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Audiorrelatos sobre El Cobrador Loco

Audiorrelatos sobre El Cobrador Loco

Vivimos en un mundo lleno de deudores, de morosos, de gente sin escrúpulos que no paga a tiempo. Pero el tiempo de los morosos ha acabado y un nuevo héroe visita nuestras ciudades y vela por nuestro dinero. El cobrador loco ha llegado a nuestras vidas y nunca, nunca, nunca se irá. Así que ya sabes, ¡pequeño malandrín!, paga o su cara será lo último que veas…

Después de ambos audiorrelatos, podréis escuchar una trepidante versión de la canción tradicional infantil “El Cobrador Loco”, interpretada para la ocasión por el reconocido grupo +Turbio, premiado en los más importantes festivales de rock a lo largo de la última década. ¡No tiene desperdicio!

Y ahora… ¡que comience la función!

Audiorrelatos leídos por Elmer Ruddenskjrik y María Larralde

Logo del grupo + Turbio, y expresión de su filosofía

EL COBRADOR LOCO

por Elmer Ruddenskjrik

 

—Jeñog godguíguez , pog favog , pog favog , pog favog…

—¡Cállese! —le gritó. Estaba enfadado consigo mismo, o con todo el mundo, en ese momento nadie lo tendría muy claro; tampoco importaba—. Me va a escuchar. Me escuchará y puede que le deje marchar.

—Ejtá bien, ejtá bien… —pero seguía llorando. Estaba asustado y muy sorprendido. Y el panadero con la llave inglesa, aún ensangrentada, también lloraba. Era un gimoteo tranquilo en contraste con el suyo, y eso le asustaba aun más.

Lo que siguió a aquella promesa fueron unos diez minutos que se le hicieron cuarenta de perorata ininteligible. Y no es que el señor Rodríguez no hablara español con una dicción impecable; que no entendiera nada era consecuencia de que le hubiera dejado inconsciente al entrar en su panadería para después atarle a aquella silla de madera en la trastienda y propinarle hasta seis golpes en la cabeza con aquella herramienta tan pronto como se había despertado. Su mente estaba dividida haciendo el trabajo de procurar respirar sin ahogarse con la sangre que le inundaba la nariz y la boca, en tratar de tener quieta la lengua para que dejara de recorrer los huecos dejados por los dientes partidos o sacados de cuajo por los golpes, y por mantenerse a sí misma a flote en medio de un ruidoso vendaval de ruido sordo que parecía envolverle como el agua en el centro de un angosto sumidero gigante.

El panadero chiflado se movía a su alrededor con pasos erráticos mientras explicaba vaya uno a saber qué cosas con ademanes nerviosos. En ocasiones parecía a punto de echarse a llorar, y en otras se le acercaba como exigiendo su atención mientras alzaba la voz y le mostraba los dientes. Nada de aquello le importaba. Y no por falta de interés, simplemente no podía.

El dolor había encendido una chispa en una parte desconocida de su ser. Él, como buen psicópata, siempre había disfrutado de su empleo de cobrador del frac. Se vestía de manera absolutamente elegante para acosar de manera irónica a pobres desgraciados que se habían empeñado con empresas o servicios bancarios. Nada le había satisfecho tanto desde sus añorados y largos periodos de estudiante, tanto en la escuela como en el instituto. Acosar y ridiculizar a personas mediocres, pusilánimes, que se dejaban avergonzar porque se sabían merecedoras de tal vergüenza. Aquel era un empleo perfecto, en el que la mayoría de las víctimas eran realmente víctimas y se comportaban como tales: un acuerdo laboral perfecto en todas las direcciones, desde su punto de vista.

Y es que siempre había sido una persona perezosa, tratándose, claro, del aspecto físico. Había pasado toda su vida esparciendo perjuicio personal y social mediante mentiras, chantajes, amenazas, ladinos engaños, manipulaciones arteras y con devastadoras revelaciones, causando con todo ello tanto sufrimiento como se era capaz sin necesidad de levantarle a nadie la mano.

En ese momento, muerto de miedo, y con el cerebro sumido entre zumbidos, una pequeña parte de sí mismo, que corría por un oscuro túnel buscando alguna salida, un regreso hacia una luz que no fuera la de la realidad, tropezó con algo pequeño y pesado, haciéndole trastabillar y caer cuan largo era. Al mirar atrás, entre la penumbra que propiciaban en el oscuro túnel las ventanas que eran sus ojos desde mucho más lejos, distinguió un pequeño cofre circular, cuya tapa era media esfera. Se arrastró hasta poder alcanzarlo con una mano. Era frío, con la textura rugosa e irregular de la piedra natural. Se acercó más hasta estar de rodillas ante ello, con la luz del mundo real de cara. Lo abrió, y dentro se vio a sí mismo. Parecía feliz, pero no tenía boca. Sólo una línea que se estiraba hasta casi tocar sus orejas, como si fuera un emoticono. Una línea curva, sin labios.

—¡¿Quién eres?! —se oyó decir, asustado.

—¡La felicidad! —se oyó responderse él mismo.

Su propia cara le miraba desde dentro de la caja con los ojos muy abiertos. Tan abiertos, tanto, tanto, que empezaban a ocupar la caja entera, llenándola como si de un par de huevos pintados se tratara. Y de pronto, la luz que llegaba desde la realidad de sus ojos, al principio del túnel, se apagó.

En el mundo real, el panadero había empezado a desatarle mientras hablaba.

—Muy bien. Ahora le dejaré marchar. Tiene la oportunidad de redimirse, de hacer algo realmente bueno por alguien, de una manera que no volverá a estar a su alcance. Tengo muy claro que lo que voy a hacer mañana está muy mal. No le culparé si le cuenta a todo el mundo lo que ocurrirá mañana. Adelante, puede irse.

El cobrador del frac no se enteró de nada. Sacó un pañuelo de algodón y se lo puso en la cara para recoger la molesta sangre que aún fluía de su nariz y, sobre todo, de las encías. Siguió la dirección que el panadero de la llave inglesa le indicaba con la mano abierta, y así salió de nuevo a la panadería. Recogió del suelo la chistera que acompañaba a su atuendo, el maletín abierto y los documentos desperdigados, y salió por la puerta con encomiable parsimonia, todo el tiempo enjugándose la cara con el pañuelo.

Ignorando la espantada mirada de algún transeúnte, al que su sola apariencia de enterrador decimonónico ya le habría llamado la atención en condiciones normales, se dirigió hacia el coche. Sin apartarse el pañuelo de la cara, puso el maletín sobre el techo, sacó las llaves, abrió, lanzó el maletín sobre el asiento del acompañante y se sentó. Permaneció unos minutos con la mirada sobre el símbolo de la marca del coche en el centro del volante, sin pensar en absolutamente nada. Notando cómo supuraba la sangre desde incontables capilares, y cómo el estrujado tejido de algodón la iba absorbiendo, produciendo un sonido compacto y crujiente, muy agradable en mitad del silencio absoluto del interior del coche.

En ningún momento se le pasó por la cabeza el llamar a la policía o a su sede para informar de las agresiones. Cuando algo incierto se lo permitió, reaccionó y puso en marcha el coche para irse directo a su casa.

Para cuando subió hasta su cuarto piso en el ascensor, comprobó que apenas sangraba ya, y pudo usar ambas manos para abrir la puerta de su apartamento y dirigirse al dormitorio para dejar las cosas a un lado de la cama. Se quitó la levita y los brillantes zapatos y se tumbó; pasó el resto del día durmiendo. No se enteró cuando le llamaron ocasionalmente al móvil, y no tenía teléfono fijo, así que no se despertó hasta la madrugada.

Volvió a la consciencia desde la absoluta nada. Tenía la sensación de que, tras la panadería, simplemente se había materializado en su casa, sin recordar haber hecho el viaje hasta allí. Se incorporó hasta quedar sentado al borde de la cama. Sentía mareos. En concreto, le daba la impresión de que el mundo estaba tardando en seguir sus movimientos, y que todo se seguía viendo como si estuviera tumbado, sin corresponderse con los movimientos que sabía que estaba haciendo. La fuerza con la que la realidad tiraba de su cerebro le producía algo parecido al calor de unas fiebres, que era apenas disipado, tras recorrer todo su cuerpo, a través de las plantas de los pies envueltos en blancos calcetines sobre el frío suelo azulejado. La cara misma le pesaba y palpitaba, como si toda ella fuera un nuevo órgano independiente que trajinara a toda mecha en el proceso de completar su función, fuera cual fuera.

Se puso en pie con bastante esfuerzo, procurando mantener el equilibrio. Oyó chasquidos desde algún ligamento de una de sus rodillas, anquilosada de inactividad, y se le clavaron en los tímpanos como astillas de madera húmedas de barro y prestas a infectar. Sentía tal malestar que el propio acto de estar vivo se le antojaba una actividad ridícula de mantener en el tiempo a ese coste. Casi a tientas, sólo con la luz anaranjada de las farolas de la calle, que llegaba hasta esa altura reflejada apenas por la superficie de las aceras, llegó hasta el baño. Ahí sí que pulsó el interruptor de la luz al no haber ventana, y el pequeño fluorescente encima del espejo del armario colgado sobre el lavabo resplandeció cegándole por un momento, para a continuación entregarle su propia visión.

Se acercó con paso vacilante, aturdido por el mareo sobrevenido con la larga siesta y por el horror de lo que examinaba con más y mejor detalle a cada instante. Su cara sólo era reconocible en el espacio que rodeaba el ojo derecho. La piel que rodeaba el izquierdo estaba hinchada y amarilla, y el propio ojo tenía la pupila dilatada, como muerta, y todo lo blanco empapado de lo que tenía que ser sangre. La sien se le abultaba como un cuerno mutilado, del que rezumaba una costra larga, oscura y reseca de sangre de la hemorragia.

La nariz, sobre la que había llegado a caer con dolorosa certeza uno de los golpes de llave inglesa, estaba desplazada visiblemente hacia el lado derecho desde su mitad, donde la carne se le había partido en dos al punto de que si no se había desprendido debía ser gracias al pegamento natural que eran los coágulos.

Pero lo más grave era la boca. Ambos labios estaban reventados e hinchados al mismo tiempo, como si alguien hubiera tratado, con dos morcillas podridas, de imitar en su cara la sonrisa de un payaso con problemas de retraso mental. La sangre que él mismo se había restregado con su pañuelo formaba una mancha oscura por toda su cara, juntando en una máscara de brea sus morros, nariz y mejillas, pareciendo el maquillaje tribal de una especie de caníbal postapocalíptico.

Trató de abrir la boca, pero le dolía. Los labios heridos estaban cuarteados entre sí y con la superficie más próxima de las encías por el interior. Se ayudó de los dedos y, tirando con cada vez menor cuidado y creciente alivio, logró abrirse por completo la boca. Suspiró por ella y cogió aire de nuevo: un rancio sabor a vísceras (en realidad sólo era más sangre) le produjo una arcada con la que se atragantó en el fondo de su garganta seca. Tosió con más fuerza de la que hubiera querido, y las palpitaciones que acompañaban al mareo se volvieron martillazos. Se recuperó y, acercando el ojo sin hemorragia, se examinó la dentadura levantándose los labios con uno o dos dedos.

En realidad apenas había qué examinar. Y lo que quedaba no era digno de fotografías. Los dientes frontales habían sido arrancados de sus raíces o con ellas enteras por los golpes del entregado panadero, e incisivos y alguna muela habían sufrido una mutilación tal que parecían los restos de metralla de alguna granada hecha de pólvora y dientes. Todo estaba sucio de sangre casi negra a la vista de aquella luz. No parecía sangrar en ese momento, pero el dolor mientras se tocaba era tal que no podía dejar de gemir y de llorar. Aunque no es que se estuviera quejando.

De hecho, todo aquel dolor, le resultaba excitante. Recordaba en ese momento cada uno de los golpes contra su cabeza de aquella herramienta, y que eran como las solemnes campanadas de anuncio de la llegada de un gran visitante. A cada golpe, a cada campanada, el visitante había estado más próximo. Y ahora había llegado. Allí estaba, mirándole desde el espejo.

Salió del cuarto de baño y recorrió la casa con decisión y eficacia, dirigido por la determinada y nueva voluntad. Se hizo con tres cosas: su navaja de afeitar de viaje, la plancha eléctrica y los alicates de la caja de herramientas. Volvió con todo ello ante el espejo sobre el lavabo y comenzó la obra.

Se pasó tres horas sacándose pieza a pieza, astilla a astilla, los restos de su destrozada dentadura con los alicates. Algunos trozos eran tan irregulares y pequeños que para sacárselos no tuvo más remedio que golpearlos con las puntas cerradas del alicate o agarrar y tirar y retorcer de la carne unida a los pedazos de los dientes. Sangró lo suficiente como para haber tenido que perder el conocimiento, pero el terrible dolor, parecido a descargas eléctricas de alto voltaje disparadas directamente a través de sus nervios, mantenían vivo en él algo que había venido para no irse nunca más.

Cuando empezaba a amanecer, ya había terminado de cortarse con la navaja de afeitar los labios por completo, de la manera más regular que había sido capaz, y los había cauterizado, impaciente, con la plancha eléctrica calentada al máximo. Después, empezó a cortarse con la misma navaja las orejas, que se le antojaban inútiles y muy poco aerodinámicas. Todo aquel dolor, aunque distinto y penetrante, no era comparable al de sus operaciones de dentista aficionado, y aunque el resultado (selladas las hemorragias de nuevo con la plancha) le satisfizo, el proceso le había sabido bastante a poco.

Se amputó del mismo modo el colgajo inútil de la nariz, algo que hizo sin apenas sentir nada a esas alturas, y que requirió de muy poco trabajo. Lo dejó junto a las orejas y los labios en el lavabo, y se miró bien.

La cara que ahora le miraba sí era la suya. En realidad siempre había sido así, pero había pasado la vida con una máscara que no necesitaba: un disfraz de persona. Aquel panadero, fuera quien fuera en realidad, le había hecho llamar. Aunque él mismo había sido la puerta, había sido él mismo quien había tenido que buscar a la persona que hiciera la llamada adecuada, y la casualidad, al parecer, había hecho que fuera aquel trastornado pero dedicado panadero. El placer que le había descubierto, las delicias de las que ahora era maestro, no podían quedarse en aquello solamente. Tenía una buena lista de víctimas por delante, víctimas a las que antes habría estigmatizado con su sola presencia y con la imparable e impune herramienta del escarnio. Aquello nunca más le sería suficiente.

Regresó a su habitación para cambiarse con ropa limpia, incluida levita y otro juego de zapatos. Se puso la misma chistera del día anterior tras comprobar que seguía impecable. Luego se hizo con un par de cosas de la casa: el duro martillo con mango de goma de la caja de herramientas y la macheta de carne de la cocina, y los metió cuidadosamente en su maletín de cobrador junto con la lista de morosos que debía acosar durante distintos periodos, tras comprobarla brevemente. Calculó, a ojo, que acabaría con ellos antes de que terminara la semana. Y luego, necesitaría nuevos…

Pero de eso… ya se preocuparía después.

 

EL COBRADOR LOCO

María Larralde

 

Amanecía lentamente, como si en realidad el Mundo no quisiera despertar. No en vano esa jornada cambiaría el rumbo de los días. Quizá el planeta que contenía dentro de él a aquella criatura inefable, no deseaba verle, de nuevo, actuar.

Por eso, simplemente, por eso, el amanecer, que se estaba comportando como un  moroso en su tarea de amanecer, puso de los nervios al Cobrador Loco.

Pero las leyes universales se cumplen y la Tierra, aunque despacio, tuvo que rotar y el día aparecer ante los habitantes de la ciudad. El ponzoñoso día se hizo en la ciudad de Almería.

La luz de aquella desdichada mañana era mortecina, la niebla cubría los alrededores vacíos de la ciudad y atiborraba los descampados repletos de construcciones a medio terminar. Polígonos grises, asfalto, hormigón y, ese día, niebla gris de ciudad como un relleno de pastel, hacía imposible que nadie pudiera ver.

La ciudad, al este del país, es un gran nicho de seres programados para ser exterminados. Un enjambre de cucarachas infectas, que pululan dañando los cimientos y la supervivencia de otros seres, quizá igualmente grises, pero sin pecados capitales que purgar.

Y hay quien se dedica, con esmero, a tal menester. Vive para castigar, sin odio, con frialdad. No sabe cuál fue su principio, no recuerda cómo llegó a tal ciudad. Su único Dios, es La Muerte porque ella estará cuando Dios haya muerto. A ella se debe, a su Señora, a la eterna acompañante de los vivos, a la mágica y retorcida Reina del Más Allá. A la Muerte. Ella guía sus pasos, ella decide cuándo y  él, cómo.

Se dice que es una leyenda de las urbanas, de las de ciudad, no de las otras, de las rurales, que por lo visto leyendas las hay de campo y de ciudad, como las ratas. Independientemente de si lo es o no lo es, aquel día para Julia todo fue distinto pues era el día de su muerte.

Era un día de lunes, o eso parecía. Quizá fuera otro día, pero para Julia, el día lunes era el único día de la semana, repetido de manera infinita en su cotidiana monotonía. Trabajaba mucho, y sin parar. pero le daba al drinking, al juego y a todo lo que podía permitirse no pagar. No tenía hijos, nadie a quién amar. Así justificaba su lujuria, su decadencia y su relativa maldad.

Al despertar asomó su cabeza por la cuadrada ventana que ocupaba un pequeño espacio en su pared, como si hubiera sido construida sin ganas de que nadie asomara la cabeza por allí. Y vió que la niebla espesa, gris y fría, envolvía la ciudad entera. Supo que algo extraño ocurría. Nunca había visto nada parecido. En toda su vida.

Su cabellera negra y larga se movía al son del baile del viento, un viento que acompañaba a la fosca bruma y que comenzó a hablarle. Su nombre parecía escuchar, y asomó más y más su cabeza. Alargando el cuello hasta conseguir apreciar un poco de carretera y una ventana del edificio de enfrente.

Un hombre caminaba en aquel instante por la calzada, se escuchaban sus pasos, pero Julia no le veía. Él, sin embargo, alzó la vista y vío una especie de cuadro grotesco, un marco con cabeza de mujer degollada. Y siguió andando sobresaltado, asustado por aquella visión fantasmagórica en aquel edificio perdido de su ciudad.

Los pasos que Julia escuchaba, no los ubicaba, llegaron y como si tal cosa se alejaron. En frente se veía una ventana donde una figura oscura le miraba. Ojos rojos relumbrantes en un contorno que absorbía negrura a su alrededor.

Entonces Julia pensó que la niebla procedía de él. No sabía cómo o por qué, pero supo que la niebla procedía de aquel ser que habitaba frente a su casa, a las afueras de la destartalada Almería.

Mirándolo, se alejó de la ventana, se restregó fuertemente los ojos y volvió a mirar. La figura no se movía, estaba estática, inerte, como si formara parte de la ventana de enfrente. Pero Julia sentía que esa cosa estaba viva. Se acercó de nuevo para mirar, para certificarse a sí misma que aquella horrenda visión era real, no un producto de unas fiebres repentinas o una locura transitoria, una alteración  mental.

Al acercarse de nuevo a la ventana, pequeña y cuadrada, las voces que inicialmente le parecieron susurros del viento, se escucharon claramente. Eran varias, quizá dos, quizá tres, quizá la misma voz con diferentes frecuencias y timbres.

“Con-si-de-ra-te-muer-ta,con-si-de-ra-te-muer-ta,con-si-de-ra-te-muer-ta,con-si-de-ra-te-muer-ta…”

Y aquel siniestro ser, que estaba ahí enfrente, mirándola, acechándola, espiándola, de repente se movió haciendo un exagerado, retorcido y repentino, gesto de ataque. Una gran pistola relució con luz propia lanzando un proyectil. Julia instintivamente se agachó. La bala se empotró en el espejo que estaba colocado en la pared de enfrente, rompiéndolo en mil añicos con un sonoro impacto. El ruido ensordecedor de aquella colisión se escuchó en todo el vecindario. La gente comenzó a asomarse a la ventana, asustada. Pero la niebla impedía que vieran absolutamente nada.

Los pedazos pequeños de cristal se incrustaron en su cabeza, por todo el cuero cabelludo de la mujer; en la cara, en los ojos, en la boca de Julia. El dolor y la sangre se adueñaron de ella. No veía nada. Se desmayaba. Y las voces pasaron de sonar en la ventana a la puerta de su casa.

Aterrada, se arrastró por la estancia, se metió debajo de la cama. Pudo, a duras penas, quitarse los trocitos de cristales de los párpados y comprobó que aún veía, que las heridas, gracias a Dios, eran superficiales.

De repente las voces sonaron más altas tras la puerta, con la misma cadencia, con la misma frialdad, con el mismo mensaje. Y pasó lo que Julia no quería que pasara. Que el timbre sonara.

Agazapada, asustada, lloraba y miraba desde debajo de la cama. Y vió con incredulidad cómo, por debajo de la puerta, una niebla espesa invadía toda la casa.

El timbre sonaba sin parar. Las voces, cada vez más cercanas, le canturreaban su amenazante melodía. Pero Julia, que había sido completamente cegada por la espesura del humo negro, que se sentía paralizada de terror bajo la cama, notaba cómo los cristales por todo su cuerpo se le incrustaban con cada movimiento, al estirar un poco una pierna o al doblar una mano desacomodada. El dolor le impedía moverse, el dolor y el miedo paralizante.

El ding dong seguía furibundo… una y otra, y otra, y otra vez.

Julia se armó de valor, se iba a volver loca. Las voces, el timbre, las voces, el timbre, las voces, el timbre, las voces, el timbre, las voces, el timbre, las voces, el timbre…

Arrastrándose de nuevo se acercó a la puerta siguiendo las coordenadas que estaban en su cabeza por vivir desde siempre en esa casa. Porque ver, no veía nada. Y gritó:

—¿Quién eres? —Lloraba. La sangre brotaba de sus ojos desgarrados.

—Vengo a cobrar lo que me debes… — Contestó aquello cuya voz no podía describirse—. ¡Abre, y todo terminará rápido!

El timbre seguía sonando, las voces repiqueteaban como una danza macabra.

—¡No quiero morir! —Gritó Julia, descompuesta. Se hizo pis encima y pronto se haría caca.

—Las deudas se pagan, pero tú, Julia, no has pagado. Ahora tu deuda es tan alta que solamente puedes pagarla con tu alma. ¡Abreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee…!

Un grito agudo hizo temblar el edificio donde la mujer se alojaba. Pero ella se resistía, no quería morir, no todavía. Pensó que podía presentarle batalla.

De repente, un golpe seco hizo crujir la puerta. Un machete, ancho, casi como si fuera guadaña, asomó al otro lado de la puerta de la casa. Una puerta blindada. Y tras la machetada, una detonación hizo saltar por los aires toda la estructura de la entrada.

La mujer estaba sangrando, en el suelo tirada, los vecinos se acercaron a ver lo que pasaba. Y una sombra gigantesca, negra y pesada, con un gran machete en su garra derecha y un pistolón, como de otro mundo, en su izquierda, entró ante la mirada sangrante y atónita de la mujer y de todos los vecinos, en la casa.

Lentamente se colocó la pistola en el cinto que debajo de la capa negra llevaba, con esa misma garra cogió por la cabellera negra la cabeza de la mujer que yacía medio muerta por el terror que le producía la mirada de El Cobrador.

La niebla les rodeaba, pero todos lo vieron, todos los que en el descansillo estaban. El monstruo asestó una fuerte machetada. Arrancó la cabeza del cuello y se volvió; giró su descomunal figura, ante el estupor de los que le rodeaban.

—¿Alguno de vosotros va a dejar de pagar sus deudas? —gritó el Cobrador, en medio del pasillo de la segunda planta del edificio.

Los vecinos salieron corriendo en estampida, gritando como ratas en manada. El Cobrador tranquilamente se marchó. Con su roja y siniestra mirada, con la cabeza de Julia por los pelos agarrada. Y se llevó con él, la niebla que le acompañaba.

 The End

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El cobrador loco, por Elmer Ruddenskjrik

El cobrador loco, por María Larralde

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María Larralde