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Era un tacto tan suave que creía estar tocando con mis dedos el mismísimo cielo. Su piel no se asemejaba a la de otras, era placer puro. Un fino olor se desprendía de ella. Un olor suave que parecía natural, como el que desprenden las frutas maduras, los albaricoques, los higos en su plenitud de azúcares… ¡Me hizo perder la razón!
Diréis que estoy loco pero quise comenzar a comérmela allí mismo. Deseé morder su culo perfecto, arrancar sus carnes a mordiscos, pero todavía me aguanté. Salté tras ella. Me escondí junto a ella en aquel mausoleo tan usado con su anterior amante.
Ella se quedó mirándome, me sonrió, me acercó hacia su cuerpo rodeándome el cuello delicadamente con sus deditos mientras su boca se entreabría mostrando una lengua fuertemente rosada acompañada de saliva de deleitoso sabor.
Entonces, sin poder soportarlo más, con un deseo doloroso por lo excesivo, comencé con mi festín caníbal. Desgarré la ropa de María, no podía más. Ya no. No podía ser delicado. Yo no era Pablo. Me bajé los pantalones casi enfurecido, sin soltarla a ella. Agarrada por sus muñecas para que no se me escapara. Quería matarla con mi penetración, quería desgarrarla, abrirla de par en par y meterme en su coño para siempre.
Pero abrió sus piernas mojadas hasta los tobillos por sus fluidos y se dejó hacer. María colaboraba con mi agresión. Y cuando la tiré al suelo y brutalmente me eché sobre ella para penetrarla a placer, abrió su boca y me besó profundamente. Entonces supe lo que ella hacía con los hombres.
¿Un gusano? ¡Un gusano penetró por mi garganta! Como una sonda alargada, blanda pero consistente, llegó hasta mi estómago. Vació mi fluido estomacal, ¡se comió el contenido de mi estómago! Mi placer era extraño, me debilitaba a la par que comenzaba a sentirme como en otro mundo. La irrealidad del momento me aterraba pero no podía parar. La palabra que busco es éxtasis, y ni siquiera esta palabra explica el placer que sentí.
Nunca, jamás en toda mi vida, con ninguna otra mujer, había sentido un orgasmo de tal magnitud. Creí morirme de placer. Aquel gusano era su lengua. Ella estaba completamente ensimismada devorándome por dentro, su gozo la hacía contonearse bajo mi cuerpo y su vagina apretaba mi pene de manera autónoma con convulsiones internas succionando mientras yo seguía metiéndosela cada vez con más vigor. Cuando terminó, sacó aquel helminto de mi cuerpo. Y yo saqué el mío del suyo. Se relamió con placer y me dijo, secando de sus comisuras labiales los restos de alimento licuado que me había extraído:
—Te necesito — sonriéndome ligeramente, aún diría que de manera coqueta, mientras se arreglaba la hermosa melena, acicalándola como un gatito después de comer.
Yo estaba atónito, intentando asimilar lo que me acababa de ocurrir. Y ella continuó su breve explicación poniendo su mano en mi boca abierta en señal de silencio.
—Nadie lo puede saber. Ahora eres mi alimento. Yo tu placer infinito. ¿Vas captando, Alonso?
— Sí —dije obediente.
— Cuando otro me siga, o yo así lo desee, será el momento de tu final —continuó— No es nada personal. ¿Lo entiendes, verdad, amor?
Estas palabras salían de su bella y pequeña boquita, esa boca que minutos antes me estaban parasitando. Creí volverme loco. Asustado, quise levantarme de su lado, pero María me retuvo con suavidad.
— Mañana a la misma hora, en el mismo sitio, ¿ok? —me dijo, con una dulzura infinita mirándome con unos ojos verdes y grandes que resplandecían en la noche oscura.


No pude siquiera contestar pero sentí terror, confusión, me sentía superado por mis propios sentimientos, por mi organismo, por la desvinculación que mi ser racional estaba experimentando. Sin embargo, ella no hizo caso, nos marchamos casi de inmediato. Saltamos la valla del cementerio. Ella primero, mostrando sus nalgas bajo las bragas mojadas que endurecieron mi deseo.
A la salida, en la valla del cementerio, María, besándome dulcemente y tocando mis partes íntimas con mucha fuerza se dio media vuelta y se marchó, dejándome muy serio y preocupado. Y pensaréis que estaba preocupado por lo que había pasado. Pero no, lo que me obsesionaba era poseerla de nuevo, tocar su suave piel, olerla y sentir su gusano dentro de mí.
Sus pasos de bailarina, su esbelto cuerpo, sus andares sensuales… la alejaban, y no me sentía con fuerzas para esperar a mañana. Y al día siguiente fue igual, y al siguiente, y al siguiente…
Ahora, día tras día acudo a su encuentro. Mi vida es María, todo gira entorno a ella. Solo pienso en satisfacerla y cuido mi alimentación al máximo de lo posible. María me lo agradece con el placer de su amor, de su sexo.
Solo espero que ningún otro la esté observando con deseo enfermizo pues sé que ese será mi final.

El gusano leído por María Larralde.

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