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Versos para ella, de Rafael Blasco López

Versos para ella, de Rafael Blasco López

Dedicado a DANIEL CANALS FLORES, ÁNGELA PIÑAR, alias Sofía Maragatos, y a las joyas de HISTORIAS PULP.

Rafael Blasco López, habitual colaborador de Historias Pulp, nos cede en esta ocasión un relato de especial atmósfera y que resulta al mismo tiempo evocador e inspirador. Esperamos que disfrutéis de este paseo por los límites de la realidad con…

Con la temperatura ambiental elevada hasta el ahogo, soportaba tumbado en la cama la consiguiente noche veraniega de insomnio.

La neblina imperaba en mi mente, con los ojos abiertos, perdidos en un desierto oscuro y el sudor descendiendo por mis curvas en un lento paseo, llegó a mi cerebro la imagen de ella.

Esperaba un ambiente agrio, denso, con un siniestro tintineo de campanillas o el sonido de un violín desafinado. Todo lo contrario. Un viento gélido acarició mi piel arrastrando mi incómodo malestar. Exhalé de placer como en el final de la mejor relación sexual, mi grado de satisfacción se elevó hasta la sensación de flotar sobre la noche.

Su figura apareció lenta, casi temerosa de causarme pavor, como una duda sin retroceso. Agradecí su presencia sin dejar de mirar la guadaña que portaba.

No pude levantarme, algo me indicaba que no le importaba mantener una conversación en mi posición, sin duda acostumbrada a ello millones de veces.

—¡Hola! —Le dije en un tono suave y cariñoso.

Creía que recibiría una voz profunda y de ultratumba por contestación. También erré esta vez. Su respuesta me llegó como un susurro dulce, amable, aunque con algún rastro de sequedad.

—¿No me tienes miedo? —preguntó con cierta timidez inusual que adiviné bajo su manto.

—No tengo motivos para ello —respondí con la misma amabilidad.

—Olvidé que escribías. Toda la gente que narra o versa, ve más allá de la vida y me contempla de múltiples maneras.

—Y los enfermos de largos padecimientos agradecen tu presencia cuando se agota su esperanza —añadí a su observación.

—Además, tú sabías que no era tu hora —afirmó con rotundidad.

—Cierto. También el motivo de tu visita, aunque ignoraba el día y el momento.

—Eso no depende mí. Aunque el motivo sea diferente, debe permanecer así para siempre.

—Es lógico, seríamos dioses de lo contrario.

Ella se arrimó un poco más a mi lecho, avanzó entre un lateral de la cama y la pared hasta permanecer a mi lado.

—¿Tampoco te causo repulsión? —preguntó con cierto reparo.

—Ven, acércate un poco más a mí. —Le pedí sonriendo.

Ella se agachó hasta quedar a mi alcance. Alargué mi mano y la introduje bajo su capucha. Sabía que no encontraría un rostro angelical, pero tampoco palpé un cuerpo putrefacto. Las yemas de mis dedos primero y la palma de mi mano después, acariciaron con dulzura el pómulo helado de una calavera que apenas se descubrió, su albor quebró el negro de la habitación.

Ella hizo un leve amago de retirarse, luego se dejó acariciar como si fuera su primer brote de amor en la eternidad.

Recibí una oleada de placer helado, una inyección de endorfinas cerebrales que me llevaron a un éxtasis jamás vivido, un placer proporcionado desde el otro lado cuyas emociones no existen en este mundo.

—¿Me darás lo pactado? —Me preguntó al dejar caer mi mano sobre la sábana.

—Sin duda. Solo quiero pedirte una cosa antes.

—¡No soy un ángel del cielo que conceda deseos! ¡Me pediste algo y te lo concedí! —gritó autoritaria.

—No es lo que imaginas —exclamé sonriendo de nuevo.

Mi mano se elevó esta vez hasta entrar bajo su manga y descubrirla. La mitad de mi cuerpo se alzó para besar sus óseas blancas y brillantes  falanges. Otra vez el torrente frío de sensaciones penetró en mi mente como poderosa droga. La felicidad del inframundo ocupó todo mi cuerpo hasta llevarlo a una orgía neuronal.

Me dejé caer sobre la almohada con la sensación de haber sido complacido de por vida. De no haberse cubierto de nuevo, juraría haber notado cierto rubor en ella, quizá imaginé que se encogía como si fuera un amor imposible.

—¡Sois incorregibles! La gente que ama las letras hace nacer el amor en una piedra y el temor de los demás lo transformáis en pasión. —Me dijo con cierta ilusión.

—No era para mí, te pedí tiempo y me lo concediste. Jamás dudé de ti, por eso te dedico estos versos pactados. Soy consciente que no podremos repetirlo, pero el tiempo es más que oro, ni siquiera estas líneas, aunque lleguen a ser eternas, valdrán ni una milésima parte de lo recibido. Quiero que sepas que he puesto mi alma en cada letra. Ahora escucha, por favor.

El último grano

A plomo caerá el último grano,

parando el reloj que marca el destino

del tiempo fatal, ahogando vestigios,

lamiendo el adiós a sueños perdidos.

Alzarás tu sayo y tendremos sexo,

brutal, cual melodía que gritaremos,

llamarás, a la aldaba del infierno,

y remarás, mientras huimos riendo.

Con la verdad, viajaremos a lo eterno,

sin dudar, si mi pasado fue correcto,

sin pensar, si seré castigado o astro,

sin importar, si seré obviado o alzado.

Y en la ausencia de tus ojos,

brillará un silencio frío,

cuando leas agradecida,

estos versos que te escribo.

El eclipse de sonido que se produjo cuando declamé el último verso, parecía querer convertirse en un siglo. Ambos sabíamos que no habría despedida, aunque seguiríamos hablándonos cada uno desde nuestro mundo.

Juraría haber visto caer dos lágrimas más negras que la noche antes de darse la vuelta y marcharse con el mismo sigilo que llegó.

Sé que no soy el único; los que escriben, los enfermos, los afligidos de corazón y mente, los que perdieron a sus amores y masacrados de sentimientos, la adoramos como se adora a una madre que nunca tuvimos, igual que los diferentes, los apaleados de injusticias que añoran su llegada al puerto vecino.

No esperaba su visita la noche siguiente. Percibí su presencia con sorpresa, incapaz de mover mis cuerdas vocales a pesar de mi ausencia de miedo. Apareció otra vez hasta quedar a mi altura. Pensé en iniciar una conversación con una frase hecha como, “esto puede ser el principio de una bonita amistad”. Daba igual, además de ser reacio a frases vulgares, sabía de sobra que seríamos amigos por toda la eternidad. Ella exclamó una sola palabra que colmó mi orgullo hasta desbordar mi mente, antes de marcharse con la majestuosidad que susodicha dama emana.

—¡Gracias!

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Elmer Ruddenskjrik