—Cerca del pantano de Tibi, fue. —Oigo que dice mi hijo, a mis espaldas, desde el comedor, apenas distinguibles sus palabras entre el murmullo del agua del grifo bajo la que aclaro el jabón de los platos—. Les dejamos explorar a su aire por las colinas, y a los quince minutos nos llegó con las dos rodillas raspadas. Cuando no es Bruno, es Cloe, pero así andan los dos, rifándose las magulladuras. Tienen un talento natural para irse dejando pedazos de carne por el campo o la montaña: ya sea sobre grava suelta, roca viva, agreste bosque de ramas secas… son un par de todoterrenos. Pero se lo pasan bomba. Yo me alegro de que les mole tanto el andar por ahí. Veo a los hijos de los demás tan enganchados a los móviles y los videojuegos que da hasta penuca…

Termino de aclarar el agua del último plato y, antes de dejarlo encajado en el sencillo escurridor de plástico, le saco un leve tintineo con un golpe seco del garfio prostético que sustituye mi mano derecha. El resto de la velada permanezco callado, dejando que mi hijo, mi nuera y mi mujer sigan hablando de distintas cosas sobre las que tengo poco que aportar, la verdad. Voy repasando los sucesos en mi memoria, paso a paso, cuidadosamente, con tanto cuidado que soy capaz, por momentos, de sentir los nervios de mi brazo mutilado sacudirse en ecos de dolor no lo bastante lejanos. Espero, con paciencia, a que el cansancio haga mella en todos, y entonces abordo a mi hijo, al que animo a tomar una última copa de vino, charlando, los dos solos, en el salón de la casa, mientras en la tele se suceden irrelevantes sucesos en un programa cualquiera que insiste en interrumpir las largas y sedantes cadenas de anuncios.

—¿Qué pasa, papá? —Me pregunta mi hijo, una vez recostado en el lado más usado del sofá.

Ambos damos un sorbo corto a nuestras copas, y luego suspiro dejando que todo el peso de mi cuerpo sea recogido por mi viejo y fiable sillón. Ladeando un poco la cabeza hacia él, empiezo a hablar.

—Es por eso que dijiste de Bruno y Cloe, dejándolos corretear por las colinas de los alrededores de Tibi…

—Sí, ¿qué pasa con eso? —Me interrumpe. Puedo sentir que parece ponerse a la defensiva, como si le juzgara como padre.

—Verás, hijo… No debes, bajo ningún concepto, perderlos de vista por esas tierras.

—¿De qué hablas, papá? ¿Cuándo has estado tú encima de mí, vigilándome? ¿Desde cuándo te preocupa que se den los críos un golpe o dos por ahí?

—Tú no te has criado por esa zona, ya me ocupé yo de ello. —Mi hijo sacude la cabeza mientras le da un nuevo sorbo al vino, impaciente—. Escucha, escúchame bien. Esto que te voy a contar es algo que no sabe nadie. No quiero levantar la voz, ni quiero darte una lección, solo contarte lo que hay, porque las cosas son como son. Debes saberlo, debes saberlo por tu bien, el de los críos y por el de cualquiera que conozcas. Escucha.

»A pesar de que luego me establecí con tu madre bien lejos de allí, ya sabes que me crie en el mismo Tibi. Cuando tenía quince años recién cumplidos, todavía tenía un perro. Coto. Sé que tienes oída esa historia: la de que perdí la mano tratando de sacar a Coto del interior de una cueva tras un derrumbamiento. Pero esa no es la verdad. Coto y yo nos pasábamos la vida correteando por todo camino y descampado más o menos practicable que rodeara Tibi hasta decenas de kilómetros. Me encantaba la sensación de libertad y de encontrarnos algo nuevo que acompañaba a la exploración. Coto era incansable, y a veces podía tirarse casi una hora desaparecido, anticipándose a mí o quedándose rezagado, no sé si persiguiendo ardillas por los bosques de pinos o hurgando los secarrales en busca de topos. A ver, el perro tendría… yo qué sé, cinco o seis años como mucho. No era ya un cachorro, pero se movía como si le ardiera siempre la cola. Era grande, fuerte, lleno de vida. Volvía a mí, creo yo, cuando quería, cuando se aburría de lo suyo, quizá para ver si yo estaba bien o para que le diera agua de mi cantimplora, que le brindaba sobre la palma de esta misma mano, la que ahora sustituye este burdo garfio. Soy consciente de que, de alguna manera, quizá con su privilegiado olfato, sabía siempre dónde me encontraba yo, por mucha que fuera la distancia que nos separara. Pero hubo un día que no volvió a mí.

»Empezó a parecerme extraño llevar tanto tiempo caminando solo, así fue como me di cuenta. Hacia rato que ambos habíamos dejado atrás los ejemplares más diminutos de la vegetación, internándonos por un terreno de ondulaciones, de retorcidos barrancos de tierra pedregosa que se comunicaban unos con otros en formas algo tortuosas, como por efecto de alguna antigua y tormentosa riada repentina. El suelo era seco y duro, y quebradizo allí donde se solapaban bordes de tierra seca que habían quedado suspendidos en el aire, esculpidos por torrentes de agua que en algún momento habrían actuado como cuchillas por su velocidad e insistencia. Era media tarde, pero sabía que debíamos empezar a volver ya si no quería que se nos hiciera de noche antes de llegar al pueblo. Alcancé cuanto antes el borde más alto del barranco más cercano para otear, para encontrar a Coto.

»Nada. Más allá de donde me encontraba, surcos gruesos se anudaban unos con otros dejando pequeños altiplanos a mi alrededor. En el mejor de los casos no creo que llegara a una treintena de metros lo que mi vista podía alcanzar. Lo llamé por su nombre, esperando, aunque lejana, la pronta respuesta de su ladrido alegre, con el que siempre parecía mostrar una especie de cordial acuerdo en acatar la orden. Pero nada, otra vez. Más desesperado por encontrarle cuanto antes, por dejar de estar solo, que por ubicar la dirección de vuelta a casa, empecé a brincar de lado a lado de uno y otro barranco, dando vueltas, subiendo al borde que me parecía el más alto en un momento, solo para descubrirlo como otro punto de indistinta altura al instante siguiente. Di vueltas y vueltas, es posible que incluso pisara varias veces sobre los mismos montículos. Llamaba a Coto constantemente, apresurado, casi sin aliento entre el corretear arriba y abajo de las pendientes y el constante pronunciar a pleno pulmón del nombre del perro. Tropezaba con mis propios pies cuando alguna masa de rocas sueltas cedía bajo mi peso, o cuando algunas capas de tierra seca y alzada sobre los estrechos cauces se rompían con el impacto de mis pasos. Ya estaba loco de dar vueltas, derrengado por el absurdo frenesí, cuando me decidí a estarme quieto un momento, cada pie apoyado al lado contrario del fondo de uno de aquellos riachuelos secos.

»Me calmé y respiré hondo. Fui consciente del sudor que se me amontonaba en gruesas gotas por la frente. Allí abajo, esperé a refrescarme mientras ponía en orden mi mente. Lo único que tenía que hacer era ubicar la dirección de regreso al pueblo y echar andar. No tenía que buscar a Coto. Él me encontraría a mí. Y era hasta muy probable que se hubiera quedado rezagado y nos reuniéramos de esa manera, al decidirme yo por volver. Calmado, refrescado por una suerte de balsas de aire frío que parecían llenar los espacios de los barrancos, por fin me decidí a subir una última vez y avanzar por los altiplanos en dirección lo más directa posible de regreso a casa. 

»Hasta ahí, todo había vuelto a la normalidad, podríamos decir. Incluso me permití reírme de mí mismo. Un chaval de quince años recién cumplidos, ¡lo que era prácticamente un hombre ya!, volviéndose loco en un laberinto de barrancos porque estaba solo, sin su perro, unos minutos de nada, y apenas a unos cuantos kilómetros de su casa, a la distancia de un paseo largo. ¡Era ridículo! Pensándolo en frío, ni siquiera comprendía el proceso excepcional por el que había acabado por adoptar aquel comportamiento. Nunca antes lo había experimentado, y en ese momento tampoco sabía definirlo o denominarlo tal como era, pero ahora comprendo que había supuesto un ataque de pánico. ¡Pánico!

»Ahora, recordando con tan sorprendente detalle la cadena de sucesos, me da incluso por pensar que aquello pudiera haber sido una especie de premonición. Un presentimiento, un retorcimiento sobrenatural de mi alma ante lo que estaba realmente aconteciendo. Pero que haya o no sido así, es ahora, como lo fue entonces, del todo irrelevante. Seguí camino en dirección a Tibi, bien orientado, hasta dejar de largo atrás el campo de escabrosos y pequeños barrancos. Los escuálidos brotes casi secos de distintas plantas empezaron a asomar por el terreno, que se volvía más regular, pasando de tierra pedregosa sin labrar a ocasionales segmentos de tierra anaranjada arada, quizá hacía varios lustros. Matojos aquí y allá adornaban un campo árido del que tenía vista casi hasta el mismo horizonte. Con una punzada de inquietud, pensé de nuevo en Coto. ¿Dónde podría estar para no alcanzar a verlo? Me detuve un segundo para mirar atrás. El único sitio donde podría no haberlo visto, teniéndolo incluso a unos cinco metros, era el campo de barrancos. ¿Estaría allí? ¿Tirado en alguno de aquellos lechos? ¿Incapaz de moverse o ladrar? ¿Quizá agonizando? No podía ser. El sitio no era tan agreste como para ser peligroso de recorrer, y menos para un animal, ¡un perro!, que además estaba en la flor de la vida, como se suele decir. A Coto lo había visto triscar por peñascos con una soltura que quizá no fuera equiparable a la de una cabra, pero desde luego que lo hacía con la misma temeridad, y aunque esa leve punzada de duda me detuvo un momento, mi absoluta confianza en el animal me animó a continuar. Estaba seguro de que, de un momento a otro, el perro aparecería. Lo encontraría más adelante, afanado en rascar alguna madriguera o retozando sobre alguna porquería, o llegaría a la carrera de una forma inaudita, asustándome como otras muchas veces lo había hecho. Reanudé con paso firme el improvisado camino de vuelta, seguro de Coto, de su natural cualidad para la manifestación espontánea cuando uno menos se lo espera.

»Ya me había olvidado de él para centrarme en mi creciente sensación de hambre. Era pronto, más bien la hora de la merienda, pero recuerdo a la perfección cómo se me hacía la boca agua pensando en cenar las sobras del guiso de carne mechada que mi madre había preparado para comer. Solo por llegar a casa cansado y con hambre de sobra para saborear con mayor deleite cualquier plato, ya valía la pena nuestra costumbre de perdernos durante horas por los campos.

»Inesperadamente, me pareció oír el lamento inequívoco de Coto. Fue de forma tan leve que el sonido llegó a mí, que en un primer momento hube de detenerme y aguantar la respiración para cerciorarme de que aquella inconfundible voz se repetía. Y así fue. Un lánguido y largo quejido del animal, más parecido al que llegaba a hacer cuando se asustaba que cuando en alguna ocasión se hacía daño, pero mucho más triste y agónico, tremendamente desconsolado. Coto estaba llorando, lloraba con tal pesar que ese lejano aullido puso dentro de mi pecho un peso que cayó hacia las entrañas en una angustiosa sensación de náusea.

»Llamé a Coto, desesperado, mirando alrededor. No era capaz de ubicar de dónde procedía el insistente lamento del perro. Todo era descampado, y a simple vista no parecía haber lugar en que el animal pudiera haber quedado atascado, que se hubiera podido caer o donde estuviera tan solo esperando a verme llegar, angustiado de alguna forma por no ser capaz de encontrarme antes. Me moví desviándome a uno y otro lado de la dirección que me llevaba de vuelta a casa, tratando de distinguir hacia donde debía seguir los aullidos. Casi sin ver, concentrado solo en seguir la señal captada en mis oídos, di paso tras paso hasta pasar muy cerca de un almendro ennegrecido por algún hongo, muerto mucho tiempo atrás. Cuando ya lo estaba pasando de largo, aún zigzagueando por el secarral, me di cuenta de que el lamentable aullido de Coto venía de muy cerca del árbol. Desde el suelo, como si el animal estuviera atrapado entre las raíces. Escuché con más atención, y seguí un poco más los lamentos del perro hasta encontrar que un gran agujero se abría en la tierra, con un cierto desnivel que hacía pensar en el aspecto de las madrigueras de los topos.

»Me quedé perplejo ante el descubrimiento. El túnel era de un tamaño considerable, lo bastante grande como para pasárseme por la cabeza la locura de pensar que lo hubiera excavado un jabalí, aunque por entonces ya estaba muy seguro de que tal animal no tenía por costumbre horadar la tierra como no fuera para encontrar alimento bajo la superficie. Aquella excavación, aunque irregular, daba la impresión de una esmerada e insistente acción para darle su forma. El gemido penoso de Coto llegaba hasta mí directamente desde su inescrutable fondo, contagiándome de una claustrofobia que hasta entonces me era por completo desconocida. Coto lloraba y lloraba, soltaba un largo gemido tras otro, con muy pocas variaciones. Y no parecía que esperara que yo le encontrara o ayudara a salir de allí. Simplemente penaba, como ya dije, sonando más asustado que dolorido. Lo llamé por su nombre varias veces, sabiendo de antemano que era incapaz de salir por sí solo, fuera por el motivo que fuera. Me di cuenta de que, en cuanto fue consciente de mi presencia, en cuanto pudo oírme llamarle, Coto aceleró sus lamentos, como si le torturara saberme tan cerca y, de algún modo, estar incapacitado para volver conmigo.

»Enseguida me eché cuerpo a tierra, apoyándome de rodillas y palmas de las manos sobre la tierra seca, y tanteé inclinándome hacia delante un par de veces, buscando alcanzar a ver, si la había, alguna alimaña salvaje que me pudiera dar un molesto mordisco. Dentro, con la clara luz del sol de la tarde, podía ver despejada la pared excavada, cuya estrechez daba cabida con cierta holgura a mi propio cuerpo. Me arrastré dentro, llamando de nuevo a Coto un par de veces. Pensé que, si el animal seguía llorando, se encontraría bien, al fin y al cabo. Estaría atascado, como mucho. La capa de tierra sobre nosotros no era muy gruesa, y estaba tan asustado por Coto, y tan molesto por tener que arrastrarme allí dentro, que estaba seguro de poder salir de allí debajo empujándome con los brazos, levantando la superficie del secarral como una bestia indómita y gigante, como el mismo Godzilla.

»Avancé arrastrándome sobre codos y rodillas lo que debieron ser un par de metros, sumiéndome en una penumbra que era mi propia sombra. El túnel se estrechaba haciendo que la luz apenas lograra sortear mi cuerpo reptante, y aun con eso, llegué a ver a Coto. Los brillantes ojos negros me sobresaltaron, a pesar de reconocerlos al principio del largo hocico marrón. Al verme llegar, Coto abrió las mandíbulas para jadear como alegre, pero al instante siguiente soltó un largo y triste aullido. Las orejas hacia atrás, las encías retraídas, los ojos abiertos de par en par, con el blanco asomando ocasionalmente. Parecía que se sintiera culpable.

»Recuerdo que le pregunté varias veces algo como “¿qué te pasa, chico?”, porque no entendía nada. A simple vista, bueno, dentro de lo que distinguía en la penumbra, Coto parecía tener espacio de sobra para arrastrarse hacia mí, hacia la salida. Movía la cabeza con relativa libertad, y aunque era capaz de agitar ante mí ligeramente las patas delanteras, no avanzaba. “¿Qué cojones hacías para meterte aquí?”, le pregunté. Él bajó la cabeza cerrando las mandíbulas, sin dejar de centrar el brillo de sus ojos en mí, como si entendiera y le avergonzara la pregunta. En ese momento, y ya menos turbado al ver que parecía estar bien, me di cuenta del olor: un intenso olor a carne, a sangre, el tipo de olor que atrae el instinto de animales carroñeros… o de perros como Coto. Alargué la mano para toquetear su grueso collar de cuero, seguro de que debía de estar enganchado en algo. Quizá en una gruesa raíz o una dura roca inamovible. Pero nada. Tiré entonces ligeramente de Coto desde el collar, animándole a acercárseme. No se movió lo más mínimo, dejó que su piel se arrugara en su coronilla y frente, mientras mantenía su vidriosa mirada culpable, reanudando sus largos lamentos. “¡Vamos, Coto! ¡Vámonos pa casa!”, le animaba, pero nada. Salvo porque me miraba, nada cambiaba en su actitud.

»Tiré de él, ya bastante cabreado, pensando que el perro tenía que poner un poco de su parte si su problema era que estaba atascado, pero entonces ocurrió lo más irracional. Fui yo el arrastrado hacia el interior del agujero, agarrado como estaba al ajustado collar de Coto. Alguna fuerza repentina tiró del perro y de mí con una facilidad e ímpetu abrumadores. El susto que me llevé en ese repentino desplazamiento casi me detiene el corazón, pero aquello no era nada en comparación con lo que estaba viendo.

»El cuerpo de Coto se había introducido en una suerte de angosta y grasienta garganta carnosa como resultado del tirón. La masa, rosada en su mayor parte y veteada como de gruesas venas de lo que parecía un palpitante tocino blanquecino, se movía entera hacia el fondo, como si todo ello fuera una especie de cinta transportadora tubular. A la piel, a la carne, en fin, de mi querido Coto, se enganchaban los gruesos garfios calcáreos desperdigados como rudimentarios dientes en aquella especie de vorágine viva, de aquella boca con forma de sumidero, de torbellino. Traté de engancharme de pies y de mano libre a la irregular pared del túnel, en vano. En estado de pánico, me resistí a soltar a Coto, a abandonarlo a su suerte dentro de aquella aplastante y punzante pesadilla que lo enganchaba una y otra vez, desde arriba, desde abajo, desde uno y otro lado, para hundirlo más y más en el ya casi invisible e informe fondo. En la casi absoluta oscuridad, aún distinguí cómo los ojillos de Coto parecían irse a salir de sus cuencas cuando los garfios llegaron a deslizarse sobre la piel de su cabeza, tirando de la capa de pelo y músculos con una fuerza irresistible. Apenas fui consciente en ese momento de que tenía casi medio brazo dentro de aquel absurdo monstruo, pues solo era capaz de llorar de desesperación y rabia, luchando sin fuerza posible contra el arrastre del pobre animal. No podía sentir mi propio dolor, aturdido como me encontraba de pánico ante aquel horror y de desconsuelo ante los espeluznantes y aterrorizados aullidos finales del perro. Coto se hundió entre aquellos pliegues deslizantes al son de gemidos ahogados y el crujir de sus huesos descoyuntados, aplastado todo él.

»¿Y yo? Seguía enganchado. La masa se había cerrado alrededor de mi antebrazo. Mi mano, derrotada, había perdido en algún momento el agarre al collar del perro, pero el monstruo me había atrapado. Sin embargo, se había detenido. Estuve varios minutos, quizá demasiados, aún lamentando la desaparición de Coto, tratando de asumir que estaba atrapado en aquella inconcebible pesadilla. Con el brazo enganchado por la acción de aquellos garfios y la presión inamovible de aquella grasienta masa muscular. No sé por qué no siguió arrastrándome en aquel momento hacia el interior con Coto. Quizá, y lo dudo mucho, yo no era del todo plato de su gusto. O ya había mordido, hasta ese momento, más de lo que podía digerir.

»Sin embargo, estaba atrapado. Era cuestión de tiempo que perdiera la vida, ya fuera porque la cosa me arrastrara también hacia el interior, o por no ser capaz de salir nunca de allí. Hice esfuerzos por sacar el brazo, pero los tirones me desgarraban la carne. Notaba que los garfios se hincaban hasta lo más profundo, abriendo profundas laceraciones antes de anclarse por efecto de su grosor, resistencia y número. Al mismo tiempo, empezó a parecerme que la sustancia grasienta que empapaba la vorágine de mandíbulas me quemaba. Y la quemazón empeoraba a cada minuto. Tengo la impresión de que me estaba deshaciendo, preparando lo poco de mí que había mordido para realizar una suerte de digestión. Estaba experimentando la digestión que, sin duda, habría de haber padecido el propio Coto. Dejé de oírle tan pronto como desapareció cubierto por la vorágine del agujero, pero no sabría decir si en verdad murió en el acto o sufrió mucho más allí dentro… Aún en estos días, a veces, rezo porque el animal estuviera del todo muerto antes de eso.

»En cambio, yo estaba aún atrapado, tratando de sobreponerme a la certeza de la muerte, de una agonía horrible allí dentro, una idea que se iba diluyendo cada vez más entre la ponzoña del intenso calor en torno a mi mano atrapada, que se iba haciendo insoportable. Me dolía tanto que hubo un momento en que estallé en incontenibles alaridos de agonía. Lloraba y gritaba hasta quedarme sin aliento, revolviéndome con piernas y brazos allí dentro, tratando de tirar hacia atrás, golpeando con mi mano libre la tensa masa de carne cerrada hasta la mitad de mi antebrazo, arañándola hasta abrirme las uñas sin lograr que se moviera un solo milímetro. Y mientras me desgañitaba sin aliento y temblando por el miedo, por unas fuerzas al borde la flaqueza, mi mano se cocía allí dentro, atrapada en un espacio tan prieto e inamovible que ni siquiera me permitía sentir el movimiento de los dedos. Quizá era solo una imagen mental, pero la recuerdo como si en verdad la hubiera visto con mis propios ojos: la piel húmeda y reblandecida retirándose con sus diversas capas de sobre los pequeños músculos y tendones de mi mano, estos hinchándose antes de empezar a secarse como deshidratados para luego partirse y empezar a separarse del hueso por algún tipo de acción de succión que se producía desde todas direcciones allí dentro…

»Lo más probable es que, fuera lo que fuera que estuviera haciéndome en la mano, los daños no fueran realmente tan espantosos como el dolor y mi horrorizada imaginación me estaban retratando. Pero ya no podía más. Con la mano izquierda, me tomé unos minutos hurgando por el suelo del túnel, incluso escarbando en la pared, buscando una piedra pesada, que tuviera además alguna superficie lo bastante afilada. Me llevó varios minutos decidirme por una de las tres mejores opciones que había sido capaz de encontrar, tomando una roca que ocupaba la práctica totalidad de mi palma casi con la ergonomía de una pelota, quedando al lado contrario una corta superficie aserrada. No me parecía afilada lo suficiente para lo que quería hacer, pero prefería el buen agarre que me otorgaba frente a las otras dos piedras. Terminé por apartarlas para que no limitaran mis movimientos, empuñé con terrible saña la elegida en mi zurda y la dejé caer con todas mis fuerzas sobre mi brazo derecho, lo más cerca posible de la presa de la vorágine monstruosa.

»Aquello sonó como una gruesa rama partida por el peso de un pisotón. El dolor, un denso y romo impacto de mis nervios, me aturdió, lográndome hacer olvidar la irritante y apremiante quemazón. Desesperado, con la mente obnubilada, estoy seguro de que muy cerca de perder el conocimiento por conmoción, examiné mi brazo. Burbujeaba abundante sangre, y estaba roto, pero no partido del todo. Así no iba a salir. Los latidos retumbaban en mis sienes, y una suerte de luz blanquecina empezó a refulgir alrededor de mi vista, pero haciendo que lo que veía se oscureciese. Antes de ir a perder por completo la conciencia, repetí el salvaje ataque a mi brazo.

»No sé cómo pude conseguirlo. Asumo que mi desesperación, el saber que iba a quedarme allí para pudrirme, me dio las fuerzas. Y la posición de mi brazo, ligeramente alzado a media altura del túnel por la extraña boca de la vorágine, hizo más sencillo partirlo. Sea como sea, entre un borboteo constante de líquido rojo, me descubrí reptando hacia atrás frenéticamente. Me di la vuelta como pude dentro del túnel cuando este era lo bastante amplio, y miré hacia la luz del atardecer, contra la que avancé sobre mano, codo y rodillas hasta salir como catapultado desde el borde irregular del agujero.

»La terminación de mi brazo derecho era un jirón de carne y piel rotos que rodeaban un par de gruesas astillas afiladas de hueso. Tiene gracia lo mucho que me recuerdan las puntas de este garfio plateado aquella impresionante visión. Imbuido de una rabia por la supervivencia inaudita en toda mi vida, me quité como pude el cinturón de gastado cuero de mi pantalón y me lo cerré con saña sobre el antebrazo, muy cerca del codo. Rezando para que aquello retrasara la pérdida de sangre lo suficiente, eché a andar en dirección al pueblo…

»El resto te lo imaginarás. Sí que logré llegar, a duras penas. Se hicieron cargo de mis heridas, y se armó durante varias semanas un buen revuelo en el pueblo, tanto por el suceso en sí como por mis explicaciones al respecto sobre una especie de monstruo subterráneo. Pero la cosa no fue a mayores, se fueron diluyendo las historias y rumores con el tiempo, y yo terminé por recuperarme y acostumbrarme a tener una sola mano.

»Cuando me vi con fuerzas, con un valor cuyo origen era la indigna y absurda muerte del pobre Coto, y pasado más de un año de aquel encuentro, regresé hasta donde el almendro muerto provisto de una pala, un pequeño bidón de gasolina y cerillas. Sin embargo, fue frustrante ver que no estaba por ningún lado el agujero maldito que llevaba hasta la espeluznante vorágine. Calculé dónde se habría de hallar aproximadamente el monstruo y me afané en cavar. Palada tras palada, te podrás imaginar lo difícil que me fue sin tener aún una prótesis, pero lo hice. Me pasé la tarde cavando, haciendo hoyos aquí y allá, alrededor del árbol, pero nada. No encontré ni rastro del monstruo. Acabé tan cansado ese día que solo podía pensar en lo infructuoso de todo el trabajo.

»En cambio, esa misma noche, una vez en casa, lo pensé mejor. Y ese pensamiento ha regresado a mí con tanta frecuencia como ocasiones tengo de estar solo, perdido en mis propias reflexiones, y da igual lo mucho que intente distraerme o las solapadas capas de ideas que procure ponerle encima: la cosa, la vorágine monstruosa, tenía la capacidad de desplazarse. No sabía nada de ella, no tenía intuición alguna de hacia dónde podría haberse movido, si era capaz de hacerlo de qué modo y a qué velocidad, si tan solo medraba en los secarrales o le daba igual el lugar. Durante los días siguientes, con la excusa de haber retomado mis largos paseos, dejé Tibi igualmente pertrechado, y cavé. Cavé aquí y allá por los terrenos alrededor del almendro muerto, siguiendo una pauta concéntrica primero, pasando a elegir lugares al azar después, y busqué e indagué por agujeros en el terreno que se parecieran al que le sirvió de trampa al pobre Coto. Pero nada. Supe que no lo encontraría jamás, y para todo el mundo yo me habría quedado manco por causa de un absurdo accidente que sepultó a mi perro.

»No sé hasta dónde se podría mover esa cosa, y lo que es peor, no sé si habrá más. Así que, te lo imploro, hijo, por mis nietos, y hasta por tu propia seguridad. No los dejes solos, no los pierdas de vista. Y si es posible, no deambuléis más por la zona de Tibi.

31 de marzo, 2022

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Agujero, por Elmer Ruddenskjrik

En los inhóspitos alrededores de Tibi, en la provincia de Alicante, sucedió esto, hijo mío…

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