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CRISTALES UNIDIRECCIONALES

CRISTALES UNIDIRECCIONALES

UN RELATO DE MARÍA LARRALDE

Este relato fue Mención de Honor en el Concurso Nyctelios 4ª Edición de Círculo Lovecraftiano&Horror en este año 2019

Era media tarde cuando a Rodrigo le pareció que algo en el ambiente de trabajo cambiaba repentinamente. Vio cómo una especie de vapor se esparcía lentamente por toda la sala exterior, amplia y repleta de mesas de oficinista, donde sus empleados trabajaban sin aparentemente percatarse de nada.  Era un vaho que le recordó a sus momentos de ducha caliente, en su loft de hombre solitario y acomodado. Incluso creyó oler el vapor de agua impregnándolo todo con un pestilente perfume a moho, a podrido. No podía determinar exactamente cuál era su procedencia, parecía salir de todos lados y de ninguno a un mismo tiempo. Pero podía percibirlo claramente.  

Se encontraba sentado en su despacho de ejecutivo, como siempre. Preocupado por los balances económicos, pues llegaba fin de mes y las cuentas oscilaban en exceso, como cada mes. Tras echar un vistazo por encima de la pantalla del ordenador, sin más objetivo que el descanso de sus irritados ojos, creyó ver, tras el cristal de visión unilateral colocado con el objetivo de poder ver a sus trabajadores y no ser visto por ellos que hacía las veces de pared de su despacho, algo que, con forma de criatura negruzca agazapada, se revolvió bajo la mesa de Mary.  

Rodrigo se frotó los ojos para volver a mirar la mesa de la empleada cincuentona de tetas como jarras de leche que tanta excitación provoca en él. Pero ahora no eran sus pezones insistentes tras la blusa de seda caída en un amable y mullido canalillo lo que llamaba su atención. Tampoco sus piernas brillantes y esculpidas de diosa, blancas como el mármol, tantas veces imaginadas por él rodeándole el cuello mientras se soñaba olisqueando el supuesto manjar que Mary escondía entre sus piernas. No. ¡Había visto algo! Algo moverse debajo de la mesa, entre las piernas de la administrativa. Algo parecido a un animal con rasgos homínidos que le había devuelto la mirada. Una mirada de odio. Incomprensiblemente directa y llena de odio. 

Rodrigo no veía bien. Faltaba nitidez en la imagen tras el cristal. El vapor mojaba la mampara de separación de su despacho. ¡Malditas modernidades! La idea había sido del departamento de recursos humanos. Le habían aconsejado escudriñar a los empleados sin ser visto por ellos. Si la pared fuera de ladrillos no vería a los empleados deambular, mirarse, fraternizar, cuchichear, lanzar miradas furtivas y cómplices contra él. ¡Era un error! Estaba demasiado preocupado por la salud de la empresa como para detenerse en minucias. ¡Menuda tontería espiar a los empleados! Pensó que tras las Navidades llevaría a cabo una reforma de su despacho. Lo cerraría a todas las miradas y, seguramente, incluiría a Mary, acomodándola en un lateral con mesa de trabajo y ordenador personal. Así podrían trabajar mejor y él se alegraría la vista cada pocos minutos con los volúmenes redondos de la deseada. 

Pero ahora quería saber qué había debajo de la mesa de Mary, acechando entre sus marmóreas piernas. ¿Se habría traído a su perro? ¡No era posible! Era una mujer muy disciplinada. Demasiado. Nunca le había dado pie a pensar que tenía ninguna posibilidad siquiera de rozar su pelo. Era una mujer muy, muy “correcta”. Algo raro estaba pasando. Rodrigo tuvo que levantarse desde detrás de su mesa de despacho, de metro y medio de larga, rodearla y acercarse al cristal para apoyar sus manos y buscar con la mirada los bajos de la mesa de Mary. 

Al mirar con mayor precisión, aguzando la vista y cerrando sus ojillos cansados, se dio cuenta de que no solo bajo la mesa de la mujer había una criatura horrible de fauces de mono lamiendo las piernas de la hembra mientras lo miraba desafiante. En las otras dos mesas, dispuestas de modo transversal a la de Mary, y regentadas una, la de la derecha, por una jovencita de no más de 19 años, becaria y nueva empleada, y otra, la de la izquierda, por un administrativo medio tonto cuya única función consistía en coger el teléfono y abrir la puerta de la planta séptima, mostraban a dos extraños enanos deformes con cola a los que no podía ver con claridad. Ambos se movían de manera extraña bajo las mesas y los empleados parecían no darse cuenta de su existencia. 

Volvió su mirada hacia Mary y vio que esta trabajaba posando su mirada en la pantalla del ordenador mientras la criatura relamía con mayor avidez tobillos, pantorrillas y rodillas. Ella fue mudando su expresión. Una pequeña pero perceptible mueca asomó en las comisuras de sus labios. Y el rostro angelical y maduro de Mary se transformó, poco a poco, milímetro a milímetro, en un rostro perverso de mirada vacía. Comenzó a teclear con gran ímpetu las teclas escribiendo con golpes de sus dedos, primero sobre el teclado, y con golpes de sus puños sobre el mismo en pocos segundos. El monstruito la había descalzado y relamía y se metía los dedos regordetes de uñas pintadas en rojo cherry en su nauseabunda boca. Una baba espesa caía sobre el laminado suelo y dejaba una mancha verdosa y pringosa.  

Rodrigo pensó que se estaba volviendo loco y que todo aquello que estaba viendo no podía ser. Ahogándose, sudando, y con el corazón a punto de reventarle en el pecho se acercó a la puerta para salir y confrontarse con la que seguramente era la realidad: ¡estaba alucinando!, ¡le estaba dando un ataque cerebral!, ¡tenían que ayudarle! ¡Mary tenía que llamar a una ambulancia de inmediato!

Unos pocos metros, unos pasos y llegaría a la puerta. Pero no podía moverse. El vómito le subió hasta la boca, un sabor amargo le impregnó las fosas nasales. Un líquido amarillento invadió su nariz y vomitó delante de la puerta. Su cuerpo temblaba sin poder hacer movimientos voluntarios de ningún tipo, ni con sus brazos ni con sus piernas, que se iban aflojando haciéndolo deslizarse poco a poco hacia el suelo, pegando su rostro al cristal. Intentó alargar su mano hasta la manilla de la puerta del despacho que para su desgracia también era de cristal unidireccional por lo que nadie podría verlo hacer tantos esfuerzos. Lo intentó varias veces mientras sentía un ahogo y un sudor extremos que le empapaban la cara por completo y le hacían sentir la camisa pegada al cuerpo, era casi dolorosa esta sensación. Estuvo a punto de abrirla, tocó el pomo mientras sentía que un líquido cálido recorría sus piernas temblorosas. 

 Acompañando su desplome ruidoso ante la puerta, Rodrigo miró una última vez a la criatura que se comía a Mary. Pero perdió la consciencia antes de ver cómo los tres demonios salían de debajo de las mesas de los empleados para ir a devorar su alma, traspasando, sin ningún problema, aquellos cristales mientras moría sin ser visto ni ayudado por nadie.  

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María Larralde