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DIVORCIO DIFERIDO III: EL AQUELARRE

DIVORCIO DIFERIDO III: EL AQUELARRE

Si existe algún autor referente del género del misterio y el terror en España que nos haya maravillado, este es sin duda Daniel Canals Flores. La tercera entrega de Divorcio Diferido, esa novela intrigante, atrevida y diferente que nos cautivó, no os va a dejar indiferentes. Nos adentramos en un mundo mucho másperverso, ramificado, capaz de despertar en nosotros reacciones primarias.

¿Deseáis adentraros en El Aquelarre?

Sed todos bienvenidos. Podéis comenzar la lectura de los tres primeros capítulos gracias a la gentileza de Daniel Canals Flores, el autor del misterio por excelencia en nuestro idioma.

Y ahora… ¡Que comience El Aquelarre!

Capítulo I

En la Edad Media…

El traqueteante sonido de la carreta acompañaba los tañidos del casi milenario reloj del campanario. Eran las doce en punto de la noche cuando empezó a aproximarse a la puerta norte. Aunque, la ciudadela disponía de un doble amurallado, en tiempos de paz solo permanecía vigilado el perímetro exterior. Los soldados, dos viejos veteranos curtidos en mil batallas, dieron un respingo al observar al singular cochero bajo la tenue luz difusa de las antorchas.

Parecía como si el vehículo fuese guiado por un buitre negro, un gran pájaro de mal agüero. En realidad, era una monja del convento. Su indumentaria era oscura, incluso la toca, y no se le distinguía la cara porque la llevaba cubierta con una máscara de pico para evitar la peste negra.

En la parte trasera de la carreta, la mujer, transportaba un pequeño ataúd de madera pintado de color blanco con una tosca cruz en la cubierta, unas antorchas de repuesto y una pala. Al llegar a la altura de los soldados, se detuvo y, con una voz extraña provocada por la máscara rellena de hierbas aromáticas, graznó:

—Dejadme pasar, debo ir al camposanto a enterrar a esta infeliz criatura.

Uno de los dos hombres, sin acercarse apenas, respondió:

—Tenemos orden de no dejar salir a nadie más tarde de las doce.

—De acuerdo, soldado. Entonces, dejaré la carreta aquí con el féretro hasta mañana por la mañana. El pobre niño ha muerto por la peste, pero su cuerpo aún no está podrido del todo.

Al oír la funesta palabra, el otro soldado, que no había abierto la boca aún, se ablandó:

—Déjale pasar, ¿qué más nos da a nosotros? Solo hace un minuto que han dado las doce y la hermana no dirá nada al respecto, ¿verdad? —dijo, al final, dirigiéndose a ella.

—Enterraré el cuerpo y regresaré antes del alba. No tendréis ningún problema conmigo—aseguró la monja.

—De acuerdo, puedes marcharte.    

Cuando traspasó los gruesos muros de la ciudadela, los dos hombres suspiraron aliviados. La monja sonrió bajo la máscara; se había salido con la suya. No necesitó encender ninguna antorcha porque una gigantesca luna llena iluminaba a la perfección el camino.

El recién nacido no había muerto debido a la miasma maligna, sino estrangulado. Era el fatídico destino que deparaba a los hijos indeseados concebidos bajo el pecado… dentro del convento. No solía suceder muy a menudo, pero aquella noche era una de esas pocas excepciones.

Al llegar al cementerio, tiró de las riendas para frenar al asno. Saltó a la parte trasera y apartó la pequeña tapa del féretro a un lado. Extrajo el saco, que contenía el cuerpo envuelto entre unos trapos sucios y, tras coger la pala, descendió de la carreta.

Se dirigió a la zona de las fosas comunes, junto al montículo. Allí, se enterraban los cadáveres de desconocidos, pobres, infectados y excomulgados. Desabrochó la hebilla trasera de la máscara, la depositó en el suelo, y se dispuso cavar el agujero que iba a ocultar el vergonzoso asunto. El terreno era blando y bastante húmedo, no tardó demasiado en abrir el espacio suficiente y enterrar a aquel desdichado. Como despedida, murmuró:

—Espero que Dios te dé una mejor vida que la que te han proporcionado los hombres.

Una vez concluido el trabajo, se puso la máscara de nuevo. No quería ser reconocida por los centinelas. Tiró la pala junto al vacío féretro y se dispuso a volver por donde había venido. La luna seguía brillando como si fuese de día y los soldados, al verla regresar, le dejaron entrar sin ninguna objeción.

—¿Has visto a la pajarraca esa? Ni siquiera lo ha enterrado con el féretro.

—No están para gastos en el convento —respondió el otro.

Ni la monja ni los centinelas supieron jamás que lo único enterrado, aquella noche, fue un gato negro envuelto en arpillera con la intención de que pesase un poco más; lo justo para simular el peso de un recién nacido.

A la noche siguiente…

Bajo la misma luz lunar, un bulto era cambiado de manos en la puerta trasera del convento de novicias. La propia madre superiora, sor Leonora, efectuaba la misteriosa entrega a una antigua conocida suya:

—Te dije que vinieras por la puerta norte, no deben vernos juntas—dijo la monja, comprobando ambos lados del oscuro callejón. A esa hora intempestiva no había ni un alma.

La mujer se encogió de hombros, restando importancia a la observación; al acceder por allí tenía su propio motivo, que no iba a desvelar.

—Me tienes que jurar que este es el último favor que me pides —imploró sor Leonora.   

—¿Por quién quieres que te lo jure? ¿Por tu Dios? —respondió con sorna la misteriosa visitante, añadiendo—: hay pecados que tardan mucho en ser expiados y el tuyo es uno de esos. Además, estás marcada…

Al efectuarse el intercambio, la monja, cerró la puerta sin despedirse. «Me tienen en sus manos y nunca podré deshacerme de ellas», pensó amargada. Años atrás, en su juventud y cuando aún no había sido ordenada madre superiora, tuvo un desliz inconfesable: coquetear con la brujería. Tras participar en un fallido aquelarre, una joven novicia, acusada de bruja por el Santo Oficio, la involucró con su confesión, poniéndole en un serio aprieto. Acudió en busca de ayuda y gracias a ellas evitó ir a tormento donde, con toda seguridad, habría sucumbido. Envenenaron a la molesta testigo con jugo de tarántula. Sus amigas le solucionaron el problema sí, pero a un precio desorbitado.

La mujer desapareció satisfecha entre los callejones de la plaza. Había conseguido uno de los ingredientes más difíciles de obtener, gracias al chantaje efectuado a la madre superiora. Pronto podría compartir su satisfacción con las otras compañeras: se acercaba el sabbat definitivo.

Dos personajes antagónicos observaban el firmamento al mismo tiempo, por un idéntico motivo, pero en lugares distintos. En breves días se iba a producir un alineamiento de los planetas y una antigua profecía, escrita en un libro sacrílego, vaticinaba para esa fecha el Apocalipsis y la llegada del Anticristo.

Monseñor López de Ayala, famoso teólogo e inquisidor, era un hombre culto y bastante moderado para los tiempos que corrían. Al enviar a alguien a tormento, al cepo o simplemente cargarle un sambenito, procuraba reunir toda la información y ser lo más objetivo posible, acerca de la culpabilidad del acusado, antes de dictar sentencia. Tenía fama de ser severo, pero justo a su vez. No solía sentenciar a muerte sin una causa justificada. Como buen estudioso le preocupaba la profecía descrita y, aun estando prohibida la ciencia de la Astronomía por la Iglesia, quería comprobar por él mismo el desarrollo de los acontecimientos planetarios.

En otro punto de la región, el carnicero de la ciudadela también observaba los astros con atención, utilizando su único ojo. Gracias a un viejo grimorio de origen desconocido, custodiado por su familia durante siglos, conocía con bastante precisión lo que iba a acontecer. Su profesión era una tapadera que escondía su verdadera actividad: la brujería. El hechicero tuerto tenía a su cargo la ejecución de los sacrificios, conjuros y, sobre todo, de la preparación del evento más importante: el aquelarre. Solo él conocía la ciencia hermética cuyas fórmulas y disposiciones le permitían conjurar a los distintos entes malignos existentes, incluido al lord del Mal, conocido por los iniciados como Satanás, Belcebú, Leviatán o simplemente: el Maligno. Uno de los dos hombres sonrió tras concluir las comprobaciones celestes: el nigromante.

Esa misma noche…

La enigmática mujer se detuvo en uno de los callejones oscuros, repleto de inmundicias, y desenvolvió el paquete sin poder contener su ansiedad; necesitaba alimentarse. Entre los trapos apareció el cadáver de un niño muerto al poco de nacer.

El cuerpo, rígido como una piedra, tenía un tono amoratado. Sin más preámbulos acercó su boca al pequeño cuello y clavó sus afilados colmillos. Aún quedaba algo de sangre en el interior, la suficiente para aliviar la agonía del hambre.

 Al escuchar ruido, una rata negra, peluda y llena de pulgas asomó el hocico entre los desperdicios. Su instinto animal le advirtió de que no convenía acercarse mucho a aquella criatura, menos aún, cuando estaba alimentándose. Tras succionar hasta el último jugo, la vampiresa, contrajo los colmillos en el interior de sus encías y eructó.

El color del cadáver había cambiado a morado oscuro, pero restó importancia al cambio de tonalidad y lo volvió a envolver. Al fin y al cabo estaba muerto igual. Comprobando que no hubiese nadie cerca, salió cautelosa en dirección al palacio.

Sabía que la señora la esperaría despierta hasta su regreso. Al entrar por la puerta, que daba a una de las cocinas, encontró a la baronesa sentada en una silla. Estaba descalza y solo llevaba puesto un ligero camisón que traslucía en el interior su cuerpo desnudo. Nada más verla preguntó impaciente:

—¿Lo tienes?

—Sí, está envuelto en estos trapos.

—Déjame verlo, Suzette —dijo la baronesa mientras encendía una vela.

Puso el fardo sobre la mesa, lo abrió y se apartó a una distancia prudencial. No le gustaba mucho la luz directa. Al contemplar el contenido del paquete, la baronesa miró con severidad a Suzette, pero no dijo nada. Incapaz de mantener su mirada, la criada, se acercó cabizbaja y cubrió el pequeño cadáver de nuevo.

—Ponlo en salmuera y escóndelo entre las barricas viejas, al final de la bodega. Procura que esté a salvo de las ratas y no lo muerdas más —ordenó la baronesa.

El cadáver tenía un aspecto lamentable, aunque esperaba algo así por parte de Suzette. Mientras, la criada descendía las escaleras para completar sus instrucciones, la baronesa se retiró a sus aposentos. El barón, dueño y señor de la ciudadela, roncaba a pierna suelta en el palacio de Vailly. Al alba, Suzette, bastante hambrienta aún, se dirigió a su habitáculo situado en la buhardilla. Allí, unos toscos vidrios opacos y emplomados, incrustados en las ventanas, la protegían de los dañinos rayos solares.

Capítulo II

Carta dirigida a la máxima autoridad del Santo Oficio de la Inquisición, un par de meses atrás…

 Al muy Excmo. y Rvdmo. inquisidor supremo. Yo, fray Avellaneda, humilde páter franciscano responsable del convento de San Rulapio, sito en la ciudadela y tutelado bajo la autoridad del barón de Vailly informo los siguientes hechos, por orden expresa de este:

En los últimos meses se han dado en la comarca múltiples y extraños casos de prácticas heréticas por parte de un elevado número de villanos. El brazo secular de la ley ha tomado medidas en los delitos más flagrantes y se ha ahorcado una cantidad considerable de herejes, pero el juzgado ya no da abasto y considera que no es competencia suya.

El problema ha surgido cuando en lugar de disminuir dichas herejías, se ha originado un cruce monumental de denuncias, entre ellos, creándose un galimatías difícil de resolver. Varias muertes, provocadas en su mayoría por la peste negra, y las malas cosechas no ayudan mucho a paliar el sentimiento generalizado de que la región está infestada de seres malignos y diabólicos.

En las mazmorras de las torres se encuentran encerradas tantas personas sospechosas que, a muchas de ellas, las han tenido que confinar en sus propias casas bajo juramento, en espera de juicio. Por otro lado, el verdugo oficial no tiene capacidad ni siquiera para la aplicación de los tormentos pertinentes.

Solicito respetuoso a su excelencia el envío de una autoridad de la Sagrada Congregación, a vuestra elección, para poner remedio a este conflicto.

Rogándole me dé su bendición, su excelencia, quedo respetuosamente de usted en el nombre de Cristo.                                                                                     

La respuesta no tardó mucho en llegar en un breve mensaje sin firma, pero avalado con el sello cardenalicio:

A fray Avellaneda, páter franciscano del convento de San Rulapio, en la baronía de Vailly.

Atendiendo su solicitud, hemos designado al ilmo. y rvdmo. monseñor López de Ayala, inquisidor del Santo Oficio, otorgándole plenos poderes para llevar a cabo la tarea asignada. No es menester suponer que será recibido con el protocolo adecuado y que recibirá las prerrogativas acordes con su cargo. Su excelencia llegará con fecha…

Un par de días antes de la esperada llegada del inquisidor, se produjo el siguiente diálogo entre el barón y la baronesa de Vailly mientras discutían las diferentes formas de agasajar a la insigne visita:

—He pensado que después de la cena, para amenizar la velada, pueden actuar los saltimbanquis y los acróbatas —dijo el barón, satisfecho de su idea.

—No lo veo muy apropiado, recuerda que es un representante del Santo Oficio y no uno de esos nobles, amigos tuyos, con los que sales a cazar.

—¿Y qué es lo que recomiendas? —preguntó con tono fastidiado.

—Una cena frugal, sin vino ni música. Luego, lo invitaría a escuchar un concierto íntimo en el que, Suzette y yo, podemos tocar el arpa.

—De acuerdo —aceptó el barón de mala gana, soltando un prolongado suspiro—. Al menos, permite que sirvan vino en la cena, si no va a parecer un funeral.

—Me parece bien, —accedió ella, añadiendo—: lo servirán en copas de plata y no en esos asquerosos cuernos de chivo que tanto te gustan. Nuestro invitado se sentirá halagado por la deferencia y no resultará indecoroso.

—Entonces procura que las sirvan con la tapa puesta. No quiero tener que lamentar ningún envenenamiento inesperado.

Renata, apodada por los habitantes de la villa como La Negra, vivía sola, oculta y enclaustrada en una cueva del bosque desde que, su marido, la había repudiado y abandonado a su suerte algunos años atrás, por fea. Una enorme verruga facial no solo la condenó a la soledad; casi le costó la vida al ser acusada de bruja por los ignorantes del pueblo.

Escapó de la horca por muy poco. Se alimentaba de pequeños animales que cazaba con sus ingeniosas trampas y completaba su dieta con hierbas, plantas y setas del bosque, que conocía a la perfección. Había creado un pequeño invernadero, en el interior de la cueva, en el que cultivaba sus propios remedios y venenos.

A menudo, solía intercambiar sus brebajes, de forma clandestina, con las aldeanas del pueblo que, a cambio, le proporcionaban ropa de abrigo, utensilios y algo de compañía. Era la persona mejor informada de la comarca respecto a lo que sucedía en el interior y el exterior de la ciudadela.

La llegada del inquisidor…

El sol abrasador del mediodía castigaba el camino mientras, la ausencia de viento, provocaba la suspensión de las partículas de polvo que levantaba el carruaje a su paso. Despuntaba el otoño, pero un inusual calor casi veraniego acompañaba la llegada del inquisidor.

Tras un par de noches, durmiendo en los míseros lechos de las posadas, deseaba llegar a su destino. El Santo Oficio le había honrado eligiéndole, entre otros, para llevar a buen puerto aquella misión y, aunque no era su objetivo principal, tampoco iba a desdeñar los pingües beneficios que iba a obtener ni la adicional proyección ascendente de su carrera. Estaba satisfecho.

Al pasar un recodo pudo observar una curiosa construcción alargada sin apenas ventanas. El cochero se encargó de disipar sus dudas haciendo una breve parada:

—¿Hemos llegado a la ciudadela? —preguntó, Ayala, pensando que quizás era algún tipo de edificio auxiliar del fortín.

—No, excelencia. Es la frontera donde linda la baronía de Vailly con el resto de la comarca. A partir de ahora el territorio que recorramos corresponde a los dominios del barón.

—Y esa edificación, ¿qué es?

—Es la leprosería, excelencia.

Al oír la palabra “leprosería” cogió, instintivamente, uno de sus pañuelos de encaje y lo aplicó en su propia nariz.

—No temáis, excelencia, la han situado en el lugar más alejado posible. Como podéis comprobar está fuera de la vía y dispone de su propio sendero hasta el cementerio —aclaró el conductor.

—¡Partamos o no llegaremos nunca! —ordenó, con voz nasal, a través de la tela. Asimismo, pensó: «menos mal que he traído suficientes pañuelos perfumados, algo me hace intuir que los voy a necesitar». Los caballos, relinchando de cansancio por la agotadora y bochornosa marcha, arrancaron a regañadientes.

El carruaje, en el que viajaban, dejaba boquiabiertos a los escasos campesinos que trataban de arrancar algo comestible del terruño. Al verles pasar, interrumpían la actividad, desnudaban sus cabezas y se santiguaban. Encima de la cabina de los pasajeros, López de Ayala, había hecho instalar una enorme cruz pintada de color verde, anclada en el techo, y visible a muchos metros de distancia; era el símbolo que representaba al Santo Oficio. El resto iba pintado completamente de negro, lo que confería al vehículo un aspecto amedrentador y siniestro a la vez. En una cuádruple funcionalidad, con aquel invento pretendía advertir de su presencia, exorcizar los demonios del camino, purificar las almas y bendecir las cosechas, todo al mismo tiempo.

Llegaron a un cruce, bautizado por los lugareños como la “encrucijada del lobo”, donde convergían todas las direcciones. Aunque la ciudadela disponía de dos accesos posibles, a través de aquella misma ruta, el cochero eligió continuar por la “senda del ahorcado” para que el inquisidor pudiese observar con sus propios ojos cómo las gastaban allí con los acusados de brujería.

En los laterales del camino y, ascendiendo a través de la solana, podían vislumbrarse, hasta donde abarcaba la vista, decenas de cuerpos colgados por el cuello y expuestos a la intemperie. El inquisidor embutió de nuevo su nariz en el pañuelo mientras contemplaba ojiplático el dantesco espectáculo.

En la tétrica ubicación, podían observarse los distintos grados de putrefacción posibles del ser humano e incluso, algunos de los cadáveres, habían caído al suelo por su propio peso como fruta madura. El hedor era igual de imponente que la delirante escena. Los ahorcados permanecían impasibles bajo el sol, mientras los cuervos se daban un festín con ellos. Al mismo tiempo, que monseñor vomitaba en el interior de la cabina, el cochero sonrió pensando: «Pues sí que nos ha salido fino el señorito». Arreó los caballos para salir lo antes posible de allí.

El yermo lugar fue sustituido por un refrescante y umbrío bosque. Aun así, el cochero, lanzó una advertencia desde el pescante:

—Cúbrase las fauces de nuevo, excelencia. Vamos a pasar cerca de la charca cenagosa.

López de Ayala, que había logrado recuperar ligeramente la compostura, agarró dos pañuelos de golpe. Aquel hedor era distinto, pero igual de fétido y su origen correspondía a la desembocadura, de la única cloaca de la ciudadela, directamente a una ciénaga pantanosa situada entre la muralla este y el inicio del bosque. Los retorcidos árboles y sus raíces parecían querer escapar al malsano olor de la inmunda poza y sus insalubres aguas.

—No se preocupe, excelencia, al final se acostumbra uno —dijo con tono afable el cochero—. Además, ya casi hemos llegado.

Al final del polvoriento camino, como en un espejismo, se adivinaba la entrada sur de la muralla exterior. Al ser avistados por los vigías de la garita situada en la torre, su llegada ya había sido notificada al cuerpo de guardia y a la comitiva de recepción con un convenido movimiento de pequeños banderines. El carruaje, sin detenerse, atravesó el puente levadizo y enfiló la cuesta que desembocaba directamente a la Plaza de Armas, ubicada en el centro del segundo recinto amurallado. Los soldados, al verles pasar, se cuadraban a su paso con aspecto marcial, entrechocando los brazales en sus pechos a modo de saludo.

Capítulo III

En la Plaza de Armas…

El inquisidor fue recibido con gran pompa y boato. La comitiva de recepción estaba integrada por los representantes de todos los estamentos sociales: la nobleza, a través de los barones de Vailly, el clero con fray Avellaneda a la cabeza, sor Leonora y su coro de novicias y, finalmente, el populacho ignorante. La llegada del ilustre invitado había causado una enorme expectación.

Dando al evento un aire institucional, dos soldados, portaban la armadura completa, con cascos de gala y, armados con sendas alabardas, flanqueaban la portezuela del carruaje. A su vez, un criado se hacía cargo de las riendas y otro desenrolló una especie de alfombrilla para evitar que el inquisidor manchase sus refinadas polainas. López de Ayala descendió, tambaleándose ligeramente mientras trataba de simular el porte más majestuoso posible. Al pisar el suelo firme, avanzó en dirección al final de la improvisada alfombra intuyendo reconocer al matrimonio Vailly. El barón, la baronesa y la bella criada se protegían del sol mediante una gran sombrilla sostenida por la propia Suzette.

Los ojos del inquisidor traicionaron sus pensamientos libidinosos. Al reparar en Suzette, sintió los aguijones de la carne. «La piel de esta muchacha es tan blanca como la más pura de las leches», pensó fugazmente. El detalle no pasó inadvertido a la baronesa de Vailly. El barón hizo una especie de reverencia y procedió a besar el anillo episcopal engastado con un zafiro enorme. Tras él, siguió su esposa que simuló besarlo sin llegar a rozar sus labios con la piedra y, seguidamente, los dos representantes clericales.

Al terminar con la última de las novicias uno de los patanes del populacho hizo el ademán de intentar besar el sagrado aro con una boca repugnante y huérfana de dientes. El inquisidor retiró abruptamente la mano y regresó junto a los nobles. La chusma admiraba su carruaje con un temor reverencial. El chófer lo dirigió hacia las cercanas caballerizas de la guardia cuando, algunos de los villanos empezaron a santiguarse, casi convulsivos, cayendo incluso de rodillas al verlo pasar. Monseñor contemplaba el espectáculo, con cara de extrañeza y el propio barón trató de disculpar la actitud de sus súbditos, a la vez que hacía una discreta señal a sus soldados para retirar a los espontáneos “adeptos de la fe”:

 —Disculpadles, excelencia, llevan muchas horas esperando a pleno sol sin sus míseros gorros, —añadiendo a continuación—: supongo que estaréis extenuado después de tan largo viaje. Cuando gustéis os acompañarán a vuestros aposentos donde podréis asearos y descansar hasta la hora de la cena.

—Nuestra criada, Suzette, le atenderá personalmente en todo aquello que precise durante su estancia entre nosotros. Si necesita de sus servicios hágala llamar —dijo la baronesa con un tono sugerente que, a un buen observador, no dejaba lugar a ninguna duda.

—Os lo agradezco, mi señora. —Después, dirigiéndose al barón dijo—: Tenéis razón, estoy algo agotado; acepto con sumo agrado vuestras sugerencias.

Fray Avellaneda, que había asistido al intercambio de palabras, vio la ocasión para intervenir:

—Hemos habilitado la mejor celda del convento. Dispondréis de vuestro propio despacho y una confortable habitación. Además, los hermanos os han preparado un ligero tentempié.

El grupo empezó a dispersarse, abandonando la sofocante plaza. Los dos soldados acorazados suspiraron con alivio al sentirse liberados para quitarse la pesada parafernalia militar. Ya en la cuadra, los extenuados caballos relinchaban de satisfacción cuando les retiraron los arreos; los pobres animales aún tiritaban por el esfuerzo realizado. Otro de los personajes, el cochero que había traído al inquisidor, se retiró discretamente del lugar en dirección a la taberna cercana al burdel. Nadie tenía que dirigir sus pasos hasta allí porque conocía ambas ubicaciones a la perfección.

La primera noche en la ciudadela…

El fastuoso comedor del palacio permanecía en un inusual silencio interrumpido únicamente por la labor de los sirvientes que atendían la cena. Mork, el bufón predilecto del barón, observaba entristecido el desarrollo de la misma, escondido tras una de las tupidas cortinas. Le habían prohibido aparecer mientras durase la visita del inquisidor.

Los invitados comían comedidos, más que por frugalidad, por no manchar las suntuosas galas que se habían puesto para la ocasión. Suzette se encargaba de servir a monseñor. López de Ayala se encontraba en el Séptimo Cielo cada vez que la criada le rozaba o mostraba un atisbo de sus insinuantes y pálidos pechos a través del corpiño.

—¿Habéis encontrado confortables vuestros aposentos, excelencia? —preguntó el barón para romper el hielo.

—Como bien sabéis, los adeptos a la fe nos adaptamos con humildad a todas las circunstancias —contestó con diplomacia, tratando de no ofender a fray Avellaneda con su respuesta.

Si hubiera sabido que el fraile era medio sordo, no hubiese sido tan prudente. En su opinión, la celda era horrible, angosta y húmeda para albergar a una personalidad de su calibre. Tras la cena ya tenía en mente efectuar un aparte con el barón con la intención de solicitar su traslado al palacio lo más pronto posible.

Esporádicamente, uno de los criados, entraba con una oveja sin esquilar, blanca e inmaculada, para que los comensales limpiaran sus manos en el pelaje del animal. López de Ayala, al advertir que todos compartían la desconcertante servilleta declinó su turno mientras extraía por debajo de la muceta uno de sus sempiternos pañuelos.

—Decidme, barón, ¿por qué motivo no han recibido cristiana sepultura los cadáveres de los ahorcados que he observado por el camino? —preguntó Ayala con sutileza, tratando de aparentar la máxima cortesía posible hacia su interlocutor.

Suzette, que en ese instante llenaba la copa del barón, dio un ligero respingo al intuir que la capciosa pregunta iba a tener unas consecuencias muy desagradables para ella. Tratando de disimular su inquietud, siguió llenando las copas, lentamente, intentando no perder ni un solo detalle de la respuesta del noble.

—Por dos sencillos motivos, excelencia: escarmentar y aleccionar al vulgo. La mayoría de mis súbditos son buenos campesinos temerosos de Dios, otros, para su desgracia, no lo son tanto. Con ese castigo ejemplar tratamos de aleccionarles y hacer que no lo olviden, —Añadiendo casi sin querer en un tono más bajo, como hablando a sí mismo—: pronto podréis comprobar lo obtusos que pueden llegar a ser.

Tras un ligero lapsus, el barón, zanjó el asunto de la mejor forma posible:

—No obstante, en vuestro honor, mañana mismo daré la orden a mi guardia para que incineren a esos miserables.

El inquisidor, satisfecho con las palabras del anfitrión, cambió de tema, mientras una disgustada Suzette abandonaba el comedor casi sin poder evitar una mueca de desaprobación. Apretó con tanta fuerza la jarra de vino, al escuchar la respuesta final del barón, que se marcó las uñas en la palma de su mano.

—Mañana visitaré la ciudadela para familiarizarme con este bello lugar. Esta tarde ya he conocido el convento franciscano y mañana espero poder visitar el vuestro —prosiguió Ayala, dirigiéndose a sor Leonora.

—Por supuesto, seréis bien recibido. Las novicias están deseando conoceros —respondió ella con un imperceptible deje tembloroso en su voz.

Al finalizar el segundo plato, el barón, alzándose de la silla, propuso un brindis:

—Quiero expresar mi satisfacción de tener entre nosotros a un representante del Santo Oficio. Sabed que podéis contar con el apoyo y los recursos necesarios en vuestra ingrata misión de limpiar estas tierras de brujas indeseables.

Poco después de cenar ambos religiosos, fray Avellaneda y la madre superiora, solicitaron ser excusados por abandonar anticipadamente el comedor debido a la obligación de atender sus respectivos deberes. El resto de invitados no tardó mucho en seguir su ejemplo y se retiró, no sin antes despedirse y besar el anillo del inquisidor.

—Monseñor, permitidme ofreceros un pequeño concierto en el salón. Suzette y yo tocaremos el arpa, al unísono, con la intención de deleitaros —sugirió la baronesa, colgándose del brazo del invitado.

Tras instalarse en unas cómodas butacas preparadas al efecto, junto a una inmensa chimenea, la reducida audiencia formada por el barón y el propio Ayala, se dispusieron a digerir la pesada cena escuchando a las bellas intérpretes. Si el inquisidor no hubiese estado tan agotado y, a su vez, embelesado con la bella criada, quizás se hubiera percatado que Suzette no se reflejaba en el único espejo del salón; aunque sonaban dos arpas, en el reflejo solo se observaba a la baronesa tocando una de ellas mientras que en la otra se veían vibrar las cuerdas impulsadas por unos invisibles dedos mágicos.

El barón, debido al vino ingerido y al reconfortante calor provocado por el crepitante fuego del hogar, dormitaba ligeramente y solo se despertó al escuchar los animados aplausos del convidado justo al finalizar el concierto.

—Suzette, avisa a la guardia nocturna para que acompañen a su excelencia hasta el convento —dijo la baronesa, dando por concluido el virtuoso evento.

Tras intercambiar unas breves y discretas palabras con el barón en referencia a sus aposentos, se dirigió la baronesa:

—Estoy muy agradecido por su hospitalidad, madame, la felicito. Ha sido un concierto soberbio —dijo Ayala, lanzando una última mirada hacia Suzette antes de salir del palacio.

Al llegar al convento un joven fraile, le estaba esperando:

—¿A qué hora deseáis ser despertado, monseñor?

—Al alba, muchacho, siempre al alba.

Tras desvestirse, Ayala extrajo un cilicio de su equipaje y lo dejó junto a sus vestimentas. Después, cogió las disciplinas y procedió a fustigarse con fuerza.

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María Larralde