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El comedor de bollos. Lectura en el podcast Narraciones de un burro y más…

El comedor de bollos. Lectura en el podcast Narraciones de un burro y más…

Un relato dedicado a G.K.Chesterton

NARRACIONES DE UN BURRO Y MÁS… Podcast en Ivoox, dedica una lectura de un breve relato de María Larralde además de una entrevista a la autora. Para todos nuestros lectores, con especial gusto les dedicamos este relato narrado por el equipo que lidera Walter Saravia. El resultado ha sido excepcional. Os dejamos el relato escrito por si alguien gusta.

Y ahora…¡que comience la función!

"El comedor de bollos" by María Larralde + (charla con la Autora)
NARRACIONES DE UN BURRO Y MÁS…

“El comedor de bollos” by María Larralde + (charla con la Autora)

Porque los hombres grandes son grandes hombres, 
y Gilbert fue un ejemplo de tal excepcional cosa.
Porque los hombres grandes son grandes hombres,
y Gilbert fue un ejemplo de tal excepcional cosa.

El comedor de bollos 

No podía parar de reír mientras veía a aquel señor comerse los bollos con una glotonería tal que Alicia se imaginaba que en pocos segundos acabaría con todos. Lo que más la preocupaba, a la par que la hacía desternillarse sin parar, era aquella capacidad para no masticar que el hombre rollizo exhibía.  

—¡Eso es engullir, según mi mamá! —Le espetó, riendo, y señalándole con el dedo como abroncando al hombre gordo. 

—¡Alicia!¡No seas maleducada! —dijo su madre, roja como un tomate ante la desvergüenza de la pequeña descarada. 

—¡No, señora, no se irrite con la chiquilla! —contestó sonriente el hombre envuelto en un aire de misterioso azúcar en los morros—. Sepa que su hija me hace muy feliz. Sepa que comencé a comerme los bollos con avidez cuando las vi entrar. Sepa que el único motivo por el que merece la pena comer con avaricia es por ver a un niño reír feliz.  

Acto seguido, sin dar más chance al asunto, aquel hombre voluminoso, alto y esbelto se dio media vuelta en un giro cortés, y con una sonrisa entre bonachona y pura se dispuso a salir de la pastelería comiéndose como un auténtico lobo algunos bollos rellenos que, según dijo, tenía como objetivo divertir a los mocosos del barrio.  

Mientras se alejaba Alicia salió a la puerta de la pastelería, y siguió riendo mientras observaba aquel extraño hombre tan divertido y feliz. 

—¿Quién era ese, mamá? —Le preguntó sin volver la cabeza hacia la madre, que no salía de su estupor. 

—No lo sé pequeña. 

La confitera, mujer robusta y con gracia, con mucho salero y con todo lo que acaba en “ero”, mientras servía el pedido de la madre, dijo: 

—Es el señor Gilbert. Algunos lo llaman señor, otros, literato, y otros, como yo, hombre feliz.  

—Pues yo creo que es Santa Claus —dijo la niña convencida, dándose media vuelta mientras hablaba y se metía de nuevo en el olor a pasteles de aquella dulcería. 

La falda rosa hizo un vuelo realzando la libertad con la que sus piernas danzaban al andar. 

—Solo Santa comería así para hacernos reír —soltó convencidísima y seria.  

Y dirigiéndose muy seria a su madre le dijo: 

—Mamá, la risa y el respeto no son contrarios, Santa es feliz y por eso come así. Santa nos quiere mucho y por eso nos hace reír. ¿Vendremos a ver a Santa más veces? 

—Pero… ¡hija, qué cosas tienes! ¡Si Santa Claus vive por ahí… en el Polo Norte! Y Gloria dice que este señor se llama Gilbert —contestó la madre más tranquila, acariciándole el pelo moreno y ensortijado en dos coletas altas. 

—¡Eso son cuentos! Santa vive en todos los sitios que él quiera, ¿no ves que es un espíritu? 

Ambas mujeres se quedaron reflexionando durante algún tiempo sobre el asunto. Con su compra, Alicia y su madre salieron de la pastelería pensando que habían sido muy afortunadas al cruzarse con el mismísimo Santa, en un día cualquiera. 

María Larralde.

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María Larralde