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De Pesca, un relato de Walter Saravia

De Pesca, un relato de Walter Saravia

Un nuevo relato de Walter Saravia. Imaginación que desborda los límites de la realidad. Vais a disfrutar con nuestro querido escritor yendo de pesca con él… ¡Esperamos que no os atrape ningún pulpo acechante en las oscuras aguas!

Y ahora… ¡que comience la función!

De pesca

Tal vez, escribiendo estas palabras, crean mi relato estos estúpidos, ya que ese maldito detective que me envió a este sitio, pintado todo de blanco, no creyó ninguna de mis tres versiones y este doctor hijo de puta, tampoco. Y como si eso no fuera poco, ahora un gran especialista vendrá a escuchar mi relato, ahh… tendrá que leerlo, ya que de mis labios no saldrá de ahora en adelante ni una sola palabra

—A ver… dígame por favor que sucedió aquí — me dijo el detective.

—Exactamente no lo sé —respondí, —aún con la mandíbula y partes de mi cuerpo temblando.

—Usted es el único testigo ocular de todo esto — replicó el policía, —y si no dice lo que en realidad pasó, irá a la cárcel, ¿entiende eso?

—Yo no fui —les grité sin pensarlo.

—Bueno, entonces comience a relatar lo sucedido —espetó el policía.

—Se lo diré por tercera vez —repliqué, —ya que al parecer no han creído las versiones primeras y quieren culparme de algo que no hice.

—Nadie le esta culpando de nada, señor — recalcó el detective, —y no se altere, estamos aquí para ayudarle, no le haga caso al agente, yo estoy a cargo ahora. A ver, cuénteme.

“Ah…”, dije para mis adentros.

—Está bien, lo relataré de nuevo, ya que el señor policía al parecer no tomó notas. Una vez al mes, vengo a pescar a este río, desde los Ángeles. Sí, ya lo sé; tal vez se preguntarán por qué vengo desde tan lejos a pescar. Pero, déjenme decirles que me gusta el río Kern y, sobre todo, el pueblo que está a pocas millas de aquí, sí, Kernvillle; me encanta la cervecería de ahí, es muy buena. Mírenlas, aún las tengo en el agua enfriándose. No crea que me estoy yendo por la tangente, no, es que quiero que entienda el porqué de manejar un par de horas desde mi hogar… Pero bien, continúo con lo que vi.

—Yo estaba aquí, donde nos encontramos en estos momentos, recién había tirado mis dos cañas de pescar, me senté en mi silla a esperar que algún pez mordiera el anzuelo. Tal vez solo alguien como yo se le ocurre pescar aquí, donde la corriente es más fuerte, pero me gusta y siempre he cogido buenos peces. Como ya dije, me senté en mi silla y no sé cuánto tiempo había pasado desde aquel momento en que me senté a esperar, me encontraba con la mirada baja, mientras arreglaba mis viejos anzuelos. De repente, el grito desesperado de un hombre rompió mi concentración, allá, en la orilla opuesta. El hombre corría con dificultad, por lo complicado del terreno, tropezaba y en segundos se ponía de pie para reiniciar su carrera. Hacía señas en todas direcciones. No podría decir si su intención era llamar mi atención, pero de repente, paró su marcha, fijó su mirada en dirección mía y comenzó a hacerme señas. Al principio, no entendía, pero después de unos segundos, supe lo que quería decir, y era que corriera. Ahora bien, en realidad, no sabía por qué. Al ver que no hice caso a su insistencia, reanudó su marcha. Me volví a sentar en mi silla, no sin quitar mis ojos de encima de aquel sujeto.

Después de aquello, y con el trabajo que a él le costó recorrer unos cien metros, se detuvo nuevamente, y esta vez no fue para llamar mi atención, sino más bien, para doblegar un delgado y alto árbol. Lo doblaba en dirección al río. Me pareció

que era muy fuerte para realizar tal proeza, a pesar de que se veía que no era muy fornido. Después de aquello, dejó que el árbol regresara a su pose inicial. No soplaba el viento, de eso estoy seguro. Tal vez, por ello fue fácil para aquel hombre doblar el árbol.

—Pero bien, me miró nuevamente, y con gran angustia me hizo señas con sus manos para que me alejase, o al menos eso interpreté. Al ver que yo no me movía de mi lugar, desistió. Caminó ahora hacia el río, y se paró en una enorme piedra, a pocos pasos de la orilla. Miró hacia la corriente por unos segundos, poco después salió a toda prisa hacia el álamo temblón. Un segundo hombre, era arrastrado por la corriente, pero de extraña manera. Me quedé pasmado. El hombre, el de la orilla, se afanaba en doblar aquel árbol otra vez. Sin embargo, parecía que sus fuerzas le habían abandonado, ya que no era capaz de lograrlo, supongo que lloraba por intervalos de tiempo, puesto que se llevaba sus manos a los ojos.

El segundo hombre —dentro del río— se aproximaba a él, agitando las manos y dando gritos de angustia. Este era arrastrado, de forma zigzagueante en ocasiones, como siendo alejado de la orilla contraria a la del primer hombre que yo

había visto. El otro hombre, el del río, se dio un golpe con una piedra que le hizo callar en unos segundos, pero al recuperar el sentido, volvió a gritar angustiosamente. Yo estaba paralizado. Repentinamente, el hombre que era arrastrado por el río se acercó unos metros a la orilla de aquel primero, algo inexplicable, como si una corriente subterránea le hubiese hecho un favor. El otro, al fin logro doblar el árbol, haciendo que se tronchase por fin, y el que era arrastrado por la corriente logró agarrarse al árbol. No obstante, el primer hombre no se acercaba a él para auxiliarlo, solo se mantuvo expectante, como en espera que aquel otro saliese por sus propios medios. En un lapso de tiempo corto, que pareció ser una eternidad, por fin, el primer hombre se decidió a auxiliarlo y cuando pisó el agua, algo… que no hay palabras para describirlo, se irguió en dos patas y con una especie de aletas lo abrazó y de un salto lo introdujo en el agua, para hundirlo corriente adentro.

Mis ojos se dilataron, no daban crédito a lo que veían, mi sangre se congeló, mis pies se tornaron pesados, como de plomo, estaba aterrorizado. La cosa, en cuestión de segundos, flotó en la corriente, como suspendida, y de entre las aguas un látigo

negro… o verdusco, tomó por el cuello aquel que reposaba en el árbol y lo sumergió. ¿Cuánto pasó?, no sé, lo que sí sé es que no me moví de mi posición y, de repente, un burbujear se escuchó en mi orilla, el carril de mi caña de pescar, comenzó a extraer el hilo y ambos hombres se encontraban enganchados de mi anzuelo, cosido de sus labios y sin ojos.

—No cabe duda que está loco de atar, —dijo el policía.

—Llamen al sanatorio, aquí tenemos otro para sus instalaciones, —dijo el detective.

♦♦♦

Sé que estas páginas posiblemente no vean la luz pública, y lo que haré a continuación será fácilmente justificado por mi supuesta enfermedad de locura, diagnosticada ahora por los profesionales. Sé que es necesario desaparecer para que se den cuenta de que siempre conté la verdad.

De pesca, de Walter Saravia, en LEKTU

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María Larralde