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Dos mujeres no encontraron la luz, por Roberto Martínez

Dos mujeres no encontraron la luz, por Roberto Martínez

Os presentamos una nueva crónica de Roberto Martínez, nuestro compañero maestro de literatura infantil en los Altos de Cazucá, en Colombia.

¡Esperamos que sea de vuestro agrado, pulperos!

DOS MUJERES NO ENCONTRARON LA LUZ

por Roberto Martínez

 

En los Altos de Cazucá…

Yo, tenía miedo, desde un mes antes, supuestamente la limpieza social y el microtráfico, convirtieron los días en un totalitarismo de violencia, como si estuviera masticando hielo bajo la lluvia. Varios asesinatos entre el barrio La Isla y El Oasis. Dos hombres, tocaron la puerta a la 10:00 p.m. Una mujer, abrió la puerta y le propinaron un tiro en la cabeza, dos hermanos compartían trago en una cantina en Tres Esquina, los mataron a quemarropa, un joven en los Pinos lo asesinaron de varios balazos, un hombre lo asesinaron a machetazo en el barrio El  Progreso.

Un sábado, el mes de julio del 2013, había comenzado a llover a las 9:00 p.m. Se aproximaba la hora de la cita con la Negra y la Chilindrina. Dos ex convictas, por tráfico de armas y venta de drogas. En esos momentos de segundo comulgué con Dios, como si mis pensamientos martillaran en la oscuridad mi propio destino; desechándolo en mi pensamiento, algo trágico; como hojas secas volando entre la fuerte brisa de esa noche lloviznada por la naturaleza.

Recordé una canción de los hermanos Zuleta.

“Mírame vida que mañanita tan serena. Que mañanita tan Lluviosa que me dan ganas de llorar…”

Seguía lloviendo, era la excusa perfecta, para no cumplir con la entrevista con las dos mujeres; yo estaba cagado, temblando, un sudor frío recorría por mi cuerpo; timbró mi celular, respondí; escuche la voz de la Negra; contesté el celular: Me dijo que me estaban esperando, para la entrevista que ellas muy amablemente me iban a conceder, les dije:

—Sí, ya voy.

Mis manos temblaban, mis pies sudaban. No dejaba de llover, me dirigí al lugar acordado, las calles estaban llena de perros, las cantinas estaban llenas de borrachos, hacía mucho frío. Toqué la puerta, cuando me abrió la Chilindrina con un vaso lleno de aguardiente; en la otra mano un cigarro; me hizo pasar.

Yo, temblaba, la Negra me beso en la mejilla derecha. Con una sonrisa, me dijo:

—No tengas miedo, tómate un trago y relájate.

La Negra se sentó a mi lado, la Chilindrina prendió el equipo de sonido a bajo volumen, sonando una canción de Oscar de León.

“Que es mi comadre, mi comadre está esperando su kilo de manteca, arroz con manteca, arroz con manteca…”

La Negra, me ofreció un trago, un cigarro y me dijo:

—Vamos, a lo que vamos.

Yo, solté una carcajada nerviosamente, contagiando a la Chilindrina, me pregunté entre mí mesura; entrevistar una amiga del pasado. Las dos mujeres son convictas. Las dos mujeres, no dejaron a un lado sus carreras delincuenciales, era como entrevistar a Emilse López (la gata, vinculada a apuestas ilegales, paramilitarismo y narcotráfico en Magangué Bolívar).     

Le pregunté a la Negra y a la Chilindrina.

—¿Cómo era cuando ustedes estaban en este arroz con mango del negocio de la droga y el tráfico de armas?

La Chilindrina, respondiéndome de una manera natural:

—Mira, fácil, nosotras teníamos un duro, que nos daba la droga para venderla y, con la ganancia de las drogas, comprábamos armas.

Yo, la interrumpí interrogándola.

—¿Cómo entraba la droga?.

Ella, me hablo:

—En pequeñas cantidades en morrales, simulábamos en la compra de un colchón, o veníamos de mercar.

La Negra, con su cabeza afirmaba los testimonios de la Chilindrina, otro trago, un cigarro; el frío con el miedo desaparecieron. Interrogué a la Negra.

—¿Cómo la vendían y como la encaletaban? La Negra me respondió:

—En la nevera, con los helados, unos para los clientes de las drogas, otros helados para la gente del común, en la lacena donde guardamos el mercado, o teníamos contratada una niña que tenía un bebé, para que se pasara el día con nosotras, la encaletábamos en los pañales, contratábamos viejas con hijos para llevar la droga de un barrio a otro.

Tres personas, esa noche conversaban entre el trago, el cigarro y la música.

“Caminito que el tiempo ha borrado… Que juntos un día nos viste pasar…”

Ellas, podrían ser cómplices, o autoras en primer grado de los homicidios en los Altos de Cazucá, apreté mis ojos fuertemente, quedándome absorbido en una oscuridad, hasta llegar al rato a observar una pequeña luz en comunión con el placer, y la aflicción de espaldas, hincado de rodillas en un cristus. La Chilindrina y la Negra. Mientras seguían hablando, sus rostros se confundían entre lo inhumano y lo bello.

La Chilindrina, escasamente tenía 22 años, era de una contextura delgada, de buena presencia, había comenzado a consumir drogas a los trece años, y a los quince años, la Negra la convenció para vender droga. La Chilindrina, a los veinte años, la metieron presa en el Buen Pastor, por tráfico de drogas y armas Pareciese que no existía verdad en mi entrevista con estas dos mujeres. Eran tan delicadas y pulcras en su hablar; pero la realidad era terrible, como ver la leña verde arder sin medir el tiempo en aquella conversación.

Yo le pregunte a la Chilindrina:

—¿Cómo la agarraron?

Y me dijo sin titubear:

—En este negocio uno tiene muchos enemigos, pero los enemigos más jodidos son los de la competencia, le tiran a uno la tomba (la policía), pero hay policías corruptos, uno le tira la liga, (vacuna). Un Judá, vendía a tres calles, el Judas nos denunció. Una madrugada estábamos arreglando la droga y nos tumbaron la puerta, y nos llevaron los polochos (policías).

Yo, me quedé pensativo, observando un punto de luz que entraba por la ventana. Yo estaba asfixiado por el humo de los cigarros; la Negra, era de Soledad Atlántico, tenía una cabellera ondulada hasta la cintura, de nariz fileña; ojo café, pestañas grandes, un cuerpo de reina, de baja estatura; era una mujer alegre, risueña como la Chilindrina; habían pagado la condena de un año. Eran como unas risas de sufrimientos condenando a sus dioses. Una comunión, con dos mujeres de un mundo bajo cuando compartíamos el trago, los cigarros, en una conversación de complicidad escuchando una canción.

“He venido por última vez… he venido a contar mi mal… Caminito que entonces estabas… Bordeado de Trébol y Juncos… en flor una sombra ya… pronto serás… Una sombra… lo mismo que yo…”

Desgraciadamente la vida en la cárcel las motivó a seguir en el negocio; la Negra me interrumpió hablándome pausadamente:

—Cuando salimos de la cárcel, teníamos unos ahorros y llegamos a un barrio de Cazucá, montamos una discoteca y comenzábamos a vender droga, cuando veíamos la cosa como caliente nos cambiábamos para otro barrio y montábamos otra cantina, es que las discotecas, son las coartadas para vender la droga en Cazucá.

Yo, había recordado rápidamente entre los rayos de luz, que entraban por la ventana del poste que estaba en la calle, me acordé de dos jóvenes de corta edad y de baja estatura, pasaban mudándose cada mes o cada quince días con un colchón, dos bolsos, a los barrios aledaños. Los vecinos, pensaban que eran mala paga, hasta que una tarde regresaron al barrio, bajando la mudanza, fueron sorprendidas, con el colchón lleno de drogas  por la policía.

La Chilindrina, cortó la conversación y entre risa me hablo:

—Es que esa vaina de trabajar en casa de familia es duro, ya tenemos un dinero ahorrado; y trabajamos en bajo perfil, con pequeños distribuidores en diferentes barrios, la casa está limpia, comerciamos con los cosméticos; somos unas santas.

La Negra, me dijo cariñosamente:

—Ya te narramos. El arroz con mango de nosotras, del mundo de la droga; vamos a rumbear profe, con estas dos hembras que tienes a disposición.

Seguía lloviendo, yo quise seguir siendo cómplice en ese momento de ellas, a la Negra le pregunté, mirándola a los ojos fijamente

—El negocio de las armas…..

La Negra, se quedó mirando a la Chilindrina. Las dos soltaron la risa, la Chilindrina me dirigió la palabra suavemente.

—Si le das un beso a la Negra, tú crees, que yo no sé sus romances que estuvieron de poesías.

Observé a la Negra, se le habían aguado los ojos, hasta que sus ojos se inundaron de lágrimas; hasta su existencia. La Negra, descansó de llorar, y continúo llorando al escuchar, de mi voz, una poesía que le cantaba en susurro en el oído, de Pablo Neruda.

—Esfera que destroza lentamente la noche, el agua, el hielo.

La Negra, comenzó hacerme el dúo, los dos llorando seguimos narrando la poesía.

—Extensión combatida por el tiempo y el término, con su marca violeta, con el final azul del iris salvaje, se sumergen los pies de mi patria en tu sombra y aúlla y agoniza la rosa triturada.

Hasta que dejamos de llorar. Fue como un cambio de conexión, convertidos en rumores de los cambios que da la vida, una plaga en abundancia que se evaporaba durante el día y la noche, estábamos en un ambiente retrocediendo la vida, de cada uno de nosotros, como en una escala numérica en el transcurso de esa noche buscando la luz. Y comenzamos a cantar, cagados de la risa, otra de Pablo Neruda.

—Por el canal navega nuevamente el cereal helado, la barba del combate.

Cuando fuimos interrumpidos por un interrogatorio de la Chilindrina.

—¿Cómo se conocieron, adónde?

La Negra, me tomó de la mano, me dio un beso suavemente mordiéndome los labios. Es cuando recuerdo por fracciones de segundo, cuando la contemplaba en el espejo peinándose su cabellera, dejando recorrer las gotas de agua por sus curvas de su cuerpo.

La Negra, apretándome la mano fuertemente, le respondió a la Chilindrina.

—Nos conocimos por medio de mi única hermana, la mayor, que es sicóloga.

La Chilindrina, escuchaba atentamente con las piernas cruzadas; la Negra, seguía hablando con un timbre de voz entre quebrado.

—Mi hermana nos presentó, yo estaba estudiando sociología en la Universidad Nacional, ese día conversamos tanto, que terminamos leyendo poesía de Pablo Neruda.

La Negra, me abrazó fuertemente llorando. Las infidelidades entre el contexto de la ética y la deshonestidad que tanto apreciamos los seres humanos. Esa noche los tres aceptábamos esas conjeturas. Para reescribir una sola historia al final del punto de una luz, como una aventura en el ejercicio de palabras abalanzadas en un túnel queriendo encontrar la luz. Una canción de Armando Manzanero nos puso a llorar a los tres.

“Contigo aprendí… Que existen… nuevas y mejores emociones… Contigo aprendí…”

Mi pensamiento abrió una luz, el límite mismo de la palabra en verbo, para poder entender la ironía de la vida. Observar la Negra, en esa vida, recuerdo aquellas noches, de los besos sudorosos resbalándose en su piel, mi lengua húmeda caminaba en las curva de su cuerpo, esas noches se envestían de aroma de café molido, hasta descubrir nuevamente el amanecer. Limpiábamos nuestros cuerpos con aromática de leche con toronjil. Descubrir en su mirada silenciosa lo más profundo de su alma noble. De su piel brotaban sus perfumes de camelia.

La Negra, la Chilindrina y yo, seguíamos enrumbados sanamente escuchando ese bolero:

“Contigo aprendí…A conocer un mundo… Lleno de ilusiones…”

Nuevamente le pregunté el negocio de las armas, la Negra me respondió.

—Yo, había conocido unos excombatientes de la guerrilla, ellos nos propusieron negociar armas a las milicias de la guerrilla, y de los paramilitares, pero terminamos vendiéndoselas a los negociantes de drogas, para defender sus territorios en Ciudad Bolívar, era pan comido, para enriquecernos rápidamente.

La Chilindrina se tomó un trago, y nos pasó uno doble, movió su cabellera de un lado para otro expresándose coquetamente.

—Hay, los dos canten unas de esas poesías.

La Chilindrina, soltó la risa abrazando su cuerpo; la Negra, comenzó a recitar un trozo de poesía de José Martí.

—Si es un símbolo el nombre de Paulina, de paz y de ventura, de religión divina.

Yo, con mis tragos encima, le canté un poema en inglés de Julio Cortázar.

—And when everyone had gone, and just two of us were left, among the empty glasses and dirty ashtrays, how beautiful it was to know that you, were there like me at the night´s edge, and you were lasting, you were more tan time, you were the one who wouldn’t leave, because one pillow, one warmth, was going to call us again, awake to the new day, together, laughing, disheveled.

La Negra, no quiso hablar más de ese asunto, y nos emborracharon las poesías, el licor. Hasta la luz del amanecer con la Negra cantando un trozo de poema de Pablo Neruda.

— Yo no lo quiero, Amada. Para que nada nos amarre que no nos una nada. Ni la palabra que aromó tu boca, ni lo que no dijeron las palabras. Ni la fiesta de amor que no tuvimos, y nos saltamos a otro párrafo, cantando en voz alta.

—Yo me voy. Estoy triste. Pero siempre estoy triste. Vengo desde tus brazos. No sé hacia donde voy.  

Yo me despedí de la Negra, mordiendo sus labios tibiamente. La Chilindrina, estaba rendida de la rasca que tenía, quizás una luz tuvo ese reencuentro con la Negra. Para no volverla a ver más en la luz que iluminan a los terrenales, en elegir unas decisiones equivocadas en lo que llamamos nuestro destino.      

El 30 de octubre de 2014, el barrio el Progreso había amanecido patas arribas algunas ollas, las habían allanado, mataron a un campanero, agarraron a unos expendedores, una mujer baleada amaneció en cuidados intensivos… a los días murió; al pasar los días una mañana del mes de noviembre del mismo año, amaneció en uno de los barrios de Altos de Cazucá la Negra muerta. Por impacto de bala en un solar; el cuerpo de la Chilindrina apareció desmembrado en un basurero.

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Dos mujeres no encontraron la luz

Crónicas sobre los Altos de Cazucá y sus gentes.

En este caso, Roberto Martínez relata su entrevista con dos exconvictas, involucradas en el tráfico de armas y drogas.

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Elmer Ruddenskjrik