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Taller de Escritura Creativa

Taller de Escritura Creativa

Dos relatos seleccionados por el Profesor Poldark Mego Ramírez

Tenemos el honor de publicar, por cortesía de los Talleres de escritura creativa, impartidos en el Instituto Océano Pedro Peralta y Barnuevo, por el Profesor Poldark Mego Ramírez, de dos cuentos seleccionados de entre todos los realizados durante el curso. Ambos son el resultado del intenso aprendizaje de los alumnos que han asistido a estos talleres. La literatura creativa es un arte que debe mimarse, trabajarse e ir puliendo con el paso del tiempo, como el buen vino.

Y ahora…¡Que comience la función!

LOS PELUCHES DEL DOCTOR TED

Cuento escrito por Josué Vargas Plasencia


—Oye tú, guarra, siempre y cuando los peluches estén listos antes de la medianoche, tú y tus hijos tendrán derecho a vivir un mes más. ¡Ahhh, y un detalle muy importante! Quiero que esta vez sean lo más realistas posibles. ¡Que tengan vida propia!, exclamó mientras estrellaba una bolsa negra contra el cuerpo de su ex mujer. Aquí están los materiales, ya vuelvo…

La puerta se cerró violentamente haciendo temblar a los niños que lloraban en silencio… por su bien. 

Kassandra, mujer de la vida, ahora con dos hijos y unos años encima, era junto a ellos prisionera de una de los miles de habitaciones del sótano de la mansión del Doctor Ted. La misma en la que alguna vez vivió rodeada de lujos que solo él podía darle a ella (y a unas cuantas más). Saber que no era la única, no le incomodaba: se jactaba de ser la favorita del extravagante doctor. 

Los años pasaban y se renovaba el infinito harén de Ted: amante compulsivo de los peluches y de las orgías bajo el sol. Así como pasaron los años, Ted había perdido la paciencia con Kassandra; pues, cada vez le montaba una escena de celos peor que la anterior. Siempre que una joven virgen se unía al harén del magnate, esta las hacía desaparecer misteriosamente antes que el doctor se deleitase.
—Tommy, Remmy… ayúdenme a rellenar de felpa y a cocer estos peluches, o no habrá cena. Miraba con sus ojos esmeraldas a cada uno de los críos. — Ya saben lo feo que se siente no comer por tres días, ¿o no recuerdan?

—Sí, como usted diga —balbucearon resignados los niños.

—Muy bien guapos, ¡manos a la obra!
El enorme y antiguo reloj de pared marcaba ya las cinco de la tarde y los peluches aún no estaban listos. No obstante, Kassandra consideró conveniente descansar por un rato ya que los niños se veían exhaustos y ella también. Además, sabía que un trabajador descansado resulta más productivo que uno que no se da un respiro.

—Tommy, cariño, alcánzame esa tijera que está por tu pie.

—Ahí tienes, madre.

—Tommy… las agujas, ¡rápido!

—Ahí tienes, Remmy, ¿será que deseas algo más? —preguntándole con tono altanero a su hermano.

—¡¿Qué dices, idiota?! Parece que no entiendes que si no terminamos con el trabajo no cenaremos —a punto de golpear a su hermano.

—Cálmense ustedes dos, niños inútiles. Nos quedan menos de cinco horas para terminar los peluches ¡Así que trabajen, trabajen! o no comeremos…

¿Comeremos?… ¡Qué tal mentira! ¡Seremos comida de perro si no terminamos con estos malditos peluches! Pero claro que esto no se lo diré a los niños — pensaba afligida… quebrada. 
—Madre, iré al baño, Tommy es un tonto. 

—Ok, no demores, cariño. 

Hizo una pausa, y le llamó la atención a su otro hijo.

—Tommy, quiero que le pidas disculpas a tu hermano, no estuvo bien tratar de golpearlo.

—Está bien, se las pediré—dijo esto con mucha molestia. 

—Necesito las tijeras, ¡deja de jugar con ellas y dámelas de una vez! ¡Las quiero para hoooy, qué esperas! 

—Ahí están… ¡Ahí están! No me tienes que gritar.
Cuando Remmy salió del baño, unas enormes gotas chorreaban por sus grandes cachetes.

—¿Y a ti qué te pasa? Demoraste mucho en el baño, ¿acaso quieres que tu hermano haga todo el trabajo él solo? Si es así, dime y él se quedará con tu cena. Así que deja de llorar y trabaja.

—No era mi intención. No había papel…

—…No entiendo, Remmy ¿Qué tiene que ver el papel con la demora?

—Perdóname madre, por favor —imploraba Remmy, casi de rodillas.

—¿Dónde están los trapos que iban a cubrir a los peluches? ¿Tommy, los has visto?

—No, Remmy los llevó al baño ¡Yo lo vi! —acusando con el dedo a su hermano que sollozaba en una esquina de la habitación.

Dos gritos degollados se perdieron en el silencio del sótano.

Del reloj empotrado salió un pajarillo, indicando el inicio de la madrugada. La calma reinante era adormecedora y no se oía a los niños alegrarse por haber terminado de hacer el peluche a tiempo. 

El Doctor Ted, millonario extravagante, coleccionista de peluches y zorras que acogía en su mansión, no cabía en sí. Temblaba de gozo, saltaba en un pie y gritaba de alegría. Aquellos eran los peluches más reales del mundo. Unos recubiertos de terciopelo, otros con una piel muy rosada y lozana —detalles que lo dejaron fascinado—, aunque un tanto roja por partes. Era una obra maestra tan fresca como orgánica, esos mechones, esas manos.

Kassandra vivió. 

El anillo de compromiso

Cuento escrito por Elizabeth Monopoly Acker

El nerviosismo empieza a apoderarse de mí. Estoy debajo de la sombra del árbol donde nuestras iniciales fueron talladas hace un par de años. En unos minutos le pediré a Sandra que sea mi esposa, mi compañera para toda la vida. Rebusco en mi mente una y otra vez las palabras adecuadas, y ensayo lo que le diré exactamente. Ella es la mujer de mi vida, la amo.

Alguien por detrás cubre mis ojos: es ella. Sandra siempre lo hace cuando nos encontramos aquí. Esta realmente hermosa con aquel vestido blanco y flores pequeñas en el estampado, su cabello suelto, al ser movido por una repentina ráfaga de viento otoñal, la hace ver aún más bella, y el sol tenue ilumina su rostro volviéndolo angelical. No puedo dejar de contemplarla enmudecido. Su sonrisa seductora me pone más nervioso todavía. Ella me toma de los hombros para empinarse y alcanzar mis labios. Me da un tierno beso en la boca brindándome la seguridad que necesito. La tomo entre mis brazos y la beso apasionadamente.

Nos sentamos en aquel lugar como cada sábado. Me susurra al oído que se siente protegida por mí al yo tenerla abrazada de esta manera, apoyada en mi pecho, cobijándola entre mis brazos.

Siento que este es el momento exacto. Saco del bolsillo de mi camisa a rayas —que ella me regaló en nuestro aniversario— la cajita de madera tallada que contiene el anillo de compromiso que perteneció a mi abuela y luego a mi madre, quien, al enterarse hace unos días que le pediría matrimonio a Sandra, me lo dio hoy por la mañana para continuar con la tradición familiar. Me arrodillo delante de ella y tomo sus manos. Me pierdo de nuevo en sus ojos, su mirada y la mía se hablan en un silencio entendible.

—Antes que nada, quiero agradecerte por estos dos años de felicidad que he vivido contigo. Cada instante a tu lado ha sido un regalo para mí. Estuviste conmigo en mis momentos de alegría y orgullo, así como en los que te necesité, apoyándome con tu comprensión y amor incondicional. Eres mucho más que mi enamorada, Sandra, eres mi compañera, mi amiga, mi complemento. Eres la mujer perfecta para mí y soy muy feliz contigo. ¿Aceptas ser mi esposa, Sandra Núñez?  

No me deja de ver a los ojos con aquella ternura de niña inocente y observo unas lágrimas caer por sus mejillas. Se arroja a mis brazos y me repite una y otra vez que sí, que sí quiere ser mi esposa.

Tomo su mano izquierda y coloco en su dedo anular el anillo de compromiso. Los gestos de mi amada se vuelven desconcertantes en este momento. En su mirada observo un miedo aterrador. No me da tiempo a reaccionar para tranquilizarla, recibo sorpresivamente un puñetazo de su mano izquierda en mi boca, el cual me hace tambalear un poco. Unas gotas de sangre caen en mi pantalón. Sandra se empieza a golpear su propio rostro. Por más que intento hacer que deje de hacerlo, no lo consigo. Toma su cuello con aquella misma mano y empieza a ahorcarse. Asfixiándose. Parece que su mano actúa por cuenta propia y en contra de su voluntad. Su piel toma la tonalidad purpúrea. Pierde el conocimiento. Cae en el mismo lugar donde me arrodillé. No sé qué hacer para ayudarla. Estoy muy asustado.

La observo con detenimiento. Me preocupa que se haya hecho más daño. Me doy cuenta de que el anillo de compromiso ya no tiene su brillo de oro de dieciocho quilates, sino que se ha vuelto totalmente negro. Intento sacárselo, pero no puedo, parece que fuera ahora parte de ella. Lo primero que se me ocurre es arrancárselo a mordiscos. La desesperación me invade. Mis dientes sienten cómo van rompiendo poco a poco los pequeños huesos, ligamentos y tendones de su dedo anular. Una sudoración repentina acrecienta todavía más mi angustia. Me dan arcadas al sentir dentro de mi boca el desprendimiento total. Mi ropa y mi rostro están empapados con su sangre. Le quito el anillo y lo dejo caer. Tomo entre mis brazos a Sandra y la llevo cargada junto al dedo que acabo de amputarle.

En mi nerviosismo me parece ver a mi madre sonriendo a lo lejos. Tras aquel instante de total confusión, continúo mi camino hacia el hospital que se encuentra a unas cuadras de ahí.

Mientras operan a mi Sandra de emergencia, me hacen llenar el reporte de lo ocurrido. Yo dudo en escribir lo que realmente sucedió. ¿Acaso me creería alguien? Pasan unos minutos y aún no he podido pensar en nada convincente. Decido contar la verdad, pues cuando ella reaccione y le pregunten, dirá lo que le pasó. Voy en búsqueda de aquel anillo para tenerlo como evidencia.

Llego a nuestro árbol y no puedo encontrar el anillo. Me quedo aún más desconcertado al levantar la mirada y observar que las iniciales de ambos ya no están. Mi confusión se entremezcla con tristeza y rabia. Se me hace un nudo en la garganta. Le doy un golpe con mi puño al árbol que cobijó nuestro amor por veinticuatro meses. Siento mi corazón palpitar con tal fuerza que parece que se me va a salir del pecho. Veo al cielo unos segundos y le pido al alma de mi abuelo que me ayude. Voy de regreso al hospital.

Cuando llego, me informan que no lograron salvar su dedo y que puedo estar con ella un instante, que está a punto de despertar de la anestesia. Antes de permitirme pasar a verla, se me pide una vez más el informe de lo sucedido. Les digo que en un momento se los daré.

La tengo frente a mí, tan frágil e indefensa en aquella cama. Me encuentro tan lleno de culpabilidad por lo que le está ocurriendo. Aún no logro entender qué sucedió con aquel anillo que ha estado en mi familia por tantos años. Beso su mano incompleta con cuidado y acaricio su cabello con ternura. Abre sus ojos y me mira de una manera como jamás lo había hecho. No me reconoce. Salgo de la habitación para buscar al médico que la operó y le digo que, por favor, vaya a verla. Sandra le pide que me eche de ahí, que mi presencia la atemoriza y la perturba. El percibe fácilmente el miedo que yo estoy generando en ella.

El doctor me pide que vaya con él al pasillo y me exige saber qué pasó, pues está convencido que está frente a un caso de violencia de género. Su rostro va evidenciando un entendible enojo lleno de incredulidad e impaciencia en tanto me escucha contarle lo sucedido. Me dice que lo espere, que no me mueva de este lugar. Lo veo caminar pausadamente hacia donde está un policía, quien es el encargado de los casos criminales que llegan aquí. Luego de decirle algo, ambos se acercan a mí. El oficial me pide que lo acompañe a una oficina que tiene en el hospital y que le dé mi documento de identidad.

Lo acompaño, voy poniéndome tenso, mi cuello se torna rígido y mis manos ásperas. Tengo mucho dolor de estómago. Entiendo perfectamente qué es lo que está sucediendo, creen que yo le hice daño a mi Sandra. Sé lo que eso significa: la cárcel. Vuelvo a contar lo sucedido y, como es lógico, esta vez tampoco me creen.

El policía me enmarroca y me lleva al lugar donde sucedió toda esta tragedia. Por supuesto, no se encuentran ahí ni el anillo ni mucho menos nuestras iniciales que adornaron aquel árbol por dos maravillosos años.

Mientras me conduce al patrullero, veo nuevamente a mi madre a lo lejos. Puedo observarla llorando y leo en sus labios una sola palabra que repite una y otra vez: perdóname.

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María Larralde